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La Coctelera

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 24 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 22, nov

   Era la noche del viernes y los padres de Lucy, según su costumbre, habían ido al grupo de oración; pero ella se había quedado en casa y en cama, engripada, y con una fiebre capaz de derribar hasta a un elefante. Dio la casualidad de que tampoco Doña Cata fue, porque había trabajado más tiempo que de costumbre y estaba muerta de cansancio. Estaba en la cocina, preparando la cena, cuando escuchó que enfrente se detenía una moto. Descorrió un  poco la cortina y miró.

       -¡Aaaaaaay! ¡Volvió el Fabio!-comentó, más para ella misma que para su esposo, aunque éste acudió a ver.

      -Ajá. Es él-dijo Cacho.

      Doña Cata había acabado por admitir que Fabio no era un muchacho tan encantador como le parecía a ella, y decididamente no una buena influencia para Débora. Luego de que ésta y Doña Elvira se hubieran comportado tan raro a lo largo de todo un mes, Doña Cata no sabía qué pensar de ellas, y le parecía que este nuevo incidente no venía a mejorar cualquier cosa que estuviera incubándose en la casa de enfrente. También ella, como Doña Elvira, empezó a imaginar distintas combinaciones de asesinato y suicidio, y se asustó; de manera que llamó por teléfono a casa de los Alvarez, con la esperanza de que, por hache o por be alguno no hubiera ido al grupo de oración.

      -¡Qué raro!...-dijo Cacho-. Doña Elvira lo dejó pasar a Fabio.

      -¿Cómo, qué?...-Doña Cata estaba al borde de un ataque de nervios, y en ese momento Lucy atendió el teléfono-. Ah, Lucy, querida, ¿tus papás están en casa?

      -Que Doña Elvira lo dejó pasar a Fabio-repitió Cacho.

      -¡No te entiendo!

      -¡Que Doña Elvira lo dejó pasar a Fabio!...-Cacho impaciente.

      -Cacho, por Dios, ¡le estoy hablando a Lucy!... ¿Así que lo dejó pasar?... ¡No, no, Lucy, querida, le hablo a mi marido!... En casa de Doña Elvira, ¿sabés? 

      -Y la vieja se quedó afuera.

      -¡Y la vieja se quedó afuera, Lucy! ¿Por qué se quedó afuera, Cacho?...

      -¿Pero cómo mierda querés que lo sepa?-gruñó Cacho.

      -Dios, acá me da un infarto... ¡Lucy, vení pronto, que si ahí ocurre algo, yo no voy a saber qué hacer!

      Y nerviosa como estaba, no tuvo mejor idea que colgar sin más; con lo cual, del otro lado de la línea Lucy quedó tan alarmada como Doña Cata, y quizás más todavía, porque no tenía la menor idea de qué ocurría en casa de Doña Elvira, pero al parecer no era nada bueno. Su estado gripal la instaba a quedarse en casa y bien abrigada, pero tratándose de una emergencia tenía que hacer de tripas corazón. Quiso llamar a un remís para por lo menos no tomar tanto frío  pero, para su desgracia, en las dos primeras remiserías que llamó había más de media hora de demora. Consternada, decidió ir a pie, que tan lejos no era, después de todo; y se vistió tan rápido como pudo, dejó una nota para sus padres diciendo adónde iba, atendió una llamada telefónica que vino a interrumpirla justo cuando estaba por salir y, finalmente, salió a la calle. Allí se encontró con Fede, de Supremacía Satánica, que justo salía de la sala de ensayo.

       -¡Por favor!...-exclamó Lucy.

      -Hola-gruñó Fede.

      -Ah, sí, hola, disculpá... Es una ebergencia. Be llabó alguien diciendo que una chica que conozco está en problebas. Parece que se quiere batar, o qué sé yo. Es acá cerca. ¿No... No be podrías llevar?

      Fede asintió.

      -Subí-dijo.

      En casa de Doña Elvira, mientras tanto, Débora intentaba reponerse, sin mucho éxito, del hecho de tener allí a Fabio en aparente coincidencia con los augurios del horóscopo. ¿Y ahora?, pensaba, confusa, con la boca abierta, como hallándose hipnotizada o bajo un encantamiento.

      Majestad, hasta entonces dormido en su anaquel habitual, despertó en ese preciso instante. De inmediato adoptó su habitual pose de ídolo egipcio y paseó la mirada por su entorno, cual soberano que vigila que sus dominios estén en paz.. Encontró todo más o menos en orden, salvo que algún estúpido humano había dejado entrar de nuevo al costal de bosta parlante con ínfulas de dios grecorromano. ¡Era el colmo!... ¡Ni un segundo podía descuidarse!... Maulló con mucha dignidad, y aquel maullido era una orden inapelable de que alguien retirase de palacio tan repugnante costal.

      Ese maullido pareció devolver a la realidad a Débora.

     -Momentito, momentito, momentito-dijo con firmeza, interponiendo sus manos entre ella y Fabio, en el momento en que aquel pretendía abrazarla y besarla con mucha pasión-. Sentáte ahí-agregó, señalando una de las sillas en torno a la mesa y tomando asiento a su vez.

      -¡Eeeeeeeeeh! ¡Qué mala que sos! ¡Así, tan fríamente me recibís-dijo Fabio, sonriendo. Porque, por supuesto, Débora se estaba haciendo rogar, no quería parecer una chica fácil, se hacía la dura. Estaba jugando con él. Pero nada más.

      Majestad volvió a maullar. Fabio miró de reojo a aquel viejo enemigo de cuatro patas. Qué buen guiso de liebre podía hacerse con aquel gato grande y gordo...

      Débora observó por unos segundos el rostro de Fabio. En su interior, un  viejo rescoldo que creía apagado parecía a punto de levantar llama de nuevo. El diario pareció incorporarse y tomar la palabra: El clima es propicio para una reconciliación. No desaproveches el momento. La ternura domina la escena en tu relación con Fabio. Después no digas que no te avisé.

       Desde el tacho de basura del cuarto de Débora, por su parte, Las casas zodiacales y el horóscopo también tenía mucho que decir: El día tanto del mes tanto, el sol entra el la constelación tal, entonces... Débora empezó a ponerse nerviosa, y su diestra a avanzar hacia un atado de diez cigarrillos, empezado hacía menos de media hora.

      -Qué rico olorcito...-murmuró Fabio, con aire goloso-. ¿Qué se cocina?

      -Asado al horno con papas-contestó Débora, maquinalmente, luchando con esa diestra medio transformada en garra que iba en busca de los cigarrillos.

      Enfrente, en la casa ubicada a la derecha de Doña Cata, la señora de Domínguez había puesto un disco de grandes éxitos de Pimpinela, y ahora llegaba hasta los oídos de Débora, claramente, Olvídame y pega la vuelta. ¿Qué cantaba Lucía Galán?:

                                                       Hace dos años y un día que vivo sin él,

                                                       Hace dos años y un día que no lo he vuelto a ver,

                                                       Y aunque no he sido feliz aprendí a vivir sin su amor,

                                                        Pero al ir olvidando de pronto una noche volvió...

      Es cierto. Aprendí a vivir sin este idiota. ¿Voy a arruinarlo ahora?, pensó Débora. El diario insistió: El clima es propicio para una reconciliación. La ternura domina la escena... El señor Alvarez se invitó a sí mismo a opinar bajo la forma de un recuerdo: No quiero ofenderte, pero me asombra que una chica inteligente como vos crea en esas tonterías. Pero si no en el horóscopo, ¿en qué creer? La figura de la monja que la había entrevistado aquella mañana en Béccar pareció responderle: Creéme que fue una buena decisión venir acá, querida. Vas a vivir una experiencia maravillosa y humana, que nunca en tu vida vas a olvidar...

      -¡Eh, flaca, despertáte!-exclamó Fabio, impaciente-. ¡Te estoy hablando!

      -Dame un minuto. Estoy pensando algo importante. Ya te atiendo.

                                                         Porque ahora soy yo la que quiere estar sin ti.

                                                         Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa,

                                                         Y pega la vuelta...

      Por primera vez, Débora se asustó de su propia audacia ante el camino que había elegido. Tal vez no esté preparada para esto, pensó. Lo mismo había dicho aquella mañana, durante la entrevista en Béccar. ¿Qué había contestado la monja que la atendió?: Alguien que sufrió tanto está mejor preparado que nadie. No permitas que nada te desanime. Te aseguro que no llegaste hasta acá por nada, y que no te vas a arrepentir. El atado de cigarrillos estaba de acuerdo, pero aportó lo suyo: Sin embargo, vas a necesitarme para darte coraje, y bien que lo sabés. Como adivinando aquel pensamiento, Majestad volvió a maullar desdeñosamente. Si uno los descuida, los humanos sólo piensan, y dicen tonterías... Fabio miró otra vez  al gato, con cara de odio.

      La diestra ya estaba sobre los cigarrillos. Nada más uno, para los nervios, dijo el atado. En ese momento, algo tironeó de la otra mano. Dieguito. La mano bendecida por la del nenito el tiempo que éste la sostuvo durante el viaje en ambulancia cuando, al borde de la muerte, y por el sólo hecho de que alguien estuviera a su lado, ocupándose de él, había sentido la paz que quizás nunca antes había conocido. Débora miró hacia esa mano y le pareció ver a Dieguito ahí, junto a una pila de ladrillos de jueguete, mirándola a la vez anhelante y con cara de reproche: Me prometiste que me ayudarías a construir cosas.

      Tal vez Cielo e Infierno por igual reprimieron el aliento, espectantes, a la espera de la decisión de Débora,  pendientes de lo que seguiría. La mano derecha de la joven acariciaba el atado de cigarrillos.

      Y de repente, Débora impuso su voluntad por encima de la de su propia mano, y obligó a ésta a abollar el paquetito, con los nueve cigarrillos que aún restaban. En ese preciso instante, la esclavitud a que la había sometido la nicotina llegaba a su fin, y muchas otras cadenas comenzaban a romperse.

      -Bueno, Fabio, disculpá la demora-se excusó Débora, sonriendo aliviada tras aquella lucha interior de la que emergía triunfante-. ¿Qué me decías?

      -Te preguntaba si cocinaste vos.

      -Ajá...

      -¿Y falta mucho para que comamos?

      -Elvira y yo comeremos calculo que en...unos veinte minutos, digamos. Vos, no sé. Preguntále a tu cocinera o cocinero.

      -¡EEEEEEEH! ¿No vas a invitarme a comer?

      -Te invito, si querés, pero mañana, en un restaurante... Y pagás vos. No pretenderás, supongo, que te invite a cenar acá, siendo que Elvira es la que puso la plata para la comida. Ahora, si ella te envita, yo no tengo problemas en que te quedes...

      -Ah, bueno...-dijo Fabio, sonriendo, sin dudar de que, si la vieja lo había dejado entrar, también lo invitaría a comer-. ¡Qué linda estás!

      -No digas pavadas. No sé si alguna vez me viste tan zaparrastrosa y de entre casa como hoy-contestó Débora, sonriendo con buen humor.

      -Pero si es cierto...-dijo Fabio, componiendo su voz seductora, y tal vez creyendo en sus propias palabras. La verdad es que Débora estaba embellecida por cierta paz interior y callada alegría.

      Pero Fabio tuvo la lamentable ocurrencia de querer tomarle la mano, y Débora la retiró con tal brusquedad que se hubiera dicho que una corriente eléctrica la había sacudido. ¿Pero qué se creía aquel zopenco? ¡Esa era la mano de Dieguito!...

      -Mirá, querido, todo bien con vos, pero no soy un timbre para que me estés tocando. Las manos en los bolsillos, ¿eh?, si no querés terminar con un ojo en compota-dijo, muy enojada.

      -¡Pero soy tu novio!...-exclamó Fabio. Tal vez ahí empezó a sospechar que algo andaba mal en serio, y que Débora ya no estaba a los pies de él.

      Débora se echó a reír.

      -¡Lo disimulás muy bien!

      -Débora, ¡yo quise venir antes, pero tuve cosas que hacer!

      -Te entiendo, te entiendo...-tono burlón de Débora, pero no exento de cierta amabilidad-. Sos un hombre muy ocupado. Hoy me visitás a mí, mañana a Natalia, pasado a Anahí, el lunes a...

      -¡Estuve en casa de Leo!-protestó Fabio, alzando la voz.

      -Sinceramente, Fabito, espero que no. No tengo problemas en que me reemplace otra chica, pero que me dejes por un hombre, en fin, medio como que es demasiado. Aparte, vos imaginate qué feo cómo suena: Débora era la novia de Fabio, hasta que él la dejó por Leo. El que no nos conoce, puede imaginar a Leo como se le dé la gana. Capaz se lo imagina como un carnicero todo velludo y sudado. Con lo cual, cuando me imaginen a mí pensarán que yo soy algo así como la Mujer Barbuda del Circo, y que entonces es lógico que el carnicero te haya parecido mucho más sexy.

      -Débora, ¡dejá de tomarme para el churrete!-exclamó Fabio, irritado.

      Sin abandonar su muy digna pose de estatua egipcia,  Majestad maulló, indignado por ese tono descomedido. Débora se volvió hacia el gato.

      -Ya se va-le aseguró Débora, sin pensar en lo que hacía ni decía.

      MRRRR, respondió Majestad; con lo que, supongo, manifestaba estar dispuesto a tolerar al costal de bosta un poco más, con tal de que al final alguien se dignara sacarlo.

      -Desde que vine acá, o no me das pelota, o te reís de mí-dijo Fabio, ofendido.

      -El que empezó con los chistes fuiste vos, Fabito. Porque es un chiste que durante mes y pico o dos meses no me vengas a ver ni aunque te peguen, y ahora me salgas con que somos novios. La verdad es que nuestro noviazgo fue siempre un chiste, pero recién ahora le veo la gracia. Mejor tarde que nunca, ¿no? Francamente, para mí un novio es algo así como un caballero y andante, y tratándose de vos, me parece que mejor me quedo con el dragón.

      -Bueno, si estuve mal, perdoname.

      -No, Fabito...

      -¡Y no me digas Fabito!-exigió Fabio, de mal humor. Nunca Débora lo había llamado así, y a él no le gustaba ni el nuevo diminutivo ni el tono con que lo pronunciaba. Lo hacía sentir como un nene chiquito y tontito al que es preciso explicarle las cosas de a poco y con mucha paciencia, para que entienda.

      -Como quieras-convino Débora, pacíficamente.

      ¡Pobre Fabio! Tanto gestos como palabras de Débora le hacían ver que en la vida de ella él había pasado a ser un Don Nadie, y cuando se tienen muchos humos, algo así resulta muy, muy cruel. De dios grecorromano a Don Nadie, ¡qué caída más dolorosa! No era posible seducirla, ni sulfurarla, ni entristecerla. El era como gelatina sin sabor, que no alteraba en lo más mínimo el gusto de lo que se cocinara...

      -Como decía: te perdono. Es decir, que rencorosa no estoy-aclaró Débora con firmeza-, pero ni a palos quiero estar de vuelta con vos, al menos en calidad de novios. ¡No!-recalcó, al ver que Fabio iba a objetar-. No me interesa, no quiero. Tuviste muchas oportunidades.

      -Si alguna vez te hice mal, fue sin querer.

      -A lo mejor, sí. Pero el tema es que tendrías que haberte dado cuenta de que ciertas cosas no se hacen. Si vos te ponés un perfume sin  saber que justo ese olor, por alergia o lo que sea, a mí me hace vomitar... Bueno, en un caso así, sí podés decir que fue sin querer. Pero no podés pegarme una y otra vez y decir que fue sin querer. Me importa una mierda que exista gente masoquista a la que eso le gusta. A la mayoría no le gusta, por lo tanto esos golpes están de más. Y vos me golpeaste mucho. En el alma. Y demasiadas veces. Así que, como dije, sin rencores... Pero bien lejos uno del otro.

      -Bah. Pensá en lo que estás diciendo. Vengo otro día a ver si reflexionaste. Yo te amo, y lo sabés-dijo Fabio, poniéndose de pie.

      -Yo no tengo nada que pensar. Y no me ames mucho, que igual dentro de poco no vas a verme más.

      -¿Te vas?-preguntó Fabio, perplejo-. ¿A dónde?

      -Me voy por un año de voluntaria con las Misioneras de la Caridad. La orden de la Madre Teresa-replicó tranquilamente Débora, levantándose también para ver cómo estaban la carne y las papas.

      Se sobresaltó ante la implacable, burlona carcajada de Fabio, pero no se enojó. Si Fabio quería reírse, que se riera, ¿por qué no?...Después de todo, había motivos. No existe que alguien deje todo lo que está haciendo y se vaya a ayudar a gente que padece un sinfín de sufrimientos. Esto sólo ocurre en  películas baratas y en folletines melodramáticos y de baja estofa. La realidad son los crímenes, la violencia, el sexo. Se puede ver en cualquier noticiero.

      Débora pensaba igual. Era inútil tratar de arreglar un mundo que estaba de cabeza. Pero allí estaba la mano de Dieguito, invisible, tironeando de la suya. ¿Cómo se le decía a un chico así que era imposible lo que se le pedía, que por mucho que armaran y armaran siempre iban a quedar pilas de ladrillos sin utilizar y en completo desorden, que siempre cualquier esfuerzo sería poco? Y en la mente de ella ya no estaban los ojos angustiados de Dieguito mirándola como pidiendo ayuda. Ahora veía los ojos de él, sí, pero tal como los había visto en su sueño. Débora sentía que, allí donde estuviera -tal vez en el Cielo o tan cerca que hubiera podido tocarlo- Dieguito la instaba a seguir firme en aquel propósito que en un principio le había parecido descabellado y que, tal vez, lo fuera; una aventura, una partida hacia un rumbo incierto. Pero nada podría ser peor que lo que dejo atrás, pensó sabiamente.

      -Débora, en serio, a vos te faltan varios jugadores-dijo Fabio.

      -Ya sé que estoy loca, siempre estuve-respondió Débora. Y antes no te molestaba. Lo que te duele es que no seas vos por quien estoy loca.

      -Mejor recapacitá, ¡si vos ni crees en Dios!, ¿y por un capricho que te vino ahora te vas a ir de samaritana?

      -¿Y quién dijo que es una ocurrencia de ahora? ¡Vengo pensando esto hace mucho, mucho tiempo, fabio, más del que te imaginás!... ¿Te acordás aquella vez que te pedí que me enseñaras un poco de computación porque me estaba costando la materia en el colegio?... ¿Te acordás que me mandaste a cagar diciendo que tenía que ser una mina, las mujeres no tienen cerebro y qué sé yo qué otras cosas igual de dulces? Bueno, Lucy me dio unas clases durante un tiempo...

      -Me acuerdo-gruñó Fabio.

      -Bueno, durante la primer clase me dejó sola un ratito, y por accidente hice click en un enlace que iba a una página  de las Misioneras de la Caridad en Internet, ¡y así se me ocurrió!... Pero entonces pensaba que era una chifladura, y entonces lo era en cierta forma, porque qué iba a ayudar a otros si no me podía ayudar ni a mí misma. Aunque la monja que me entrevistó dice que a veces ayudando a otros uno se ayuda a sí mismo. Puede ser. Ya veré yo si tiene razón o no. También le dije que no estoy segura de tener el temperamento, pero ella dice que sí, y ¿sabés qué?: me parece que tiene razón y que tendría que haber hecho esto hace mucho tiempo. Cada vez que Dieguito me miraba, me acordaba de ese enlace. Sí, tal vez ayudando a otros me hubiera olvidado de mis propias penas. Pasé demasiado tiempo llorando por los rincones, pero eso se terminó. Lo que me duele es que haya tenido que morir Dieguito para que me decidiera.

      -¿Murió?...-preguntó Fabio, desconcertado.

      -Sí, baleado por accidente en un tiroteo-contestó Débora-. En cuanto a Dios, no soy más religiosa o creyente ahora de lo que era antes. Pero el tema es que en esa página de Internet decía que no se me iba a preguntar por mi religión o creencias, por eso me interesé.

      -Débora, lamento de veras la muerte del pendejo-dijo Fabio-; pero por lo menos dejáme explicarme.

      -Ufa. Apuráte, y tratá de no decir muchas estupideces.

      -Yo quise venir el jueves de la semana pasada; pero es que tuve que ir a casa de Leo...

      -¡Me parece perfecto! ¡Andá a la casa de Leo, Virgo, Libra y todos los signos que se te ocurran! Ahora mi horóscopo me lo hago yo misma, y dice que me voy de voluntaria con las Misioneras de la Caridad.

      -¿Me vas a escuchar o no?

      -Mejor no. Te pido que no digas muchas estupideces, y ya arrancás con una. ¿Qué tiene que ver que el jueves hayas estado en casa de Leo, aunque sea cierto, con que dos meses me hayas tenido olvidada?... ¡Entre tanto, yo ya planifiqué mi vida!...

      -Un año de tu vida-especificó Fabio, con una sonrisa torcida-, nada más un año. Te quiero ver después. De nuevo vas a estar yirando por ahí, dándote con fasos, alcohol y merca.

      -Para el que vive día a día, como es mi caso, un año es toda una vida, querido-observó Débora-; y en mis ratos libres voy a tener tiempo suficiente para decidir lo que voy a hacer después.

      Fabio se quedó un rato con las manos hundidas en los bolsillos de su vaquero y la cabeza también hundida entre los hombros, con un aire que en otro hubiese resultado buitresco, pero que a él lo asemejaba tan sólo a un nene enfurruñado, al punto que Débora tuvo que bajar la vista para no reírse.

      -Me voy-anunció por fin el Hombre Hermoso, definitivamente despechado, decidiendo desplazar su humanidad hacia otras latitudes donde se justipreciara su belleza mejor que en esa casa-. Salí, gato-dijo, apartando de una patada relativamente fuerte a uno de los gatos de Doña Elvira, venido a hacerle arrumacos a su pierna.

      Ante ese gesto, un frente de tormenta, sumamente amenazante, empezó a obnubilar a Débora.

      -No los patees-dijo-, que ellos no tienen la culpa de que...

      -¡¡¡SALIIIIIIIIÍ!!!-bramó Fabio, pateando al gato, con mucha violencia esta vez.

      No fue gran daño para el animal, y lo demostró el hecho de que, aunque voló a cierta distancia, corrió asustado a guarecerse bajo la mesada; el que casi no sale vivo fue el propio Fabio, luego de que Débora se le echara encima. Para empezar, le dio una buena piña en la nariz. Acto seguido, derechazo en la mandíbula inferior, y Débora no daba indicios de detenerse.

                                                                       ... Ahora, decide,

                                                                         Anda vamos hable dime.

                                                                          ¿Qué quieres, que te mienta,

                                                                          Que invente lo que no siento?

                                                                           ¡Me has hecho perder el tiempo,

                                                                            Cobarde sin sentimientos,

                                                                            Que no piensas más que en ti!

      Lucía y Joaquín Galán, desde el equipo de audio de la Señora de Domínguez, continuaban con sus querellas de ficción. Nunca un fondo musical más adecuado para una situación de la vida real. Débora le estaba dando flor de paliza a Fabio, quien se encontraba completamente inerme, porque un caballero no le pega a una dama. Eso le habían enseñado. Lástima que no le dieron otras lecciones igualmente provechosas o bien, si se las dieron, que él no supo aprenderlas. No podía hacer más que atajarse los golpes como pudiese.

      Así Débora lo fue sacando de la casa y del terreno, a los puñetazos. Justo en ese momento llegaban Fede y Lucy.

      -Ahí está Débora-dijo ella.

      Fede miró con curiosidad aquel extraño match de box callejero y nocturno. No era el único. Los gritos enfurecidos de Débora y las súplicas gemidas de Fabio habían eclipsado las discusiones de Pimpinela, y Doña Cata había salido a la vereda, sin saber cómo y cuándo intervenir.

      -¿Y ésa es la suicida?-preguntó Fede, con cierto matiz irónico.

      -Esteee... Bueno... Parece que se le bejoró el ánibo.

      -Ya me di cuenta. Y cómo...

      Fede estacionó el auto y fue tras Lucy, quien corría hacia Débora, cuyo furor no había decrecido en lo más mínimo. El atribulado Fabio se encontraba arrinconado entre ella y la moto cuando Lucy, Doña Cata y Fede acudieron en su rescate:

      -¡Pará, querida, pará!... ¡A lo mejor el Fabio se merecía esto, pero no hace falta matarlo!...

       -Tiene razón Doña Cata, ya le pegaste debasiado. Dejálo que se vaya.

      -Calmate, flaca. Tranqui.

      Fede era el que decía esto último. Se había interpuesto entre Fabio y Débora mientras a esta última la sujetaban Lucy y Doña Cata por los brazos. Jadeante, Débora se fue calmando. Fede se volvió entonces hacia Fabio. Reconoció en él al imbécil del que una vez había tenido que rescatar a Lucy. Aquel rescate, por supuesto, había sido más interesante. Siempre es más lindo cuando se trata de una chica bonita. En este caso se trataba de un hombre y para colmo, luego de las refacciones que a fuerza de puñetazos había hecho Débora en la cara, era como para preguntarse si el hombre en cuestión seguiría siendo lindo...

      Fabio, quien tenía ahora, entre otras cosas, el ojo en compota prometido por Débora, miró alternativamente a Lucy, Doña Cata y por último a Fede, quien se encogió de hombros y puso cara de no entender nada. Acto seguido lo acometió la furia, una furia terrible. Se puso entonces en una postura muy similar a la del Increíble Hulk cuando en la serie se preparaba para romper todo, aunque se trataba, obviamente, de un Increíble Hulk sumamente desinflado y en versión del Subdesarrollo; y en tal postura gritó, como para que hasta en Marte lo oyeran:

      -¡¡¡HISTÉRICA!!!... ¡¡¡FRÍGIDA!!!...

      Y sin más pérdida de tiempo, montó en su moto y, a tal velocidad que casi dejaba estelas de fuego por donde pasaba, desapareció en lontananza. Ciertamente le convenía, no fuese cosa de que Débora continuase con las refacciones faciales.

     Ya más calmada, Débora se tuvo que reír de su propio ataque de furia; y cuando dejó de reírse, dio las explicaciones del caso. Fede se quedó muy pensativo al oírla decir que se iba de voluntaria con las Misioneras de la Caridad; era obvio que, para él, aquellas cosas también sucedían sólo en películas y telenovelas. Y así y todo, no creo que su asombro haya superado al de Doña Cata ni mucho menos al de Lucy. Esta última recordaba ahora cierta pesadilla reciente en la que Jesucristo volvía a ser  crucificado, algo que en sueños la había llenado de angustia, pero que al despertar le había devuelto la fe. Todos los días doy mi vida por alguien... En su corazón, había sentido al Señor diciéndole estas palabras.

      Y recordaba también la cita bíblica que ella y su madre habían leído la noche de la muerte de Dieguito: Vosotros no entendéis nada, ni sabéis que nos conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca la nación entera. Un terremoto había acompañado la muerte de Jesús. la de Dieguito había estremecido a Débora, la había conmovido más allá de lo imaginable. Y quien sabía ahora cuántas vidas ayudaría a salvar como voluntaria con las Misioneras de la Caridad, por no haber podido, sabido o querido salvar a un chico solitario y triste al que ahora sentía tomándola de la mano y guiándola hacia un destino que sin duda ella no había elegido pero en el que, seguramente, se sentiría mejor que en uno de su elección.

      -Nunca más quiero llorar por no haber ayudado a alguien pudiendo haberlo hecho-dijo Débora al concluir su relato.

      Así terminó aquella noche tan extraña como reveladora, y pasó un día, y luego otro, y otro. Hubo que arreglar cierto papeleo, pero finalmente Débora estuvo en condiciones de partir como voluntaria, como se había propuesto, al sitio al que la destinaron.

      Llegó así el día de su partida, y muchos fueron a la estación del tren a despedirla. Doña Elvira y los Alvarez, desde luego, y Doña Cata y Cacho; pero también muchas otras personas del barrio que apenas podían creer en la transformación de Débora y en su decisión de unirse como voluntaria a las Misioneras de la Caridad, y también otras del grupo de oración al que iban Lucy y sus padres. Estas últimas en su mayoría no la conocían personalmente hasta entonces, pero sí su historia, y querían de alguna manera desearle suerte. Tal vez hubieran preferido decirle El Señor te bendiga, pero los Alvarez la sabían quisquillosa respecto al tema de la fe, y no querían molestarla. Tenían el presentimiento, por otra parte, de que tal situación no se prolongaría mucho tiempo.

      Habiendo tanta gente en la estación, charlaban todos en grupitos. Con Débora y Doña Elvira, quienes estaban muy serias y silenciosas, estaban sólo los Alvarez, Doña Cata, Cacho y Tony.

      -Bueno, Débora-dijo en tono en apariencia muy solemne el señor Alvarez-: cuando estés con las hermanas, dales un mensaje de mi parte. Yo no tengo mucho dinero que pueda donar, pero les aconsejo que piensen con visión de futuro. Soy propietario de un cuadro...

      -¿Hasta acá nos vas a perseguir con ese tema?-preguntó su esposa, sonriendo burlonamente.

      -...un cuadro que, seguramente, se va a cotizar muy bien una vez fallecido su autor. Yo, generosamente...

      -Ah, calláte, calláte...

      -...estaría dispuesto a... ¡Hmmmmmmf!-al señor Alvarez acababa de echársele encima su mujer, quien le tapaba la boca.

      Hubo varias risas; Débora sólo sonrió, porque se hallaba perdida en sus pensamientos. Recordaba a Mataperros huyendo por los pasillos de la villa miseria y su sangriento final, sin honor ni dignidad, sin paz ni nada bueno o útil que poder dejar tras su breve paso por esta vida. Así pude haber terminado yo-pensaba-, y no terminé así por toda esta gente que puso cada uno su granito de arena. Sin que nada los obligara. Sin conocerme. Y yo ni los supe valorar. De repente descubría que no quería irse. No al menos hasta pagar la deuda que tenía con ellos.

      Pero ya era muy tarde. El silbato del tren que se acercaba a lo lejos la devolvió a esa realidad. Entonces decidió sacarse de encima todo aquello en lo que venía pensando desde la noche anterior, algo que parecía que le reventaría el pecho si no lo soltaba:

      -Si no fuera por ustedes, yo hubiera desperdiciado mi vida-reflexionó.

      -Bueno... No es para tanto-opinó la señora de Alvarez; porque se había convenido no hacer mención de Dios, pero ¿de qué otra forma se podía señalar al verdadero responsable, si no era nombrándolo.

       Débora asintió.

      -Sí que es para tanto-dijo, bajando la cabeza para ocultar un par de lágrimas, las primeras de un verdadero torrente próximo a desatarse.

       La señora de Alvarez se acercó, la abrazó y le dio un beso, sonriendo. No solamente por aquel llanto que iba in crescendo, sino también porque la hora de la despedida se acercaba. Uno por uno fueron haciendo lo propio todos los presentes, conocidos y desconocidos. Los más allegados permanecían en las cercanías; los demás, saludaban y circulaban para dejar paso al siguiente.

      -A veces te traté muy mal-dijo Débora, cuando fue el turno de Lucy-. Yo no entiendo por qué...

      Lucy no dijo nada, sólo sonrió y le apretó la mano con fuerza, mientras otros iban desfilando.

      Finalmente, quedó sólo por despedirse una persona, y Débora quedó frente a ella.

      -¡Y vos!-exclamó-. Vos... Usted... Usted fue para mí más madre que mi madre. Y yo solamente traje problemas. No serví para nada, ni compensé por lo menos un poco las molestias que se tomó por mí.

      Doña Elvira la miró con ese afecto que, incluso en sus broncas más grandes, siempre había sentido por Débora, ignorado sin duda por ella misma. Una pequeña pero bella sonrisa se dibujó en su rostro.

      -M'hija, yo siempre quise tener lindas flores en mi jardín, pero siempre se me morían. Las que hay las plantó usted-dijo.

      -Es poco. Qué digo poco, es nada-respondió Débora, sin dejar de llorar.

      -Es mucho para mí. Pero, sabe, de todos modos con verla viva y bien me basta. Por momentos pensé que la próxima flor de mi jardín que se me iba a morir sería usted-dijo la vieja-. Pero si esto no le alcanza, tenga en cuenta que a veces los favores no se pueden retribuir a la misma persona que nos los hizo. Hay que pagárselos a otro. Y usted ahora va a hacerlo con creces.

      Débora se echó al cuello de Doña Elvira, arrasada en llanto. En el rostro de la vieja también afloraron un par de solitarias pero bien visibles lágrimas. No muchas, pero demasiadas para alguien más duro que las piedras.

      -Estoy orgullosa de usted, m'hija-dijo Doña Elvira-. Estoy  orgullosa como usted ni se imagina.

      El tren había llegado al andén hacía ya unos minutos, demorándose la partida a instancias de parte de aquella gente que venía a despedir a Débora. Habían entretenido al maquinista y al guarda a base de súplicas y de charla. Al fin y al cabo, eso de que una chica se  vaya como voluntaria con las Misioneras de la Caridad no se ve todos los días...

      Pero ya no era posible posponer la partida más tiempo. La pequeña mano invisible que venía tironeando  de Débora desde hacía un tiempo pareció tironear una vez más, con suavidad, y ese tironeo le recordó que algunos factores en su transformación habían estado fuera del alcance o del cálculo de aquella gente. Y no obstante, hacia ellos se volvió estando en los escalones del vagón, próxima a subir: un puñado de gente buena, parte de la cual la había ayudado desinteresadamente y otra parte de la cual hubiera hecho otro tanto de haber tenido la ocasión.  Mucha más gente buena de lo que podría uno imaginar leyendo los diarios; personas que de un modo u otro bregaban por construir, veloces como hormigas, lo que la maldad o estupidez de otros destruía. Sin mucho éxito. Sin poder impedir que lo que con tanto empeño reconstruían fuera arrasado nuevamente. Y a veces, cómo no, convirtiéndose ellos mismos en destructores, sin quererlo.  Pero a la vez sin darse por vencidos, sin renunciar a su empeño de reconstruir y dejar de ser destructores.

      No quedó muy claro si Débora intuyó o descubrió la fuerza interior que motivaba a estas personas, ahora tan llorosas como ella, y a muchas otras semejantes - ahora incluso, sin saberlo, a ella misma-, o si simplemente lo hizo por impulso, como lo hicimos muchos en algún momento de nuestras vidas: ese momento en que descubrimos que una increíble encadenación de sucesos y vicisitudes, tan sutiles que no lo advertimos cuando tenían lugar, han dejado de ser  explicables por la ciencia y lo son sólo por el milagro, aun cuando no ocurran de modo fulminante e instantáneo.

      Pero sea como sea, allí, en los escalones del vagón, alzó la vista hacia el cielo. Algo más grande había allí. Algo que no existía, como no existe la gente buena, ni las jóvenes que se van de voluntarias con las Hermanas de la Misericordia, pero para lo que en ese momento y lugar necesitaba hallar un nombre... y para el que encontró el único que conocía:

      -Dios mío- y ésas fueron sus últimas palabras antes de subir al tren y ocupar un asiento.

      Allí se secó las lágrimas como pudo, y saludó al grupo de gente que agitaba sus manos hacia ella. En ese momento creyó que el tren, que ya se había puesto en marcha, la alejaba de ellos. Se equivocaba. Lo que quedaba definitivamente atrás era su miserable vida anterior,  la droga, el cigarrillo, la bebida. Ciertas personas calan muy hondo en nuestro corazón y de allí no se van, y cuanto mayor es la lejanía física, mayor es a veces la proximidad espiritual.

      Una semana después, Doña Elvira falleció, y algunos dijeron que de tristeza, porque no se acostumbraba a que Débora no estuviera con ella. Repito esto porque es lo que algunos dicen, pero no creo que esto sea cierto. Opino en cambio que su misión sobre este mundo había terminado. Doña Elvira era vieja de edad, pero más vieja en sufrimientos; y creo que el Señor se compadeció de ella. Seguramente ya estaba compadecido desde antes, pero necesitaba que, antes de irse, cuidara de Débora hasta que ella no necesitara de cuidado alguno más que de Dios. Y lo hizo bien, y fue al Cielo a recibir su merecida recompensa. Es lo que pienso yo.

      A la muerte de Doña Elvira, Lucy se dedicó a distribuir los gatos de la vieja entre sus conocidos. Pretendía también enchufarme uno a mí, pero yo me negué terminantemente, y gracias a que me negué terminantemente es, creo yo, que sólo me enchufó uno. Lástima que en el reparto me tocó nada menos que Majestad. Maldito gato engrupido, me mira en este mismo momento como diciendo que me deje de escribir zonceras y haga algo útil. Tal vez tenga razón... Así que me voy a despedir, pero no sin antes decir algo más para cerrar esta historia.

      Débora cumplió su año de voluntariado y durante el mismo, encontró a quien ahora es su marido. El mejor que podría tener. Este mismo año, le dio el sí a Jesús. Débora es ahora una de las Misioneras de la Caridad y está, creo, en Burundi. Hemos visto unas fotos en las que aparece con gente adulta y otra no tanto: niños de color en cada uno de los cuales tal vez vea a Dieguito y, a través de él, al propio Cristo. Nos ha llamado la atención que pese al sufrimiento que debe ver allí, en esas fotos se la nota rejuvenecida. Sin duda halló su lugar en el mundo. El único que le cabe a alguien como ella, que ve el estado del mundo y no puede soportarlo; el único posible para alguien que siente a un niño tironeando de su mano para que la ayude a construir cosas.

      El Señor los bendiga a todos ustedes. Gracias por acompañarme hasta aquí.

 

    

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 23 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 22, nov

     Débora había sido muy afortunada al no verse relacionada por la policía con los restos de cocaína que indudablemente debieron encontrar cerca del sitio donde fue baleado Mataperros y donde también Dieguito murió asesinado por una bala perdida, y aquella mañana se detuvo a reflexionar sobre su extraña suerte, sobre el absurdo destino de Dieguito y muchas otras cosas más. En cuanto se levantó de la cama, buscó a Doña Elvira para hablar con ella de todo esto.

      -Es la primera vez que la oigo decir cosas sensatas, m'hija. Yo la voy a ayudar-concluyó la vieja.

      Y en los días posteriores a aquel diálogo inusualmente calmo tratándose de ambas mujeres, Débora pasó las de Caín. Su organismo le pedía a gritos whisky, vodka, vino, lo que fuera siempre y cuando tuviese alcohol. Ella no cedió a pesar de la repugnancia que le producía beber sólo agua. Con el desayuno y la merienda tomaba leche. La prefería al agua, pero igual no era exactamente lo que ella hubiera elegido en otras circunstancias. Pero ahora tenía un propósito por delante, y eso le daba una constancia que no se puede menos que admirar.

      Con el cigarrillo era más complicado. Débora había llegado a fumar tres atados diarios, y la nicotina tiranizaba su cuerpo y su mente. No fue capaz de dejar de fumar de la noche a la mañana, pero paulatinamente fue reduciendo el consumo de cigarrillos. La idea de pasársela sin fumar por un largo período sencillamente la aterraba y por eso hizo algo, creo, bastante razonable: primero se abstuvo de fumar por diez minutos antes de encender un cigarrillo. Para encender el segundo, esperó quince minutos; veinte para el tercero. Si para el cuarto no logró esperar veintinco minutos, al menos soportó durante veinte, y para encender el quinto se propuso no esperar menos de veinte y, si podía, más aún. En síntesis, trataba de espaciar cada vez más los cigarrillos. Un par de veces no se contuvo, no aguantó siquiera cinco minutos entre un cigarrillo y otro, pero no permitió que eso la desanimara. Era una batalla perdida, pero no la guerra.

      Conforme pasaban los días, su resistencia al tabaco pareció fortalecerse considerablemente. Empezó a castigarse, llamémoslo así, cada vez que se descubría mirando impaciente el reloj para ver si ya podía fumar el siguiente cigarrillo, añadiendo minutos de espera extra. Esto no quiere decir que por momentos aquel tratamiento que se había autoimpuesto no le resultara una auténtica tortura. Su mano derecha por momentos parecía haber adquirido consciencia propia y dirigirse, sin quererlo Débora, hacia el atado de cigarrillos. La joven se contenía entonces,  y sentía a su diestra convertirse en garra cuando luchaba contra ella; una garra que forzada a detener su mecánico impulso de dirigirse hacia el vicio parecía dispuesta, en venganza, a volverse contra la propia Débora para arañarla.

      Por suerte -o gracias al Todopoderoso-, durante todos aquellos días, Fabio andaba desaparecido. Débora no sólo no lo extrañaba sino que, incluso, ni se acordaba de él, tal vez porque sus principales enemigos y dolores de cabeza en este momento eran el alcohol y el cigarrillo a los que combatía con tanto denuedo. Por momentos tenía ganas de gritar del esfuerzo que hacía para no recaer.

      Doña Elvira trataba de mantenerla distraída para que no pensase mucho en el asunto. La mantenía ocupada haciendo quehaceres, pero esto hacía que la vieja se sintiese como forzada también ella a dejar un mal hábito, puesto que antes era ella quien se ocupaba de esas faenas, y al ser reemplazada por Débora comenzó a aburrirse en serio. Doña Elvira no tenía siquiera televisión (y conociéndola, creo que se hubiera aburrido más con televisor que sin él), y su único pasatiempo era escuchar algunos programas folklóricos y de tango en una vieja radio en la que por momentos se escuchaba más interferencia que música.

      Lucy fue varias veces de visita por aquella época, siempre con la excusa de los trabajos a crochet que hacía Doña Elvira. Siempre las veía a ambas con cara de perro, silenciosas para no ladrarse ni ladrar a nadie más; porque no estaban enojadas, pero la situación que estaban viviendo no podía menos que ponerlas de mal humor.

      Ahora bien, Lucy no era adivina, no sabía qué estaba ocurriendo y ni Doña Elvira ni Débora se lo explicaron. No supo qué pensar de aquella situación. Débora siempre había sido más bien huraña, taciturna, muy poco comunicativa; y ahora, al verla más callada y adusta que nunca, se preguntaba de qué manera la habría influido la muerte de Dieguito, y si ella y Doña Elvira habrían tenido alguna discusión particularmente feroz.

      En una de esas visitas, Lucy fue abordada por Doña Cata.

      -Querida... ¿Cómo está la Débora? ¿Y Doña Elvira?

      -La verdad, no sé qué decirle-contestó Lucy, aturdida-. Están tan calladas que me preocupan. Antes por lo menos rezongaban todo el tiempo una contra la otra, y se sabía qué les ocurría.

      -Yo empiezo a preguntarme si están bien de la cabeza. El otro día la vi a Doña Elvira salir de la casa, embarrarse bien los zapatos y volver a entrar así, llena de barro.

      Efectivamente, la vieja lo había hecho para darle a Débora trabajo para hacer en un momento en que no quedaba ninguna labor pendiente. Pero vista de afuera y sin conocer la razón de tal conducta, bien rara se veía.

      -¿Será-se preguntó Doña Cata- que se pelearon, se repartieron las tareas de la casa, que de limpiar el piso se encarga la Débora y que Doña Elvira ensució el piso limpio nada más que para fastidiarla.

      -Puede ser que estén peleadas-admitió Lucy-. No las oigo hablarse.

      -El Fabio hace rato que no se aparece por acá. ¿Será por él que están peleadas?

      -Debe ser que Doña Cata le prohibió a Débora ver a Fabio y que es por eso...-comenzó Lucy, pero no terminó la frase. Con el carácter que tenía Débora, ningún caso hubiera hecho de una prohibición de ese tipo.

      -Sinceramente, querida, lo que a mí me preocupa es que la Débora haga una macana, ¿viste?, que quiera matarse. Doña Elvira es dura, pero no sé esa chica.

      -Débora es brava, usted ya la conoce, pero con Fabio se pone...

      -Tonta...-.concluyó Doña Cata-. Bueno, querida, no me queda más remedio que seguir con mis viejas actividades chusmeriles por un tiempo. Te mantengo informada, ¿eh?

      -Sí, gracias. ¿Cómo van las cosas con su marido?

      -Y, sobrevivimos, querida. Vivimos el día a día en todo sentido, ¿sabés? Esto de andar corriendo la coneja me recuerda la época en que éramos recién casados y no teníamos un mango y nos privábamos de muchas cosas para lograr salir adelante. Creo que Cacho también se acuerda. Era una linda época aquella. Teníamos muy pocas cosas materiales y muchas ilusiones. Es muy duro dar por terminado algo cuando se recuerda con cuántas ganas se lo empezó; pero en fin, ¡habrá que ver!... Por ahora es imposible que nos separemos, tenemos muchas deudas y tenemos que remarla juntos para salir del paso. Veremos qué ocurre cuando ya no estemos obligados a seguir bajo el mismo techo. No es fácil la convivencia matrimonial... Chau, querida. Te llamo si surge alguna novedad con la Débora y Doña Elvira...

      Y eso era todo lo que podían hacer, montar guardia y esperar.

      Durante los primeros días en que Débora inició su Calvario de desintoxicación, sucedió un día que sonó el timbre en la casa de los Alvarez, no el del quiosco sino el de su domicilio. En ese momento el señor Alvarez estaba solo en la casa, de modo que fue él quien atendió. Para su sorpresa, se encontró con el rostro melenudo y sombrío de Tony.

      -Ya me enteré-dijo el señor Alvarez-. Pasá.

      -¿Quién le dijo?-preguntó Tony, traspasando la puerta.

      -Cristian. Sentáte un ratito.

      Tony se desplomó sobre el primer sillón que encontró a su alcance.

      -¿Y qué le dijo?-preguntó, mientras el dueño de casa tomaba asiento a su vez.

      -Estaba entre triste y enojado. No le hizo mucha gracia que te convirtieras al cristianismo, y cree que es culpa mía.

      -Ni siquiera me convertí al cristianismo-corrigió Tony, sonriendo con amargura-. Lo único que dije fue que parecía buena idea ir por lo menos una vez a esas reuniones a las que va usted para ver qué onda. Fue suficiente para que se me tiraran encima.

       -¿Todos?

      -Más que nada, Cristian y Fede. A Leandro y Ale tampoco les gustó mucho, pero creo que, si fuera por ellos, harían su vida y me dejarían vivir la mía. En cambio, me echaron a patadas de la banda.

      -Ya veo-murmuró el señor Alvarez-. ¿Se llevaban bien hasta ahora?

      -Cristian siempre fue un poco mandón, pero sí, la pasábamos bien. Sabíamos que nunca íbamos a ganar un centavo con lo que hacíamos, hasta tuvimos que poner plata de nuestros bolsillos para varios recitales; pero nos encanta lo que hacemos. Eso nos unía mucho. Me duele que esto pase.

      -¿Sabés, pibe, que el ser humano es todo un experto en eso de complicarse a sí mismo la vida? Cristian también está dolido. Ve lo que hiciste como una traición, y a mí como tu instigador. No se da cuenta de que aquí no hay nada de eso, y que se mortifica él mismo por algo que sólo existe en su mente.

      -Yo ni siquiera les dije que vinieran ellos si no querían, señor.

      -Ya lo sé, me doy cuenta de cómo sos.

      -No sé qué hacer. Si usted no fuera cristiano, ¿qué me aconsejaría?

      El señor Alvarez estuvo a punto de responder a Tony que quizás los padres de éste pudieran aconsejarlo mucho mejor que él; pero de repente lo asaltó una duda, una certeza casi: la de que quizás el muchacho no tuviera padres a quienes consultar; que quizás ellos faltaban física o espiritualmente. Se sintió extrañamente conmovido. En su interior existía  una reserva de afecto vacante para el hijo varón que Dios no había querido darles a él y a su esposa. Casi se había olvidado de la existencia de esa reserva. Por eso me dolió tanto que Cristian adoptara esa postura tonta, pensó. De repente descubría que en todos y cada uno de aquellos cinco melenudos que tan detestables le habían parecido en un principio, había llegado a ver ese hijo varón no nacido. De oídas te conocía, pero hoy te han visto mis ojos, se dijo para sus adentros, igual que Job. Pero nunca terminaba de conocer al Señor, de modo que esa frase se la repetía muy a menudo.

      -No se trata de cristianismo o no-dijo-, sino de personalidad. No es posible que alguien decida por nosotros lo que podemos hacer, si no estamos haciendo daño a nadie...

      -Eso pensé yo-comentó Tony.

      -...pero no te aflijas mucho por lo que pasó-continuó el señor Alvarez-. Cristian es muy jovencito y, quizás, muy impulsivo. Gente de más edad y que debería ser más sabia hace estupideces mucho peores...

      -Ajá. Como quien yo sé-intervino Ocho, audible sólo para su protegido.

      -...Y si de veras estaban muy unidos, lo más probable es que Cristian y los otros en algún  momento extrañen los buenos tiempos, y se te acerquen aunque más no sea por nostalgia. Seguramente no va a ser como antes... Pero nada es nunca como antes, todo cambia siempre. A veces, más rápido de lo que nos damos cuenta. Cansa un poco, y puede hacer que uno se sienta viejo; pero a la vez es eso lo que hace emocionante a la vida, ¿sabés?: que ahora uno está llorando, y al rato se está riendo, que en un momento uno está muerto de miedo y al siguiente se sorprende de sus propias reservas de coraje. Ya lo vas a descubrir vos. Así que no te digo que no sientas pena, pero no te ahogues en ella; y ya que haber abierto la boca te hizo pelearte con tus compañeros de banda, te invito el viernes que viene a que vengas a nuestro grupo de oración. Sería tonto que no vieras como es, siendo que eso fue la causa de la gresca. ya tendrás tiempo de mandarte a mudar por donde viniste si descubrís que no te interesa...

      -Seguro. Sí, voy a ir-dijo Tony, sonriendo débilmente, agradecido, y poniéndose de pie para irse.

      El señor Alvarez se incorporó también, y estaba a punto de extender su diestra para estrechar la de Tony cuando éste, de improviso, se le acercó, y lo abrazó como a un amigo o aun familiar. ¡Qué momento para el pobre señor Alvarez, más bien avaro de ese tipo de efusividades, y que hasta se pone incómodo cuando durante la misa llega el momento de dar el fraternal beso de la paz a los hermanos!... Se quedó tieso, con cara de susto, entre los brazos del grandullón pelilargo, hasta que se tuvo que reír de sí mismo, se relajó y devolvió el abrazo.

      -Hasta el viernes, señor.

      -Cuidate mucho, pibe...

      Sucedió esto, como ya se ha dicho, cuando Débora inició su voluntario e improvisado proceso de desintoxicación. El viernes siguiente, según lo convenido, Tony fue al grupo de oración. En honor a la verdad, sigue yendo de tanto en tanto hasta el día de hoy, pero no es muy habitué. Sospecho que en parte ello se debe a que a dicho grupo asisten también cinco o seis chicas que pasan la semana internas en un colegio de monjas, donde las hermanas las tienen bastante cortitas en lo referente al sexo. Así que, cuando salen el viernes para pasar el fin de semana con sus padres, salen con todas sus hormonas en ebullición, prontas a arrollar a cuanto varón de su edad se les ponga en su camino. Tony en realidad es bastante mayorcito que ellas pero, como de ningún modo es feo muchacho, ese detalle no las preocupa demasiado; él es quien se impacienta cuando las tiene cerca. No deja de ser paradójico porque, antes, tal vez lo único que lo hubiera acercado al grupo de oración habrían sido las chicas. Supongo que tampoco ahora vería mal que alguna se le tirase encima; lo que le revienta es que lo hagan en el grupo de oración.

      Tampoco parecen gustarle mucho las canciones más alegres entre las que se cantan allí. Lo suyo son los momentos de meditación en silencio interrumpido sólo por alguna cita bíblica que algún hermano recita en voz alta al sentirla propicia para la ocasión. No lo dijo expresamente, pero sigue conservando su temperamento sombrío de blackmetalero y llama la atención la frecuencia con que llega tarde cuando viene, como por casualidad cuando se acercan los momentos antes mencionados.

      La Supremacía Satánica demostró no serlo tanto, y la banda se disolvió unos seis meses después de la partida de Tony. La causa exacta no la sabemos, pero consta que el grupo intentó durante todo ese tiempo encontrar un tecladista que pudiera ocupar el puesto que había vacante. Si simplemente desistieron de hallarlo o si hubo algo más, es lo que ignoramos. Desde ese entonces no sabemos qué fue de los demás ex-integrantes del grupo, salvo que en su mayoría se unieron o intentaban unirse a otras bandas de estilo similar a Supremacía, pero puede que pronto tengamos alguna noticia al respecto, ya que Tony hace poco se encontró en la calle con Leandro. Este se alegró mucho de ver de nuevo a su antiguo compañero de banda y, como de alguna manera lo profetizó el señor Alvarez, sacó a relucir el tema de un posible reencuentro, sólo a título de reunión de amigos, con el resto de los muchachos. No sabemos si estarán todos de acuerdo, pero siempre es lindo ver cómo en algunas personas el tiempo lima asperezas, desaveniencias y rencores.

      Reservado en lo que respecta a sus actividades, Tony no habla de sus proyectos en ese sentido. Se dijo que estaba por editar un trabajo solista a través del sello Furias/Orión, el mismo que cuenta entre sus representados a Heulend Horn, Ecliptic Sunset y Fangoid Stream, entre otros. Es más, alguien vino con mucho entusiasmo a hacerme oír lo que él creía era el primer disco del proyecto solista de Tony. Pero el disco en cuestión (EIGHT VISIONS OF THE PILGRIM TIME) era de Mitternacht, proyecto que nada tiene que ver con Tony, y ni siquiera el primer disco, sino el tercero o cuarto.

      Esto por lo que respecta a aquellos cinco muchachos que en su momento supieron ser el dolor de cabeza del señor Alvarez. Porque, lo habrá notado el lector, nos acercamos al final de nuestra historia; final porque en algún punto hay que terminarla, pero que podríamos continuar infinitamente. Y así como, de a poco, se fueron añadiendo más protagonistas a esta historia, de a poco nos ikremos despidiendo de ellos.

      Cacho y Doña Cata siguen juntos. Si se aman como marido y mujer, no sé decirlo, pero al menos son decididamente amigos. Es bueno, porque creo que la amistad es lo primero que debe haber en un matrimonio, y lo que más importa a la edad de ellos, cuando la pasión ya ha pasado a un segundo plano. Se ríen juntos, tienen sus momentos en que se gruñen también, pero nunca llega la sangre al río. Es cierto que tampoco son especialmente cariñosos uno con el otro, al menos en público... Pero, no esperarán que me refugie detrás de una cortina para espiarlos y que les cuente lo que pueda averiguar, ¿no? Démosnos por conformes con que siguen juntos y en manos de Dios. Es lo que importa. Cacho ha conseguido trabajo en una remisería, aunque no con auto propio: el suyo ya había sufrido un choque importante bastante antes de comenzar la historia que nos ha ocupado a lo largo de todos estos capítulos, y debido a las cuantiosas deudas de los Sanguinetti, el arreglo siempre se posponía. Y por lo visto, siempre se pospondrá...

      Han salido casi totalmente de sus apremios económicos. Siguen sin televisión. Dudo que, incluso cuando tengan la posibilidad de adquirirla, consideren prioritario hacerlo. Esto no asombrará en el caso de Doña Cata, pero sí en el de Cacho, quien parece haber encontrado un sabor especial a oír el fútbol y el automovilismo por radio.

      Los Alvarez siguen más o menos como siempre. Lucy de novia de nuevo, para horror de su padre, quien insiste en que cada novio que trae es peor que el anterior. En este caso encima es un cadete de la Armada. Para qué. Toda vestimenta distintiva, uniforme en este caso, que use un novio de Lucy, a los ojos del señor Alvarez uniforma de infamia a cuantos lo usen. Se vienen a llevar a la nena. Calma, señor Alvarez, Calma, ¿qué quiere que le diga? La verdad es que ese fulano no me gusta tampoco a mí, me parece pedante y estúpido, pero no se supone que nos deba gustar a nosotros, sino a su hija. Además, mire que si no se porta bien, en castigo capaz que le regalan otro cuadro de Picasso.

      El quiosco no ha andado muy bien últimamente (cosa nada sorprendente, como sabrá Ud. si vive en Argentina), así que el señor Alvarez consiguió trabajo en la misma remisería que Cacho. Algunos de los clientes a quienes tiene el honor (?) de llevar hacen que Norman Bates, el de Psicosis, parezca cuerdo por comparación, por lo que cada tanto regresa al hogar refunfuñando y protestando. Su sufrida esposa siempre procura tener a mano todos y cada uno de los ingredientes que lleva un buen café irlandés.

      Y en cuanto a Ocho y Don Querido Caballero, de más está decir que siguen contendiendo ferózmente sin armisticio ni tregua. La guardia muere, pero no se rinde es el lema de cada uno de ellos. Por otra parte, esto no necesitaba aclararlo: todos tenemos a un  par de sujetos como éstos sobre nuestros hombros, y sabemos por experiencia propia, por lo tanto, que no hay paz posible entre ambos individuos.

      Aclarado todo esto, estamos en condiciones de seguir adelante con la historia que aún nos queda pendiente.

      La fuerza de voluntad de Débora fue verdaderamente asombrosa. Un mes después de la muerte de Dieguito, fumaba sólo alrededor de diez cigarrillos por día. Fue entonces cuando, un viernes, Débora, siempre con el apoyo de Doña Elvira, efectuó primero una llamada telefónica al número 4723-0873. Y luego fue a cierta entrevista en cierto domicilio. Concretamente, Posadas 1848, en la localidad de Béccar, Partido de San Isidro.

      Cuando volvió de esa entrevista, que relató en breves palabras a Doña Elvira, Débora fue a arreglar su cuarto, porque en breve tiempo se iría, y tendría que seleccionar qué se llevaba; aunque la selección no le llevó mucho tiempo, porque tampoco tenía tantas cosas. En eso, se topó con aquel viejo libro, Las casas zodiacales y el horóscopo, en algún momento su literatura de cabecera.

      Se quedó mirándolo un rato, sonriendo con ironía, pensando cómo había creído a pies juntillas en su momento en esas cosas, y cómo la astrología prácticamente la habían puesto en los brazos de Fabio, relación desafortunada si alguna vez la hubo; y meneando la cabeza, sin miramiento alguno, tiró el libro al tacho de basura.

      Pareció que allí terminaba el asunto, pero esa noche, mientras terminaba de cocinarse la cena, ocurrió algo inesperado.

      Doña Elvira trataba de oír un programa de folklore en la radio, pero lo más que hacía era rezongar por la interferencia y porque la señora de Domínguez, enfrente, escuchaba su sempiterno repertorio de románticos latinos a todo volumen, haciendo menester, para tapar semejante concertina, que el volumen de cualquier otra música ascendiese hasta casi producir sordera. Débora, por su parte, leía un diario gratuito que le habían dado en el colectivo.

      En eso, se echó a reír.

      -Escuchá mi horóscopo para hoy-dijo, con buen humor-: AMOR: El clima es propicio para una reconciliación. No desaproveche el momento. La ternura domina la escena en la relación.

      Doña Elvira sonrió también, pero medio torcido.

      -Mire, m'hija, que con esas cosas no se juega-dijo-, no sea cosa que el zanguango agrandado que es su ex-novio no tenga mejor idea que venir justo hoy...

      Cinco minutos más tarde, ¿quién llamaba a la puerta de Doña Elvira? Pues sí, exactamente, Narciso (y no Ibáñez Menta, me temo) en persona, Su Divina Hermosura Masculina, Fabio Cuán-Lindo-Soy.

      -¿Débora está?-preguntó.

      Doña Elvira asintió con la cabeza.

      -M'hija, acá está el zanguango agrandado que le dije antes-anunció a Débora, sonriendo-. Pasá-dijo a Fabio; y ella se fue afuera.

      En su momento le había prohibido la entrada en la casa, pero era de esperar que Débora hubiese aprendido de sus malas experiencias pasadas, y lo propulsase en órbita de un puntapié. Y si no, habría que resignarse, porque entonces sí que Débora no tenía remedio. Pero Doña Elvira esta vez ponía mucha fe en ella. No garantizaba que en caso de verse defraudada no aconteciera un asesinato, un suicidio o un asesinato seguido de un suicidio, un doble asesinato, un doble asesinato seguido de un suicidio o, en fin, algo por el estilo. Por las dudas, convenía estudiar atentamente cuál era la mejor de todas estas opciones.

      Fabio no se achicó al oírse llamar zanguango agrandado. Por envidia o resentimiento, a los que somos hermosos nos llaman así, ¿no, Fabio? Lo que importa es que te dejaron entrar. La vieja gruñona se tuvo que dar por vencida.

      La verdad sea dicha, que Fabio viniera o se fuera, que se quedara o se retirara, era algo sin cuidado. Después de todo, era sólo un pánfilo, y realmente que un pánfilo venga, vaya, se quede o no se quede, no es muy relevante. El problema era que con él venía un séquito invisible de lo más desagradable: la humillación, el alcohol, el cigarrillo, la droga. Todos le decían a Débora : No vas a escaparte de nosotros. Aunque por el momento bastante tenía Débora tratando de reponerse de la sorpresa de que el zanguango agrandado, luego de tanto tiempo sin dar señales de vida, viniese como invocado por el horóscopo del diario, para reparar en que aquellos viejos enemigos decían presente una vez más.

      Entre Débora y ellos, se acercaba la confrontación decisiva.

     

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 22 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 22, nov

     Aquella noche, ya desde antes de enterarse de todo aquello, el señor Alvarez estaba triste por otro motivo: declinando ya la tarde, sonó en cierto momento el timbre del quiosco. Al ir a atender, se encontró con el rostro, aun más sombrío de lo habitual, de Cristian, el líder, vocalista y guitarrista rítmico de Supremacía Satánica.

      -Buenas tardes. Disculpe, no vine a comprar nada, quería nada más preguntarle algo-dijo, un tanto nerviosamente-. A lo mejor ya sabe que Tony ya no está en la banda, que discutimos con él...

      -No... ¡No sabía!-exclamó el señor Alvarez, asombrado-. ¿Por qué, Cristian, qué pasó?

      -Tony se hizo cristiano-contestó Cristian, con rabia mal reprimida.

      Era evidente que para él aquello era todo un crimen y que veía en el señor Alvarez al cerebro instigador.

      -Señor-prosiguió-: ¿usted sabía que iba a pasar esto?

      -No, ¡nadie puede saber esas cosas!

      -Pero, ¿qué piensa de eso?

      El señor Alvarez se encogió de hombros.

      -Cristian, ¿qué querés que te diga?... Antes, yo tenía un concepto muy equivocado de ustedes-respondió-. Luego me di cuenta de que son satánicos sólo de la boca para afuera. Si me estás preguntando si consideraba prioritario que se convirtieran al cristianismo, la respuesta es no; lo que Dios decidiera al respecto estaría bien.

      -¿No le estuvo predicando?

      -La única prédica que le hice a Tony o a cualquier otro de ustedes fue la primera noche que hablamos, cuando fui a pedirles disculpas.

      -¿Y qué piensa de que se haya convertido?

      -Pero Cristian, ¿qué es lo que hay que pensar? Es algo entre él y Dios. Si se convirtió, supongo que tenía alguna necesidad espiritual, y me alegro por él.

      -Se alegra-repitió Cristian, sonriendo amarga y sarcásticamente-. Se alegra de que haya perdido su personalidad, de que de ahora en adelante pase a ser un loro que repite sólo lo que dice el Papa; de que se haya vuelto un chupacirios sin cerebro-meneó la cabeza-. Está bien. Mejor para usted si se alegra. Buenas tardes.

      Semejante reacción el señor Alvarez no se la esperaba. Antes de que pudiera responder que en definitiva, por el tiempo que llevaba tratándose de verdad con Cristian, éste había podido constatar que no todos los católicos ni mucho menos respondían a aquel estereotipo y que dudaba seriamente que Tony fuese a abrazar un cristianismo así, el muchacho dio media vuelta y se fue, desoyendo las balbuceantes y confusas protestas y exhortaciones a escuchar y razonar con que Alvarez lo acribillaba.

      No quiso comentar el incidente con nadie ese día. Su mujer supo que algo le pasaba, pero, según era habitual, respetó su silencio.

      Así estaban las cosas cuando a las once de la noche, estando ya todos a punto de irse a acostar, sonó el teléfono, y atendió el señor Alvarez, intrigado. Lucy y su madre conversaban sobre una intrascendencia que luego nadie pudo ya recordar, hasta que el tono de voz de su respectivo padre y esposo, y sus palabras al responder a la persona del otro lado de la línea, se tornaron más dramáticas:

      -¡En la comisaría!...Pero, ¿por qué?... ¡Por Dios! ¿Cuándo?...Pero, ¿cómo fue? Y ella, ¿cómo está?... Está bien, muchas gracias por avisar. Disculpe las molestias. ¿Quién es usted?... ¡Hola, hola!

      Luego de esperar una respuesta que no llegaba, el señor Alvarez colgó el teléfono.

      -¿Quién era?-preguntó su mujer.

      -Ni idea, alguna buena samaritana que no dijo su nombre-contestó Alvarez-. Débora está declarando en la comisaría. Hubo un tiroteo del que ella fue testigo. Murió un tal Dieguito. ¿Quién es?

      -Dios mío-murmuró la señora de Alvarez-. Es ese chico que siempre venía acá a pedir que le diéramos algo de comer.

      -Hay tantos. ¿Cuál de ellos?

      -El que siempre andaba con cara tristona... Una vez, Débora vino acá a comprar no recuerdo qué cosa, lo vio y se escondió de él. Le pregunté por qué lo hacía, pero ni ella supo responderme.

      -Pobre Dieguito-murmuró Lucy-. Sí, a Débora siempre le pasaba algo raro con él. Me da la impresión de que esto la debe haber puesto como loca.

      -Dejó de sufrir, pobre angelito-dijo la señora de Alvarez.

      Pero ese pensamiento no le traía consuelo. Se puso a pensar en aquella criaturita que en este mundo no había conocido más que desdichas y que en medio de desdicha acababa de morir, y de repente empezó a llorar estremeciéndose convulsivamente, pensando en las injusticias y crueldades del mundo, y en que tal vez el responsable de la muerte de Dieguito estaría vivo, libre y muerto de risa, en tanto que un inocente había muerto por su culpa a tan corta edad.

      -Voy a llamar a Doña Cata para pedirle que le avise a Doña Elvira-anunció sombríamente Lucy.

      -Esperá-recomendó el señor Alvarez, abrazando a su esposa en un inútil intento de consuelo-: pedíle por favor que le diga a Doña Elvira que me voy a buscar a Débora y la llevo con ella en cuanto termine de declarar.

      Pero los propósitos son una cosa, y los logros, otra muy distinta. El señor Alvarez no sabía, o no recordó, que el tiroteo había tenido lugar justo en el límite entre dos jurisdicciones policiales. Fue a la  comisaría que le pareció, y resultó no ser la correcta. Yendo hacia la otra, e auto del señor Alvarez se detuvo, en apariencia porque le vino en gana, y no lo pudo hacer arrancar sino hasta hora y media después, en que se dignó andar sin explicación razonable. Para entonces, Débora ya no estaba en la comisaría. Lo malo fue que, según se enteró después, tampoco estaba con Doña Elvira. Y ya hubiera debido llegar junto a ésta.

      ¿Hay alguna otra desgracia que pueda pasar?, se preguntó el señor Alvarez, atribulado.

      Mientras tanto, Lucy y su madre, amargadas por la muerte de Dieguito y pensando en cómo tomaría Débora la noticia, se pusieron a orar juntas y, tras pedir al Señor que les diera la respuesta que necesitaban sus corazones y el discernimiento para interpretarla, cada una de ellas abrió su Biblia al azar. Luego de varios intentos infructuosos estuvieron a punto de darse por vencidas, ya que Dios parecía guardar silencio por las razones que El sabría, hasta que una de ellas encontró y leyó una frase en Juan 11,50:

                     Vosotros no entendéis nada, ni sabéis que nos conviene que muera un solo hombre

                      por el pueblo, y no que perezca la nación entera.

      Así justificaba Caifás la necesidad de matar a Jesús. Ni Lucy ni su madre comprendieron del todo én qué podía relacionarse aquel versículo con  Dieguito, que no era un hombre sino sólo un niño y cuya muerte parecía traer sólo tristeza; pero aceptaron aquel Vosotros no entendéis nada con que el Señor de alguna manera parecía decirles que El sabía por qué permitía que ocurrieran incluso los hechos más trágicos.

      Cuando regresó el señor Alvarez -quien anteriormente se había comunicado con su familia usando su celular mientras aún lidiaba con su auto, pero haciendo sólo un escueto informe de sus tribulaciones- no fue capaz de dar noticias acerca de Débora.

      -Tuve que decirle a Doña Elvira que hice todo lo que pude, pero que así y todo no la encontré. No me imagino dónde puede estar. Doña Cata estaba despierta todavía. Prometió llamarnos si se entera de que Débora volvió.

      -¿Esa chica no habrá...en fin... no habrá hecho alguna tontería?-preguntó la señora de Alvarez.

      -Digamos la verdad: vive haciéndolas-dijo lapidariamente su marido.

      -Me refiero, en fin, a si no habrá hecho algo irreparable-aclaró la señora de Alvarez, eufemísticamente, con ese miedo reticente compartido por muchos por la chocante palabra suicidio.

      -Esperemos que no. No podemos pedir a la policía que busque a Débora si hasta hace poco se la vio en la comisaría; tienen que pasar, no sé si veinticuatro o cuarenta y ocho horas sin tener noticias de una persona para que se la dé por desaparecida.

      -¿Fabio sabe de todo ésto?-preguntó Lucy.

      -No, y mejor que ni se entere. Ese trae problemas, nada más-gruñó el señor Alvarez, sentándose en su sillón favorito, donde se quedó reflexionando incluso cuando su mujer y su hija se fueron a acostar.

      Doña Elvira, por fuera, se había mantenido impasible al oír las malas noticias y que no se sabía dónde podía estar Débora. El señor Alvarez sospechaba que por dentro debía corroerla la angustia. Aunque se mostrase dura, había aprendido a querer a aquella muchacha descarriada como si fuera su propia hija. Como me pasó a mí con los melenudos de al lado, pensó el señor Alvarez, recordando inevitablemente lo sucedido con Cristian ese mismo día.

      -¿Por qué se porta como un tonto?-se preguntó para sí mismo.

      -Alvarez-objetó Ocho, asomándose sobre el hombro derecho de su protegido-: es mucho más joven que vos, podría ser tu hijo; tiene mucho más derecho que vos, por lo tanto, a ser todo lo tonto que se le ocurra. Te recuerdo que también vos hiciste tonterías. Y una de ellas fue acusar a Cristian y sus compañeros de ensuciarte el frente de la casa con pintadas satanistas, si no te molesta recordarlo.

      -Pero luego pedí disculpas-respondió el señor Alvarez-. No creo que Cristian haga lo mismo, incluso si recapacitara y se diera cuenta de que en este caso el equivocado es él. Sabés, me acuerdo que hace no tanto tuve que calmarlo para que no agarrase a trompadas al marido de Doña Cata cuando éste me golpeó. Que ahora se indigne conmigo solamente por decir que me parece bien que Tony se haya hecho cristiano si eso cubre sus necesidades espirituales, me parece incoherente.

      -La Humanidad es incoherente desde que es Humanidad-observó Ocho-. Miralo desde el punto de vista de Cristian. Para él, la Iglesia Católica miente y esclaviza a la gente con sus mentiras. Excepto al señor Alvarez, lo bastante inteligente para pensar por sí mismo, pero que no se da cuenta del terrible peligro que representa que el catolicismo haga otro converso. A Tony le van a lavar el cerebro. Va a ser un chupacirios tonto y complaciente. Y le indigna que vos te alegres de semejante atrocidad.

      -Pero, ¿no se da cuenta de que es una tontería?...

      -Alvarez, algunos de tus congéneres creen a pies juntillas que judíos y masones son reptiloides que adoran a Satán, que son precursores del Anticristo, que planean reducir la población a quinientos millones de habitantes mediante armas bacteriológicas y que a todos y cada uno de esos quinientos millones les van a implantar un  chip con el número 666 para esclavizarlos. Pensá en eso sin largar una carcajada o sin agarrarte la cabeza, y después atrevéte, si podés, a reprocharle a Cristian que está actuando como un tonto nada más por creer que convertirse al cristianismo le lavará el cerebro a Tony.

      Fuera por hallarse de vacaciones, en su refrigerio o noqueado por Ocho, Don Querido Caballero no apareció esa noche en el hombro opuesto para decir lo suyo. Tras esperarlo un rato, el señor Alvarez se fue a la cama, con ganas de encontrarse, al despertar, que todo aquel día había sido una pesadilla.

      Débora no regresó esa noche, ni tampoco al día siguiente. Ya tenía a todos preocupados, cuando, de repente, apareció de nuevo en casa de Doña Elvira en la tarde del segundo día, en estado de deplorable embriaguez, caminando torpe y tambaleantemente entre los gatos que se cruzaban en su camino y hasta pisando por accidcente a alguno, hasta la primera silla que encontró.

      -No me digas nada, por favor-gruñó con voz alcoholizada-. No podría soportarlo.

      Si Doña Elvira se asombró ante este repentino regreso de Débora, al menos no dio muestras de ello, ni tampoco de pena al verla así, ni simplemente de alivio al ver que por fin había llegado.

      -¿Dónde estuvo? ¿Emborrachándose todo el tiempo?-preguntó con frialdad.

      -No-rió Débora, sin verdadera alegría-. Primero fui a declarar en una comisaría, después fui a emborracharme, me encontró la yuta y me encerró en la otra comisaría y después salí y seguí emborrachándome.

      -Ajá-dijo Doña Elvira. Parecía tranquila, pero Débora la conocía bien y, aun en medio de su ebriedad, sabía que aquella era la calma previa a la tormenta. La sangre india de la vieja estaba bullendo de rabia y en cualquier momento se venía el malón-. Sabe, de ese nene que murió yo ni enterada estaba. Me entero por el papá de Lucy de que era importante para usted, según parece.

       Débora volvió a sonreír sin ganas, un gesto que era más una parodia que otra cosa. No sin razón había omitido hablarle del chico a Doña Elvira. Ahora que ella sabía algo, tal vez se podía decirle el resto.

      -Siempre me lo encontraba cuando menos quería encontrármelo-respondió-. Ahí estaba con su bolsa de pegamento, aturdiéndose. Me miraba como diciéndome: Ayudáme. Pero qué lo iba a ayudar yo, si no me podía ayudar ni a mí misma. Y cuando ayudo a alguien, la embarro, como cuando ayudé a la mujer de Beto Gigena: ese mismo día me echaron del trabajo. Hay que ser bien, bien hijo de puta en la vida, no conmoverse por nadie. Solamente así la pasa bien uno.

      -Yo al Beto Gigena ése no veo que la pase tan bien, y eso que fue bastante mal tipo con Lola-objetó Doña Elvira-. Y los malandras que se tirotearon tampoco creo que hayan estado tranquilos y felices.

      Débora miró a la vieja como si ésta estuviera hablándole en chino.

      -No te preocupes, yo voy a ser mala todo el resto de vida que me quede, y tampoco voy a ser feliz-respondió-. Siento que hasta que me muera voy a ver la cara de ese pendejo mirándome y pidiéndome ayuda.

      Doña Elvira engranó. Si tenía cursado el cuarto grado de primaria, era mucho. Su reducida cultura le impedía encontrar las palabras exactas para decir lo que quería, pero ello no significaba que fuera ignorante. Al contrario, era muy sabia. Lo bastante para saber que el punto que pone la muerte es sólo punto final si ningún vivo agrega siquiera una mísera frase.

      -Bueno, ¡ayúdelo, entonces!-gritó-. ¿O usted que se cree? ¿Que él se murió y ya no queda en el mundo ningún otro chico al que ayudar? ¡Está equivocada, m'hija! ¡Por si no se enteró, hay mucho sufrimiento en el mundo! ¡Gente que tiene desgracias más importantes que un novio cretino y agrandado como sorete en querosén!

      Débora trató de coordinar sus pensamientos en medio de su borrachera. Algo en las palabras de Doña Elvira parecía intrigarla y quizás hasta alarmada.

      -¿A vos... a vos alguien te dijo algo?-preguntó con dificultad, tratando de articular las palabras para hacerlas inteligibles.

       -¿Decirme qué?-bramó Doña Elvira, sin entender la pregunta.

      -El enlace-intentó decir Débora-. El enlace-repitió, pero nuevamente no se le entendió palabra.

      Trataba de volver con la mente a aquella primer lección de computación que le había dado Lucy. Esta, en cierto momento, la había dejado sola, y ella había había pulsado el ratón de la computadora sobre un enlace que llevaba a cierta página de Internet. ¿Había llegado Lucy a verlo? Sí, Débora ahora recordaba que sí. ¿Le habría comentado a la vieja algo al respecto? ¿Por qué si no ahora le decía aquellas cosas?

      -¿Decirme qué? No entendí-preguntó la vieja.

      Débora no pudo contestar. En ese momento la acometieron las arcadas. Creo que voy a vomitar, quiso decir, pero no tuvo tiempo de  hacerlo. En pocos segundos vomitó dos veces, emporcando sus propias ropas y el piso.

      -Ahora limpio-murmuró.

      -¡Cállese la boca!-la amonestó la vieja-. Ni mantenerse parada puede. Mírese. Un trapo de piso sucio y viejo parece más  respetable que usted en este momento. Está hecha un despojo.

      Débora se echó a llorar.

      -Ese chico ahora está con Dios, pero usted sigue acá, en este mundo-concluyó la vieja-. Si de veras le duele lo que pasó, a ver si en memoria suya se decide a honrar la vida haciendo de una vez por todas de la suya algo positivo. No me venga con todo lo que sufrió, que para mí tampoco la vida fue fácil, m'hija. No estoy enojada porque haya vomitado y ensuciado todo. Eso es lo más fácil de arreglar, y puedo hacerlo yo. Lo demás, únicamente usted.

      Otra vez Débora se quedó preguntando si Lucy le habría comentado a Doña Elvira lo del enlace, pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho. La vieja la obligó a desvestirse y bañarse y la metió de prepo en la cama, dejándole un balde al lado por si volvía a vomitar.

      En el estado en que se hallaba, Débora se durmió enseguida. Tuvo todo tipo de pesadillas en las que Dieguito era baleado una y otra vez o en las que se quedaba mirándola como pidiéndole ayuda; pero el último sueño que llegó a recordar lo tuvo en la mañana del día siguiente, y aunque le resultó un tanto perturbador, no fue exactamente una pesadilla.

      Soñó que estaba de nuevo frente a la computadora y pinchaba con el ratón el famoso enlace que llevaba a la página que nunca había podido quitarse de la cabeza. Sólo que, esta vez, no apareció esa página en la pantalla, sino la imagen de un cuarto en la que estaba Dieguito mirando con tristeza varias montañas de ladrillos de juguete que había alrededor. De repente giró la cabeza hacia Débora, y sonrió, una sonrisa de chico feliz que en vida nunca se le había visto; y no se supo cómo -cosas de los sueños-, de repente Débora se encontraba en esa habitación, y Dieguito corría hacia ella y le tomaba la mano; la misma mano que le había sostenido cuando estaban juntos en la ambulancia.

      -¿Cómo te llamás?-preguntó.

      -Débora.

      -Débora-dijo Dieguito, medio enredándose en cada palabra de puro entusiasmo-, ahora vamos a estar siempre juntos, ¿sí?

      Débora no supo qué contestar. Balbuceó un sí para dejar contento a Dieguito, a quien no quería desengañar porque lo veía tan feliz; pero recordaba que él estaba muerto y no entendía si ella lo estaba también y si ambos estaban juntos en el Cielo, o qué estaba pasando. Para colmo, todo parecía tan real que lo último que hubiera pensado era que podía estar soñando.

       -Y me vas a ayudar a armar muchas cosas con todo esto-dijo Dieguito, señalando los ladrillos de juguete.

      -¿Con todos esos ladrillos?... Pero Dieguito, ¡mirá todos los que hay! ¡Es una locura! ¡No vamos a terminar más!-contestó Débora; pero el chico la miró decepcionado, con la tristeza que en vida nunca lo había abandonado; y ante esos ojitos, ¿qué podía hacer Débora?

      -Está bien-accedió por fin, y Dieguito brincó de alegría.

      Casi ni se podía caminar de tantos ladrillos de juguete que había esparcidos por todas partes. Débora se hizo lugar como pudo, y se sentó en el suelo, y se puso a armar cosas con los ladrillos, mirando cada tanto de reojo las pilas de ladrillos sin utilizar que se alzaban amenazantes por todas partes. No voy a poder hacer mucho, pensó. Pero Dieguito estaba a su lado, rodeándole el cuello con un bracito. Cada tanto, cuando Débora armaba algo que le gustaba, la abrazaba con más fuerza y la besaba.

      Así fue el resto del sueño. Cuando Débora despertó -era la mañana del tercer día luego de la muerte de Dieguito- quedó desconcertada al advertir que todo había sido un sueño. No puede ser, pensó; porque hasta sentía todavía el calor del cuerpo de Dieguito donde éste había estado prendido a ella, hasta sentía la pequeña mano todavía  tironeando de la suya, instándola a construír cosas juntos.

      No puede ser. Lo mismo, quizás, habrá pensado María Magdalena al hallar vacío el sepulcro donde debía estar Jesús.

      Los psicólogos sin duda tendrán sus explicaciones del hecho. Dirán que alguien en una situación como la que Débora atravesaba en aquel momento sin duda está necesitado de creer en algo, que la conversación con Doña Elvira y el recuerdo del enlace habían dado el guión a aquella película onírica, que la sensación de un deber pendiente habían terminado de redondearlo todo. Seguramente tendrían razón, pero esto no lo explica todo, como un montón de ecuaciones pueden explicar el funcionamiento del Universo, pero no su belleza.

      Y la determinación de aquella Débora que emergía ahora de aquel sueño, sólo una palabra puede explicarla: milagro. Algo grande y hermoso estaba en marcha.

       

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 21 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 22, nov

     No sería fácil para Cacho y Doña Cata convivir de nuevo juntos, especialmente teniendo en cuenta que, cada uno por su lado, tenían más bien ganas de morderse el uno al otro; pero al menos ambos tuvieron el buen tino de darse cuenta de ello y poner la mejor voluntad que pudieron para tratar de vencer tales sentimientos.

      Cacho, convertido inesperadamente en amo de casa, andaba rezongando todo el tiempo por el trabajo que tenía. Eso no conmovió mucho a Doña Cata, quien en principio no hubiera reducido en lo más mínimo la jornada laboral casera de su marido; el conmovido fue su estómago. Cacho decididamente no tenía habilidades de cocinero y la mayor parte de las veces prefería recurrir a la comida rápida: hamburguesas, salchichas, papas fritas. En nombre de dicho estómago, entonces, se convino que mejor cocinaría Doña Cata.

      Por lo demás, Cacho tenía otro constante y bienvenido motivo de rezongo para matar el tiempo cuando su media naranja no estaba en casa: lo mal que, según él, hacía su esposa las tareas de la casa. Ya le enseñaría él. Para empezar, la grasienta cortina de la cocina no debía haberse lavado desde la época de Cristóbal Colón, por lo menos... Cacho descolgó las cortinas en cuestión y, entonces, su mirada ganó todo el paisaje de la calle y la vereda de enfrente, personas inclusive. Lo primero que vio fue a Débora y Doña Elvira peleando entre sí por quién sabía qué razón.

      ¡Cómo gritan!, pensó Cacho. Esas dos siempre están peleando. ¿Por qué se gritan siempre? Eso había que averiguarlo... Estiró el cuello haciendo tal esfuerzo que,  si uno similar se hubiera aplicado a todas y cada una de las restantes partes de su cuerpo, hubiera acabado con una musculatura digna de Sansón.

      Era temprano, las dos de la tarde apenas. Ni en sueños esperaba Cacho que su mujer llegara de su trabajo a esa hora, a menos que, como él, la despidieran. Pero esta última posibilidad no se le ocurrió y, por otra parte, estaba demasiado entretenido tratando de descifrar el enigma que él mismo acababa de plantearse; así que no escuchó llegar a Doña Cata, salida del trabajo con permiso de sus patrones para buscar  y pagar unos impuestos que había olvidado llevar consigo.

      Todo se hallaba tan silencioso (y Cacho tampoco respondía a sus llamadas, tan entretenido estaba con lo suyo), que Doña Cata por un momento estuvo segura de que su marido no estaría en casa, hasta que le pareció oír un carraspeo en la cocina. Fue a investigar. Al ver a su esposo y qué hacía éste, la acometió un acceso de hilaridad.

      -No se hace así-fingió reprochar a Cacho-. Hay que dejar la cortina donde corresponde para tener dónde esconderse en el momento en que miran hacia acá.

      Cacho, aturdido y sintiéndose pescado in fraganti,  al principio no supo qué decir.

      -No, yo...-murmuró, en un tono de voz muy poco inteligente.

      -No, no querido, no me vengas con excusas. Estuve en esa actividad durante muchos años y antes de que vos empezaras. Yo tengo que enseñarte cómo se hace. No quiero que el Sindicato de Chismosos Profesionales nos demande por hacer las cosas mal.

      -¡Yo no soy un chismoso!-protestó Cacho, a voz en cuello.

      -Nooooooooo, Cachito, quién dice eso...-se burló Doña Cata, poniendo expresión fingidamente inocente-. Esto es interés de buen vecino, siempre lo dije y nadie me creyó...

      Cacho miró a su esposa como con ganas de asesinarla, pero al final sonrió, aunque la suya fue una sonrisa medio torcida. Doña Cata contempló aquella abertura y sonrió también, quizás pensando en viejos, inevitables recuerdos de aquellos tiempos, que tan lejanos parecían ahora, en que estaba al tanto de vida y milagro de todos y cada uno de sus vecinos.

      -No es mala idea eso de que, aprovechando que estás en casa, cada tanto mires un poco la casa de enfrente-comentó.

      -¿Qué, me vas a pedir que me ocupe también de los chismes?-gruñó Cacho.

      -Tenés razón-replicó Doña Cata, quien no quería pelear-. Igual si por casualidad vieras algo importante, te pido por favor que me avises. La Débora no está nada bien últimamente; me preocupa, y la siento, no sé por qué, como una compañera en la desgracia. No se trata de mí, sino de ayudarla a ella. Así que ya sabés...

      Doña Cata nada más dijo. No quiso insistir en su petición de que Cacho mirara ex profeso, porque sabía que el muy testarudo no daría el brazo a torcer; pero también sabía por experiencia propia que el que espía la intimidad de otros una vez, probáblemente seguirá haciéndolo luego, aunque jure y perjure que se abstendrá. De verdad quería ayudar a Débora, caso de que le fuera posible; y si se hacía ver a Cacho que se trataba en cierto modo de hacerlo cómplice de una buena acción, se sentiría más inclinado a colaborar.

      Por ese entonces, en la villa miseria vecina, reinaba cierto clima de miedo debido a un enfrentamiento entre bandas enemigas, del que formaba parte la muerte de El Rata: aquel pobre diablo asesinado cerca de la panadería en la madrugada de aquel famoso domingo en que la señora de Alvarez quedó tan conmocionada por la frialdad de la gente a la vista del cadáver. Débora se enteró de los detalles del crimen porque, tras haber quedado desempleada,  necesitaba dinero para sus cigarrillos y bebida, y estaba dispuesta a conseguirlo por cualquier método, incluso trasgrediendo la ley; de modo que cometió varios hurtos -información que proporciono sólo con el consentimiento expreso de la propia Débora- y vendió el producto de los mismos en la villa miseria

      Allí, cualquier rincón parecía ahora peligrosísimo, más de lo habitual. Los compinches de El Rata, que eran soldados de quién sabía qué siniestro peso pesado de la delincuencia organizada (alguien que ciertamente no vivía en la villa, sino en algún barrio privado, dándose la gran vida), andaban buscando vengarse de los del bando rival, y muy especialmente de Mataperros: el asesino del compañero caído.

      El de toda esta gente es un mundo sórdido e incomprensible para la gente ajena a él, con sus propias leyes, códigos y castigos. Hasta el día de hoy hay un altarcito que los compinches de El Rata erigieron en memoria de éste. Cuando Mataperros cayó a su vez en las circunstancias que se describirán enseguida, sus adláteres hicieron lo propio. Ambos altarcitos tienen unas cuantas ofrendas como crucifijos y rosarios que hablan de una fuerte devoción religiosa, pero ésta no incluye cumplir los diez mandamientos, ni siquiera el quinto. Al contrario: cada bando está sólidamente aliado por silenciosos afectos y secretos inimaginables, y no cabe en él el perdón para el enemigo, sólo la venganza. Mataperros, que lo sabía, juzgó prudente y saludable hacerse humo por un tiempo, tanto más cuanto que con él se buscaba, no ya simplemente asesinarlo, sino transmitir un claro mensaje intimidatorio a los contrarios. Que posiblemente reaccionarían impartiendo su propio mensaje, en una espantosa vorágine de violencia sin fin.

      Débora, íntimamente, empezaba a darse definitivamente por vencida, a que su vida siempre sería un infierno del que no podría salir. Era consciente de que al rozar la periferia de aquel ámbito escalofriante, de alguna manera vendía el alma al Diablo. Iría hundiéndose cada vez más en el lodazal de la delincuencia hasta quedar atrapada allí. Porque la droga volvía a seducirla con  su canto de sirena, y en la villa la vendían, y bastante barata, además. No quería ceder, pero sus últimas defensas anímicas se desmoronaban ahora que Fabio ni siquiera se molestaba en simular de manera creíble que cuando no la visitaba a ella a menudo estaba tratando de conquistar a otras chicas.

      La intuición hizo comprender a Doña Elvira que Débora se estaba metiendo en líos cada vez más grandes. Por un momento pensó en echarla de su casa, según admitió después; pero no lo hizo, a pesar de que la relación entre ambas estaba más violenta que nunca. La vieja presentía que el hecho de tener un sitio donde dormir y alguien esperándola en casa impedía a Débora abandonar toda lucha interior y desmoronarse por completo; y ella la quería, aunque nunca se lo confesó a ella ni a otras personas, y tal vez ni siquiera a sí misma.

       Se acercaba el momento en que Cristo se presentaría a reclamar a Débora como suya, pero nadie podía imaginarlo entonces y la propia Débora, por supuesto, menos que nadie. Tuvo lugar entonces aquel ocasional encuentro entre Lucy y Fabio. Fue habiendo ya oscurecido. En invierno, algunas de las calles del barrio en que vive Lucy se ven mal iluminadas y lúgubres, por lo que no es difícil asustarse si se es una chica de dieciséis años. Fabio la vio caminando por una de esas calles cuando él venía en su moto en el mismo sentido, y se le ocurrió matar dos pájaros de un tiro. Lucy le gustaba mucho desde que la había conocido y, por supuesto, esperaba que ella fuese su rendida admiradora, igual que toda chica que se preciara de tal. Era, por lo tanto, una ocasión inmejorable para hacer una buena acción acercando a Lucy hasta la casa de ella y hacer otra buena acción permitiéndole un acercamiento más íntimo al Monumento al Hombre Bello.

      -No podés ir sola por las calles a esta hora, linda. Subí, que te llevo-le dijo, parando la moto junto a ella.

      Sonreía seductoramente, pero ya se ha dicho que la calle estaba mal iluminada. Independientemente, Fabio podría creerse lindo como un sol, pero hay cosas que le nublan la vista a uno, y en el caso de Lucy  lo era la descomunal vanidad de aquel Narciso enamorado de sí  mismo. Además, aunque ya había decidido que Débora al parecer no tenía remedio y que era inútil tratar de ayudar a quien no quería ayuda, la entristecía Doña Elvira, cuya pena palpaba Lucy por mucho que la vieja quisiera ocultarla. Y pensaba que de no haber sido por Fabio, tal vez Débora hubiera adoptado un estilo de vida sano en todos los sentidos, y Doña Elvira no cargaría con aquel nuevo sufrimiento, que venía a sumarse a los muchos que mantenía inconfesos, pero que se notaba que existían.

      Decidió que tenía que tratar de apelar a la misericordia de Fabio.

      -No, puedo caminar-dijo con dureza-; pero ya que estás, quedáte un momento, que tengo que hablar con vos.

      -Cómo no...-dijo Fabio, y se bajó de la moto, sonriendo con pedantería.

     Desde su punto de vista estaba claro que Lucy no aceptaba que él la llevase por una cuestión de orgullo, para hacerse la irreductible. Y ahora ella iba a decirle que no lo soportaba, que le caía mal. Simples excusas, por supuesto, para disfrutar un poco más de la visión de aquel bien formado rostro de hombre. ¡Así es la vida cuando se es precioso en grado sumo!...

      Media hora habrá estado Lucy tratando de explicarle a Fabio que le hacía mucho daño a Débora y pidiéndole que la dejara en paz. Luego de tanto palabrerío, el susodicho la miró con cara de carnero degollado, y declaró:

      -Sos linda...

      Lucy abrió tamaños ojos. Lo último que hubiese esperado era una declaración tan gansa y totalmente inconexa con el rumbo de la conversación. Fabio aprovechó la estupefacción de ella para rodearle la cintura con sus brazos, susurrando al mismo tiempo muchas cosas en voz meliflua:

      -No te hagas la difícil, que vengo relojeándote desde hace tiempo y ya sé que estás muerta por mí. Podemos entendernos muy bien vos y yo, ya vas a ver...

      Lucy no aguantó más y le dio un sonoro cachetazo. Fabio apenas si se inmutó. Trató, eso sí, de mantenerle quietos los brazos al abrazarla de nuevo, siempre sonriente y con cara de total embelesamiento.

      En eso, un auto se detuvo detrás de la moto de Fabio. Se abrió la ventanilla derecha del asiento delantero, y por ella se asomó el rostro de un muchacho pelilargo, el de Fede, de Supremacía Satánica.

      -¿Este pelotudo te está molestando?-preguntó agresivamente.

      -Bueno...-murmuró Lucy. No quería provocar una pelea, pero Fabio se estaba buscando una paliza, y si ella impedía que se la dieran, pensaría que era porque gustaba de él-. La verdad... Sí.

      Tres puertas del auto se abrieron a un tiempo, y del vehículo bajaron simultáneamente Fede, Cristian y Tony. Tal vez no fueran temibles como los delincuentes de la villa, pero responden a ese tipo de muchacho moderno que en razón de su talla hace pensar que se trata de un hijo de King Kong: altos, de hombros anchos, fornidos. Como encima siempre solían andar de talante hosco, y esa noche no era la excepción, el panorama de un trío de gorilas enormes y malhumorados quedaba completo.

      Fabio debe haberse asustado para sus adentros, pero tenía una imagen que mantener, y en este caso se imponía jugar al macho rudo que no tolera que vengan a hacerle competencia en sus propios dominios.  Avanzó sacando pecho. Fede fue hacia él con aspecto de tanque de guerra macizo dispuesto a arrollar al enemigo.

      -No hace falta esto-intervino Lucy, mirando a Fede-. Sólamente alcáncenme hasta mi casa, ¿sí?, por favor.

      Los tres tétricos ángeles guardianes de ocasión se miraron entre sí, sin decir ni media palabra. Luego, Tony volvió a abrir la puerta trasera e hizo a Lucy un cortés ademán indicándole que subiera.

      Era evidente que Fabio no esperaba un final así, ni que Lucy accediera a subir a aquel auto con esos muchachones feos y peludos, teniendo a mano a un galán catalogado como una de las más soberbias e impactantes bellezas naturales del mundo entero.

      -Ma, sí...-masculló despectivamente-. Como si me faltaran minas...

      Y se subió a la moto y se fue, con aire ofendido. Estoy seguro de que, de todos modos, se puso contento de que ninguno de los Supremos Satánicos  le arruinase su primoroso rostro llenándoselo de dedos.

      Dos días después, Lucy tuvo que ir a lo de Doña Elvira a llevarle un  dinero. Se trataba del reintegro del importe de los pasajes de Lola y sus hijos, los que, se recordará, el señor Alvarez había pagado con su tarjeta de crédito, habiéndole prometido Débora que le alcanzaría el efectivo correspondiente cuando cobrase. Tras hacer cuentas, los dos esposos Alvarez llegaron a la conclusión de que no necesitaban ese dinero, pero prefirieron no negárselo a Débora, a fin de que ésta tuviera menos dinero para sus vicios. Por supuesto, fue muy iluso de parte de ambos pensar que ella no lo conseguiría de otro  modo, pero la intención es la intención.

      Restaba darle el dinero a Doña Elvira; en las manos de ella estaría mejor. Pero la vieja se negaba reiteradamente a aceptarlo, según era habitual en ella. Tres veces habían enviado a Lucy con el dinero, y otras tantas veces ella lo trajo de regreso. En otras circunstancias podría simplemente haberlo dejado aparte en algún rincón de la casa de Doña Elvira para que ella lo descubriese luego, pero no con Débora merodeando por ahí y sin duda dispuesta a alzarse cualquier dinerillo olvidado e ignoto que le permitiera satisfacer sus vicios.

      Conforme a expresas instrucciones de sus padres, esa cuarta vez simplemente Lucy dejó la plata sobre la mesa frente a la vista de Doña Elvira y diciendo que no la llevaría de regreso. La vieja se puso a protestar, pero Lucy de inmediato emprendió la huida.

      Se cruzó con Débora en la puerta de calle. ¿Se decidiría a mandar al diablo a Fabio si le revelaba su comportamiento de dos días atrás? Lucy la veía con mala cara.

      -Mirá, Débora-dijo, embarazosamente-. Tengo que hablarte de un asunto delicado...

      -No te gastes. Ya me enteré-cortó Débora.

      Lucy la miró intrigada: ¿de verdad sabría Débora de qué le estaba hablando? ¿Y cómo se habría enterado?

      -Perdón: ¿qué sabés?- preguntó.

      -Que algo pasó entre Fabio y vos. No sé qué, y no preciso saberlo-replicó hoscamente Débora.

      -Débora, te juro que yo no acepté. El...

      -¡Ya sé, ya sé!...-interrumpió Débora, impaciente-. ¿Vos te crees que soy boluda?... Ese forro estuvo meses y meses hablando bien de vos. De repente, ayer me habló pestes de vos, ¿y qué me dice cuando le pregunto por qué tiene esa opinión de vos?: Porque sí. Es un hijo de puta, fui muy estúpida en creerle todo lo que le creí desde que estamos juntos, pero no tan estúpida como para no ver ciertas cosas, aunque cuando pueda haga como que no las vi. Pero se acabó. De veras que se acabó.

      Se acabó. La frase era dura y muy terminal, y Lucy tuvo miedo de que Débora no se refiriese a su noviazgo con Fabio o a la credibilidad que podía concederle a éste. De veras estaba asustada.

      -Débora...-murmuró.

      -Andáte, por favor-gruñó Débora, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas de rabia-. Lo último que necesito encima es ver que me tienen lástima. Andáte, en serio. No tengo nada contra vos, pero prefiero estar sola.

      Lucy no tuvo más remedio que hacerle caso. Por otra parte, no sabía cómo ayudarla. A esta altura del partido, aparte de Dios, sólo Débora podía hacer algo por ella misma.

      Entramos ahora en la recta final de esta historia. Recta final que principia en medio de un paisaje de horror.

      Esa misma noche Débora fue a la villa miseria, llevando dinero para abastecerse de cocaína. Sólo a una chica como ella se le hubiera ocurrido entrar en un lugar así a esa hora y sola. La verdad era que todo le daba lo mismo ahora, vivir o morir, que la violaran o la degollaran.

      Es más, hasta qué punto le daría todo lo mismo que, mientras una de las calles que delimitaban la villa miseria hasta donde vivía el dealer, vio a Dieguito con su infaltable bolsa aspirando pegamento, y no se mosqueó. A este pendejo parece que siempre lo voy a ver hasta en la sopa, pensó; pero la visión de esa carita triste no la sacudió de tristeza como otras veces. Esperáme un rato, nene, y te traigo merca de la  buena. Yo empecé como vos, y aquí me ves. Que te des con cocaína ahora o de más grande tal vez sea lo mismo.

      Mientras Débora iba hacia lo del dealer, en algunas de las míseras viviendas de la villa iba esparciéndose un rumor, que automáticamente ponía a cierta gente en movimiento: Mataperros había sido visto en la villa. Había venido a visitar a la novia confiando en que no estuvieran esperándolo, en el amparo de las sombras de la noche y en que la suerte le jugara a favor tratándose de una visita brevísima.

      A Mataperros, a su vez, alguien le avisó que se estaban cargando las armas del bando enemigo y que tenía, literlmente, nada de tiempo para tomarse las de Villadiego. Se puso los pantalones como pudo, con el corazón en la boca, y una campera de cuero vieja y desgastada que ni llegó a cerrarse antes de que el instinto le aconsejara partir sin dilación

      Alguien le avisó a la policía, también. Quién, nunca se supo.

     Era mucha gente desplazándose hacia todas direcciones. Todos ellos armados. En estas circunstancias, iba a ser un milagro si además de matarse todos ellos unos a otros, no moría también un inocente.

      La propia Débora escuchó un vago rumor acerca de lo que iba a suceder, cuando estaba todavía en lo del dealer; pero no se inmutó. Que se tirotearan entre sí, le daba lo mismo, y si un tiro le daba a ella, también. Lo único que le interesaba era encontrar un lugar donde drogarse en paz.

      Con la cocaína en la mano, empezó a desandar camino, andando de un pie en otro. Mientras tanto, Mataperros huía de pasillo en pasillo. Sus enemigos se habían separado para rastrearlo mejor y hacerle imposible la huida.

      Dieguito se puso de pie, un tanto torpe y aturdido, al oír el griterío. Estaba vivamente interesado; tal vez se imaginó involucrado en el griterío, tal vez protagonizándolo. Tal vez en sus sueños de pegamento aspirado imaginaba que su vida era emocionante y llena de acción; que era el bueno peleando contra los malos y venciéndolos. O tal vez fue otra cosa. El caso es que se puso de pie, para horror de Débora, que alcanzó a verlo cuando todavía estaba lejos de él. Mataperros acababa de ganar la calle, revólver en mano, y ahora apuntaba hacia uno de sus perseguidores. Otros ganaban  también la calle.

      -¡NENEEEE!-gritó Débora-. ¡TIRÁTE AL PISO!

      ¿La habrá oído Dieguito? Porque la locura había estallado, las balas silbaban en todas direcciones. Mataperros hirió a uno, quizás hasta lo mató; en semejante caos, es difícil saber quién mató a quien, si una bala ajena o propia. Mataperros  recibió tantos balazos, que en contados minutos quedó como un colador.

        Débora tiró la cocaína. En este momento, sólo una cosa, no sabía por qué, era importante: salvar a Dieguito como fuera. Pero si moría ella en primer lugar, no podría hacerlo, así que se tiró al piso, gritando a Dieguito que hiciera lo mismo y sin saber si él podía oírla e incluso si le había hecho caso.

       De repente se escuchó la sirena de los patrulleros policiales.

      -¡LA YUTA!-gritó uno de los pistoleros; y ante esta voz de alarma, todos los participantes del tiroteo se dieron a la fuga, excepto aquellos que ya eran cadáveres.

      Sin pérdida de tiempo, Débora se incorporó y corrió hacia Dieguito. Lo vio de pie y por eso dedujo, ingenuamente, que tenía que estar a salvo. Lo había visto en las películas...

      Se horrorizó al acercarse más y comprobar que el chico sangraba, atravesado de lado a lado por una bala perdida. El mismo Dieguito caía en la cuenta recién ahora y, pese a estar aturdido por el pegamento, se aterró y empezó a llorar convulsivamente. Débora se sintió en la obligación de mostrarse tranquila.

      -Vas a estar bien, vas a estar bien. Tranquilo. No pasa nada; estoy con vos, ¿eh?-le dijo, besándolo y tratando de detener como podía la hemorragia. Un patrullero se había detenido y pedía una ambulancia por el radio.

      La ambulancia llegó a los veinte minutos. Débora mintió, dijo que era la hermana de Dieguito. La dejaron ir con él, atrás, en la ambulancia. Todo el tiempo se obligaba a serenarse a sí misma para que el niño estuviese tranquilo. Y curiosamente, lo estaba. Tal vez ahora, justo cuando su vida pendía de un hilo, estuviera mejor de lo que nunca había estado antes.

      Por fin, junto a él, había alguien que le demostraba afecto, que se preocupaba por él. Sí, pensó Débora, debía ser por eso que se lo veía tan tranquilo. Su pequeña mano acariciaba la de la joven que estaba a su lado... Un contacto que, tal vez, Débora jamás pueda olvidar mientras viva.

     

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 20 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 22, nov

      Empecemos ahora a resumir lo que sucedió durante el mes previo a los acontecimientos que de alguna manera dieron sentido a que contara esta historia. Uno de ellos es muy difícil de ubicar cronológicamente y hablaremos de él en primer término, pero ya nadie recuerda en qué momento de aquel mes tuvo lugar, porque se trató simplemente de una pesadilla de Lucy. Sin embargo, fue una pesadilla que, extrañamente, la dejó más tranquila al pensar en ella, aunque al despertar se hallaba casi gritando.

      Eso era lógico porque se trataba de un sueño decididamente horrible, en el que Lucy vagaba sin rumbo por las calles de una ciudad que supuestamente era Buenos Aires, pero que ni remotamente resultaba reconocible. Era como si el más violento de los sismos hubiera destruído todo; había restos de rascacielos aquí y allá, incendios en todas partes, todo bajo un cielo de un violento color rojo sangre, ocasionalmente ennegrecido por el humo.

      Por este paisaje tan lúgubre iba Lucy llamando a sus seres queridos, sin que nadie le respondiera. En cambio, encontraba por doquier siniestras siluetas de encapuchados a quienes, instintivamente, identificó como demonios. De vez en cuando alguno volvía la vista hacia donde estaba ella. Lucy no sabía si tenían cara o no; la verdad, no quería ni mirarlos, y cuando alguno de ellos la observaba de esa manera, sentía que los cabellos se le erizaban de espanto.

      Finalmente llegó al final de una calle, y al doblar hacia la izquierda vio lo más espantoso de todo.

      Había allí una gigantesca montaña de escombros y, en lo alto, una figura crucificada, agonizante. Lucy gritó y subió por la montaña de escombros a la carrera, sin poder contener las lágrimas. De alguna forma, en aquel sueño tomaba forma su temor más íntimo, el que le había nacido luego de aquella famosa conversación con Débora que tanto había hecho tambalear su fe: el de estar creyendo en patrañas. Tal miedo se manifestaba en una espantosa visión de los Ultimos Días, en la que Jesús era crucificado de nuevo y el Diablo se enseñoreaba de todo lo existente.

      Lucy llegó al pie de la cruz, y allí continuó llorando a mares, pero no se atrevió a pedir disculpas. Tenía en efecto la sensación de que aquello había pasado porque ella lo había permitido en parte; que era tan culpable por esta segunda muerte del Salvador como si ella misma, martillo en mano, hubiese hundido los clavos en la carne. En ese momento despertó, faltando muy poco para que gritara, y ciertamente con las mejillas tan arrasadas por las lágrimas como en su sueño.

       Por unos segundos permaneció sumida en el desasosiego; luego se echó a llorar una vez más, pero ahora de alivio. Porque ahora sabía que, sucediera lo que sucediera, patraña o realidad, ella siempre pertenecería a Cristo. Amaba lo que El encarnaba y seguiría amándolo aun cuando todos los científicos del mundo vinieran con pruebas irrefutables de que cuanto los Evangelios dicen fuesen sólo fantasías. Por lo tanto, nunca podría apartarse de Jesús y carecía de sentido hacerse planteos sin respuesta acerca de lo que hubiera de verdad en las Escrituras. Para ella el Amor era real, el Amor a Dios y al prójimo que eran el núcleo del mensaje del Señor. Nunca se apartaría de aquel pensamiento.

      Mientras se secaba las lágrimas en la oscuridad, le sobrevino entonces uno de esos momentos que la psicología explica por la sugestión aunque los creyentes lo hagamos por la fe, y que no podemos demostrar al resto del mundo como ciertos, tal vez porque el Señor anhela que sean un dulce secreto entre El y nosotros. Sintió a Jesús muy cerca suyo y esa sensación fue todo un bálsamo para su alma; y tuvo la sensación de que de algún modo su sueño había sido real. Tanto te ama mi Padre, que me envió de nuevo a dar mi vida por ti- parecía susurrarle el Señor-, como todos los días doy de nuevo la vida por alguien.

      Tal el sueño de Lucy, que se guardó en lo más íntimo de su corazón durante mucho tiempo y, cuando al fin habló de él, no supo cómo ubicarlo cronológicamente, como ya hemos dicho. Sin embargo, fue seguramente poco después de que Cacho le pusiera un  ojo morado al señor Alvarez, porque éste y su esposa creen recordar que fue entonces cuando Lucy, tras sufrir aquella dura prueba de fe, volvió a ser la misma de siempre.

      Por cierto, para consternación del señor Alvarez, que malditas las ganas que tenía de hablar del tema, durante la semana siguiente al famoso lío en lo de Doña Cata, un batallón de gente le preguntó cómo se había hecho aquel ojo en tinta. Pero en una oportunidad no se sintió molesto por la pregunta, sino muy conmovido. Fue al ir a buscar mercadería para el quiosco al barrio de Once. Acababa de guardar unas cajas en el baúl del auto, y estaba a punto de subirse al mismo, cuando oyó en las cercanías la exclamación hecha por una voz de hombre que no reconoció de inmediato:

      -¿¿¿QUIÉN LE HIZO ESO???

      Había indignación y rabia en la voz. Para desconcierto del señor Alvarez, al volverse se encontró nada menos con Cristian, alias Morgoth, cantante y guitarrista rítmico de Supremacía Satánica.

      -Bueno...-trató de explicar el señor Alvarez.

      -¡¡¡ES UN HIJO DE PUTA!!!-dijo Cristian, bramando casi-. ¡NO TIENE DERECHO! ¡USTED ES UN HOMBRE BUENO! ¡DÍGAME QUIÉN FUE, Y LO CAGO A TROMPADAS!

      -Pará, pará, pibe...-lo tranquilizó el señor Alvarez, con algo de susto, asombrado por aquella reacción de Cristian, que no esperaba. Alrededor, los transeúntes volvían sus cabezas hacia ellos, preguntándose quién sería aquel joven loco que tenía aspecto de querer hacer una masacre.

      Malditos canas, pensó Alvarez, viendo un poco más allá a un par de policías que, no era para menos, miraban atentamente a Cristian como considerando la posibilidad de esposarlo de inmediato. Por qué no se dedican a que las calles sean de verdad seguras en vez de prejuzgar a un muchacho nada más porque tiene el pelo largo. Ante tal pensamiento, Alvarez escuchó a Ocho susurrar en su oído algo acerca de cuán conveniente era en ocasiones una memoria frágil, sobre todo a la hora de criticar actitudes y comportamientos nefastos de los que uno se ha librado no hace tanto; pero no tuvo ocasión de contestar a su ángel de la guarda.

      Cristian también advertía que su estallido de ira estaba llamando la atención, y luchó por dominarse. El señor Alvarez le puso una mano en el hombro.

      -Mirá, muchachito... Te agradezco, pero no hace falta-le dijo-. El que me pegó es un pobre infeliz, ¿sabés? Y te aseguro que ni valía la pena devolverle el golpe.

      -Me imaginaba que diría algo así. Usted es demasiado bueno-gruñó Cristian.

      -Bueno, bueno... No tiene sentido que terminemos todos en la seccional por algo que puede solucionarse hablando...Estoy leyendo El Silmarillion; tenés razón, es un libro al que darle tiempo para que a uno le termine gustando. Y estuve escuchando los discos que me prestaron...

      Así fue desviando el señor Alvarez la conversación hacia temas más gratos que su ojo morado y el autor material del mismo. No pudo evitar, sin embargo, conmoverse ante el arrebato de ira de Cristian, aquel muchacho con el que hacía tan poco tiempo apenas si podían verse sin rumiar maldiciones.

      En realidad, se estaba encariñando con los cinco muchachos de la banda, cuya actitud había cambiado mucho desde que de tan mala gana había ido a pedirle disculpas por acusarlos de algo que no habían hecho, y conversado luego de distintos temas. Sin que les dijera nada, ahora se mostraban muy respetuosos con Lucy, y se verá que en una oportunidad tres de ellos hicieron las veces de caballeros andantes con ella; pero antes de que tal cosa ocurriera, ocurrió el regreso de Cacho a su hogar, el que había compartido por años con su esposa, Doña Cata.

      Esta no pudo creerlo cuando, dos semanas después del asunto del ojo morado, fue a atender el timbre y, al observar por la mirilla de la puerta, se encontró con la cara de su atribulado marido.

      -¿Y vos qué hacés acá?-exclamó, irritada, a través de la puerta-. ¿Después de lo que le hiciste al pobre señor Alvarez tenés el coraje, encima, de volver por acá?... ¡Hacete humo!

      -Catalina, por favor, dejame pasar, que estoy en un lío-gimió Cacho.

      -¡Eso ya me lo imagino!...-exclamó Doña Cata, sin abrirle-. Alguien que imagina cosas y golpea a la gente por esas cosas que imagina está loco como una cabra y, por supuesto, se mete en líos. No vengas a traer esos líos acá, entonces.

      -Catalina, no seas así. Te necesito.

      -Qué romántico-se burló Doña Cata-. Mirá vos... Lo mismo pensaba yo cuando vos no hacías otras cosa que mirar el televisor.

      -Catalina, ¡es en serio!-vociferó Cacho, rabioso.

      -Epa, epa. Qué tono de voz, querido mío. Yo en tu lugar sería más humilde, ¿eh? Mirá que yo tengo el poder, como He-Man, porque cambié la cerradura de la puerta para que un tránsfuga demente que conozco no pueda pasar como Juan por su casa. Así que bajá las revoluciones, Cacho, que si yo no quiero, no pasás.

      -Catalina, me despidieron del trabajo.

      -Ah, ¿sí? ¿Y por qué, si puede saberse? No me digas nada, dejáme adivinar: se te ocurrió que probablemente tu jefe se acostaba conmigo, y le diste flor de tortazo. Y a tu jefe no le gustó.

      -Catalina, ¡no seas venenosa!...Reestructuración empresarial, eso me dijeron.

      -Bueno, bueno... Con todos los años que trabajaste en la empresa, te habrán pagado una indemnización como para comprarle a un  jeque árabe sus pozos petroleros, así que no me vengas a lloriquear ahora, que...

      -Catalina, escucháme una cosa-interrumpió Cacho-: me pagaron la indemnización, sí. Luego pasé por el Bingo.

      Siguió a estas palabras un silencio sepulcral. Cuando por fin Doña Cata respondió, lo hizo sólo con la única semivocal que existe en el alfabeto castellano, y pareció una campanada tañendo a funeral:

     -...¿Y?...

     Cacho vaciló mucho antes de contestar. Por último reunió coraje y dijo, en un hilillo de voz:

     -Jugué y perdí casi toda la plata en el Bingo...

      A juzgar por la cara que tenía Doña Cata cuando al fin, de improviso, abrió la puerta, dio la impresión de que, a manos de Cristian, Cacho hubiera tenido posibilidades de sacarla más barata. ¿Recuerdan a Doña Florinda pegándole a Don Ramón en El Chavo? Bueno, así más o menos fue el primer golpe que Doña Cata le dio a su marido antes de aplicarle un sopapo, éste con la mano abierta. Envenenada como estaba por lo que había pasado con el señor Alvarez y por esto, se hubiera dicho que Doña Cata era la Vengadora Tóxica. La estaba pasando de lo lindo dándole a su esposo su merecido o lo que ella creía era su merecido; pero antes de que pudiera aplicarle un tercer golpe, Cacho gritó:

      -¡PARÁ, CATA, PARÁ!... ¡HICIMOS MUCHOS GASTOS, Y ALGUNOS ESTÁN A NOMBRE DE LOS DOS!

      -¿¿¿Y POR QUÉ CREES QUE NO TE MATO AQUÍ MISMO??? ¡VOS ME METISTE EN UN QUILOMBO, Y MÁS VALE QUE ME AYUDES A SALIR!... ¡ENTRÁ DE UNA BUENA VEZ!...

      Cacho, empequeñecido por sus múltiples bochornos recientes, tomó asiento a la mesa y Doña Cata hizo lo propio.

      -Cacho, no entiendo cómo pudiste ser tan idiota-bufó Doña Cata, semejante a un toro que se prepara para embestir-. ¡Tu indemnización era un dineral!

      -Yyyyyyyyy...-replicó Cacho, semejante a un mosquito agónico, abriendo los brazos.

      -Yo entiendo que probaras un poco a ver si tenías suerte, ¡pero no entiendo que hayas jugado hasta perder toda la indemnización!

      -Cata, vos ya sabés cómo es esto: dinero llama a dinero...

      -¡Lo disimulás muy bien!... ¿Cuánto te quedó?

      -Eeeeh... Bien. Esteeee... Podría volver al Bingo para tratar de...

      -¡Volvé a poner un pie en el Bingo, y morís!-gritó Doña Cata-. Acá de lo que se trata ahora es de ver cómo pagamos nuestras deudas. ¿Cuánto, Cacho?

      -Seguramente, hasta que consiga otro trabajo, podría hacer algunas changas...

      -¡No me digas!... ¿Cuáles, si puede saberse? Los yuyos crecen solamente cuando hace calor, o sea que ningúnj vecino va a necesitar que le limpies el yuyerío del terreno. ¿Pintar?...La gente pinta la casa cuando hace calor, así puede abrir las ventanas para orear. No, Cacho, lo que interesa es ver cuánta plata tenemos ahora, en mano, para hacer frente a las deudas que hay que pagar ya. ¿Cuánto te quedó de la indemnización?

      En un nuevo hilillo de voz, Cacho se lo dijo, y se hundió en su asiento, como deseando desaparecer en él.

      -Sin palabras-gruñó Doña Cata-. Muy bien, algo tengo yo ahorrado. Veamos ahora qué podemos vender...

      -¿Vender?-gimió Cacho-. ¡Malvender!

      -¡Lo hubieras pensado antes de ir al Bingo, codicioso como Rico MacPato y con aires de fullero que en tres manos hará saltar la banca!... Ahora, querido mío, sólo queda ser prácticos. Yo tengo algunas cositas de oro que empeñar. Vendemos la video, las camas de los chicos... En fin... Y esas camas están buenas, y cuántos recuerdos que me traen... Pero ahora hay que ser prácticos, no nostálgicos. Y hablemos también de lo que vas a hacer estando en casa...

      -¿Qué querés decir?-en lo más íntimo de su ser, Cacho sintió una alerta roja.

      -Mirá, viejo: en este momento el sostén del hogar soy yo. Lo más barato que hay para comer, y lo que más rinde, es el arroz. Por lo tanto, comeremos arroz hasta parecer chinos, mientras tengamos sobre nosotros esas deudas infernales. Arroz hervido no es una comida muy elaborada; no te va a costar mucho trabajo prepararlo.

      -¡Ah! ¡Lo que querés decir es que te gustaría que te espere con la comida lista cuando vengas de trabajar!

      -Claro, y que barras, que limpies los platos, que laves la ropa...

      -¿QUÉ?... ¡PERO ESO ES ABUSO!...

      -¡NINGÚN ABUSO, NINGÚN ABUSO!... ¡ES NI MÁS NI MENOS LO QUE YO HICE DURANTE AÑOS! ¿Y QUÉ ME DECÍAS CUANDO TE PEDÍA QUE ME DIERAS UNA MANO?: "QUERIDA, ESTOY CANSADO. DISCULPÁME, PERO ME PARECE QUE, COMO YO SOY EL SOSTÉN DE LA CASA, CUANDO LLEGO DE TRABAJAR TENGO DERECHO A DESCANSAR"... Como ahora el sostén de la casa voy a ser yo, creo que te toca a vos hacer todo eso que ya te dije, ¿no es cierto?

      De buena gana se hubiera Cacho rebelado, pero habiéndose mandado una metida de pata más digna de Goliath que de un ser humano normal, no le quedó más remedio que claudicar. Y ese mismo día trasladó sus pertenencias desde la pensión a su antiguo hogar, vencido y humillado.

      A esta torta de infortunios no le podía faltar la clásica cereza en la punta. Así que, cuando Cacho estaba trasladando hasta el auto su televisor en blanco y negro (el único televisor que tenía, por otra parte), tropezó. No un tropezón cualunque, sino uno en toda la regla. Cacho cayó al suelo cuan largo era, dándose flor de porrazo. Y en cuanto al televisor... En fin... Que en paz descanse.

     

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 19 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 22, nov

      El domingo siguiente fue el célebre día en que el señor Alvarez pareció levantarse tan con el pie izquierdo. Como de costumbre, se levantaron muy temprano para poder armar tranquilos el puesto en la feria. Lógicamente, tenían intención de tomar varias tandas de mate allí, para lo cual llevaron el equipo correspondiente, y se les ocurrió que no estaría mal acompañarlo con una docena de facturas. Había una señora que las vendía en la feria, pero ya iban dos o tres fines de semana seguidos que la buena mujer llegaba al puesto de los Alvarez sin más que migajas, ya que mucho antes los puesteros le habían sacado literalmente las facturas de las manos. Por lo tanto, esta vez decidieron comprarlas en una panadería que las hacía muy ricas.

      A tal fin, el señor Alvarez estacionó el auto en la esquina, ya que no encontró otro lugar libre o donde su esposa pudiera bajarse sin llenarse los zapatos de barro, y la susodicha se bajó a hacer la compra. Había allí un grupo de tempraneros conversando animadamente, pero no parecían particularmente sospechosos, aunque todavía estaba bastante oscuro; así que dio la impresión de que era un buen lugar para estacionar. No lo era. El tema de conversación de los tempraneros era un cadáver humano que yacía cuan largo era a los pies de ellos, y que el señor Alvarez no vio. El no, pero su mujer sí. Se trataba de El Rata, alias que encubría a un muchacho metido en diversas actividades ilícitas y que ahora había recibido balazos múltiples, al parecer como parte de un ajuste de cuentas por parte de una banda rival de la suya. Ver aquel cuerpo lleno de sangre y con la mirada desencajada no fue muy regocijante para la señora de Alvarez; pero todavía la afectó más ver que un par de tipos salían de la panadería comiendo sus propias facturas y de esa manera se dirigían a ver al finado, como si se tratase de un espectáculo formidable, sin pizca de piedad o sentimientos humanitarios hacia el difunto.

      Habló del asunto con su marido al volver al auto, pero el señor Alvarez, si bien no pudo dejar de estremecerse ante el relato, no le dio demasiada trascendencia. No se le ocurrió que su esposa pudiera estar tan impresionada, porque la sabía capaz de consumir una película gore, de ésas que salpican de sangre al espectador, sin mover un pelo,  aunque luego la mera visión de un inocente sapo la pusiera a gritar como para que la actriz Marilyn Burns en las escenas culminantes de la primera The Texas Chainsaw Massacre pareciera una monja que hubiese hecho votos de silencio.

      La señora de Alvarez, sin embargo, había quedado más impresionada de lo que parecía, en parte porque la vida real no es una película y en parte porque, como se ha dicho, la abrumó la indiferencia, la frialdad de aquellos individuos que veían a un pobre baleado masticando tranquilamente sus facturas. Pero no siguió insistiendo sobre el tema.

      Ya en la feria, el señor Alvarez, buscando papel de diario para envolver mercadería a un cliente, encontró una página que llamó su atención por las razones que se explicarán más adelante, y se la guardó en el bolsillo. Y ya alrededor de las dos y media o tres de la tarde, habiendo llegado de vuelta a casa, el elegante personaje impecablemente trajeado se le asomó, según su costumbre, encima del hombro izquierdo:

      -Llegó la hora, querido caballero-dijo, restregándose las manos con fruición-. Ahora podemos dedicarnos a nuestra vendetta, y nada de falsos escrúpulos cristianos, que lo cortés no quita lo valiente. Este individuo, por la magnitud de los crímenes, se ha hecho acreedor, como mínimo, a la silla eléctrica; ya pensaríamos en un castigo peor en caso de reincidencia. Ahora bien, no se ha hecho justicia, por lo tanto debemos tomar ésta en nuestras manos; pero apurémonos, porque ese amargo aguafiestas de Ocho en cualquier momento viene con su kilométrica lista de prohibiciones. No le haga caso. Recuerde que los gustos hay que dárselos en vida.

      -Estoy acá-gruñó la voz del habitué del hombro opuesto, quien había vuelto a su tradicional look de túnica, alas y aureola-. Pero esta vez no me voy a meter. Alvarez, aunque dé la impresión contraria, está lo bastante grandecito para saber que ciertas cosas no se hacen, y que puede ser un tanto embarazoso, si uno las hace igual, explicar por qué las hizo. Así que... Que haga lo que quiera.

       -Uy, ¡qué  bueno, qué bueno!...-exclamó el otro, alborozado, mientras Alvarez sacaba de su bolsillo la página que había tomado del diario viejo y sacaba de otro bolsillo una lapicera.

      La señora de Alvarez, mientras tanto, discutía con Lucy, pero de esto su esposo, ocupado con lo suyo, ni se había enterado. Lucy, es cierto, había estado un tanto floja ese día al no poner a calentar la comida cuando vio venir a sus padres. Lo hacía siempre, cuando sus padres volvían de la feria. Pero últimamente estaba un tanto deprimida, como se dijo antes; y por estar demasiado inmersa en sus propios problemas, justo ese día no tuvo en cuenta su atención habitual. Fue mala cosa, porque la señora de Alvarez no estaba en el mejor de sus días; y empezó a ladrarle a su hija por no pensar en sus pobres padres que volvían agotados luego de pasarse buena parte del domingo trabajando como locos.

      Lucy se indignó y se defendió, con algo de razón. Después de todo, si siempre los esperaba con la comida caliente, por iniciativa propia, ¿era justo que se la crucificase porque un día se había olvidado?... La señora de Alvarez, con miras (ignoradas por ella misma) de que Lucy se reconociese culpable de alta traición y comenzara a autoflagelarse, empezó entonces a relatar la macabra experiencia vivida por la mañana. Y en ello estaba cuando vio que su marido, lejos de prestar atención a aquel replay, se hallaba mentalmente a miles de kilómetros de distancia de allí. En cuanto a su ubicación física, podía localizárselo sentado a la mesa, convenientemente provisto de una hoja de papel de diario y una lapicera.

      -¡Podrías dejar, por una vez, de resolver crucigramas cuando estoy hablando, y hacer como si te importara lo que digo!-exclamó la señora de Alvarez.

      El señor Alvarez miró a su esposa con la misma inocencia con que Caperucita Roja debe haber mirado al lobo. El que dicho sea de paso, en cuanto a ferocidad, en este momento era superado ampliamente por la señora de Alvarez.

      -Ah, esteee.... No, no es un crucigrama-dijo.

     -Bueno, ¡el sudoku!-gruñó su esposa.

      -Tampoco.

      La señora de Alvarez estiró el cuello y descubrió entonces las actividades a las que con tantas ganas se hallaba dedicado en este momento su esposo.  En la página del diario había la foto de un barbudo a quien un titular denunciaba como Peter Jackson, director de cine. Lapicera en mano, el señor Alvarez se había dedicado a mejorar la imagen de Jackson aplicándole rimmel, colorete, pintura de labios, aros y esmalte para uñas. No era un trabajo fácil eso de maquillar a un tipo tan barbudo, pero el señor Alvarez se las había ingeniado bastante bien, merced a resentimientos que exigían venganza.

      Todo lo cual, le vino que ni pintado a la señora de Alvarez.

      -¿Y a esta estupidez te dedicás en vez de darme una mano en la cocina, que yo estoy tan cansada como vos?-chilló-. ¿Para hacer esto te sentás ahí como un rey en su trono esperando que la plebe venga a atenderlo?

      El señor Alvarez no veía cine gore ni nada que tuviera que ver con el género del terror. Ya bastante tenía en su vida cotidiana con esa obra maestra del horror moderno llamada Mi esposa tiene síndrome premenstrual, que hacía que su media naranja, de ser una mujer normal, pasara a lucir como una mezcla entre un Gremlin y Jack el Destripador. Advirtió que eso era precisamente lo que estaba ocurriendo en este preciso instante. Pacifista, intentó que primara la cordura.

      -Esteee... Bueno, querida, me parece que...-dijo torpemente.

      Pero la señora de Alvarez había encontrado una perfecta hoguera en la que inmolarse para pasar a la historia conyugal y familiar como una sufrida mártir.

      -¡En esta casa nadie me presta atención!-chilló-. ¡Soy solamente una sirvienta, una fregona!-y estalló en sollozos.

      El síndrome la estaba afectando fuerte esta vez. Lucy y su padre intercambiaron una mirada de conmiseración, y trataron de convencerla de que no era así, de que estaba exagerando.

      -¿Ves, Alvarez?-susurró Ocho al oído de su protegido-. Esto te pasa por dedicarte a frivolidades infantiles en vez de prestar atención a cosas más importantes como... Bueno, las necesidades de tu esposa.

       -¡No te permito!-exclamó Querido Caballero, indignado-. ¡Castigar el crimen no es ninguna frivolidad infantil! Ese canalla se burló del público con su King Kong, poniendo a prueba la credibilidad del espectador haciendo hamacarse a dos tiranosaurios y un simio tamaño familiar sobre unas lianas al parecer mucho más resistentes que la tela de la araña sobre la que se balanceaban los famosos elefantes de la canción, ¿te parece serio eso?

      -Como es muy creíble que en una isla que nadie conoce se encuentre a un único mono gigante...-ironizó Ocho-. Independientemente, Alvarez la vio toda. Parece que ignora que un invento maravilloso llamado control remoto permite a perezosos de su calaña cambiar de canal sin mover el trasero del asiento.

      -Sí, ¡pero es que no había nada mejor en la televisión!

      -¡Ya sé que suena raro, pero ese mismo control remoto tiene un botón que permite apagar el aparato!... Si revisamos los Diez Mandamientos, veremos que entre ellos ninguno dice MIRARÁS TELEVISIÓN HASTA QUEDAR IDIOTA o VERÁS "KING KONG" DE PRINCIPIO A FIN.

       -¡Recién estoy empezando! ¡Todavía no hemos hablado de ese ultraje al sentido común, al buen gusto y a la memoria de Tolkien que es esa vomitiva trilogía en celuloide intitulada El Señor de los Anillos!

      -A mucha gente le gustó. Luego de ver la primera, sin embargo, Alvarez no tenía por qué seguir con los otros dos engendros.

      -Ah, Ocho, no lo defiendas, ¡Jackson es un estúpido!

      -Y entonces, ¿Alvarez de qué se queja? En este caso nunca han hecho más juego el director de cine con su espectador. Sí, porque no vas a decirme que es muy inteligente eso de tragarse tres películas, una detrás de la otra, sabiendo por haber visto la primera que las segundas serían iguales o aún peores, y pasarse todas y cada una de las películas protestando. No sé, otros espectadores tal vez también sean idiotas por ver El Señor de los Anillos, pero no tanto: a ellos les gustó, no se la pasaron quejándose. Si a Alvarez no le gustaba, podía ver cualquier otra cosa, aunque más no fuera el atardecer. Dios no cobra por ese tipo de espectáculos, y es mejor que El Señor de los Anillos, King Kong y todas las películas que se te ocurran.

      Por supuesto, no hubo forma de convencer a Ocho, ni éste logró persuadir a su rival. En realidad, tampoco pensaban que iban a hacerlo. No tuvieron mucha más suerte Lucy y el señor Alvarez en sus intentos de aplacar a su respectiva madre y esposa. Cuando trataron de convencerla de que ellos calentarían la comida, se negó rotundamente (¡¡¡Esas cosas tienen que nacer de uno!!!) y cuando al fin se logró almorzar, se hizo en medio de un clima de velorio, con la señora de Alvarez escurriendo sus últimas lágrimas y su malhadada familia consultándose con la mirada y preguntándose cuál de ellos sería el primero en ascender al patíbulo.

      Al poco de almorzar, sonó el teléfono. Era Doña Cata. El viernes anterior o el sábado (no estaba segura) había perdido la billetera y recién ahora se le ocurría: ¿podría haber quedado en el localcito donde se reunía el grupo de oración? Era una billetera de cuero negra, con una estampita de la Virgen del Valle...

      -¡Ah, sí, creo que sí!-dijo el señor Alvarez-. Yo tengo llave. Voy, me fijo y si está, se la llevo de una corrida.

      Estaba feliz de tener una excusa para huir de la guarida de la fiera. Era de esperar que a su regreso ésta se hallara ahíta y le perdonase la vida...

      El señor Alvarez  anunció a dónde se iba, puso en marcha el motor del auto y fue a abrir el garaje. En ello estaba cuando vio que Tony, el tecladista de Supremacía Satánica, salía de la sala de ensayo que estaba al lado.

      -Buenas tardes, señor-saludó el muchacho melenudo, amablemente.

      -Hola, pibe... ¿Qué hacés por acá hoy?-preguntó Alvarez.

      -Vine a buscar la billetera. Casi siempre me la olvido. Y si no es eso, es otra cosa-dijo Tony, como con vergüenza.

      -Hmmmm... Sí, parece que ése es un deporte muy extendido últimamente. Justo tengo que buscar una que otra persona dejó en nuestro grupo de oración.

      En ese momento se oyó otro estridente grito de la señora de Alvarez, al parecer dirigido ahora a la infortunada Lucy.

      -Caramba... Seguimos cantando Aleluyas al Señor...-murmuró irónicamente Alvarez.

      -Escuché que estaban discutiendo-admitió Tony-. Si le sirve de consuelo, me peleé con mi novia.

      Si Tony los había oído discutir, debía llevar buen tiempo ahí, en la sala de ensayo. ¿Qué habría estado haciendo? ¿Necesitaría, tal vez, conversar con alguien?

      -¿Se arrepiente de haberse casado, señor?

      -No; eso nunca. A veces es difícil, pero tiene sus compensaciones. Mi mujer es una buena compañera. La mejor que podría esperar. Es más, generalmente es ella la que me tiene que aguantar a mí. Lo que pasa es que, aunque muy espaciado, a veces le toca a ella... Y cuando eso sucede, vale por cinco o seis de las mías, creo... Y justo ocurrió hoy. Pero la verdad es que, si tuviera que casarme hoy, lo pensaría mucho. Son malos tiempos para empezar un matrimonio; las parejas que uno ve alrededor en general no alientan a casarse.

      -Es cierto. Creo que la pelea que tuvimos ahora con mi novia fue la última; no tiene sentido, por muchos que nos amemos, que sigamos haciéndonos mierda el uno al otro. ¿Pudo escuchar algo de lo que le prestamos, señor?

      -Algo. Lorenna Mackennitt, Stille Volk, Mitternacht... No tenía idea de que escucharan cosas tan melodiosas. Pensé que solamente oían black metal y eso. Algunas de las cosas que escuché son mejores que las que pasan por la radio.

      -Sí-sonrió Tony, melancólica y pensativamente, como si recordara algo muy hermoso que llevara tiempo desaparecido. Y Alvarez recordó algo que había oído alguna vez en alguna parte: La música es el llanto del hombre por el Paraíso perdido-. Me alegra haberlo visto, señor. Que se mejoren sus cosas.

       -Lo mismo digo, pibe. Cuidate...-recomendó Alvarez, sonriendo paternalmente.

      Cuando Tony se fue, Alvarez sacó al fin el auto del garaje, cerró la puerta del mismo y en muy pocos minutos estuvo en el local donde se reunía el grupo de oración del que él y su esposa eran servidores. En un cajón de un armario donde se guardaban los objetos extraviados encontró una billetera como la descripta por Doña Cata; así que se la guardó y fue a llevársela.

      Dio la casualidad de que Cacho, el marido de Doña Cata, decidió justo ese día volver a buscar unas cosas a su antiguo hogar. A Cacho la vida no le sonreía últimamente, excepto en forma burlona: lo habían despedido del trabajo (por motivos de reeestructuración, según le dijeron) aunque pagándole una jugosa indemnización; el auto se le había descompuesto;  y luego de que su mujer lo echara de la casa, había vagado de pensión en pensión hasta encontrar una que por fin lo convenciera, aquella donde se hospedaba ahora. Durante uno de esos vagabundeos de pensión en pensión, transportando en brazos el televisor en blanco y negro, el mismo se le había caído y descompuesto y, como era viejo, ponerlo de nuevo en marcha iba a ser difícil.

      Dio también la casualidad de que ese mismo día, alguien fue informado de un chisme acerca de Débora.

      Y dio también la casualidad de que Débora ese día estaba con un mal humor de la gran siete, porque Fabio había quedado en venir a buscarla y no había cumplido y porque enfrente, en la casa situada a la derecha de la casa de Doña Cata, la señora de Domínguez la estaba volviendo loca con su colección de latinos románticos. Ricky Martin, Chayanne, Alejandro Sanz, Luis Miguel, Julio y Enrique Iglesias, todo al máximo volumen... ¿Qué mejor vehículo para ingresar al manicomio más cercano? Débora, en este momento, sentía mucha envidia por los sordos.

      Eran demasiados ingredientes y todos ellos muy explosivos, pero el señor Alvarez no lo sabía. Lo bueno de no saber lo que a uno le depara el destino es que se ahorra el atrincherarse en el hogar, negándose rotundamente a abandonar el mismo. Eso hubiera hecho el señor Alvarez en caso de saber qué le aguardaba ese día por tratar de hacer de scout que cumple con su buena acción del día.

      Cacho se tomó un remís hasta la casa que hasta hacía poco tiempo atrás había sido su hogar. Llegado a la misma, vio en la puerta al señor Alvarez arrastrándole el ala (dedujo él) a Cata, su esposa. ¿Ah, sí? ¿Así que el mosquita muerta chupacirios aprovechaba su ausencia para hacerse el donjuán? ¡Ahora iba a ver! ¡Nadie tocaba a la esposa de Cacho Sanguinetti! ¡Y de Cacho Sanguinario, que eso era él ahora, menos todavía!

      Bajó del remís hecho una furia, creo que no consecuencia de síndrome premenstrual, sin pagar al remisero ni aclararle que lo esperara para el viaje de vuelta. En ese momento salía Débora de la casa de Doña Elvira, escudriñando el horizonte a ver si Fabio aparecía tardíamente; y al ver que Cacho embestía como una tromba en dirección al señor Alvarez, se alarmó, porque se dio cuenta de que iba a tener lugar una barbaridad. El remisero, furioso porque Cacho no le había pagado, fue tras él, reclamando inútilmente lo que se le debía. Cacho dirigió un derechazo directo al ojo izquierdo del señor Alvarez, quien se desplomó como noqueado por Tyson.

      -¿¿¿PERO TE VOLVISTE LOCO, CACHO???-rugió Doña Cata.

      El remisero, asustado por la escena de violencia, dio media vuelta, emprendiendo cobarde y vergonzosa fuga y arrollando por el camino a la pobre Débora que venía a ayudar. Débora soltó un rosario de palabrotas (pero tampoco ella tenía síndrome premenstrual, era su jerga habitual, tal vez algo más subida de tono) que fundirían la computadora donde estoy escribiendo si intentara trascribirlas. El remisero no las oyó: desapareció en lontananza, y calculo que para cuando Débora terminó de soltarlas, él ya debía estar, por lo menos, llegando a Beijing, tan rauda fue su huida.

       -¿PERO SOS IDIOTA O QUÉ?-continuó bramando Doña Cata, tras oír las inconsistentes explicaciones de su celoso marido-. ¿A VOS TE PARECE QUE SI TUVIERA A UN AMANTE LO RECIBIRIA A PLENA LUZ DEL DIA... Y CON ESTA FACHA?

       Pero, pero, pero. Cacho no sabía qué decir. De repente era consciente de que acababa de hacer una estupidez y una  injusticia. Yo temería seriamente a alguien que se toma vendettas privadas contra malos directores de cine. Cacho no sabía que Alvarez se dedicara a esas cosas, pero igual temió. Los ojos del señor Alvarez no auguraban nada bueno para él.

       En ese momento, un cascajo se estacionó enfrente y de allí se bajó cierto individuo. Nadie le prestó atención. Cuando sucede algún hecho escandaloso, no sé cómo será en otros países, pero en Argentina se forman verdaderos embotellamientos de tránsito debido a la cantidad de automovilistas que se detienen para presenciar el hecho en primer fila. Por esa calle, tantos autos no pasaban. Igual, unos cuantos vecinos que no querían perderse el acontecimiento salían de sus viviendas para ser testigos.

       Y encima, otra contienda principiaba a hombros del señor Alvarez:

       -Levántese,  estimado caballero, y déle su merecido, ¡lavaremos la afrenta con sangre!

       -Alvarez: sofrenate un poco-aconsejó Ocho-. Sólo un poco-añadió con voz siniestra; porque la verdad era que a Cacho no le vendría mal un flor de sacudón.

       En ese momento, Débora tomaba cartas en el asunto de Cacho y el señor Alvarez:

       -¿Está loco?-increpó al primero de los nombrados-. ¡Ya se está pareciendo a ese cavernícola de Beto Gigena!

       -¡¡¡Y QUÉ PASA CONMIGO, EH, QUÉ TENÉS QUE DECIR VOS!!!-tronó un vozarrón colérico.

       Nunca la aparición de una persona pareció tanto como esa vez una réplica a una invocación. Débora se volvió en son de guerra. Allí estaba, en efecto, Beto Gigena; y sospecho, no sé por qué, que tampoco él tenía síndrome premenstrual.

        Beto y Débora jamás se habían caído simpáticos el uno al otro. En la famosa sesión de terapia grupal con la sico-loca se habían ido al traste incluso las mínimas esperanzas de que ambos llegaran a ponerse al menos buena cara por educación. Pero ahora directamente se caían mal. Débora tenía ahora catalogado a Beto Gigena como un marido golpeador, y éste la veía a ella, por una información conseguida hacía apenas minutos, como la mala hembra que había metido cizaña en su matrimonio, haciendo que Lola lo abandonara.

      -¡TE VOY A MATAR, PUTA, DESGRACIADA!-bramó Beto-. ¿YA TE ESTAS METIENDO A ARRUINAR OTRA FAMILIA?

      -¡NO SEAS PELOTUDO, Y MEJOR QUEDATE DONDE ESTÁS!-replicó Débora, tomando medio ladrillo que encontró suelto en el piso a modo de improvisada arma-. NO HABIA NADA QUE ARRUINAR EN TU CASA, PORQUE AHÍ NO HABÍA NINGUNA FAMILIA. VOS NO ERAS ESPOSO NI PADRE, Y LOLA Y LOS CHICOS TE TENÍAN MIEDO, PEDAZO DE INFELIZ.

      -Débora no tuvo nada que ver en lo de Lola. Yo le dije que se fuera-mintió el señor Alvarez, pensando que era mejor que Beto se la agarrara con él y no con Débora que, aunque poco ortodoxa, seguía siendo una dama.

      -¿VOS? ¡LINDO CRISTIANO!... ¡ENCIMA HACÉS CORNETA A UNO DE TUS VECINOS!-exclamó Beto, volviéndose hacia él.

       -¡Usted cállese la boca!-le gritó Doña Cata.

       -Sos un descerebrado, Beto. Vos te crees que haciéndote el macho quedás bárbaro, y hacés el ridículo-dijo Débora.

        -¡Callate, que por gente como vos el país está como está!-gritó Beto.

        -Callate vos, que sos un idiota, un imbécil, un resentido y un troglodita-contestó Débora, lamentando, tal vez, no encontrar más insultos a mano.

       Beto contestó algo a lo que Débora no prestó atención. De repente notaba que se había ido congregando un público eminentemente femenino en torno a la escena.

       -Mirá, en serio, mejor callate y llevate a tu discípulo-lo interrumpió-. Vos ahora venís a reclamarnos porque, según decís, arruinamos tu familia, pero es culpa tuya, que no tratabas a tu mujer y a tus hijos como corresponde. Si vos hubieras sido un hombre como la gente, Lola y los chicos todavía estarían con vos. Pero no. Las querías todas para vos. Querías ir al bar y chuparte hasta el agua de los floreros, volver mamado a tu casa, hacerte el recio gritando y, me enteré ahora, golpeando a quien tendrías que haber más bien protegido; y encima, después de todo eso, querías que tu mujer y tus hijos te tuvieran adoración. Cuando estuvimos en lo de esa sicóloga chiflada, no ibas a admitir, no fuera a caérsete una piedra de la corona, que era culpa tuya que tuvieras problemas. En vez de eso, le echaste la culpa a la pobre Lola, que era casi una santa y que te tendría que haber mandado a la mierda mucho antes. ¿Ves? Para eso sos bueno. Por lo demás sos un borracho, un golpeador y un fracasado. Un mediocre, igual que tantos tipos que, cuando ven a alguien que es de verdad un caballero y que de verdad vale la pena, como el señor Alvarez, tratan de hundirlo para sentirse más que él.

      Débora dijo todas estas cosas sin gritar, pero con mucha decisión y mirando más al nutrido público que al propio Beto; y las damas de la concurrencia, que se sentían como consultadas por Débora y arengadas contra Beto, contra Cacho y contra todos los machistas que anduvieran dando vueltas por ahí, empezaban a sulfurarse:

      -¡Qué barbaridad! ¿A dónde vamos a ir a parar?

      -¡Desgraciados, en la cárcel, ahí es donde tendrían que estar!

      -¡Estas cosas pasan solamente en este país!

      Daba la impresión de que si Beto y Cacho seguían allí, iban a terminar linchados por todas aquellas féminas, de manera que optaron, cada uno por su lado, por batirse en retirada. Pero mientras Cacho se había vuelto casi diminuto, aceptando su culpabilidad, Beto, cual chico malcriado, iba con expresión de resentimiento. El público los siguió con la vista insultándolos mucho.

      -Pobre infeliz. Me da lástima-dijo el señor Alvarez, escupiendo sangre.

      -¿Beto? ¡Si es un mal bicho!-masculló Débora, hostil.

      -Sí, pero encima cree ser la víctima en todo este asunto. Creo que se convenció de esa idea porque le da miedo admitirse culpable de todos sus fracasos. Siempre es más cómodo culpar a otros, porque de esa forma uno no tiene que cambiar-explicó el señor Alvarez.

      -Venga, pase. Vamos a curar eso...-dijo Doña Cata, viendo la mandíbula de Alvarez, golpeada con tantas ganas e ímpetu por el puño de Cacho.

      -Bah. Deje... Creo que me va a venir bien...-murmuró el señor Alvarez.

      Y volvió a casa así como estaba, y su mujer, al verlo lastimado, se conmovió, enterró el hacha de guerra, pidió disculpas por su conducta anterior. Y el señor Alvarez no necesitó demasiado para disculparla. Después de todo, ese día había visto unas cuantas demostraciones de locura que ningún síndrome premenstrual podía justificar.

      Y Débora, en casa de Doña Elvira, reflexionaba sobre las palabras del señor Alvarez: Cree ser la víctima en todo este asunto... Siempre es más cómodo culpar a otros... De esa forma uno no tiene que cambiar.

      

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 18 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 20, nov

      A comienzos de la semana siguiente Débora hizo las paces con Fabio cuando éste se acordó de ella y decidió de nuevo halagarla con la inimitable visión de su agraciada persona. Antes de juzgarla con dureza conviene tener en cuenta que había luchado mucho consigo misma para no humillarse yendo a casa de él para pedirle perdón por culpas inexistentes con tal de sentirse querida de nuevo por un hombre; que los recuerdos del casi ilusorio tiempo en que las cosas habían estado bien entre ambos la atormentaban pidiéndole a gritos que dejara su orgullo de lado; y que si finalmente hizo a un lado esa razonable cuota de amor propio que le impide dejarse maltratar sin causa razonable, fue porque para contenerse había incluso reincidido en la droga, si bien en dosis pequeñas. También había aumentado su ingesta de alcohol, y mejor ni hablar el de cigarrillos. En una caricatura que por ese tiempo dibujó de ella un muchacho del barrio y que todavía conserva Lucy (no sé cómo fue a parar a sus manos) se la muestra sosteniendo entre los dedos de su diestra tres cigarrillos encendidos. Ahora que todo pasó, uno se ríe, pero era trágico cuando estaba sucediendo. La propia Débora se espantó al ver que su vida iba de nuevo irremisiblemente cuesta abajo, y se dio cuenta de que sus nervios iban a distenderse de manera notable si al menos tenía otra vez a su lado a Fabio para vivir una ficción de amor y noviazgo, aunque nada tuviera que ver con la realidad. Esto último ella lo sabía, pero decidió ni pensar en ello. Era tan adicta a Fabio como al cigarrillo y al alcohol.

      Por desgracia, no logró disminuir el alcohol y el cigarrillo hasta sus niveles anteriores, aunque decreció de todos modos. Sin embargo, fue demasiado tarde para que Débora pudiera conservar su empleo. Dos veces tuvo que faltar por hallarse todavía bajo la resaca de una embriaguez inenarrable, y se le advirtió que no se le toleraría una tercera ausencia injustificada; lo que coincidió aproximadamente con su reconciliación con Fabio. Tal vez fue justamente esa amenaza lo que forzó la reconciliación.

      Ahora bien, el miércoles de aquella semana, yendo a su trabajo, Débora vio con horror que una vecina del barrio, madre de dos nenas de las cuales la mayor no tenía más que nueve años y que volvía de hacer compras, tenía el rostro hinchado y un ojo azul. Por haber visto antes cosas así supo qué había ocurrido, pero el hecho de saber que el marido de aquella mujer era un individuo de lo más desagradable no preparó a Débora para ver algo así, tal vez porque no sabía que lo fuera hasta ese grado.

      -Lola, por Dios, esto es demasiado, ¿hasta cuándo vas a seguir aguantando a ese bestia?-bramó Débora, ya desde lejos, sin esperar siquiera a decir Buenos días.

      Lola alzó la vista y se esforzó por sonreír, pero ese gesto no convencía a nadie. Era forzado, y un simple barniz que ocultaba una amargura inenarrable; sin contar que para ver esa burda parodia de sonrisa había que hacer a un lado un rostro golpeado casi hasta la deformidad.

      -Esta vez fue culpa mía. No tengo derecho a quejarme-dijo, y bajó de nuevo la mirada.

      -Lola, ¿qué pudiste haber hecho para que ese hijo de puta te ponga así?-preguntó Débora, casi a gritos, desbordada de indignación-. ¿Te pegó otras veces antes?

      -Nada más lo normal, cuando lo merecía-contestó Lola, y el mentón le temblaba.

      -¿Y cuándo lo merecías?-preguntó Débora; y no se sabía si su rabia era contra el marido de Lola por golpear a su mujer, o contra la propia Lola, por tratar de justificar a semejante puerco.

      -A veces me quedo conversando con alguien, no me doy cuenta, se pasa el tiempo...

      -Lola, no jodas, ¡eso no justifica que él te ponga siquiera un dedo encima! ¡Y nada lo justifica!-gritó Débora, exasperada-. Escuchame: yo ahora no puedo, tengo que ir a trabajar. Pero pasado mañana tengo franco...

      Vaciló. Por un segundo se le ocurrió que nada le garantizaba que antes de dos días Lola no recibiera de nuevo una soberana paliza, la última de su vida, la que acabara con ella. Pero si faltaba de nuevo sin justificación, la iban a despedir.

      Pero es por una buena causa, pensó. No es como si me hubiera emborrachado. A esta mujer ese animal que tiene por marido la va a matar algún día si alguien no hace algo. Walter me va a entender. Si hay un Dios en el Cielo, tiene que ayudarme por lo menos en esto.

      -Lola, no podemos esperar: tenemos que hacerlo ya-dijo.

      -¿Hacer qué?-preguntó Lola, con miedo.

      -A tu marido le vamos a hacer una denuncia en la policía. Y después te vas a casa de quien sea, con tus hijas.

      -No puedo-dijo Lola, y las lágrimas le salieron en silencio-. El tiene razón. Además, ¿qué haría sola?

      -Lola, yo ya conocí antes mujeres como vos. A todas, sus maridos les decían que eran todas unas inútiles, que no servían para nada y muchas cosas por el estilo, y ninguna de ellas era cierta, pero esas mujeres creían que sí. Se dejaban golpear, y todas, igual que vos, en algún momento pensaron que eso estaba bien; que las equivocadas eran ellas. Yo juré que si algún tipo trataba alguna vez de ponerme la mano encima, le partía la cabeza. Mi novio será un idiota y yo soy todavía más idiota por aguantarlo, pero él nunca haría algo así. Vas a irte de tu casa ya mismo, con tus hijas. Vas a estar mejor sola o con tus padres o hermanos que acá. Cuando estés repuesta, pensalo muy bien antes de juntarte con otro hombre, y en el momento en que él alce la mano, mandate a mudar de nuevo.

      -Gracias, pero no, no puedo-insistió Lola, llorando y tratando de sonreír a través del llanto.

      -Lola, o me hacés caso, o te llevo a patadas hasta donde tenga que llevarte, que va a ser mejor eso y no que termines muerta por no darme bola. Imaginate si tus hijas quedaran solas con tu marido. Van a crecer pensando que es normal que un hombre cague a palos a su esposa hasta matarla... Porque capaz que hasta quedaría libre en seguida en vez de pudrirse en la cárcel como merecería. Así es la justicia en este país. Tengo que hacer una llamada por teléfono; la hago, y voy a tu casa-dijo Débora.

      Lola asintió y se despidió de Débora, creyendo probablemente que no volvería a verla. Débora entonces fue a un locutorio telefónico y llamó al restaurante en el que trabajaba como mesera. La atendió el cocinero, que siempre llegaba antes que nadie. Débora preguntó entonces por Walter, su jefe; y al enterarse de que no había llegado aún, expuso lo que estaba sucediendo.

      -No sé, Débora-contestó el cocinero-. A Walter no va a gustarle nada esto. Sí, ya sé que no estás borracha, se te nota en la voz. De todos modos, te digo que va a querer matarte. No es buen momento para que hagas de samaritana. No es asunto tuyo... Sí, ya sé, ya me lo dijiste... Pero es una mina golpeada entre muchas otras minas golpeadas, ¡qué se le va a hacer! Walter no es como parece, es un tipo que de frente pone buena cara y después te clava el cuchillo por la espalda.

      Débora dudó una vez más. Pensó en Lucy, en lo segura que estaba de sus creencias (en realidad, por aquel tiempo Lucy estaba cuestionando mucho su fe, pero Débora esto lo ignoraba) y decidió arriesgarse. Me estoy jugando por otros. Dios esta vez me tiene que ayudar, aunque en otras cosas nunca me haya ayudado, pensó.

      -Tengo que hacerlo. Explicale a Walter, pedile de mi parte que entienda; yo después hablo con él-dijo, y tras despedirse, colgó de nuevo.

      Del locutorio, Débora fue a ver a Lola, y luego de grandes esfuerzos logró sonsacarle que sus padres vivían en Tucumán. También obtuvo el número telefónico de un vecino de ellos; de modo que previo paso por el banco para retirar el escaso dinero que le quedaba del sueldo anterior, volvió al locutorio y llamó en primer lugar a ese número. Esperemos  que la reciban con ellos, pensó; porque de repente se le ocurría que tal vez a los parientes de Lola les diera lo mismo la suerte que corriera ésta. Para comenzar, los padres no tenían teléfono propio, así que debían ser bastante pobres.

      La mujer que atendió del otro lado del teléfono escuchó a Débora y le dijo que llamara de nuevo en cinco minutos, tiempo que tardaría en ir a casa de los padres de Lola para traerlos hasta el aparato. Cuando Débora volvió a llamar, atendió Don Pedro, el papá de Lola. Al menos el primer temor de Débora no se concretó: Don Pedro manifestó extrañeza e indignación por las cosas que estaba oyendo de su yerno. No, dijo: Lola hacía mucho que no hablaba con ellos ni le mandaba cartas, y nunca había contado nada semejante a aquello. Por supuesto que Don Pedro y su mujer estaban de acuerdo en recibir en su hogar a su hija y sus nietas ya mismo: no había mucho lugar, dijo, pero se arreglarían como pudieran, y lo mismo con la comida.

      Solucionado aquel problema, Débora llamó a distintas empresas de ómnibus preguntando precios por tres pasajes a Tucumán. Se alarmó al oir las cifras y darse cuenta de que tenía dinero para sólo poco más de un boleto, pero ya estaba demasiado metida en ese asunto, de modo que llamó a casa de Lucy y habló con el padre de éste. Le explicó la situación, y le preguntó si no sería posible que él comprara los tres pasajes con su tarjeta de crédito; ella le devolvería luego el dinero.

      El señor Alvarez  aceptó, pero aquello no venía en muy buen momento.

      -Débora tal vez tenga ahora la intención de darnos más adelante la plata de los pasajes-dijo a su mujer-. Que lo haga cuando tenga ya esa plata en mano es otro tema.

      -Pero si es cierto lo que dice, dejar a Lola así, abandonada a su suerte...-objetó su mujer.

      -Ya sé, por eso acepté. Pero creo que voy a comprarlos en cuotas; no nos va a dar el cuero para pagar tres pasajes de una vez, teniendo ya muchas compras hechas con la tarjeta de crédito. Y a Débora le voy a insistir para que, cuando cobre, se acuerde de que prometió darme la plata. En todo caso, de lo que Débora me dé, sin que ella se entere, le puedo dar la mitad a Doña Elvira... Porque si se la dejo a Débora, se la va a gastar en vicios. Eso sí, me alegra que por fin esté ocupando sus energías en algo que merezca la pena en vez de andar lloriqueando por el pánfilo de su novio.

      El señor Alvarez compró los pasajes a través de Internet con su tarjeta de crédito. Unas horas más tarde, Débora volvió a llamar:

      -¿Señor Alvarez?... Débora habla. Sí, recién hicimos la denuncia en la Comisaría de la Mujer. Ahora vamos para allá. ¿Pudo comprar los pasajes?

      -Sí, Débora, pero hubo un problema-dijo el señor Alvarez-: no quedaban más pasajes para hoy, ¿sabés? Tuve que comprarlos para mañana. Mirá, me parece que va a ser mejor que Lola y las nenas no duerman en su casa esta noche, por las dudas. No sé si arrestarán a Beto, pero no hay que confiarse. Que vengan para acá, que tenemos las camas donde dormían Cecilia y Estefanía: ahí acomodamos a dos y ya veremos qué hacemos con la tercera. Creo que Lucy no va a tener problemas en dormir en el sofá por una noche y dejarle la cama a la tercera.

      Débora convino en que era una buena idea, de modo que fue a acompañar a Lola y sus dos hijas a la casa de los Alvarez.

      -Ahora tengo que ver cómo arreglo en mi trabajo, ¡qué quilombo, qué quilombo!-se lamentó Débora, una vez allá.

      -Llamá después, contando cómo te fue-pidió el señor Alvarez.

      Lucy estaba presente, pero ella y Débora casi no intercambiaron palabra, salvo para saludarse. La última vez que se habían visto, él encuentro fue todo, menos risueño. Nunca se supo exactamente en qué consistió el diálogo, pero Débora, en términos duros, había dejado en claro que no quería que Lucy se entrometiera en su vida ni aun para tratar de ayudar. Seguidamente, parece que hizo una descripción del mundo tal como ella lo veía entonces y basándose en cosas que ella misma había vivido o visto en algún momento, preguntando a Lucy si de verdad le parecía, oyendo eso, que Dios podía existir y ser, como supuestamente era, un Padre bondadoso. Debió ser de verdad horrible lo que dijo, porque la fe de Lucy, sólida hasta aquel momento, había entrado en crisis.

      Era eso lo que Lucy, aunque fingiera que no pasaba nada, no podía perdonarle a Débora: que se hubiera burlado tan cruelmente de cosas para ella tan importantes, tan sagradas. Decidió que algo tenía que decirle antes de que se retirara, insultos aunque más no fuese; de modo que, cuando Débora se iba, Lucy la acompañó hasta la puerta.

      -Hubieras dejado que Lola manejara sola sus problemas-dijo sombríamente.

      -Oh, ¡por favor!...-exclamó Débora, impaciente-. Ese animal la hubiera matado, ¿no ves cómo la dejó?

      -¿Y? Cada uno se mata como quiere. En tu caso, con alcohol y cigarrillos; ella, dejando que su esposo la golpee-gruñó Lucy, hostil.

      -Perdoname, ya sé que te traté mal...-murmuró Débora-. Pero de veras, es al pedo que te metas a tratar de arreglar mi vida, que de todos modos no vale nada.

     Lucy no contestó; prefería dejar las cosas así. En lo que no podía resignarse era en lo concerniente a su fe. Dame, por favor, una muestra de que estás conmigo, como siempre creí que estabas, rezó. Y se quedó pensando cuál podría ser esa prueba. Que no la echen del trabajo. Que a Débora no la echen del trabajo, Señor, por favor.

       Walter estaba presente cuando Débora fue personalmente a explicar una vez más lo sucedido. No se dejó conmover. Estuvo antipático y burlón.

      -Así que a esa vecina tuya la golpeó su marido-dijo-. Y decime, ¿de qué trabajás ahora, de defensora de pobres y ausentes? Si trabajás de eso, será en otra parte; acá no.

      -Walter, por favor. Necesito el trabajo-suplicó Débora, que nunca suplicaba a nadie.

      -Lo hubieras pensado antes, querida. Lo hubieras pensado antes de chupar hasta no saber ni cómo te llamabas del pedo que tenías; lo hubieras pensado antes de dejarte conmover por el primer perro que pasa. Está dura la calle, ¿eh? Acordate la próxima vez que tengas ideas raras... Y la próxima vez que tengas trabajo, claro.

      En otras circunstancias, Débora se hubiera enfurecido, pero estaba cansada y triste, y se dio por vencida. Emprendió la vuelta a la casa de Doña Elvira. Muchas gracias, pensó sarcásticamente, dirigiéndose al Dios en el que decía no creer, pero al que en realidad odiaba con toda su alma por todos los males que permitía en el mundo. Ultima vez que hago de Madre teresa, de ahora en más voy a ser más mala que la mierda. Se ve que así te gusta que sea la gente.

      Paró en otro locutorio y avisó al señor Alvarez que la habían  despedido antes de seguir su camino. Era ya muy tarde, estaba oscuro; aun así, faltando una corta distancia para llegar a casa de Doña Elvira vio algo que hacía tiempo no veía, y que la sobresaltó.

      En la vereda, contra un poste de luz, Dieguito estaba aspirando pegamento provisto de la correspondiente bolsa.

      Débora no esperaba eso, porque Dieguito no solía estar en esa zona. De hecho, al dejar los estudios, Débora se había alegrado de que ya no tendría que verlo nunca más aspirar pegamento, porque no tendría razones para pasar cerca de la escuela a la hora en que él acostumbraba entregarse a su pernicioso hábito. Evidentemente, algo lo había obligado a mudarse a otra parte para aspirar pegamento.

      De ningún modo iba a pasar frente a él. Sólo eso faltaba, ver aquellos ojos tristes, ojos de miseria infantil que acentuaban su eterna sensación de que el mundo era sólo un enorme montón de basura. Decidió entonces dar un rodeo. Pero cuando luego de caminar y caminar para ir por otro camino volvió a enfilar directo hacia la casa de Doña Elvira, sufrió otro sacudón.

      Dieguito estaba en la esquina siguiente, perfectamente reconocible bajo la luz de un farol, aspirando pegamento.

      Pero era imposible que hubiera adivinado el camino que ella tomaría, y además, ¿por qué razón estaría al acecho del lugar por el que ella pasaría, esperándola para que ella lo viera? A Débora se le ocurría sólo una explicación: el primer chico al que ella había visto debía ser otro. Al fin y al cabo, no era fácil distinguir perfectamente estando tan oscuro.

      Débora dio de nuevo un amplio rodeo. Falta nada más que de nuevo esté Dieguito por acá, pensó, sonriendo amargamente, cuando de nuevo iba derecho a lo de Doña Elvira. Suspiró, pensando que ello ya no podría suceder, que tanta coincidencia era imposible...  Pero entonces, increíblemente,  vio más adelante la figura de un chico que aspiraba pegamento, con las espaldas pegadas a un árbol. ¿Por qué no me dejan en paz?, pensó, entre la rabia y la zozobra.

      Ya no tenía imaginación a la que recurrir en busca de nuevos caminos que la llevaran a la casa de Doña Elvira, de modo que siguió adelante, caminando rápido como si no huyera de un niño inocente e inofensivo, sino del mismo Diablo. Miró de reojo al pasar adonde había visto al chico aspirando pegamento, pero no estaba allí, ni tampoco más adelante; tal vez ya lo hubiera dejado atrás sin darse cuenta, o quizás los nervios le habían jugado una mala pasada.

      Débora y Doña Elvira habían tenido muchas y muy duras querellas recientemente, y pensaba la primera que aquella noche sobrevendría una más; pero no fue así. Doña Elvira no pareció conceder importancia al hecho de que Débora hubiese quedado desempleada.

      -Ya nos vamos a arreglar, m'hija, no se preocupe. Eso sí, póngase ya mismo a buscar trabajo-dijo la vieja.

      -¿No estás enojada?-preguntó Débora, estupefacta.

      -Lo que usted hizo hoy fue una obra de bien. No hay de qué enojarse-contestó Doña Elvira. Y quién sabe, a lo mejor Tata Dios la dejó sin trabajo para que no tenga con qué pagarse sus vicios, pensó tal vez, filosóficamente.

      Y al día siguiente, Lola y sus dos hijas partieron hacia la ciudad de Tucumán. La vida de las tres, desde entonces, no fue fácil, tuvo muchos vaivenes; pero Lola admite hoy que es un auténtico Paraíso comparado con lo que dejaron atrás.

     

JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Novela. Capítulo 17 de 24)

EDUARDO ESTEBAN | 20, nov

      Flanders  seguramente venía a armar quilombo otra vez por esos nuevos graffittis con que le habían llenado la pared. Por supuesto, no les iba a creer cuando dijeran que ellos no habían sido... Aunque había que ver si la discusión llegaba a esa etapa. Tony veía al viejo chupacirios mirando mucho la estrella de cinco puntas toscamente dibujada en el suelo y las velas negras que la rodeaban, y tuvo que bajar la cabeza para disimular una sonrisa maligna. En cualquier momento Flanders se desplomaría y empezaría a boquear, agónico, víctima de horror y de santurronería...

      -Disculpen si interrumpo algo-dijo el señor Alvarez, deseando que los cinco muchachos le dijeran que sí, que estaban en medio de una ceremonia muy importante y que volviera otro día. Pero como ello no sucedió, no tuvo más remedio que seguir adelante-. Solamente vine a pedirles disculpas. Todo el tiempo fui injusto con ustedes. El sábado pasado pesqué con las manos en la masa a los que me ensuciaban el frente de la casa. No tengo palabras para decirles cuánto lo lamento.

      Cristian, alias Morgoth, cantante y guitarrista rítmico de Supremacía Satánica, quedó meditando unos minutos, como un monarca que evalúa la posibilidad de cortar la cabeza a un felón que prosternado ante él implora misericordia. Finalmente, pareció decidir que eso de decapitar súbditos mancha bastante de rojo el entorno y obliga a uno a levantarse del  trono real  para esquivar las salpicaduras...

      -Muy bien-dijo condescendiente, asintiendo con la cabeza-. A cualquiera le pasa.

      -Esa no es excusa. Yo tendría que haberme asegurado primero de que eran ustedes antes de abrir la boca-respondió Alvarez, no sabiendo qué más decir.

      Tony miró las velas negras que siguiendo el contorno del círculo alrededor de la estrella de cinco puntas, parecían mirarlo y reírse de él. ¡¡¡Hacénos un lugar en tu culito, morochón!!!, parecían decir.

      -Para invocar al Diablo, ¿no?-preguntó Alvarez, señalando la estrella y las velas. Por Dios, ya no sé qué más decir, salvo QUE LES VAYA BIEN, pensó.

      -Nosotros no creemos en el Diablo-contestó Fede.

      -Es raro. Tenía entendido que las bandas de black metal noruego creen, o creían-dijo Alvarez.

      -Pero nosotros no somos noruegos-repuso Cristian, un tanto agresivamente, con la suficiencia de los jóvenes muy interesados en demostrar que son lobos y no corderos de un rebaño. Se preguntaba si Flanders venía sólo a disculparse, a hablar de black metal, a ambas cosas o qué-. Creemos que toda persona tiene un  lado oscuro y debe aceptarlo, nada más.

      -Ah. Como Anton Szandor LaVey, ¿no?-preguntó Alvarez, nombrando al fundador de la Iglesia de Satán como para demostrar que algo sabía del tema.

      -Exactamente-dijo Cristian, lacónico.

      -Entiendo. El problema es que muchos de los grandes horrores de la Historia comenzaron por la aceptación de ese lado oscuro por parte de una o más personas-repuso Alvarez.

      -Disculpe-replicó Cristian con frialdad-, pero me parece que la Iglesia con su Inquisición, sus Cruzadas y su evangelización con las armas en la mano no dio nunca el ejemplo de lo que hay que hacer. Así que mejor que no se meta en lo que yo hago, creo, pienso o siento.

      -Bueno... La verdad...-dijo Alvarez, como pensativo. Señor, ¿qué hago ahora? ¡Este se vino con la artillería pesada!... Estaba a punto de decir lo primero que se le ocurriera para salir del paso antes de irse... Pero entonces le pareció ver a Jesús caminando entre aquellos chicos, dándoles palmaditas en la espalda y mirándolo a él como poniéndolos bajo su protección. Cada  uno de ellos podría ser hijo tuyo. El varón que no tuviste, parecía decir el Señor.

      Entonces Alvarez miró a los cinco muchachos a los ojos, esa parte del cuerpo de la que bien se dice que es una ventana al alma; y le gustó lo que vio en ellos. Sintió una extraña emoción. En ese momento los sentía tal como tal vez eran en realidad, apenas cinco jóvenes desilusionados de muchas cosas y hambrientos de espiritualidad que no sabían dónde buscar. Señor, pensó, puedo hablarles de Vos, pero no quiero que sientan que trato de hacer que crean en Papá Noel y los Reyes Magos. Y sintió una sensación de calidez recorriéndole la espina dorsal, y se relajó; y entonces brotó de su mirada una espléndida sonrisa.

      Una sonrisa increíble, que pareció llenar de luz la sala de ensayo y que, por espontánea y sincera, contagió un poco a los cinco muchachos, que devolvieron en mayor o menor grado el gesto.

      -La verdad es que tenés algo de razón-dijo Alvarez con suavidad-. Pero la Iglesia está compuesta por personas, falibles por el solo hecho de ser personas; y en gran medida, esos hechos vergonzantes que mencionaste se produjeron debido a que muchas de esas personas, dirigentes en su mayoría, no investigaron ni combatieron su propio lado oscuro. Tal vez incluso se convencieron de que no lo tenían. Yo sí creo en el Diablo, y pienso que se mete entre los cristianos y grita: ¡A la carga contra los enemigos de Dios!. A mi entender es de esa manera que se produjeron esas matanzas.

      -Culpar al Diablo es muy cómodo. Una linda manera de sacarse culpas de encima-opinó Fede.

      -Algunos seguramente lo usan para eso. Personalmente, pienso que no es excusa, porque la Cristiandad debió discernir que quien gritaba eso era el mismo Diablo. John Kekes nos dice en Las raíces del mal que la fe es una amenaza permanente, porque exige que creamos en cosas que están más allá de la razón y por lo tanto no son comprobables, de modo que si yo asesino a alguien y me justifico diciendo: Dios me ordenó hacerlo, no se me puede contradecir. Yo no estoy totalmente de acuerdo, porque si decimos que creemos en un Dios más bueno que cualquier persona, es evidente que nunca me ordenaría matar a una persona. La Iglesia tiene sin duda nobles ideales, pero no siempre cuidó de que fueran en el cauce correcto, no siempre discernió qué estaba bien y qué no estaba tan bien, como hubiera debido

      -¡Bah!-gruñó Cristian, incapaz de deponer su hostilidad-. La Iglesia lo único que hace es asustar, reprimir y no dejar pensar.

      -Una vez más, tenés buena parte de razón. Una encuesta demostró que en Estados Unidos el ochenta por ciento de la gente piensa que los que no son de su religión van a irse al Infierno. Esto es muy lamentable, porque da la impresión de que esa gente que opina así es religiosa solamente por miedo al Infierno. No creo que sientan amor por Dios. Si yo creyera en el Infierno, tampoco lo amaría. No me sería posible amar a un Dios que me rostizara vivo por toda la eternidad si no hiciera lo que El exige. Pero no creo en el Infierno. Hay teólogos que tampoco parecen creer. Dicen que el Infierno existe para no ser excomulgados, pero enseguida agregan que está vacío. Otros dicen que existe, pero no es un lugar de castigo, sino un sitio al que se va por propia elección cuando se muere... Elaine Paigels, una investigadora del cristianismo gnóstico, cuenta en su libro Más  allá de  la fe cómo se indignó cuando murió un amigo suyo que era judío y muy buena persona, y en su congregación le dijeron que ese amigo estaría ahora en el Infierno por toda la eternidad. En definitiva, si hay una verdadera fe, es difícil distinguirla entre tantas religiones, y no haberla descubierto no es pecado ni crimen. Creo que Elaine Paigels es creyente de verdad, y los de su congregación unos simples adulones de un Dios castigador que nada tiene que ver con el real. Pienso que el Señor habrá quedado muy contento con la indignación de esta mujer, porque se debe siempre estar indignado ante el Mal, aunque nos lo presenten falsamente como cosa de Dios. De cualquier manera, por siglos el Infierno fue el Cuco que obligó a la gente a hacer cosas que, de otro modo, tal vez no hubieran hecho. Y algunas de esas cosas fueron verdaderamente terribles, como las matanzas de herejes cátaros en el Sur de Francia. Todavía hay, dentro de la Iglesia, mentalidades arcaicas que defienden ese tipo de hechos; pero me parece que la Iglesia debe rever toda su  historia y cuidarse de no repetir los errores del pasado, en especial luego del famoso Mea Culpa del Papa Juan Pablo II.

      -El Papa... Qué ejemplar...-gruñó Cristian.

      -Ahora, ¿cómo que un Mea Culpa?-intervino Ale-. ¿No era que el Papa es infalible...y el representante de Cristo en la Tierra?

      -Yo no creo eso-terció Tony-. Cristo no vivió nunca en la riqueza ni en un palacio; ¿por qué su representante sí? Si me dijeran que la Madre Teresa de Calcuta, que se jugó por los que sufrían, fue la representante de Cristo en la Tierra, lo creería; pero no el Papa.

      -Qué quieren que les diga, chicos, a veces la cosa me hace dudar a mí también-admitió Alvarez-. Lo de la infalibilidad fue puesto en duda  por algunos teólogos que fueron excomulgados, censurados o llamados al orden. Igual, la supuesta infalibilidad se reduce a asuntos de fe muy particulares, no quiere decir que el Papa no se equivoca nunca o no comete pecados. El Papa Juan Pablo I, que gobernó solamente durante treinta y tres días, parece que quiso terminar con esas escandalosas riquezas del Vaticano, y que encontró mucha oposición. Al día siguiente, si mal no me acuerdo, murió; dicen que el mal momento pasado durante la discusión del tema le produjo un ataque.

      Los muchachos intercambiaron significativas y burlonas miradas que patentizaron que, para ellos, esa oportuna muerte dejaba margen para muchas otras dudas más siniestras.

      -De eso se tendría que ocupar el Vaticano, de repartir todas sus riquezas entre los pobres-opinó Leandro-, en vez de opinar al pedo sobre asuntos que no le importan, como el aborto, los anticonceptivos o la homosexualidad.

       -Hmmm... En eso último no sé si estoy tan de acuerdo con vos-dijo Alvarez-. La Iglesia es una persona jurídica; y como cualquier otra persona, puede opinar, que no es lo mismo que imponer. Además, la función de la Iglesia, después de todo, es guiar a sus fieles; y mal los puede guiar sin dar su opinión. El problema es que, creo, las opiniones, vengan de quien vengan, son sólo eso, opiniones, y deben discutirse antes de ser llevadas a la práctica. Yo no siempre concuerdo con la opinión oficial de la Iglesia. Tal vez en lo que más de acuerdo estoy es el aborto. Muchas mujeres abortaron y después se sintieron muy culpables. Aunque más no sea por eso, creo que un aborto no puede decidirse sino luego de mucha reflexión. De todos modos, cada caso, pienso, debe analizarse por separado. Algunos supuestos cristianos amenazaron de muerte a gente que quiso practicar un aborto. Esa actitud, de más está decirlo, me parece repudiable. En realidad, la más calificada, dentro de la Iglesia, para opinar sobre ese tema fue, cuándo no, la Madre Teresa, que consideraba asesinato el aborto y pedía que no se mataran a esos bebés. Dénmelos a mí, decía. Fue la única persona a la que oí dispuesta a hacerse cargo activamente del problema. Otros solo dicen Dénlos en adopción, y ésa me parece una postura muy cómoda y cobarde. Si vamos a permitir que niños no queridos vengan al mundo, deberíamos al menos asegurarnos de que esos chicos puedan tener una niñez medianamente normal. De todos modos, lo último que haría sería aconsejar un aborto.

      -Y de los anticonceptivos, ¿qué piensa?-preguntó Cristian, cruzándose de brazos.

      Tal vez luego de tanto hablar y hablar siga sin haberlos convertido, pero por ahora parece que encuentran interesante la charla, al menos, pensó Alvarez.

      -No, creo que los líderes de la Iglesia hacen mal en oponerse-dijo-. El sexo es sano y es lindo y Dios, entre otras cosas, nos lo dio para disfrutarlo sanamente. Y me parece que llegado a cierto número de hijos hay que detenerse. Además, ¡cuántas veces el uso de un anticonceptivo podría precisamente prevenir un aborto!...

      -¿Y la homosexualidad?-preguntó Fede.

      -Sobre ese tema no tengo opinión formada. Jesucristo, hasta donde sé, jamás dijo nada al respecto. Es en otras partes del Nuevo Testamento y también en el Antiguo donde pueden encontrarse condenas sobre ese tema. Pero para empezar, hay quienes dicen que no es cualquier homosexualidad la que se condena en esos párrafos, sino sólo la homosexualidad idólatra. No sé cómo llegaron a esa conclusión, y la verdad es que durante mucho tiempo pensé que era todo un invento de la Iglesia Metropolitana, que es la de los gays, pero en el libro Creencias, de la Colección Infinito, un rabino opinó más o menos lo mismo. Me parece que tendríamos que oír en qué fundamentan esta opinión, porque la Biblia fue y sigue siendo muy mal traducida: la palabra kamelos, por ejemplo, además de camello, servía para designar una especie de soga de la antigüedad, pero en los Evangelios todavía leemos que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja. En esa frase, la otra acepción parece tener más sentido. De la misma manera, durante siglos se nos dijo que María Magdalena era la pecadora que había lavado y ungido los pies de Jesús en uno de los Evangelios, y recién ahora sabemos que son dos personas distintas; es decir, que los Papas tal vez se equivoquen en muchas cosas más de las que imaginamos. Por otro lado, también en el libro Creencias, otro rabino comenta que la religión es algo que evoluciona, y que la esclavitud, en tiempos de Cristo, estaba vista como normal, mientras que hoy no se considera moralmente aceptable. De todas formas, es un  hecho que muchos dicen aceptar la homosexualidad, pero al mismo tiempo la ridiculizan. Esto es una contradicción y una hipocresía, hasta donde entiendo. Creo que muchos dicen que hay que aceptar a los homosexuales, que hay que vivir y dejar vivir, etc., solamente para ellos mismos poder hacer lo que se les venga en gana. Por si no se entiende: Yo acepto tu homosexualidad, vos aceptá mi adulterio. Y eso ya me parece una canallada con todas las letras.

      -La Iglesia también es hipócrita...-dijo Cristian.

      -Seguro. Me acuerdo de un cuento del Decameron de Boccaccio, en el que un cristiano trata de convencer a un amigo judío para que se convierta. Y el judío dice que sí, pero que primero quiere ir a Roma para asegurarse de que el Papa y los cardenales vivan en santidad. Cuando vuelve, se convierte, pero porque queda convencido de que si la fe católica se mantenía vigente a pesar del  mal ejemplo del Papa y los cardenales, es porque es la religión verdadera... Sí, la Iglesia no es un dechado de virtudes; pero algunas tiene. Es un error y una injusticia pensar sólo en el Papa y los cardenales al hablar de la Iglesia. La Madre Teresa también era la Iglesia.

      -No sé-intervino Tony-, me parece una avivada más grande que una casa eso de aprovecharse de lo que hizo la Madre Teresa para justificar a la Iglesia...

      -Pero es que no me aprovecho. Ella se sentía parte de la Iglesia. Si hubiera hecho rancho aparte, sería otro cantar. También los sacerdotes que en las provincias andan de acá para allá visitando feligreses a lomo de burro o de mula son la Iglesia. Todos somos la Iglesia... Y es deber de todos mejorarla. No podemos ignorar todo lo que está mal, no podemos dejar de reparar el daño que hicimos. Justamente, hace unos días encontré unos sitios en Internet que hablaban de una conspiración mundial. Era una teoría mitad grotesca y mitad patética, que mezclaban seres reptilianos con masones, con Illuminati y sobre todo con judíos. Se me ocurrió que si durante tantos siglos la Iglesia no hubiera considerados deicidas a los judíos, tal vez hoy esa teoría absurda no existiría. Creo que es también algo de lo que la Iglesia tiene que hacerse cargo. Pero tiene que haber una Iglesia, como tiene que haber una Policía aunque esté corrupta incluso en un ochenta por ciento. La solución es el cambio, no la disolución de algo que en teoría es útil a una comunidad.

      -De todos modos...-dijo Cristian-. Si usted hubiera leído El Código Da Vinci, no...

      -¡Si lo leí!-exclamó Alvarez.

     -¿Lo leyó?-preguntó Cristian, escéptico.

      -Claro, ¿qué creen que leo, los documentos de Puebla? Me dormiría antes de terminar el primer párrafo.

      -Y después de haberlo leído, ¿cree todavía que Jesucristo es Dios?

      -Por supuesto. El Código Da Vinci es una novela muy buena, muy atrapante, pero nada más. En el Talmud judío se habla de Jesucristo. Por supuesto, con desprecio; la obra fue escrita por rabinos. Es decir, por adversarios espirituales de Jesús. Pero así y todo, el Talmud confirma muchos datos acerca de su vida, entre ellos que se proclamó Dios y que hacía milagros, si bien atribuye esos milagros, era de esperarse, a la hechicería. Así que la divinidad de Jesucristo no fue un invento del Concilio de Nicea, como se dice en El Código Da Vinci; si bien, francamente, no necesitaba leer el Talmud para estar seguro de eso.

      -Yo no entiendo-dijo Fede, y su desconcierto era notorio-. A mí me parece que lo excomulgarían si supieran que usted cree en todo eso.

      -No lo sé. Puede ser. Igual, algunos ya lo saben. No todos están de acuerdo, pero...

      -¿No sería mejor cambiarse a otra Iglesia?-preguntó Leandro.

      -¿Por qué? En el peor de los casos, ésta es tan buena como cualquier otra.

      -¿Y por qué cree en Dios?-preguntó de repente Tony.

       El señor Alvarez sonrió.

      -¿Vos sos....?

      -Tony.

      -Bueno, ¿cómo puede ser, Tony, que vos NO creas en Dios?-preguntó el señor Alvarez-. De la Pirámide de Keops, por muy compleja, creen muchos que fue hecha por extraterrestres. El Universo es infinitamente más complejo que la Pirámide de Keops. La ciencia nos dice que surgió a partir de una especie de único punto que estalló en lo que llamamos Big Bang. Nos dicen que a partir de allí surgieron el espacio y el tiempo; que es inútil que nos preguntemos qué hubo antes, porque jamás hubo un antes. Si el Universo estuviera hecho de una sustancia amorfa parecida al puré de papas, podríamos decir, quizás, que no hay Dios. Pero vemos que el Universo contiene muchos cuerpos que están como suspendidos en él y que no colisionan porque gravitan en un orden programado, que requiere de precisión matemática, de cálculos muy superiores que aquellos que permitieron erigir la Pirámide de Keops. Nuestro planeta hierve de vida, y quizás también otros. Las criaturas vivientes se interrelacionan de manera asombrosa. Hay cierto sentido de justicia en la distribución de habilidades que permite al guepardo ser el mamífero depredador más veloz del planeta, y las largas patas del antílope que lo capacitan para escapar del guepardo; de manera que se encuentran ambos en las sabanas de Africa, y no hay un resultado escrito de antemano. Y en la jerarquía social del babuino, los machos de posición inferior pueden subir de rango luchando con otros de su especie, pero las hembras quedan en la  posición social con la que nacen, y sin embargo ¡las hembras de categorías inferiores dan a luz mayormente machos antes que hembras que estarían condenadas a seguir en el rango materno! ¿Quién sino Dios pudo programar el genoma de los babuinos para que esto sea así? ¿Y quién puede mirar una espectacular puesta de sol o un arco iris sin conmoverse ante tanta belleza? Durante siglos hubo en el mercado supuestos monstruos embalsamados y que eran falsificaciones fabricadas a partir de partes de distintos animales. Todas pasaron por ciertas. Cuando se llevó a Europa el primer ornitorrinco, todos creyeron que era una falsificación. ¿No nos habla eso de que Dios es mucho más imaginativo que el hombre...además de que tiene un gran sentido del humor?

      ' A Sir Peter Buck, un maorí que se educó en su cultura nativa y en la europea, le diagnosticaron cáncer en 1948 y le pronosticaron sólo tres meses de vida. El luchó contra su enfermedad, porque quería escribir cuatro libros más aparte de los que llevaba escritos, y viajar una vez más a Nueva Zelanda. Murió en diciembre de 1951, una semana después de terminar su último libro. ¿Quién, sino Dios, sostuvo sus fuerzas como sostiene los mismísimos planetas, para permitirle cumplir con su misión en este mundo? Si Dios no existe, ¿por qué, cuando reprocharon a Joseph Haydn que su música sacra fuera tan alegre, contestó: No puedo evitarlo, cuando pienso en el Ser Supremo me lleno de gozo?

      El señor Alvarez se había ido apasionando a lo largo de su alocución, y de repente se detuvo, súbitamente consciente de que la emoción lo había superado y tenía los ojos llenos de lágrimas. Se sintió como un tonto y se detestó por sentirse así. Los cinco  muchachos parecían muy incómodos, y en su mayoría habían desviado la vista, salvo Tony, que sonrió comprensivamente al mirarlo el señor Alvarez como pidiendo perdón por aquel arrebato. Los demás mantenían la mirada baja, pero sus ojos parecían ablandados. Tal vez sus pupilas habituadas a buscar lo espiritual en las tinieblas se habían encandilado con la luz del Señor.

      Luego de aquello, la conversación prosiguió hasta muy altas horas de la madrugada, sobre distintos temas y compartiendo entre medio unas cervezas, todo en términos de lo más amistosos. Cuando se retiraba, los cinco muchachos llevaron al señor Alvarez hasta el auto y le pusieron en las manos dos cajas de discos compactos que sacaron del baúl, recomendándole que los escuchara, que algunos le iban a gustar (hicieron una selección previa). Luego, ellos se fueron a sus casas sin ensayar, diciendo que no importaba, que la habían pasado muy bien.

      Sentada en un  sillón, la señora de Alvarez se había quedado dormida esperando el regreso de su marido. Este la despertó con un beso en la frente.

      -¿Dónde estuviste hasta estas horas de la mañana?-preguntó ella, fingiendo celos.

      -Mirá, querida: tengo que contestar que estuve exactamente con esa mujer que estás pensando-bromeó el señor Alvarez-. Si te digo que pasé la noche disfrutando de lo lindo con cinco muchachos, por ahí suena peor...