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La Coctelera

MALTRATO INFANTIL: EL ALEGATO DE LA DEFENSA

EDUARDO ESTEBAN | 28, abr

(LOS DATOS DEL CASO QUE SE HA TOMADO COMO EJEMPLO PARA EL SIGUIENTE ARTÍCULO FUERON TOMADOS DE OTRO, QUE BAJO EL TÍTULO ¡ASESINADO POR SUS PADRES! SE PUBLICÓ EN MARZO DE 1981 EN LA EDICIÓN MEXICANA DE SELECCIONES DEL READER'S DIGEST)


En el día de la fecha retoman sus antiguos puestos en el banquillo de los acusados, en representación de otros tantos responsables del mismo crimen, Harry Joe Doud y Lana Wood, acusados -en términos probablemente incorrectos desde un punto de vista jurídico, pero convenientes para esta revisión no oficial del caso- de un crimen espeluznante: torturar hasta la muerte al pequeño Robbie Wayne, de apenas seis años de edad, hijastro de Doud e hijo de Wood. El homicidio en sí mismo no es tan espeluznante como los detalles del caso, que podemos resumir de la siguiente manera:


A la edad de 24 años, Lana Wood, la acusada -proveniente de una familia en la que se abusaba de las criaturas-, se había casado cuatro veces y tenía dos hijos, uno de ellos el infortunado Robbie Wayne, la víctima, por entonces de cinco años, y el hermanastro de éste, Eric Bolton, de siete. En 1977, tras divorciarse por cuarta vez, empezó a convivir con el acusado, Harry Joe Doud, un hombre de 34 años, divorciado y padre de una niña llamada Wendy Joe, de nueve años. Al poco tiempo, Lana quedó embarazada y dejó de trabajar. De ese embarazo nacería otro niño, llamado Harry Joe Doud Jr.; más adelante, Lana quedaría embarazada de nuevo y, en la cárcel, daría a luz a una niña llamada Shirley Delores Wood.


Harry Joe Doud (en adelante, y salvo aclaración en contrario, este nombre designará exclusivamente al acusado y no a su hijo) era alto, de espaldas anchas y musculoso; pesaba 110 kilos. Su padre era alcohólico y con frecuencia lo castigaba brutalmente "para hacerlo hombre". El se atenía al mismo dudoso método pedagógico y pronto empezó a manifestar su rigor lo mismo con Eric que con Robbie, a los que no quería y de quienes pensaba que le quitaban la comida a su propia hija, Wendy Jo. Sin embargo, en el caso de Robbie, quien por ese entonces acababa de cumplir seis años, ese rigor se agravó por el hecho de que el niño se rebelaba ante ciertas imposiciones de su padrastro. Este hecho incrementó la ira que Harry sentía hacia él, y pronto el niño se convirtió en blanco casi exclusivo de esa ira, que se traduciría en castigos físicos cada vez más horrendos. Por negarse a sacar la basura, Harry arrojó ácido en las manos de Robbie, por lo que éste debió ausentarse de su casa un mes. Diez días de ese período los pasó en el hospital en el que debió ser internado, y el resto en un centro para tratamiento de quemados. La versión oficial del padrastro -que Lana creyó hasta una posterior confesión íntima de Harry- fue la de un accidente. Los trabajadores sociales, sin embargo, desconfiaron y lo sometieron a un interrogatorio. Temeroso de que le quitaran a Wendy -a la que adoraba a su modo- y a Harry Jr., Doud quiso esmerarse por impresionar a los trabajadores sociales educando a Robbie, pero se atuvo a sus brutales sistemas potenciados por su falta de cariño hacia la infortunada criatura. No saber contar o no tener buena letra valían a Robbie crueles castigos que, lógicamente, lo ponían más nervioso y desmejoraban mucho su rendimiento; con lo cual, los castigos se hacían cada vez peores. El ácido arrojado en las manos fue casi una tierna caricia por comparación con algunos de esos otros castigos: Doud metía al niño en un secarropas, lo cerraba y lo conectaba. O lo sumergía en una bañera llena hasta que el chico perdía la respiración. O lo golpeaba con una tabla de 70 centímetros de largo y cuatro de grosor (recordemos que el hombre pesaba ciento diez kilos, y el peso de Robbie no era el normal para su edad, puesto que con él se usaba también el hambre como castigo). Cuando Doud encontró un cable eléctrico con el portalámpara roto, sacó el portalámpara y lo usó para castigar a Robbie enchufando el cable y provocándole descargas eléctricas con el extremo descubierto. En otras ocasiones, ataba el extremo de una cuerda a un diente de Robbie y el otro extremo a una puerta, y luego obligaba a Wendy Jo (quien con sólo nueve años se transformaba en cómplice de estos horrendos castigos) a sujetar al niño mientras él o Lana cerraban de golpe la puerta. La madre del chico, como acabamos de ver, a veces participaba de los castigos; otras veces lo defendía tibiamente, pero sin imponerse jamás. Para ambos, Robbie había pasado a ser una molestia y querían enviarlo a un orfanato, con la esperanza de que allí lo corrigieran, pues en todo momento estuvieron convencidos de que él se buscaba los castigos con su conducta (la verdad es que el único error del chico parece haber sido mostrarse valiente ante tanto maltrato). Sin embargo, a veces se daban cuenta de que se estaban excediendo con los castigos. De hecho, si no lo dejaban en un orfanato era precisamente porque primero querían esperar a que cicatrizaran las heridas a fin de no tener que responder por ellas ante la justicia, pero antes de que ello sucediera, perdían de nuevo los estribos y lo lastimaban otra vez. Cuando por fin el niño murió, fue de inanición: su peso normal hubiera debido ser de veintitrés kilos, y pesaba sólo catorce.


Algunos detalles inmediatos a la muerte de Robbie merecen conocerse. Ni Harry ni Lana sabían entonces que el niño había muerto de inanición. Harry acababa de golpear al chico. Cuando éste no se movió, Lana intentó hacerle la respiración boca a boca, pero no sabía hacerla, y quizás la haya hecho mal. A su sugerencia de llevar al niño al hospital más próximo se opuso Doud; en cambio, cuando ya no cupieron dudas de que el niño había muerto, Doud consideró que él y Lana debían entregarse a la policía, pero fue ella la que se opuso. En qué momento exacto murió el chico, y si llevarlo al hospital habría servido de algo, jamás se supo. En cualquier caso, sepultaron el cadáver en una casa en ruinas, y fue allí donde Lana tomó la determinación de abandonar a Doud, aunque no la puso en práctica inmediatamente. Se fueron juntos a Las Vegas, y recién allí se fue por su lado sin aviso previo, sin llevarse al pequeño Harry Joe Jr. Doud entró en pánico al saberse abandonado y sin empleo; rompió a llorar, y la que conservó la calma y decidió los pasos a seguir fue Wendy Jo, quien le sugirió a su padre que vendieran algo para pagar el hotel en el que se hospedaban y fueran a vivir con su abuela paterna. Así lo hicieron. Detalle insólito: tanto la madre como la hermana se enteraron casi enseguida del crimen y, lejos de horrorizarse por el mismo, intentaron persuadir a Harry de que tomara medidas para que se descubriera el asesinato, pero que sólo Lana quedara imputada por el mismo; pues pensaba que Lana, a su vez, intentaría que se lo acusara sólo a Harry. Por último, una llamada misteriosa los puso a ambos en el banquillo de los acusados al que, en cierto modo, vuelven ahora. Como se dijo antes, ya en la cárcel, Lana dio a luz a una niña concebida durante los últimos días de vida de Robbie, Shirley Delores Wood. Quedó al cuidado de su abuela materna y unas tías. En octubre de 1979, esta criatura ingresó en un hospital de Texas, con fractura de piernas y brazo y una cierta cantidad de otras lastimaduras y contusiones, producto, según los médicos que la atendieron, de reiterados golpes contra una pared.


Otro punto a considerar es que, al menos un par de veces, Robbie se halló en situaciones en las que habría podido esquivar el destino que sufrió. En una de ellas, los Doud estuvieron a punto de abandonarlo. Una pareja de ancianos, los Chapman, lo encontraron y le convidaron emparedados y fruta, que el chico comió vorazmente. Los Doud, temiendo que se supiera cómo lo trataron, enviaron a Wendy Jo a buscarlo. Los Chapman albergaron fuertes sospechas en razón de las heridas de Robbie, de su hambre voraz, de que pareciera feliz de haber sido abandonado y de su renuencia a regresar con su familia; pero por otro lado, Wendy Jo parecía tan bien cuidada, que dedujeron que era imposible que una familia que tratara tan bien a una niña -muy amable, por otra parte- fuera tan cruel con otra criatura. Según las estadísticas, es bastante común que sólo un niño sea blanco de maltrato en una familia, pero ellos no las conocían. Temiendo que sus conclusiones fueran equivocadas, desistieron de presentar una denuncia ante la policía, aunque inicialmente hasta habían tomado el número de la matrícula del auto de Harry Joe. Otro testigo, que vio también algo sospechoso, pero no hizo preguntas, se lamentó más tarde: Es preferible equivocarse cien veces que fallarle a un niño como Robbie Wayne... y tener que vivir con el recuerdo de ese error durante el resto de la vida.


Hasta aquí los hechos. No es agradable hacer las veces de abogado defensor de acusados de un crimen tan monstruoso, sobre todo si esos acusados a uno mismo le caen mal; y sin embargo, como se verá, es imprescindible hacerlo, si no por los mismos acusados, al menos para evitar que casos como el de Robbie Wayne se repitan en lo sucesivo. La opinión pública, erigida en fiscal, encontrará rápidamente una dudosa "solución": A estos tipos hay que matarlos a todos, hay que torturarlos hasta que mueran igual que ellos mataron a ese chico. Genial. Lástima que con ese tipo de "justicia" jamás se logrará evitar que siga habiendo chicos maltratados. Según hemos visto, los acusados consideraron varias veces la idea de entregar a Robbie a un orfanato. Por ahora no analizaremos sus móviles: el caso es que se sintieron superados por la situación, y tenían una posible solución en vista. Si no la pusieron en práctica, fue precisamente por temor a la condena social. Si la sociedad fuera algo más benévola con quienes maltratan chicos, quizás ellos habrían cumplido con su sana intención de colocar a Robbie en un orfanato, y así el chico se habría salvado. ¿No es esto motivo para intentar ser más benévolos con gente así? A quien responda negativamente e insista en que a los que maltratan chicos hay que matarlos, yo los acuso a mi vez de sadismo gratuito y de buscar chivos expiatorios sobre los que descargar la propia crueldad; porque si castigar con todo rigor a los culpables les parece más importante que salvar una vida inocente, es evidente que el chico no les importa en lo más mínimo y nada más lo usan de pretexto.


En cualquier caso, examinando la trayectoria de Harry Joe Doud y Lana Wood, los encontraremos dignos de lástima, aunque eso no los haga más simpáticos ni disminuya la magnitud de su crimen. Es evidente que ambos eran un par de fracasados. Podríamos añadir además que eran cobardes, pero sería cierto sólo a medias, y de todos modos, ya es hora de terminar con esa estupidez de que quien maltrata a los débiles sólo puede ser un cobarde. La sociedad de todos los tiempos siempre concedió al coraje un sitial de honor que, en realidad, no merece. Los gloriosos espartanos arrojaban desde el Taigeto a los varones que nacieran con deformidades que les impidieran convertirse en soldados, pero eso tiende a soslayarse porque los espartanos eran valientes, y eso encandila hasta el punto de justificar las atrocidades que cometieran. No vale como excusa que fueran otros tiempos u otra sociedad, porque ya entonces hubo quienes sabían que aquello estaba mal, aunque no en la propia Esparta, donde sencillamente no se analizaba si eso estaba bien o no. Pero lo que está mal, está mal, sea en la sociedad que sea. Y Alejandro Magno cometió infinidad de crímenes y ordenó o autorizó que en Tiro se asesinara a buen número de sus habitantes, entre ellos mujeres y niños, pero a él se le perdona, ¡cómo no, si es el gran, el valiente Alejandro!... Vemos, entonces, que maltratar o asesinar a indefensos no es cosa de cobardes o de valientes, sino de violentos, sin importar su grado de coraje. Así que mejor no convertir a la cobardía en una especie de lepra moral que vuelve sucio a quien la padece, pues esto es precisamente lo que hace que tan pocos quieran admitirse como cobardes. Con lo cual, si uno ve a un hombre golpeando a una mujer en la calle, ni siquiera luchará contra su propia cobardía en un esfuerzo por vencerla e impedir tamaña brutalidad. No lo hará, porque no se asume como cobarde. Pero como lo es, se justificará pensando que si le pega, por algo será.


Por otra parte, los cobardes no son cobardes todo el tiempo, ni los valientes son siempre valientes: Doud, en términos generales un cobarde, en determinado momento fue lo suficientemente valiente para decidir que él y Lana debían asumir su culpa y entregarse a la policía, aunque luego acabara desistiendo. Y no fue por cobardía que Lana no tomó a sus hijos y abandonó a Doud para evitar que siguiese maltratando a Robbie: muerto éste, lo abandonó en poco tiempo, de un día para el otro y sin previo aviso. La verdad es que ella misma maltrataba al chico a veces. Obviamente, no quería a sus hijos. ¿Por qué los tuvo, entonces? Podemos presumir que quedó embarazada por ignorancia, y por monstruosas que puedan haber sido sus acciones posteriores, no era un monstruo, y quizás haya considerado opciones como abortar o dar en adopción a cada uno de sus hijos, o al menos a los primeros. Digan lo que digan los antiabortistas, en este caso hasta el aborto habría sido preferible por comparación con lo que finalmente ocurrió: no sé si el aborto es asesinato o no lo es, pero suponiendo que lo sea, en este caso simplemente se pospuso, después de seis miserables años de existencia (vida no la podemos llamar), uno de los cuales padeció sufrimientos atroces.


La otra posibilidad era darlo en adopción. Era una opción más interesante, sobre todo porque, en el peor de los casos, lo que hubiera podido ser de Robbie en ese caso no iba a ser más horrible de lo que finalmente le tocó en suerte. Ahora bien, en el momento de dar a luz a Robbie, Lana no sabía, por supuesto, lo que terminaría sucediendo. Quizás, por su vida anterior -que nosotros ignoramos- debió darse cuenta de que una persona como ella no estaba hecha para la maternidad. Podríamos decir que tampoco ella quiso asumirse como cobarde o como mala madre, pero un argumento todavía más amplio y contundente es que hace ya mucho tiempo que la sociedad no insta a las personas a ser reflexivas. Ella tampoco lo era, así que probablemente no lo pensó mucho y decidió conservar al niño aun sin tenerle verdadero afecto.


Harry Joe Doud posiblemente le atrajo por su imagen exterior de macho: alto, musculoso, aparentemente recio. Doud mismo estaba convencido de ser todo un macho, porque lo habían formado a golpes para que lo fuera. Al castigar físicamente a Robbie, por increíble que pueda parecer, al principio no vio nada de malo en ello, pues así lo habían formado a él. Aunque no quería a Robbie, su conciencia no le reprochaba nada, porque, a su juicio, lo que hacía era apenas un simple y lógico correctivo. La creciente brutalidad del maltrato infligido al niño, creo, es prueba de que más allá de lo que creyera estar haciendo, lo que en realidad hacía era usarlo de chivo expiatorio sobre el cual descargar su frustración y su sentimiento de fracaso. Exactamente lo mismo que pretenden hacer los que sostienen que a los que torturan a los chicos, hay que torturarlos a ellos hasta que mueran también. ¿De veras encuentran que vale la pena parecerse a gente así? ¿De veras?


Harry Joe Doud y Lana Wood venían de familias en las que el maltrato infantil. A Doud, su madre y su hermana intentaron ayudarlo a encubrir su crimen. Era defender lo indefendible, pero esa actitud es común en toda la sociedad, aunque siempre sea más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. En el caso de la familia de Wood, basta pensar en lo que luego sucedió con la pequeña Shirley, encomendada a su cuidado Familias así son un caldo de cultivo para este tipo de personas y este tipo de tragedias. Todo esto no nos hace disculpar a Doud ni a Wood, ni es el propósito de este artículo disculparlos. Sí lo es tratar de entenderlos. Mejor que cortar cabezas sería darles más solidez, sostenía un personaje de Julio Verne, el filósofo Wang. Hoy estamos más comunicados que nunca. Aprovechemos esa comunicación de forma positiva. La Internet, por ejemplo, parece esencial sólo para los jueguitos; mientras predomine esa mentalidad, no erradicaremos los males sociales, de los que el maltrato infantil es apenas uno. Los embarazos no deseados son la raíz de muchos otros. Y la incomprensión, todavía de muchos más. O entendemos que, antes de y además de victimarios, los que maltratan chicos son también víctimas, y les tendemos una mano (por ejemplo, procurando una legislación benévola para quienes se reconozcan como maltratadores y busquen asistencia) o aplicamos mano dura para que otros Robbies sigan muriendo y para que los que sobrevivan, al crecer, se transformen a su vez en victimarios.


Concluyo con una reflexión sobre otro aspecto del problema. Según hemos visto, hubo testigos que habrían podido intervenir y no lo hicieron, porque no estaban seguros de que Robbie de veras sufriese maltrato. Sería un tanto apresurado acusarlos de flojedad o cosa por el estilo. La víctima de acusaciones equivocadas rara vez disculpa el error de sus acusadores: se enfurece, se indigna, quizás hasta tome o intente tomar acciones legales. Pero si yo tengo un hijo que realmente se accidentó y la policía investiga una denuncia en mi contra por probable maltrato infantil, lejos de preocuparme o indignarme, yo debería estar tranquilo Una sociedad en la que se procede así es una sociedad que protege a mi hijo y que debería ser para mí un motivo de tranquilidad. No obstante, la mayoría de la gente se enoja, se ofende, hace amenazas... Como si todos tuviéramos escrita nuestra conducta en la cara y resultara afrentoso dudar de nuestro honor. ¿Qué puedo decirles?: hagan lo que quieran, pero personalmente los encuentro ridículos, cosa que no sucedería si recibieran las denuncias con la naturalidad que merecen. Y de más está decir: mientras esta gente sea mayoría, todos temeremos hacer denuncias equivocadas y estaremos aportando, unos y otros, nuestro propio granito de arena al problema del maltrato infantil.

 

INERRANCIA BÍBLICA: CAMINO DE CORNISA DEL CREYENTE

EDUARDO ESTEBAN | 5, abr

Hace ya unos años -no recuerdo cuántos- la revista National Geographic publicó un artículo sobre el llamado Evangelio de Judas: un texto que fue uno de los fundamentos de la fe de algunos de los cristianos gnósticos -cuyas creencias eran muy complejas y fueron rechazadas como heréticas por la Iglesia Católica- y en el que Judas Iscariote aparece como el discípulo favorito de Jesús, a quien habría entregado, no por traición, sino obedeciendo instrucciones explícitas de su Maestro. Pocos meses más tarde, National Geographic recibió una carta (fue publicada en el Correo de lectores de dicha revista) de un cristiano disgustado. No recuerdo el contenido exacto, pero calificaba al artículo como acientífico, pseudocientífico o algo así; y manifestaba el remitente que, en lo sucesivo, se abstendría de comprar la revista o de ver los documentales del canal NatGeo.
Todo indica que este hombre ni siquiera había leído el artículo en cuestión, que no avalaba como verdadera la visión que de Judas Iscariote presentan los cuatro Evangelios canónicos, pero tampoco la del Evangelio de Judas. Todavía más: aun no pronunciándose por ninguna de las dos, de alguna forma admitían sutilmente la de los Evangelios canónicos como más probable, al explicar que el Evangelio de Judas había sido escrito con posterioridad a aquéllos. Y ya se sabe que cuanto más tiempo transcurre entre un hecho y la redacción de un escrito que lo narra, mayor es la posibilidad de que se haya "adornado" la historia original. En realidad, la importancia del Evangelio de Judas estriba en la información que aporta sobre las comunidades gnósticas de los inicios del cristianismo, no sobre lo que dice acerca del propio Judas. No había nada de acientífico, seudocientífico, paracientífico ni nada por el estilo en el artículo nada por el que un cristiano debiera verse atacado en su fe. No obstante, aquel hombre reaccionó de forma apresurada, quizás con ira o con miedo. emociones poco convenientes e injustificadas, ambas por igual.

Otros creyentes reaccionan de manera similar cuando algo o alguien entra en contradicción con algo afirmado en la Biblia o lo cuestiona. En el sitio http://es.narkive.com/2005/4/25/226143-qui-n-mat-a-goliat.html, a alguien se le ocurrió, lacónicamente, citar un pasaje del Segundo Libro de Samuel en el que se afirma que quien mató a Goliath fue un tal Eljanán, en contradicción con el relato del Primer Libro de Samuel, que adjudica la hazaña a David; y la respuesta más inmediata denota las mismas emociones, ya que a su autor le faltó sólo tildar de estúpido a quien hizo la cita. En dicha respuesta se llega a la conclusión de que hubo dos gigantes filisteos de nombre Goliath, presentándolo como cosa muy evidente. Yo diría que no lo es tanto porque, por común que fuera el nombre Goliath entre los filisteos, resultaría muy llamativo que en la Biblia los dos únicos personajes así llamados sean ambos gigantes cuya punta de lanza era "como un enjulio de tejedor". Y en cualquier caso esa interpretación no es la única que circula entre los creyentes, y como prueba ahí tenemos otra en http://es.catholic.net/sectasapologeticayconversos/574/1443/articulo.php?id=9833, según la cual en realidad David habría matado a Goliath, y Eljanán al hermano de este último, llamado Lahmi. Hay todavía otra interpretación, mucho más improbable, según la cual David y Eljanán sería la misma persona.

Es muy cierto que buena parte de quienes cuestionan la inerrancia bíblica por lo general lo hacen buscando camorra, pero lo cierto que muchos versículos bíblicos en apariencia se contradicen unos con otros, y las interpretaciones que surgen para hacerlos encajar unos con otros, ya lo vimos en el caso anterior, suelen ser múltiples, y algunas de ellas, mal que nos pese, tienen aspecto de parche, de improvisación hecha para tapar un hueco; por ejemplo, algunas de las que podemos leer en http://amen-amen.net/supuestascontradicciones/?p=119, donde se debate si Judas Iscariote devolvió las treinta monedas de plata recibidas como pago por traicionar a Jesús, como se lee en el Evangelio de Mateo, o si compró con ellas un campo y más tarde murió por caerse de cabeza, según consta en el Libro de los Hechos. Y siguen las aparentes contradicciones: en Mateo, los dos ladrones crucificados junto a Jesús lo insultan, mientras que en Lucas sólo uno se burla de El, y el otro sale a defenderlo. Y seguramente si iniciamos una búsqueda más exhaustiva encontraremos otras. Yo no la he hecho porque no me interesó hacerla, y sólo cito esas tres porque son demasiado llamativas, pero negar que existen es seguir la célebre política del avestruz, esconder la cabeza para no ver. Y nunca faltarán cuantos ateos fanáticos dispuestos a esgrimirlas para atacar a los creyentes. Por la misma razón, en lo personal prefiero abstenerme de citar la Biblia a diestra y siniestra o de defender a capa y espada la inerrancia bíblica: si lo hiciera y luego uno de estos sujetos viniera con sus contundentes cuestionamientos, me vería en apuros para replicarle. Lo cual no quiere decir que no lea la Biblia; de hecho, si no la leyera ni siquiera estaría al tanto de las supuestas contradicciones. Pero debo reconocer que no baso mi fe en ella, sino que la veo como una especie de complemento. No digo que otros deban hacer lo mismo, o que sea lo recomendable; pero sí me parece que, a quien fundamente su fe en la Biblia (y admito que es lo que se supone deberíamos hacer los cristianos) al menos le convendría hacer un estudio profundo de las Santas Escrituras; porque de lo contrario, puede que llegado el momento, también ellos se las vean negras a la hora de toparse con un provocador que aparezca citándolas. Concretamente, puede que la fe se le tambalee un poco. Pienso que fue ése el problema de las dos personas de las que hablábamos más arriba, el que escribió la carta a National geographic y el que dedujo la existencia de dos gigantes llamados Goliaths; sólo eso explica, a mi entender, que reaccionaran en la forma en que lo hicieron, particularmente en segundo de los casos mencionados, en el que una simple, escueta cita bíblica provocó del otro lado una reacción digna de un basilisco. La fe debería ser un tónico vigorizante del alma, no un bastón para servirle de apoyo, sobre todo porque siempre habrá malintencionados dispuestos a asestar un puntapié a ese bastón y hacer que fe y creyente se desplomen por igual. No los vamos a juzgar, porque muchos cristianos usan ese bastón, no sólo a modo de apoyo, sino también para aporrear a otros; consiguiendo que las víctimas de tales bastonazos los detesten, a ellos y a otros cristianos por igual; aun así, lo que hacen está mal, y para colmo pagan por igual justos por pecadores. De modo que quizás sea hora de largar el dichoso bastón, empezar a caminar sin él... y pensar dos veces antes de pelear a otros, con bastonazos o de otra forma. Vivir y dejar vivir. Es cierto que ciertas cosas no se deben tolerar, pero al menos asegurémonos de que no debantolerarse, y que no se trate simplemente de que no queremos hacerlo... Lo cual nos lleva, una vez más, al tema de la inerrancia bíblica.

En efecto, en relación a la Biblia hay otros dos problemas de los que no hemos hablado hasta ahora. Uno tiene que ver con los errores de transcripción o de traducción. Poco importa que el texto original del Génesis o del Evangelio de Marcos no pueda errar por venir de Dios, el asunto es que si alguien copia o traduce mal el texto original, a partir de ahí el texto copiado sí que tendrá errores. Y parece existir constancia de que, ya desde la antigüedad, se deslizó cuando menos un error, que se repite en todas las Biblias actuales, y tiene que ver con el célebre número de la bestia del Apocalipsis. Como todos sabemos, en nuestra Biblia ese número figura como 666, pero hete aquí que cierto hallazgo arqueológico relativamente reciente (un antiguo fragmento del Libro del Apocalipsis escrito en papiro y datado como de finales del siglo III o principios del IV de la Era Cristiana) hace suponer que el número en cuestión era el 616. En varios sitios de Internet puede hallarse información al respecto, pero citemos uno cuya pretensión de seriedad, aunque pueda ser tan falible como cualquier otro, sea bien conocida: http://es.wikipedia.org/wiki/Marca_de_la_Bestia. Por supuesto, podemos suponer que el error sea del copista de ese fragmento en cuestión, pero no resulta tan fácil sustentar esa suposición. Ahora bien, si fuera cierto, ¿qué otros errores de copiado o de traducción habrá, de los que no tenemos la menor constancia?

El segundo problema tiene que ver con la interpretación. Como hemos visto más arriba, la Biblia admite (o las admiten sus lectores, si se lo quiere ver de ese modo) múltiples interpretaciones, una de las cuales quizás sea indiscutiblemente correcta, pero no siempre es fácil discernirla, y versículo a versículo puede resultar una labor sumamente ímproba. Por lo tanto, deberíamos ser especialmente cuidadosos al citar las Escrituras, sobre todo teniendo en cuenta que las veces que se hizo en el pasado, los resultados a menudo estuvieron más cerca del azufre del Diablo que de la santidad de Dios. Hablamos, por ejemplo, de la interpretación excesivamente textual que se hizo de Exodo 22:17: No dejarás vivir a la bruja. ¿Qué otra interpretación admite? No lo sé, pero sí sé que, en vista de que hoy la Iglesia Católica repudia oficialmente los excesos de la Inquisición y la brujomanía, debe haberla. Y por otra parte, ¿necesitamos de veras que se nos aclare que un Dios que es todo bondad y misericordia, y que por otra parte nos dejó un decálogo de mandamientos entre los que se incluye en de no matar, no nos incitará a liquidar al prójimo aunque éste se dedique a la hechicería y la magia negra, de las que contamos con El para precavernos? Pues bien, parece que en la antigüedad sí habrían necesitado que alguien les explicara, porque ya sabemos en qué horrores derivó la interpretación que hicieron de ese versículo. Y si bien ahora mejoramos un poco en relación aese versículo específico, me parece que sería arrogante suponer que estamos a salvo de cometer nuestros propios yerros interpretativos, toda vez que los cometió el propio San Agustín de Hipona: basándose en Lucas 14:23 expresó su famoso y nefasto "¡obligadlos a entrar!" que se convirtió en la base de todo un horrendo historial de conversiones insinceras y forzadas a punta de espada. Lamentablemente, este tipo de "evangelizaciones" cuenta aún con múltiples defensores que parecen nostálgicos de los tiempos en que se llevaban a cabo, pero por suerte ya no es unánime; y en lo personal, sostengo que si este tipo de "evangelización" tiene algo de cristiano, yo soy el mismísimo San Pedro.

Por supuesto que si el error viene del creyente, la Biblia puede seguir reclamando inerrancia, pero por desgracia, con demasiada frecuencia los cristianos extendemos la inerrancia a nosotros mismos. Y no cabe duda de que, si desconfiando de la legitimidad de lo que creemos interpretar, no nos guiamos por las Escrituras, nos exponemos igualmente a eventuales yerros. Pero si condensamos la Ley a sólo dos mandamientos, a saber, amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, los errores no serán tantos y los que podamos cometer tendrán más excusa. Y si viniera un camorrero a cuestionar nuestra fe, taparle la boca será más sencillo. Porque hasta el más ateo debe admitir (no quiere decir que se haga siempre) que el deber del hombre es anteponer ante todo algo superior, que para los no creyentes sería cuando menos un código ético. Y también pocos dudarán o cuestionarán que, si todos nos amásemos unos a otros fraternalmente, muy otro sería el estado del mundo.

Y en cuanto a quienes pudieran temer que, por no ser fácil sostener la inerrancia de tal o cual versículo bíblico, se vea afectada la inerrancia de toda la Biblia y terminen cuestionando la misma existencia de Dios y perdiendo la fe, yo les respondería que haber sentido la presencia viva de Dios y sin embargo necesitar que la Biblia les informe de la existencia de Dios es como protagonizar algún hecho público más o menos importante y sin embargo necesitar leer los diarios del día siguiente para enterarse. Por los diarios nos podremos enterar de detalles que se nos hayan escapado, pero nada más; y lo mismo es aplicable a la Biblia. Los descreídos pueden alegar que al sentir a Dios sentimos simplemente lo que queremos sentir. Esto suena lógico, porque el cerebro acepta con gusto el autoengaño cuando le viene bien. Yo mismo, a los dieciocho años, al perder a una compañera de colegio que me era muy querida, creí notar su espíritu manifestándose fantasmalmente durante cierto tiempo. Lo creí porque la extrañaba y necesitaba sentirla cerca pero, superado el momento de mayor dolor, no tuve dudas de que me había sugestionado, creyendo lo que necesitaba creer. Pero el inconveniente que tiene admitir la presencia de Dios como posible sugestión, por lo menos en mi caso, es que hubo un tiempo, también, en que quise alejarme del cristianismo y para lograr ese propósito me habría venido como anillo al dedo suponer que al sentir en el pasado la presencia de Dios en las reuniones de oración o, incluso, en un momento de soledad y meditación, me había estado engañando. Y nunca logré persuadirme de eso. Como mucho, podía olvidarme, la mayor parte del tiempo; pero cuando me acordaba, no me era posible convencerme. Y es cierto que nunca podremos probar fehacientemente, a quienes no deseen creer, que en efecto no se trata de autosugestión; pero basta con que lo sepamos nosotros, igual que, si nos acusaran de un crimen monstruoso, alcanza con que nosotros estemos seguros de nuestra inocencia, contra todos los falsos testigos que pudieran presentarse a declarar en el juicio.

Retrocedamos ahora, antes de concluir, a la discusión acerca de si fue David o Eljanán quien mató a Goliath. La proeza de Eljanán aparece apenas mencionada en la Biblia; se supone que un cristiano debe aceptarla como indiscutible precisamente porque la menciona la Biblia, pero por lo demás tiene tan poca relevancia, como beneficio para edificación del creyente, como esas interminables genealogías del Génesis, según las cuales Enoc vivió X cantidad de años y engendró a Matusalén, y luego de engendrar a Matusalén vivió Enoc otra X cantidad de años, etc., etc., etc. Ahora, la de David ya es otro cantar. Es muy conocida y muy querida. Imaginemos, entonces, a un cristiano que, enfrentado a la duda de si Eljanán o David, se plantea hasta qué punto es cierto lo de la inerrancia bíblica. Imaginemos que nunca se cuestionó hasta qué punto la historia era cierta, porque, si figuraba en la Biblia, debía serlo. Imaginemos que lo hace por primera vez en su vida, y que lo asalta la angustia. Imaginemos que adquiere una frondosa literatura ajena a la religión, rigurosamente científica, para saber sobre qué bases históricas y arqueológicas puede apoyarse para seguir creyendo en la inerrancia bíblica. Podemos estar seguros de que hallará puras ydemasiadas teorías contradiciéndose mutuamente, contradiciendo además muchas teorías de antaño y que, a su vez, serán contradecidas por las de mañana. La fría Historia, más que saber, a menudo lo único que puede hacer es suponer, y cada historiador elabora su propia suposición, distinta de la de otros. Si llegado a este punto cabía alguna esperanza de que la cabeza de nuestro pobre hermano atormentado por dudas no terminara hecha un absoluto lío, ahora se ha desvanecido. Encontrará que algunos de esos historiadores se basan en la Biblia para reconstruir el reinado de David, en tanto que otros asumen al menos que existió, pero lo pintan de modo muy diferente al que conocemos a través del Antiguo testamento, mientras que otros niegan incluso su misma existencia. Evidentemente, si las fuentes dejan lugar para tantas y tan diferentes posibilidades, es que no se sabe nada y simplemente hay que contentarse consuponer. Tratando de salir del atolladero, el hermano de este ejemplo se ha enredado todavía más que antes, y antes pensaba que necesitaba ayuda, pero ahora, el pobre debe estar deseando que no lo ayuden más. Entonces, decide zanjar la cuestión él solo. Y la solución que encuentra al dilema que lo aquejaba es tan sorprendentemente simple como la honda con la que se nos dice que David mató a Goliath, e igualmente efectiva. Porque la conclusión a la que llega es que, sin importar cuál sea la verdad, lo cierto es que en la vida diaria es más habitual de lo que se piensa que un pequeño y valiente David abata a un brutal y sanguinario Goliath. Es más, en ese momento, él mismo habrá abatido a uno, el de esa duda angustiante que lo corroía. Y en ese momento, creo, habrá descubierto la verdadera inerrancia bíblica.

DERRIBANDO LAS PUERTAS DEL INFIERNO

EDUARDO ESTEBAN | 5, abr

Durante siglos, el cristianismo ha padecido una enorme contradicción al predicar, por un lado, que Dios es un ser bondadoso y lleno de amor, y por otro, que las almas de quienes no le obedezcan, al morir, serán arrojadas al Infierno, un lugar de sufrimientos sin límite. Algunos cristianos llegan a asegurar todos aquellos que no crean en Jesús compartirán ese destino. La creencia en el Infierno inspiró e inspira todavía indecible terror incluso entre miles de fieles que, paradójicamente, ni siquiera se atreven a plantearse la contradicción de la que hablábamos antes. Y no se atreven, precisamente, porque temen que con sólo objetar la creencia en el Infierno (que para los católicos es dogma) o cualquier otro fundamento de la fe cristiana. irán a parar, precisamente, al Infierno. Comencemos entonces razonando que no hay crimen, ni maldad, ni pecado en dudar, aunque algunos rigoristas sostengan lo contrario, y que por lo tanto es absurdo y disparatado suponer que un Dios justo, misericordioso y cariñoso castigaría a alguien por dudar. Si lo hace, no es justo, misericordioso y mucho menos cariñoso.

 

Algunos cristianos, es cierto, intentan excusar a Dios, afirmando que "El no envía al Infierno a nadie, sino que es uno quien, con sus actos, elige ir al Cielo o al Infierno". Podríamos compararlo con la persona que, al delinquir, elige la cárcel como destino, sabiendo que allí se lo enviará si consiguen atraparlo. Esto es sólo cierto en parte porque, en primer lugar, el delincuente no elige ir a la cárcel: si le preguntan, dirá que quiere seguir libre y delinquiendo a gusto. Si a pesar de todo decimos que elige la cárcel, es porque la sociedad requiere que sus integrantes vivan según ciertas normas. Si no lo hacen, deben sufrir un justo castigo. Quienes delinquen, saben que se arriesgan a sufrir ese castigo, y en este sentido sí podemos afirmar que eligen su destino, aunque en realidad lo haya elegido en parte, la sociedad. Pero en el caso del Infierno, para empezar, no hay castigo justo, pues nadie es tan malo que merezca ser atormentado sádicamente por toda la eternidad, y menos si su falta es no creer en algo que no es concreto ni comprobable. Y la existencia del Infierno no es concreta ni comprobable, como sí lo es la existencia de la cárcel. Por lo tanto, nadie elige ir al Infierno, se diga lo que se diga, y si alguien afirma lo contrario, está diciendo tonterías. Un Dios que determina que quienes no vivan según sus mandatos merece castigo eterno es sencillamente un tirano cruel, caprichoso y que sólo será "adorado" por aduladores y cobardes. 

Según algunos, la palabra Infierno, en su origen, designaba simplemente el sepulcro. Tal es la opinión, por ejemplo, de los Cristadelfianos en http://abra-su-biblia.christadelphian-advocate.org/libros/la-gran-salvacion/primera_22.html. Se trata el punto de vista opuesto, a quien también le interese, en http://queeselinfierno.blogspot.com/2010/04/el-infierno-no-es-la-sepultura.html. En cualquier caso, sin embargo, la existencia del Infierno como lugar de condenación eterna depende exclusivamente de la Biblia. Por consiguiente, si la Biblia fuera infalible podríamos llegar a la conclusión, resignadamente, de que en efecto Dios ha dispuesto un lugar de castigo eterno para aquellos a quienes considere indignos de su misericordia; es decir, parece, de casi todos. Pero la inerrancia bíblica está lejos, muy lejos de ser demostrada. Para comenzar, desde sus más tempranos orígenes hasta la actualidad hubo errores de traducción en los originales. El más famoso es el que se refiere a la afirmación de Jesús, según la cual es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el Reino de los Cielos, cuando la palabra kamelos, además de ese animal, servía para designar cierta soga gruesa, acepción que parece mucho más compatible que la otra aplicada a las célebres palabras del Señor. Pero hay otros. Desde hace mucho tiempo, por ejemplo, no hay consenso acerca de si los hermanosde Jesús que se mencionan en varios versículos de los Evangelios, como por ejemplo en Marcos 6:3, son verdaderoshermanos o simplemente primos. Según la Iglesia a la que pertenezcan, los cristianos aceptan la versión que más se acomode a sus creencias, cuando la verdad, sea cual sea, debería ser una sola. También parecen haberse deslizado errores en las sucesivas copias. Así, el célebre número de la bestia, el 666, parece que originalmente era el 616, según consta en los Papiros de Oxirinco (Más información en http://es.wikipedia.org/wiki/Marca_de_la_Bestia).

Pero aquí no acaba todo. Si tomamos cualquier Biblia, encontraremos innumerables contradicciones entre los diversos libros que la integran. Por ejemplo, al hablar de los ladrones crucificados junto a Jesús, Mateo afirma que ambos lo insultaban (Mateo 27:44), mientras que Lucas asegura que sólo uno se burló de él, pero que el otro lo defendió (Lucas 23:39-42); o al referirse a la muerte del gigante Goliath, a manos de David según la versión más conocida, o por obra de un tal Elijanán, según 2 Samuel 21:19; o en lo concerniente al fin de Judas Iscariote, quien se habría ahorcado según Mateo 27:5 o se habría caído de cabeza, según Hechos 1:16-19. La inmensa mayoría de los cristianos no sabe qué decir ante estas contradicciones, pero algunos se esfuerzan por demostrar que no hay contradicción alguna. Sus explicaciones, por lo general, parecen improvisados parches en un barco que hace agua por todas partes; pero incluso admitiéndolas como posibles... Un libro del cual depende la salvación de la Humanidad,¿no debería ser mucho más claro y preciso y menos sujeto a interpretaciones erróneas, máxime si se supone que Dios es su autor? ¿Y merece realmente castigo eterno alguien que, a la vista de estas contradicciones, descrea de lo que se expone en la Escrituras?

Vemos que la teoría inerrancia bíblica no se sostiene fácilmente. Sumemos a ello los errores de interpretación. Dichos errores llevaron, a lo largo de la Historia, a monstruosidades sin nombre. ¡Obligadlos a entrar!, reclamaba Agustín de Hipona, refiriéndose a la conversión de los no creyentes por parte de los creyentes, y basándose en Lucas 14:23, lo que llevó a dudosas y así llamadas evangelizaciones espada en mano; la Cruzada contra los Cátaros o la "conversión" de los amerindios, por citar algunos ejemplos.Por su parte, la locura de la brujomanía, que llevó a que tantos desdichados murieran torturados, colgados o en la hoguera, encontró apoyo bíblico en Exodo 22:18. La mayoría de los cristianos siguen una cobarde política del avestruz ante este nefasto pasado de su fe, aunque, como es sabido, Juan Pablo II en su momento hizo un mea culpa oficial de la Iglesia. Bienvenido sea; pero teniendo en cuenta que la religión que proclama como segundo mandamiento el amor al prójimo hizo tantas veces caso omiso de él y se empapó las manos en sangre por errores de interpretación, me parece que un poco de prudencia al citar e interpretar las Escrituras sería más saludable. Y la existencia de un Infierno como lugar de condenación eterna, también, sobre todo si se cree, ya lo hemos dicho, en un Dios que no sólo es puro bondad y amor, sino que es más bueno y más afectuoso que cualquier mortal común (y ningún mortal común torturaría a nadie por toda la eternidad) es algo que requeriría ser revisado por sus defensores habituales.

 

Pero es pedirle peras al olmo. Jamás lo harán, pues temen ir al Infierno si dudan de la existencia del Infierno...

UNA FLAGRANTE E IMPERDONABLE FALTA AL OCTAVO MANDAMIENTO

EDUARDO ESTEBAN | 22, dic

 

La tradición judeocristiana -concretamnte, dos libros bíblicos, el Exodo y el Deuteronomio- nos hablan de ciertos Mandamientos (simplificados a Diez por el catolicismo) que Dios habría impuesto al Pueblo Elegido a través de Moisés, y que supuestamente siguen en vigencia hasta el día de hoy también para los cristianos. Por supuesto, ciertos ateos e incluso personas de otras religiones podrán objetar y negar todo esto, pero eso no importa porque, para los efectos de este artículo, no interesa cuán cierta sea esta historia, sino la posición oficial del cristianismo. Por otra parte, hasta quienes nieguen esta historia bíblica deberán admitir que al menos algunos de estos mandamientos tienen fundamento lógico y tienen por objeto regular la convivencia humana. Un ateo, por ejemplo, podrá negar el Primer Mandamiento: Amarás a Dios por sobre todas las cosas, porque él niega la existencia de Dios, y por supuesto es absurdo pretender que se ame a quien no existe (punto sobre el que volveremos dentro de poco), pero no ya el Quinto Mandamiento: No matarás, porque en este último caso ya no importa si Dios existe o no, ni si él ordenó eso o no: no se debe matar, y a otra cosa. También coincidiremos muchos en que los actos que condenan estos Mandamientos son repudiables si se ejercen contra simples desconocidos, pero mucho más tratándose de alguien allegado y a quien uno dice amar. En otras palabras, está muy mal que yo asesine a un pobre transeúnte que ningún mal me ha hecho, pero si mi víctima es mi hijo, resulta todavía peor.

Creo que, en teoría, ningún cristiano negaría esto; y sin embargo, una gran mayoría de ellos reincide año tras año en una flagrante falta al Octavo Mandamiento: No dirás falso testimonio ni mentirás. Me refiero a esa desagradable costumbre de hacer que sus hijos crean en Papá Noel (o Santa Claus, o como quiera llamárselo) y los Reyes Magos. Hacen que ellos amen a estos personajes, los cuales no tienen existencia o efectiva. Por supuesto, bella imagen se forman de nosotros, por ejemplo, los ateos: cómo pedirles que crean en Dios, a quien ellos tienen por un ser puramente imaginario, si ven que los cristianos no tenemos ningún problema, parece, en engañar a nuestros propios hijos, haciéndoles creer, en personajes innegablemente imaginarios. Gente así, capaz de fraguar imposturas contra aquellos a quienes más dicen amar, ¿qué reparo podrían tener en engañar a otra gente a la que ni siquiera conocen?

Pero más grave que la opinión que otros se puedan formar de nosotros, los cristianos, es el engaño en sí mismo. El mensaje que se transmite a los hijos al hacerles creer en estos personajes, es que ni en sus propios padres pueden confiar; que el mundo no sólo no es ni la mitad de edulcorado de lo que les han enseñado, sino que además es tan amargo, que ni quienes lo han traído a él, y que deberían amarlos y proveerlos de un bagaje que les permita ser felices cuando hayan crecido, se privan sin embargo de engañarlos.

Hablo de los cristianos porque, francamente, me parece inadmisible la posibilidad de que cualesquiera otras personas cometan también semejante tontería; que un ateo -por mucho que pueda yo discrepar con los ateos- se disfrace de Rey Mago y engañe a sus mismos hijos con un cuento de hadas al que se confiere visos de realidad mediante usurpación de identidades. No obstante, si lo hubiera, doblemente estúpido: no cree en Dios, de quien sin embargo no nos consta que ningún padre haya alguna vez fingido serlo, ¿y enseña a sus hijos a creer en personajes reconocidamente aceptados como ficticios en el mundo adulto, salvo por ocasionales pánfilos que gustan de vivir en irrealidades?

Nunca creí en Papá Noel ni en los Reyes Magos en mi infancia. Mi madre decidió ser sincera conmigo en ese aspecto: cuando la situación económica lo permitiera, me obsequiaría algún regalo por las fiestas navideñas, pero no quería mentirme diciendo que Papá Noel y los Reyes existían, porque el desengaño podría ser muy doloroso. Cuando al crecer cotejé esta opinión con la de gente que sí había creído en Papá Noel y los Reyes, tuve ocasión de comprobar cuánta razón había en ella. Muchos de los interrogados parecían revivir el viejo dolor de la decepción de ese momento en que se enteraron, por fin, de la verdad; e incluso hubo quienes dijeron haberse sentido muy imbéciles.

Por lo tanto, si de verdad amamos a nuestros hijos, demostrémoslo de la mejor forma. Una que no los haga cuestionarse la realidad de ese amor, que si existe debería prescindir de engaños y fabulaciones, por bienintencionadas que sean. No necesitamos, a tan tierna edad, revelarles que el mundo puede ser muy cruel a veces; pero menos aún precisamos demostrárselo con hechos, yendo al extremo opuesto de pintarlo nosotros mismos de color rosa y obligándolos más tarde, no queda otro remedio, a salir de él. Meditemos al respecto. Si no, si esos mismos padres son luego estafados en su buena fe por todo género de gente inescrupulosa, pues... No tendrán mucho motivo para protestar. Engañan, y son a su vez engañados. Justicia divina, que le dicen. ¿Vieron, ateos, que Dios finalmente sí existía?...

LA DIFÍCIL RELACIÓN CON EL PRÓJIMO

EDUARDO ESTEBAN | 23, sep

La convivencia con otros seres humanos, se sabe, no es fácil para nadie, pero en algunos casos se pone peor y uno de ellos es el del cristiano que pretende cumplir con aquello de amarás al prójimo como a ti mismo. Esto nos obliga a ser pacientes, tolerantes, comprensivos y una muy extensa lista de otros etcéteras que no se me ocurren en este momento y de la que, sinceramente, prefiero ni acordarme a fin de no echarme a llorar. El problema es que quien no sea cristiano -y a menos que Diosito nos haya bendecido con la feliz casualidad de que el prójimo de turno profese otra religión que contenga una obligación similar- no está obligado a ser paciente, ni tolerante, ni comprensivo; y salvo aquellos casos en los que la ley lo obliga a portarse bien, hay grandes posibilidades de que elija portarse mal con uno, que también en ocasiones siente ganas de seguir tan bello ejemplo, pero que desafortunadamente tiene la conducta vigilada por feroz perro guardián, la conciencia, azuzada sin piedad por el Todopoderoso y quizás también, no sé, por nuestro ángel de la guarda... ¡Vaya dúo!

Esto ya nos dice algo de las dificultades que podemos encontrar mientras nos ejercitamos en el extenuante y casi pesadillesco arte de la convivencia cotidiana con el prójimo, ese individuo de múltiples caras a quien a menudo, más que de amarlo, nos vienen ganas de retorcerle el pescuezo, con el agravante de que el susodicho a menudo pone muchísimo empeño en que no nos privemos de tan sangriento placer... Ahora bien, creo que podemos y debemos poner límites a ese Mandamiento Nuevo que Nuestro Señor Jesucristo, para nuestra desgracia, tuvo a bien legarnos; y no para exonerarnos temporalmente de cumplir con él y así quedar en libertad de achurar a ese prójimo que tan desacertadamente se nos presenta en nuestras vidas, sino simplemente porque esos límites, hasta donde entiendo, están y no siempre los vemos, y menos si uno es un cristiano recién salidito del horno, con muchas ganas pero desorientado como esquimal en el desierto del sahara, o bien si uno por naturaleza tiene poco seso y se deja esquilmar por cualquiera. Además, está el chantaje espiritual en múltiples formas, usado a menudo por ciertos vivillos para tratar de doblegarnos a hacer su voluntad, que no es precisamente la misma que la de nuestro Padre celestial, por más que en ocasiones intenten hacernos creer eso tocándonos nuestro orgullo de cristianos.

Ya volveremos sobre el particular, pero antes de abordar ejemplos concretos intentemos primero delimitar, grosso modo, los alcances del amor fraterno que Cristo y nuestra condición de seguidores suyos nos exigen, y para definir cualquier cosa, nada mejor que empezar diciendo qué no es. Así que digamos que obviamente dicho deber no implica arrojarnos sobre personas desconocidas diciendo cuánto lo amamos, como si estuviéramos algo pasados de marihuana. Puesto que Jesús nos exhortó a amar al prójimo como a nosotros mismos, podemos también añadir que no debemos hacer a los demás nada que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros; es decir, correr con un hacha a un prójimo especialmente antipático, nones. Además, estamos obligados a amar igual lo mismo al amigo que al enemigo, y entre ambos extremos se hallan obviamente los simples conocidos, personas de paso en nuestra vida y extraños totales. Por consiguiente, creo que nos convendría ser cautos en nuestra tolerancia para con gestos abusivos de amigos o pretendidos amigos; pues hete aquí que luego tendríamos que proceder exactamente con todos los demás, y son demasiada gente para soportar gestos abusivos de ellos. No olvidemos aquello de que tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe: a fuerza de aguantar demasiado, uno, que es humano y como tal tiene sus límites, uno puede terminar estallando y no queriendo saber nada de Cristo ni del prójimo, actitud por demás impropia y desaconsejable porque en definitiva, si uno se ha acercado sinceramente a Dios y llegó a amarlo con todo su corazón, toda promesa de alejarse de El para siempre será en vano. Así que ahorrémonos tiempo, no nos alejemos nada, pero veamos cómo podemos cumplir con sus mandamientos sin terminar de enloquecer en el intento.

Un punto importante a tener en cuenta, me parece, es que si vamos a amar al prójimo y hacer cosas por él esperando ser correspondidos de la misma manera, estamos listos: en nueve de cada diez casos quizás nos digan cuánto nos quieren por ser así de buenos, pero demostrarlo luego es otro tema muy distinto. A la hora de recurrir a ellos, varios se harán los otarios. Así que cualquier favor que les hagamos, hagámoslo porque queremos o en su defecto sólo porque a la fuerza ahorcan; porque en los Evangelios se nos dice que debemos hacerlo y a nosotros no nos es permitido hacernos los otarios. Claro que intentemos adoptar una postura más edificante, ¿no? Después de todo, a veces podrá resultar una cuestión desagradable hacer algo positivo por personas que nos resultan indigestas, pero si no queremos empeorarla, pongamos o intentemos poner algo de entusiasmo en el asunto. Tengamos en cuenta que en medio de nuestra humana pequeñez, nos hacemos un poquito más grandes por dentro cada vez que dejamos de lado nuestras flaquezas para darle una mano a alguien. Y siempre está nuestro Señor que, El sí, no se olvidará de recompensarnos, aunque no creo que sea buena idea tener gestos nobles pensando en la recompensa. Primero, porque precisamente tal pensamiento despoja de nobleza a la acción; segundo, porque por eso mismo el Señor procederá a corregirnos, de modo drástico si es necesario, hasta que pensemos en algo un poco más elevado espiritualmente que cualesquiera recompensas que podamos obtener; y tercero, porque cuando la recompensa finalmente llegue, podría no ser la que esperábamos. Quizás, de hecho, esa decepción termine siendo precisamente el correctivo que nos aguarde por nuestra interesada actitud. En realidad, sentir su Presencia junto a nosotros hasta en los momentos más dolorosos y terribles es la única recompensa que estamos autorizados a exigir sin recibir "palos" asestados desde arriba.

Ayuda mucho a tener una actitud sinceramente cristiana en vez de la forzadamente cristiana atender a nuestro hermano -espiritualmente hablando, por supuesto- en el momento en que recurre a nosotros. Por muy exasperante que nos resulte el género humano en conjunto, lo cierto es que cada individuo, contemplado individualmente, puede exhibir rasgos queribles si nos dedicamos a buscarlos; aun más, puede que nos sintamos identificados con ellos y de ese modo nos resulte más fácil amar a ese hermano como a nosotros mismos. Entonces sí lograremos que cualquier cosa que hagamos por él nos nazca del corazón en vez de limitarse a ser algo impuesto por un mandamiento. Claro que , en otras ocasiones, muy otra será la reacción que nos inspire la petición de turno: ira, irritación, exasperación. Y es que la gente, sobre todo aquella que en realidad nunca en su vida tuvo un carajo de qué preocuparse, a veces nos aborda con pedidos que hacen que reacciones así sean lógicas, por ejemplo porque los mismos resultan infantiles. Una vez más la obligada declaración: no nos es lícito cortarle el gañote o fajar a quien nos sorprenda con solicitudes por el estilo, y menos si, revisando nuestra conciencia, descubrimos que en nuestra pasada conducta hubo momentos o detalles que la asemejaban a la del insólito solicitante. Reconozcamos con humildad, entonces, que no tenemos autoridad moral para fustigar a nadie, pero esto no implica necesariamente que debamos ser condescendientes y acceder a lo que se nos pide. Si se trata de algo descabellado, descolocado o impropio, en su lugar, fraternalmente, siempre podremos explicar con suavidad las razones de nuestra negativa y tratar de brindar apoyo moral para que esta persona crezca espiritualmente. Claro que en muchos de estos casos, el hermano de marras puede que no tenga el menor interés en crecer espiritualmente, y que su respuesta nada tenga de suave ni de fraternal. Mamá yo quiero es la consigna de unos cuantos niños caprichosos en formato adulto, los cuales, si no se ven complacidos, arman tamaño berrinche tal cual lo hacen sus versiones más diminutas. Cuesta sudor y sangre no ceder a sus caprichos con tal de que se callen y nos dejen en paz, pero es lo que debemos hacer.

En lo personal, siendo yo mismo un consumado cobarde, me ha tocado lidiar frecuentemente con individuos todavía mucho más miedosos que yo. La naturaleza de sus miedos me resultaba ya un tanto irritante, pero todavía podía manejar eso, con buena voluntad; lo que terminaba de sacarme de quicio es que algunos de estos buenos muchachos, vigiladores como yo, eran, aunque obvios gallinas para confrontar sus miedos, muy machos para dar órdenes. Y lo que pretendían ordenar era que pidiera por handy ayuda contra peligros imaginarios, quedando uno mismo como el miedoso de turno y resguardándolos a ellos de hacer el papelón. Lejos de obtener de mí ayuda en tal sentido, sólo lograron verme convertido en una bestia bramante digna de una película de terror, máxime cuando el peligro que según ellos los amenazaba eran...fantasmas, que creían reconocer en un ruidito inexplicado aquí y algún otro más allá. Cuando me calmé, seguí negándome a pedir por ellos la ayuda que pretendían (y no me explico qué tipo de socorro esperaban obtener contra fantasmas, pero, como son tantos los que sufren el mismo temor, no me atrevo a catalogarlos como locos), pero intenté al menos tranquilizarlos con largos discursos, reflexión y razonamientos. Tremendo desperdicio de saliva, pero al menos el intento se hizo. El tema en este caso es que no sólo eran absurdos sus miedos, sino que la actitud prepotente les jugó en contra a la hora de obtener lo que querían. El intento de calmarlos, lo hice; pero de ahí a apañarlos, hay gran distancia.

No es tan infrecuente que, después de todo, la relación con nuestros enemigos nos dé menos dolores que el trato con nuestros amigos, especialmente si dicha amistad es más bien superficial. Lo lógico es tratar de guardar distancias con nuestros enemigos, especialmente si los hechos que nos enemistaron con ellos son de data reciente. Hasta que cierren un poco las heridas, al menos, lo prudente es evitarse. El solo hecho de hacerlo en vez de ir por venganza, creo que ya es un poco síntoma de amor al prójimo; y también de amor y respeto por uno mismo, ya que la venganza, aparte de degradarnos como seres humanos, no hace que las heridas duelan menos. Tal vez, cuando hayan cicatrizado, podamos reflexionar sobre la causa de nuestra enemistad. Es posible que descubramos que nuestra culpa en ese asunto es mayor de la que creíamos, en cuyo caso, aunque cueste horrores, sería sabio y noble de parte nuestra ir a pedir nuestras correspondientes disculpas y prometer enmendarnos (y lo más importante, intentar cumplir después). En otros casos, sin embargo, seremos inocentes o al menos habrá culpas compartidas. En todos los casos, siempre es dable intentar un diálogo reconciliatorio, pero tengamos presente que el resultado final a veces está más allá de nuestras posibilidades. Porque un acercamiento así es cosa de ambas partes, y la otra parte puede que no tenga la menor gana de acercarse a nosotros. También es posible que insista en no admitir su parte de culpa, y si la tiene, el hecho es que debe hacerse cargo de ella. Agotados todos nuestros esfuerzos por lograrlo; escuchados sus argumentos y decidido que son absurdos o rebuscados; no sabiendo ya, en fin, qué más hacer, lo prudente es batirse en retirada, y no echar agua y abono a nuestra malquerencia, pero sí resignarse a que no es posible reanudar vínculos amistosos o cuasi amistosos. No obstante, en algún momento puede que esa misma persona necesite seriamente ayuda; nos la pida o no, como cristianos nuestro deber es estar allí, al menos si sabemos positivamente que podemos hacer algo. Esto no significa necesariamente que con ello concedamos que la otra persona era quien tenía razón en el conflicto que nos separó. Sí significa que las tragedias más terribles deben hacernos olvidar todas nuestras previas etiquetas o rótulos, pues en ese momento todos somos simplemente seres humanos e hijos de Dios. Más tarde podemos retirarnos prudentemente, si queremos, ya que hay veces que, por mucho que se intente, no hay forma de componer una relación, o al menos no está en nuestras manos; cuanto podemos hacer es poner el tema en manos del Señor. Pero en ese momento de honda aflicción, estemos donde nos necesitan... Exactamente como nos gustaría que hicieran con nosotros.

La relación con pretendidos amigos es cuestión aún más jodida, especialmente si tenemos en cuenta que quizás a muchos de ellos los consideremos de verdad amigos, sin ese previo pretendidos. En cuyo caso, quizás descubramos que los queridos amigos resulten no serlo tanto como imaginábamos. Hoy en día es un hecho que abundantes personas desean ser queridas, pero ni se les pasa por la cabeza que deben hacer méritos para que se las quiera. De más está decir que tenemos que asegurarnos de que no sea ése nuestro caso, y corregirnos de inmediato si lo fuera. Pero, ya lo decíamos más arriba, los méritos que hagamos no nos aseguran el afecto del prójimo, aun cuando muchas personas, por haber sido buenos con ellas, crean sinceramente guardarnos afecto y gratitud. En realidad, el supuesto afecto puede ser complacencia por la suposición, acertada o no, de que siempre seremos buenos con ellas, y que morimos por estar a su servicio. También abundan, infelizmente, los casos en los que, creyendo que nuestra paciencia y bondad son absolutas e ilimitadas, padeceremos abusos inadmisibles. Fulano nos va a perdonar, es su razonamiento. Y perdonar, debemos; con dificultad, puede que hasta lo logremos. Pero perdonar es una cosa; olvidar, otra muy distinta; y consentir en que se repita el abuso, otra todavía mucho más diferente. Si somos pacientes con actitudes decididamente injustificables, estaremos promoviendo, sin proponernos, que quienes las tengan las hagan extensivas hacia otras personas; que hagan con ellas lo mismo que nos hicieron a nosotros. Pues bien, esto no es correcto. Sin resentimientos, con toda la educación del mundo, pero también con no menos firmeza, en algún momento hay que plantarse delante de estas personas y decirles: Hasta aquí llegaste.

Una cuestión anexa y más jodida tiene que ver con cuestiones financieras. Todos los cristianos sabemos que debemos ser desprendidos de los bienes materiales; por supuesto, serlo de verdad es otro tema. Pero que debamos serlo no quiere decir que haya que darle dinero a cuanto pedigüeño se cruce en nuestro camino, ni aun cuando sea, supuestamente, en préstamo. Por supuesto, a la hora de la repartija monetaria, tenemos más amigos que nunca; de hecho, superamos el millón de amigos que quería Roberto Carlos. A la hora de reclamarlo en devolución, en cambio, estaremos más desoladoramente solos que el monstruo de Frankenstein; y como el monstruo de Frankenstein, nos arriesgamos a que el dolor y la ingratitud nos vuelvan malos. Así que evitemos eso. Podemos evitar pedir dinero en préstamo a nuestros amigos, excepto como mucho alguna pequeña cantidad de tanto en tanto; y prestemos en la misma medida, a menos que la causa sea urgente y desesperada. Evidentemente, un hijo muy enfermo y necesitado de medicamentos costosos lo sería, por ejemplo. Pero ya pedir ayuda, digamos, para hacer una refacción en la casa... Hmmm... Puede que yo sea muy desconfiado, pero hoy en día soy muy escéptico respecto a la buena disposición o "memoria" de la gente para devolver cualquier cosa que pida en préstamo; hasta los más confiables me parecen desconfiables. Así que si la causa del dinero pedido en préstamo es la colocación de nuevos azulejos o cosa por el estilo, la respuesta tiene que ser un rotundo no. Contrariamente, el caso antes expuesto del hijo enfermo no puede movernos a duda, ni aun cuando de lo que sí haya dudas es de que el dinero nos sea devuelto. El caso es que derechos fundamentales como la salud o la vivienda no deberían dar lugar a vacilaciones a la hora de prestar o dar dinero. Pero la remodelación de esa vivienda, o la adquisición de un auto, son ya lujos, y quienes los deseen, que se esfuercen solitos por alcanzarlos, sin recurrir a favores, aun cuando dispongamos de dinero de sobra. Si queremos ser generosos y desprendidos, bien; pero tengamos seso para discernir de qué manera serlo. Deja que el dinero se caliente en tu mano antes de elegir a quién dárselo, aconsejaban las Didaké, un libro de instrucciones para cristianos que data, según se cree, del siglo I de nuestra era; por consiguiente, esto no es ocurrencia mía, sino un sensato consejo que se remonta a tiempos muy antiguos. Hoy en día, causas con las que contribuir financieramente no faltan; sin ir más lejos, y desafortunadamente, las calles de los barrios pobres de América Latina están llenos de chicos medio muertos de hambre; ¿y se nos pide en préstamo dinero para comprar un auto?... De todo corazón: Andá a cagar.

Por supuesto, llevar esta teoría a la práctica no es moco de pavo, y posiblemente sea todavía más complicado de lo que imaginamos. Y quienes, tras convencernos de que los ayudemos ni más ni menos que en la forma en que ellos lo demandan, se marchen fracasados y con todo el despecho del mundo, con un resentimiento sorprendente, sin duda buscarán cómo hacérnoslo aún más difícil incluso en la retirada: ¿Y vos te la das de cristiano?... ¿Vos, que no sos capaz de largar unos miserables mangos, tacaño de mierda?... Ya lo dijimos antes: chantaje espiritual. Es dura la vida. Para todos, por suerte... Y más para estas personas que padecen la sordera del que no quiere oír. Dudosa generosidad de su parte, intentan que nuestras existencias sean tan complicadas como las suyas... Pero a no aflojar, a no conmoverse por aquello que no lo merece. Nosotros nos esforzamos por hacer lo que debemos; si nos esforzamos lo bastante, no podemos saberlo, pero ya lo decidirá por nosotros el mejor Juez que podamos esperar, uno incorruptible e imparcial. Hasta entonces, siempre podremos intentarlo de nuevo luego de cada fracaso, siempre transitando por nuestros intrincados laberintos espirituales, llenos de caminos que no conducen a ninguna parte y por los que a menudo nos extraviamos, pero por los que, por suerte, siempre nos será permitido volver sobre nuestros pasos en busca de la verdadera salida.

ARROGANCIA: SÍNTOMA INEQUÍVOCO DE LA "VERDADERA" FE

EDUARDO ESTEBAN | 23, sep

 

Hace unos años, una encuesta realizada en Estados Unidos demostró que allí un porcentaje muy elevado de la población -creo recordar que más del cincuenta por ciento, pero desgraciadamente no pude encontrar el dato exacto- creía que quienes no profesaban la misma religión que ellos, se iban al Infierno.

 

Si bien en Estados Unidos la mayor parte de los cristianos pertenecen a iglesias de origen protestante, no debe creerse, por desgracia, que los católicos permanecemos por completo ajenos a semejante mentalidad retrógrada. Así, en un obtuso sitio de Internet llamado El cruzado.org, se afirma que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación.

 

Analicemos un poco estos asertos. Conforme al credo católico (y creo que casi todas las demás iglesias coinciden en este punto específico) hay un solo Dios y tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto es el misterio de la Santísima Trinidad que, precisamente por su condición de tal, no admite razonamiento, no obstante ser lo primero que debo aceptar, sin discutirlo, dudar de ello o intentar comprenderlo, en pro de mi salvación.

 

Ahora bien, si quien enuncia como cierto tal misterio es alguien respetable, alguien que enorgullece y honra la fe cristiana -caso por ejemplo de la difunta madre Teresa de Calcuta, a quien el Señor tenga en su santa gloria- hay buenas posibilidades de que un novato en la fe admita como cierto el misterio de la Santísima Trinidad. Sin embargo, escasearán si el pregonero de dicho dogma es alguien más cercano en espíritu a algunos papas infames como Inocencio III o Alejandro VI, por ejemplo. De lo cual resulta que, si tengo la mala suerte de que me toque alguno de estos últimos y desconfíe de sus enseñanzas, hombres crueles y calculadores como Inocencio III y Alejandro VI (si contemplamos la situación desde un punto de vista católico) están en el Cielo, pero ese novato, por su abominable pecado, por su delito, arderá en el Infierno. Delito que, en definitiva, consistiría básicamente en tener mala suerte: el novato de marras tuvo a su alcance la Suprema Verdad, pero como tuvo la desgracia de que quien se la ofreció olía más a azufre que a santidad, no creyó en ella. Delito que será asimilado a la maldad y condenado a una eternidad de suplicios

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Así nos encontramos, una vez más, con ese sádico dios castigador que tanto gusta a cierto sector de la cristiandad, un dios que, como acabamos de ver, no recompensa o castiga acciones, sino sólo la suerte. Para los católicos que piensan de esta manera, no importa de qué monstruosidades sea uno culpable: con que sólo por temor al Infierno me convierta al cristianismo y rece luego tres Padr4nuestros, cuatro Avemarías y dos Glorias -más o menos- basta para que me vaya al Cielo. Ahora, si mi fe se opone a la de la Iglesia Católica, no importará cuánto haga por mis semejantes, cuánto me sacrifique por ellos, las buenas obras que realice: igual me iré de cabeza al Infierno. Y los más extremistas entre las demás congregaciones cristianas (evangelistas, bautistas, adventistas, etc.) adaptan a su propia doctrina y hacen suyo este postulado.

La base de tan desagradable creencia -que contradice de raíz la noción de un Dios justo y bueno, rebajando al Señor a la condición de mero tiranuelo sensible a la adulación y el servilismo interesado de sus fieles, e incapaz de perdonar la mala suerte a la hora de elegir lo que no puede escogerse por razonamiento- se encuentra en un principio tan elemental como arrogante y despreciable: siempre Yo tengo razón. Si soy católico, ésa será la verdadera fe, y quienes no la profesen serán malos e irán de cabeza al Infierno. Si en cambio soy evangelista, serán los no evangelistas quienes merezcan la condenación eterna. Pero allí no acaba la cosa. Si siendo católico o evangelista reflexionara que, después de todo, no es ésa la religión verdadera, sino cualquier otra, por ejemplo el pentecostalismo, sin perjuicio de mi yerro anterior, serán los no pentecostales quienes se irán al Infierno, ya que, después de todo, ¿quién mejor que Yo para decidir dónde se encuentra la Verdad Absoluta o cuál es la Verdadera Fe? Lo lamento, pero así son las cosas...

 

De esa manera, por ejemplo, uno de los primeros exponentes famosos de la filosofía "siempre Yo tengo razón""la mía es la Verdadera Fe", Tertuliano, era al principio católico, y desde su posición de tal, condenaba como desviaciones religiosas -y punibles en consecuencia con suplicios eternos en el Infierno- todo aquello que se oponía a la ortodoxia del momento. Pero más tarde se convirtió al montanismo, acto que dejaba implícito que su primera opción religiosa, el catolicismo, le parecía errónea. Ahora bien, podría suponerse, con gran optimismo, que tras aquel supuesto error, sería más prudente al condenar las creencias ajenas; pero ¡qué va!... Siguió echando denuestos lo que consideraba graves equivocaciones en materia religiosa. Queda claro que, no obstante su fama -y en alguna otra oportunidad podremos corroborarlo-, Tertuliano era un soberano idiota. No en vano afirmaba Einstein que "quien sólo tiene ideas claras es con toda seguridad un tonto"

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Y a todo esto, ¿cuál es la verdadera fe, suponiendo que alguna lo sea? En broma respondería que la mía, si no fuera que siempre habrá quien me tome en serio. Y sin embargo, la respuesta no está muy alejada de esa chanza. Es decir, quienes profesamos alguna religión evidentemente sentimos ésa como verdadera, porque si no, creeríamos más bien en cualquier otra religión. Pero se trata de algo muy subjetivo, y siempre debemos tener presente eso. Pretender que los demás compartan nuestra fe es ya dictatorial y absurdo. Es evidente, sin embargo, que si nuestra religión predica suplicios eternos para quienes no crean en ella, nos sentiremos culpables si no intentamos convertir a la misma a nuestros semejantes; pero debemos ponernos de acuerdo, de una vez por todas, acerca de si Dios es nuestro Padre y Señor, el ser justo y bueno en el que anhelamos creer, o el caprichoso tiranuelo de pacotilla que sólo quiere rodearse de obsequiosos y castiga sin piedad la mala suerte. Ambas cosas a la vez no pueden ser. Un Dios justo y bondadoso castigará sin duda a los malvados, pero no hay nada que con propiedad pueda calificarse de malvado en elegir una religión que resulta no ser la verdadera, si no tenemos forma veraz de distinguir entre ésta y la falsa. Por lo demás, la verdadera religión podría ser toda aquella que inste a sus fieles a hacer el bien, lo justo, lo correcto.

 

En este sentido, debo admitir que he tomado distancia de un sitio de Internet perteneciente a cierta comunidad católica del que solía ser habitué, ya que siento que no seguiré creciendo espiritualmente en él, y que allí soy más bien sapo de otro pozo. El sitio en cuestión incluye un foro; y examinando el contenido del mismo, salta a la vista que una de las mayores preocupaciones de quienes lo frecuentan es, créase o no, la celebración del Halloween, que consideran satánica. La verdad es que dicha celebración se remonta a o tiene sus orígenes en una festividad pagana celta, el Samhain. Ahora bien, paganismo de ninguna manera es asimilable a satanismo, y si lo es, estamos listos, ya que la fecha en que celebramos el nacimiento de Cristo y el mismo árbol de Navidad tienen origen pagano. Y es fundamental recalcar esa diferencia entre paganismo satanismo, porque al menos un grupo religioso neopagano, los Wiccanos, celebran elSamhain a semejanza de los antiguos celtas. De ahí a verlos como malvados brujos y brujas adoradores de Satán, hay un paso muy, muy pequeño. Yo considero que el escándalo que se hace en torno al Halloween -más allá de que me sienta ajeno a dicha celebración, que en Latinoamérica no pasa de ser un vulgar intento de los comercientes por seguir currando igual que lo hacen en otras fechas festivas, incluyendo las cristianas, como Navidad o Pascuas- es una tonta, absurda reminiscencia de los períodos más oscurantistas del Cristianismo. Durante esos períodos, la Iglesia ejerció un papel denigrante y mucho más alejado de las enseñanzas de Jesús que los satanistas más perversos imaginables; y los cristianos deberíamos recordarlo para no reincidir en viejos errores que en realidad fueron horrores. No obstante, en el sitio web ya mencionado no se habla de esas cosas. Allí la, gran, terrible preocupación es el Halloween. Queda claro que, por más que nos una la fe en Cristo, pertenecemos a distintas religiones ellos y yo. No puedo comprender ni aceptar la suya.

 

Recientemente, gracias a la Internet, me he enterado de la existencia de otra religión neopagana conocida como Asatru y que consiste básicamente en la adoración de antiguos dioses nórdicos como Odín y Thor. Es preciso separar trigo y cizaña y admitir que libros como Religión y antropología: una historia crítica, de Brian Morris, vinculan a los Asatrúars, imagino que con cierto fundamento, con ciertos movimientos racistas que están alzando cabeza en todo el mundo. Pero no es menos cierto que la mayoría de los sitios Asatrúars que pueden encontrarse en Internet repudian el racismo, y en cambio pregonan lo que llaman las Nueve Nobles Virtudes, que son valores intemporables y perfectamente consistentes dentro de la fe cristiana: Coraje, Verdad, Honor, Fidelidad, Laboriosidad, Hospitalidad, Disciplina, Confianza en uno mismoPerseverancia. En lo personal, encuentro más provechoso este tipo de espiritualidad que los delirios anti-Halloween del sitio cristiano al que me refería previamente. Por lo demás, manzanas podridas e historial un tanto dudoso los hay en todas las religiones, y los Asatrúars no tienen por qué ser la excepción. Todo lo cual no quita que siga siendo un firme creyente en Cristo, pero hay veces, como acabamos de ver, que los valores que predicó Jesús parecen más vigentes en la vereda opuesta que en la propia, y eso es lo que quería recalcar.

 

Por último, vale la pena recordar amablemente aquí que los cuatro Evangelios (cuyos autores, además, no fueron en realidad Mateo, marcos, Lucas ni Juan, según se cree actualmente) a menudo se contradicen entre sí, y que la mayoría de las veces se pasan por alto esas contradicciones o se las trata de explicar de un modo por lo general nada convincente; por lo que si se afirma que sobre los Evangelios y sólo sobre ellos reposa la verdadera fe,convendría preguntarse sobre cuál o cuáles de los cuatro, ya que una misma cosa no puede ser y no ser a la vez. Y que sean precisamente esos cuatro y no otros los incluidos en el Nuevo Testamento se debe casi en exclusiva a maniobras políticas del emperador Romano Constantino, impropiamente llamado el Grande, quien vio en la pujante religión cristiana un posible y eficaz instrumento para consolidar su poder. Bajo su égida se reunió el Concilio de Nicea, que decretó arbitrariamente, entre otras cosas, cuáles libros pasarían a integrar el canon oficial y cuáles serían condenados a la clandestinidad. Esta vulgar movida política nos privó durante siglos, por ejemplo, del Evangelio de Tomás, de notable valor espiritual y ahora redescubierto y revalorado gracias a esfuerzos de arqueólogos a historiadores del cristianismo como Elaine Pagels.

 

Los Evangelios son en realidad un maravilloso camino para acercarse a Dios, pero no representan más que visioneshumanas y por lo tanto imperfectas de un mismo hecho: hace poco menos de dos mil años, un hombre llamado Jesús, que para algunos de nosotros es Dios hecho carne, predicó sobre asuntos espirituales y nos legó un mandamiento, amar el prójimo como a nosotros mismos, lo que ante todo implica respetarlo. En la medida en que cumplamos con ese mandamiento estaremos, creo, más cerca de abrazar la verdadera fe, sin importar qué religión profesemos. Y si, como cristianos, nos preocupa el cumplimiento de un mandamiento que precede en orden a ése, amar a Dios por sobre todas las cosas, recordemos en primer término que fue el mismo Jesús quien dijo que no puede amar a Dios, a quien no ve, quien no ama a su hermano, al que ve. Por lo demás, si ese mismo Dios elige manifestarse ante algunas personas bajo formas ajenas al cristianismo, incluso como una pléyade de dioses, no somos quiénes para objetar al respecto, por mucho que la idea seduzca a los eternos arrogantes que se autonombran paladines de la verdadera fe.

EL DEBER

EDUARDO ESTEBAN | 11, jul

Desde hace ya muchos años, nuestra gran preocupación son los derechos humanos. Ciertamente es una noble preocupación. Yo mismo, años ha, insistía mucho en ese aspecto. Es lógico. Uno siempre desea que el mundo esté mejor, y vemos que de los derechos humanos hay muchos abusos en todo el mundo. A veces de un modo al que, por cotidiano, ya nos hemos acostumbrado, caso de los niños que vemos vagando por las calles pidiendo algo que comer. Nos hemos olvidado que ésa no es una situación a la que podamos llamar normal,; que ese niño tendría que estar jugando o yendo a la escuela o, en fin, haciendo cualquier cosa, menos eso que está haciendo. Luego, hay otras formas de abuso de los derechos humanos mucho más resonantes, como la trata de blancas, la explotación infantil... En fin, hay para todos los gustos. Todo eso, nadie lo niega.
Pero me parece que de un tiempo a esta parte, se ha exagerado mucho acerca del tema. Nos hemos olvidado de que el reverso de la moneda son los deberes.  Cortázar, un escritor que sin embargo ni de lejos es santo de mi devoción, dijo una vez que hay dos clases de libertad: falsa, en la que todo el mundo hace lo que quiere, y verdadera, en la que todo el mundo hace lo que se debe. Por  poco que coincida con Cortázar, en este caso no puedo menos que concordar. En efecto, da la impresión de que ahora todos y cada uno se creen grandes señores a quienes no es posible decirles nada, sin que se sintan atropellados. En cierto arroyo de Córdoba, un chico de no más de nueve o diez años, muy interesado en la ecología, se acercó a un hombre que estaba dejando basura en el lugar y le pidió que se la llevara consigo. El hombre (por llamarlo de alguna manera) miró despectivamente al chico, le gruñó no sé qué cosa de mala manera y en definitiva, hizo lo que se le antojó. En otro ámbito, en un supermercado, es posible ver cómo los clientes se ofenden cada vez que son sometidos a un control por parte del personal de seguridad, como si fueran grandes Lores que deberían quedar exentos de toda sospecha (admitiendo que los Lores efectivamente sean dignos de una exención así, lo que ya es otro tema). Siempre, cada uno intenta defender su postura, abusivamente, sin reflexionar.
Mentalidades de este tipo han llevado a la Humanidad a ser lo que es hoy, un caos en el que no hay forma de controlar el delito y en el que el poderoso se yergue oprimiendo a quien tiene debajo. Una variante relativamente reciente, al menos en el grado al que me refiero, es culpar de todo al gobierno. Pero no es culpa del gobierno que un alumno enloquecido apuñale a una maestra, o que un grupo de colegialas golpeen a una de sus compañeras hasta deformarla, o que un hombre humille en público y premeditadamente a su esposa. La Humanidad es algo que hacemos entre todos. Podemos reclamar nuestros derechos, pero sólo si nos corresponden realmente. Tenemos que tener el suficiente coraje para examinar si es así y, en caso negativo, dar un paso al costado para que lo reclame la persona a la que sí le corresponda ese derecho. Lo que nos lleva a otra triste realidad: la mayor parte de la gente es cobarde. No está en condiciones de soportar la menor dureza, no se halla dispuesta a abandonar ni la más ínfima comodidad. Si dos hombres se trenzan a puñetazos no es por exceso de virilidad sino, más frecuentemente, por no ser otra cosa que un par de maricas muy poco dispuestos a evaluar su posición y admitir en qué puntos están equivocados.
En otra época se valoraba mucho el honor, tal vez de distinta manera que ahora y, opino, de una forma equivocada. Aun así, el honor implicaba cumplir con lo que se debía hacer. Por lo general, en otros tiempos esto se traducía en que ningune injuria debía quedar impune. Así se daba inicio a interminables historias de venganza y muerte. Miles de  años de civilización no han mejorado mucho esta mentalidad. Seguimos teniendo historias de venganza y muerte, por mucho que las repudiemos. En cuanto a hacer lo que se debe hacer, ni en sueños. Se miente, se engaña, se traiciona, todo a niveles cada vez más perversos, La palabra dada ya no tiene valor; la imagen personal es cada vez más un horrendo retrato de Dorian Gray deformado por incontables vicios y ruindades. Hoy, un amigo hace bien en desconfiar de un amigo, y si no lo hace, es un necio.
La endeble, ridícula excusa que todos esgrimos para no hacer lo que debemos, es que nadie lo hace. Pero con que sólo una persona decida hacer lo que se debe,  los demás no tendremos excusa. Seguramente nos importará muy poco. En realidad, la excusa en cuestión es tan burda como infantil. El deber cumplido demuestra la grandeza de un hombre; quienes no cumplen con su deber son seres pequeños, insignificantes, patéticos y propensos a la traición. Cumplir con el deber ennoblece, y la nobleza no es para todos, sino para unos pocos. Aun así, hablaría muy bien de todos y de cada uno de nosotros que nos molestáramos en intentarlo. Bien se dice que una sola persona hace la diferencia. Eso tal vez no le importe a nadie más, pero debería importarnos a cada uno de nosotros. Deberíamos  desear ser algo más que ovejas yendo a la par que el resto del rebaño; deberíamos aspirar al orgullo de ser hombres en el más elevado y digno de sus significados.
Les diré algo: no tenemos excusa. Hay gente que sí cumple con su deber. Tal vez sea la que menos alaraca hace al respecto. La gente íntegra es la más silenciosa. Cuántos son, no lo sé. Pero hay. Está en nosotros decidir si seguiremos siendo parte del montón, o si trataremos de  alcanzar la cúspide sólo reservada para los más dignos moralmente. Pero si no lo intentamos, al menos tengamos el valor de admitir que no quisimos hacerlo. No culpemos a  los demás porque, por suerte,  el alma humana es el único lugar  del que seguiremos siendo amos y señores a menos que nosotros mismos deseemos someternos para estar más cómodos.

¡UFA, CHE!...

EDUARDO ESTEBAN | 2, abr

Si vive usted en Argentina, haga usted la siguente prueba:

Ingrese a muy temprana edad en un cuerpo de bomberos, rescatistas o cosa por el estilo, y salve de una muerte segura a 1.572 personas. Acto seguido hágase atleta profesional, y supere todos los récords en disciplinas varias. Lograda esa meta, ingrese en la milicia y conquiste veintisiete países. Sin pausa, pida la baja y dedíquese a la política, llegando a la presidencia de la Nación, siendo reelecto al menos dos veces, y durante todos esos mandatos obtenga éxitos apabullantes, reflotando la economía, garantizando la seguridad de los habitantes del suelo argentino y llevando al país al primer mundo, e incluso haciendo que los E.E.U.U. parezcan una triste caquita por comparación. En sus ratos libres dedique dos años a la música y en ese lapso componga seis sinfonías que hagan que el repertorio de Beethoven parezca digno de un triste principiante. No se demore, porque además debe escribir una docena de libros que arrasen con los Nobel de literatura. Retirado ya de política, música y literatura, hágase actor y obtenga al menos cinco premios Oscar por otras tantas interpretaciones. Por último, aburrido de la farándula, hágase físico y revele las claves de la creación del Universo que por el momento todavía provocan dolores de cabeza al gran Stephen Hawking.

Habiendo hecho todo eso, desplómese sobre el primer asiento que encuentre, jadeante y necesitando recobrar fuerzas. En ese momento se oyen aplausos y vítores, y hasta la voz de alguien que reclama urgentemente un médico que atienda a una persona que se desmayó de la emoción. En el momento en que Ud. alza la cabeza para agradecer al público, ¿qué descubre? Pues que a usted ni bola que le están dando, todas esas reacciones han sido provocadas porque alguién ha hecho mención, no importa en qué contexto, al difunto Ernesto Che Guevara.

Y es que en este bendito país, parece que al único que se considera digno de atención, el único que ha hecho algo meritorio, es el Che. Si se hace una película sobre la vida de un argentino célebre, será sin duda sobre el Che. Si se escribe un libro, el tema del mismo será el Che... ¡¡¡ME TIENEN LAS PELOTAS LLENAS CON EL CHE!!! Y la verdad, ¿cuál es el gran mérito del querido Che, salvo haber alcanzado la fama por cualquier cosa que no sea una supuesta homosexualidad? Porque encima, eso: la única posibilidad de que alguien se fije en usted es que, tras morir luego de esa variopinta trayectoria que describíamos al principio, a alguien se le ocurra que usted tenía inclinaciones homosexuales. Recién entonces alguien se dignará hacer comentarios sobre usted, que nada tendrán que ver, ciertamente, con las 1.572 personas rescatadas, ni con sus múltiples récords deportivos, ni con los veintisiete países conquistados, ni con las seis impresionantes sinfonías compuestas, ni con sus multilaureados libros escritos e interpretaciones fílmicas. No: todo lo que querrán comentar será su homosexualidad, y a lo sumo cómo la misma se refleja en su obra

Milagrosamente, al Che nadie le exige la presentación del carnet de homosexualidad comprobada o sospechada para contarlo en la pléyade de celebridades, aunque hay que decir que, en realidad, ma qué pléyade ni qué pléyade, bien solo está el pobre en la supuesta constelación de famosos. Reina sin competencia en las alturas. Se sabe quién es él: el único argentino que al parecer ha existido y existirá por siempre jamás. Alguien habló de un tal San Martín... Pero eso más bien parece cosa del Vaticano que de Argentina, ¿no? También hablan de un cierto Belgrano, pero ni idea de quién habrá sido; suponemos que el fundador del barrio que lleva su nombre. En cuanto a Marco Denevi, Julio Cortázar, Alberto Ginastera, Florentino Ameghino, René Favaloro y Tita Merello... menos todavía. Bah, bueno, la última de las mentadas tiene un complejo cinematográfico que lleva su nombre, así que posiblemente sea la dueña. Y también hay un museo que se llama Florentino Ameghino... Y que seguramente, está dedicado al Che, ¿a qué otra persona o cosa podría estar dedicado?...

Y hablando de museos, dentro de unos meses espero pasar unas vacaciones en la localidad cordobesa de Alta Gracia, que tiene unos paisajes espectaculares. También hay un museo que, creo se llama Casa del Virrey. Y ¡ay!, también otro, el Museo Casa del Che, o algo así. Llevo varios años yendo allá, puesto que ahí vive mi nunca bien ponderada madre; ¿Y cuál es la eterna pregunta que todo el mundo me hace al volver?; ¿Visitaste la Casa del Che?... ¡¡¡Pero la puta que los parió a todos!!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NO HE IDO, NO VOY, NO IRÉ!!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NEIN!!! ¡¡¡NIET!!! ¡¡¡BASTA CON EL CHE!!