Publicidad:
Terra
La Coctelera

UNA FLAGRANTE E IMPERDONABLE FALTA AL OCTAVO MANDAMIENTO

EDUARDO ESTEBAN | 22, dic

 

La tradición judeocristiana -concretamnte, dos libros bíblicos, el Exodo y el Deuteronomio- nos hablan de ciertos Mandamientos (simplificados a Diez por el catolicismo) que Dios habría impuesto al Pueblo Elegido a través de Moisés, y que supuestamente siguen en vigencia hasta el día de hoy también para los cristianos. Por supuesto, ciertos ateos e incluso personas de otras religiones podrán objetar y negar todo esto, pero eso no importa porque, para los efectos de este artículo, no interesa cuán cierta sea esta historia, sino la posición oficial del cristianismo. Por otra parte, hasta quienes nieguen esta historia bíblica deberán admitir que al menos algunos de estos mandamientos tienen fundamento lógico y tienen por objeto regular la convivencia humana. Un ateo, por ejemplo, podrá negar el Primer Mandamiento: Amarás a Dios por sobre todas las cosas, porque él niega la existencia de Dios, y por supuesto es absurdo pretender que se ame a quien no existe (punto sobre el que volveremos dentro de poco), pero no ya el Quinto Mandamiento: No matarás, porque en este último caso ya no importa si Dios existe o no, ni si él ordenó eso o no: no se debe matar, y a otra cosa. También coincidiremos muchos en que los actos que condenan estos Mandamientos son repudiables si se ejercen contra simples desconocidos, pero mucho más tratándose de alguien allegado y a quien uno dice amar. En otras palabras, está muy mal que yo asesine a un pobre transeúnte que ningún mal me ha hecho, pero si mi víctima es mi hijo, resulta todavía peor.

Creo que, en teoría, ningún cristiano negaría esto; y sin embargo, una gran mayoría de ellos reincide año tras año en una flagrante falta al Octavo Mandamiento: No dirás falso testimonio ni mentirás. Me refiero a esa desagradable costumbre de hacer que sus hijos crean en Papá Noel (o Santa Claus, o como quiera llamárselo) y los Reyes Magos. Hacen que ellos amen a estos personajes, los cuales no tienen existencia o efectiva. Por supuesto, bella imagen se forman de nosotros, por ejemplo, los ateos: cómo pedirles que crean en Dios, a quien ellos tienen por un ser puramente imaginario, si ven que los cristianos no tenemos ningún problema, parece, en engañar a nuestros propios hijos, haciéndoles creer, en personajes innegablemente imaginarios. Gente así, capaz de fraguar imposturas contra aquellos a quienes más dicen amar, ¿qué reparo podrían tener en engañar a otra gente a la que ni siquiera conocen?

Pero más grave que la opinión que otros se puedan formar de nosotros, los cristianos, es el engaño en sí mismo. El mensaje que se transmite a los hijos al hacerles creer en estos personajes, es que ni en sus propios padres pueden confiar; que el mundo no sólo no es ni la mitad de edulcorado de lo que les han enseñado, sino que además es tan amargo, que ni quienes lo han traído a él, y que deberían amarlos y proveerlos de un bagaje que les permita ser felices cuando hayan crecido, se privan sin embargo de engañarlos.

Hablo de los cristianos porque, francamente, me parece inadmisible la posibilidad de que cualesquiera otras personas cometan también semejante tontería; que un ateo -por mucho que pueda yo discrepar con los ateos- se disfrace de Rey Mago y engañe a sus mismos hijos con un cuento de hadas al que se confiere visos de realidad mediante usurpación de identidades. No obstante, si lo hubiera, doblemente estúpido: no cree en Dios, de quien sin embargo no nos consta que ningún padre haya alguna vez fingido serlo, ¿y enseña a sus hijos a creer en personajes reconocidamente aceptados como ficticios en el mundo adulto, salvo por ocasionales pánfilos que gustan de vivir en irrealidades?

Nunca creí en Papá Noel ni en los Reyes Magos en mi infancia. Mi madre decidió ser sincera conmigo en ese aspecto: cuando la situación económica lo permitiera, me obsequiaría algún regalo por las fiestas navideñas, pero no quería mentirme diciendo que Papá Noel y los Reyes existían, porque el desengaño podría ser muy doloroso. Cuando al crecer cotejé esta opinión con la de gente que sí había creído en Papá Noel y los Reyes, tuve ocasión de comprobar cuánta razón había en ella. Muchos de los interrogados parecían revivir el viejo dolor de la decepción de ese momento en que se enteraron, por fin, de la verdad; e incluso hubo quienes dijeron haberse sentido muy imbéciles.

Por lo tanto, si de verdad amamos a nuestros hijos, demostrémoslo de la mejor forma. Una que no los haga cuestionarse la realidad de ese amor, que si existe debería prescindir de engaños y fabulaciones, por bienintencionadas que sean. No necesitamos, a tan tierna edad, revelarles que el mundo puede ser muy cruel a veces; pero menos aún precisamos demostrárselo con hechos, yendo al extremo opuesto de pintarlo nosotros mismos de color rosa y obligándolos más tarde, no queda otro remedio, a salir de él. Meditemos al respecto. Si no, si esos mismos padres son luego estafados en su buena fe por todo género de gente inescrupulosa, pues... No tendrán mucho motivo para protestar. Engañan, y son a su vez engañados. Justicia divina, que le dicen. ¿Vieron, ateos, que Dios finalmente sí existía?...

LA DIFÍCIL RELACIÓN CON EL PRÓJIMO

EDUARDO ESTEBAN | 23, sep

La convivencia con otros seres humanos, se sabe, no es fácil para nadie, pero en algunos casos se pone peor y uno de ellos es el del cristiano que pretende cumplir con aquello de amarás al prójimo como a ti mismo. Esto nos obliga a ser pacientes, tolerantes, comprensivos y una muy extensa lista de otros etcéteras que no se me ocurren en este momento y de la que, sinceramente, prefiero ni acordarme a fin de no echarme a llorar. El problema es que quien no sea cristiano -y a menos que Diosito nos haya bendecido con la feliz casualidad de que el prójimo de turno profese otra religión que contenga una obligación similar- no está obligado a ser paciente, ni tolerante, ni comprensivo; y salvo aquellos casos en los que la ley lo obliga a portarse bien, hay grandes posibilidades de que elija portarse mal con uno, que también en ocasiones siente ganas de seguir tan bello ejemplo, pero que desafortunadamente tiene la conducta vigilada por feroz perro guardián, la conciencia, azuzada sin piedad por el Todopoderoso y quizás también, no sé, por nuestro ángel de la guarda... ¡Vaya dúo!

Esto ya nos dice algo de las dificultades que podemos encontrar mientras nos ejercitamos en el extenuante y casi pesadillesco arte de la convivencia cotidiana con el prójimo, ese individuo de múltiples caras a quien a menudo, más que de amarlo, nos vienen ganas de retorcerle el pescuezo, con el agravante de que el susodicho a menudo pone muchísimo empeño en que no nos privemos de tan sangriento placer... Ahora bien, creo que podemos y debemos poner límites a ese Mandamiento Nuevo que Nuestro Señor Jesucristo, para nuestra desgracia, tuvo a bien legarnos; y no para exonerarnos temporalmente de cumplir con él y así quedar en libertad de achurar a ese prójimo que tan desacertadamente se nos presenta en nuestras vidas, sino simplemente porque esos límites, hasta donde entiendo, están y no siempre los vemos, y menos si uno es un cristiano recién salidito del horno, con muchas ganas pero desorientado como esquimal en el desierto del sahara, o bien si uno por naturaleza tiene poco seso y se deja esquilmar por cualquiera. Además, está el chantaje espiritual en múltiples formas, usado a menudo por ciertos vivillos para tratar de doblegarnos a hacer su voluntad, que no es precisamente la misma que la de nuestro Padre celestial, por más que en ocasiones intenten hacernos creer eso tocándonos nuestro orgullo de cristianos.

Ya volveremos sobre el particular, pero antes de abordar ejemplos concretos intentemos primero delimitar, grosso modo, los alcances del amor fraterno que Cristo y nuestra condición de seguidores suyos nos exigen, y para definir cualquier cosa, nada mejor que empezar diciendo qué no es. Así que digamos que obviamente dicho deber no implica arrojarnos sobre personas desconocidas diciendo cuánto lo amamos, como si estuviéramos algo pasados de marihuana. Puesto que Jesús nos exhortó a amar al prójimo como a nosotros mismos, podemos también añadir que no debemos hacer a los demás nada que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros; es decir, correr con un hacha a un prójimo especialmente antipático, nones. Además, estamos obligados a amar igual lo mismo al amigo que al enemigo, y entre ambos extremos se hallan obviamente los simples conocidos, personas de paso en nuestra vida y extraños totales. Por consiguiente, creo que nos convendría ser cautos en nuestra tolerancia para con gestos abusivos de amigos o pretendidos amigos; pues hete aquí que luego tendríamos que proceder exactamente con todos los demás, y son demasiada gente para soportar gestos abusivos de ellos. No olvidemos aquello de que tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe: a fuerza de aguantar demasiado, uno, que es humano y como tal tiene sus límites, uno puede terminar estallando y no queriendo saber nada de Cristo ni del prójimo, actitud por demás impropia y desaconsejable porque en definitiva, si uno se ha acercado sinceramente a Dios y llegó a amarlo con todo su corazón, toda promesa de alejarse de El para siempre será en vano. Así que ahorrémonos tiempo, no nos alejemos nada, pero veamos cómo podemos cumplir con sus mandamientos sin terminar de enloquecer en el intento.

Un punto importante a tener en cuenta, me parece, es que si vamos a amar al prójimo y hacer cosas por él esperando ser correspondidos de la misma manera, estamos listos: en nueve de cada diez casos quizás nos digan cuánto nos quieren por ser así de buenos, pero demostrarlo luego es otro tema muy distinto. A la hora de recurrir a ellos, varios se harán los otarios. Así que cualquier favor que les hagamos, hagámoslo porque queremos o en su defecto sólo porque a la fuerza ahorcan; porque en los Evangelios se nos dice que debemos hacerlo y a nosotros no nos es permitido hacernos los otarios. Claro que intentemos adoptar una postura más edificante, ¿no? Después de todo, a veces podrá resultar una cuestión desagradable hacer algo positivo por personas que nos resultan indigestas, pero si no queremos empeorarla, pongamos o intentemos poner algo de entusiasmo en el asunto. Tengamos en cuenta que en medio de nuestra humana pequeñez, nos hacemos un poquito más grandes por dentro cada vez que dejamos de lado nuestras flaquezas para darle una mano a alguien. Y siempre está nuestro Señor que, El sí, no se olvidará de recompensarnos, aunque no creo que sea buena idea tener gestos nobles pensando en la recompensa. Primero, porque precisamente tal pensamiento despoja de nobleza a la acción; segundo, porque por eso mismo el Señor procederá a corregirnos, de modo drástico si es necesario, hasta que pensemos en algo un poco más elevado espiritualmente que cualesquiera recompensas que podamos obtener; y tercero, porque cuando la recompensa finalmente llegue, podría no ser la que esperábamos. Quizás, de hecho, esa decepción termine siendo precisamente el correctivo que nos aguarde por nuestra interesada actitud. En realidad, sentir su Presencia junto a nosotros hasta en los momentos más dolorosos y terribles es la única recompensa que estamos autorizados a exigir sin recibir "palos" asestados desde arriba.

Ayuda mucho a tener una actitud sinceramente cristiana en vez de la forzadamente cristiana atender a nuestro hermano -espiritualmente hablando, por supuesto- en el momento en que recurre a nosotros. Por muy exasperante que nos resulte el género humano en conjunto, lo cierto es que cada individuo, contemplado individualmente, puede exhibir rasgos queribles si nos dedicamos a buscarlos; aun más, puede que nos sintamos identificados con ellos y de ese modo nos resulte más fácil amar a ese hermano como a nosotros mismos. Entonces sí lograremos que cualquier cosa que hagamos por él nos nazca del corazón en vez de limitarse a ser algo impuesto por un mandamiento. Claro que , en otras ocasiones, muy otra será la reacción que nos inspire la petición de turno: ira, irritación, exasperación. Y es que la gente, sobre todo aquella que en realidad nunca en su vida tuvo un carajo de qué preocuparse, a veces nos aborda con pedidos que hacen que reacciones así sean lógicas, por ejemplo porque los mismos resultan infantiles. Una vez más la obligada declaración: no nos es lícito cortarle el gañote o fajar a quien nos sorprenda con solicitudes por el estilo, y menos si, revisando nuestra conciencia, descubrimos que en nuestra pasada conducta hubo momentos o detalles que la asemejaban a la del insólito solicitante. Reconozcamos con humildad, entonces, que no tenemos autoridad moral para fustigar a nadie, pero esto no implica necesariamente que debamos ser condescendientes y acceder a lo que se nos pide. Si se trata de algo descabellado, descolocado o impropio, en su lugar, fraternalmente, siempre podremos explicar con suavidad las razones de nuestra negativa y tratar de brindar apoyo moral para que esta persona crezca espiritualmente. Claro que en muchos de estos casos, el hermano de marras puede que no tenga el menor interés en crecer espiritualmente, y que su respuesta nada tenga de suave ni de fraternal. Mamá yo quiero es la consigna de unos cuantos niños caprichosos en formato adulto, los cuales, si no se ven complacidos, arman tamaño berrinche tal cual lo hacen sus versiones más diminutas. Cuesta sudor y sangre no ceder a sus caprichos con tal de que se callen y nos dejen en paz, pero es lo que debemos hacer.

En lo personal, siendo yo mismo un consumado cobarde, me ha tocado lidiar frecuentemente con individuos todavía mucho más miedosos que yo. La naturaleza de sus miedos me resultaba ya un tanto irritante, pero todavía podía manejar eso, con buena voluntad; lo que terminaba de sacarme de quicio es que algunos de estos buenos muchachos, vigiladores como yo, eran, aunque obvios gallinas para confrontar sus miedos, muy machos para dar órdenes. Y lo que pretendían ordenar era que pidiera por handy ayuda contra peligros imaginarios, quedando uno mismo como el miedoso de turno y resguardándolos a ellos de hacer el papelón. Lejos de obtener de mí ayuda en tal sentido, sólo lograron verme convertido en una bestia bramante digna de una película de terror, máxime cuando el peligro que según ellos los amenazaba eran...fantasmas, que creían reconocer en un ruidito inexplicado aquí y algún otro más allá. Cuando me calmé, seguí negándome a pedir por ellos la ayuda que pretendían (y no me explico qué tipo de socorro esperaban obtener contra fantasmas, pero, como son tantos los que sufren el mismo temor, no me atrevo a catalogarlos como locos), pero intenté al menos tranquilizarlos con largos discursos, reflexión y razonamientos. Tremendo desperdicio de saliva, pero al menos el intento se hizo. El tema en este caso es que no sólo eran absurdos sus miedos, sino que la actitud prepotente les jugó en contra a la hora de obtener lo que querían. El intento de calmarlos, lo hice; pero de ahí a apañarlos, hay gran distancia.

No es tan infrecuente que, después de todo, la relación con nuestros enemigos nos dé menos dolores que el trato con nuestros amigos, especialmente si dicha amistad es más bien superficial. Lo lógico es tratar de guardar distancias con nuestros enemigos, especialmente si los hechos que nos enemistaron con ellos son de data reciente. Hasta que cierren un poco las heridas, al menos, lo prudente es evitarse. El solo hecho de hacerlo en vez de ir por venganza, creo que ya es un poco síntoma de amor al prójimo; y también de amor y respeto por uno mismo, ya que la venganza, aparte de degradarnos como seres humanos, no hace que las heridas duelan menos. Tal vez, cuando hayan cicatrizado, podamos reflexionar sobre la causa de nuestra enemistad. Es posible que descubramos que nuestra culpa en ese asunto es mayor de la que creíamos, en cuyo caso, aunque cueste horrores, sería sabio y noble de parte nuestra ir a pedir nuestras correspondientes disculpas y prometer enmendarnos (y lo más importante, intentar cumplir después). En otros casos, sin embargo, seremos inocentes o al menos habrá culpas compartidas. En todos los casos, siempre es dable intentar un diálogo reconciliatorio, pero tengamos presente que el resultado final a veces está más allá de nuestras posibilidades. Porque un acercamiento así es cosa de ambas partes, y la otra parte puede que no tenga la menor gana de acercarse a nosotros. También es posible que insista en no admitir su parte de culpa, y si la tiene, el hecho es que debe hacerse cargo de ella. Agotados todos nuestros esfuerzos por lograrlo; escuchados sus argumentos y decidido que son absurdos o rebuscados; no sabiendo ya, en fin, qué más hacer, lo prudente es batirse en retirada, y no echar agua y abono a nuestra malquerencia, pero sí resignarse a que no es posible reanudar vínculos amistosos o cuasi amistosos. No obstante, en algún momento puede que esa misma persona necesite seriamente ayuda; nos la pida o no, como cristianos nuestro deber es estar allí, al menos si sabemos positivamente que podemos hacer algo. Esto no significa necesariamente que con ello concedamos que la otra persona era quien tenía razón en el conflicto que nos separó. Sí significa que las tragedias más terribles deben hacernos olvidar todas nuestras previas etiquetas o rótulos, pues en ese momento todos somos simplemente seres humanos e hijos de Dios. Más tarde podemos retirarnos prudentemente, si queremos, ya que hay veces que, por mucho que se intente, no hay forma de componer una relación, o al menos no está en nuestras manos; cuanto podemos hacer es poner el tema en manos del Señor. Pero en ese momento de honda aflicción, estemos donde nos necesitan... Exactamente como nos gustaría que hicieran con nosotros.

La relación con pretendidos amigos es cuestión aún más jodida, especialmente si tenemos en cuenta que quizás a muchos de ellos los consideremos de verdad amigos, sin ese previo pretendidos. En cuyo caso, quizás descubramos que los queridos amigos resulten no serlo tanto como imaginábamos. Hoy en día es un hecho que abundantes personas desean ser queridas, pero ni se les pasa por la cabeza que deben hacer méritos para que se las quiera. De más está decir que tenemos que asegurarnos de que no sea ése nuestro caso, y corregirnos de inmediato si lo fuera. Pero, ya lo decíamos más arriba, los méritos que hagamos no nos aseguran el afecto del prójimo, aun cuando muchas personas, por haber sido buenos con ellas, crean sinceramente guardarnos afecto y gratitud. En realidad, el supuesto afecto puede ser complacencia por la suposición, acertada o no, de que siempre seremos buenos con ellas, y que morimos por estar a su servicio. También abundan, infelizmente, los casos en los que, creyendo que nuestra paciencia y bondad son absolutas e ilimitadas, padeceremos abusos inadmisibles. Fulano nos va a perdonar, es su razonamiento. Y perdonar, debemos; con dificultad, puede que hasta lo logremos. Pero perdonar es una cosa; olvidar, otra muy distinta; y consentir en que se repita el abuso, otra todavía mucho más diferente. Si somos pacientes con actitudes decididamente injustificables, estaremos promoviendo, sin proponernos, que quienes las tengan las hagan extensivas hacia otras personas; que hagan con ellas lo mismo que nos hicieron a nosotros. Pues bien, esto no es correcto. Sin resentimientos, con toda la educación del mundo, pero también con no menos firmeza, en algún momento hay que plantarse delante de estas personas y decirles: Hasta aquí llegaste.

Una cuestión anexa y más jodida tiene que ver con cuestiones financieras. Todos los cristianos sabemos que debemos ser desprendidos de los bienes materiales; por supuesto, serlo de verdad es otro tema. Pero que debamos serlo no quiere decir que haya que darle dinero a cuanto pedigüeño se cruce en nuestro camino, ni aun cuando sea, supuestamente, en préstamo. Por supuesto, a la hora de la repartija monetaria, tenemos más amigos que nunca; de hecho, superamos el millón de amigos que quería Roberto Carlos. A la hora de reclamarlo en devolución, en cambio, estaremos más desoladoramente solos que el monstruo de Frankenstein; y como el monstruo de Frankenstein, nos arriesgamos a que el dolor y la ingratitud nos vuelvan malos. Así que evitemos eso. Podemos evitar pedir dinero en préstamo a nuestros amigos, excepto como mucho alguna pequeña cantidad de tanto en tanto; y prestemos en la misma medida, a menos que la causa sea urgente y desesperada. Evidentemente, un hijo muy enfermo y necesitado de medicamentos costosos lo sería, por ejemplo. Pero ya pedir ayuda, digamos, para hacer una refacción en la casa... Hmmm... Puede que yo sea muy desconfiado, pero hoy en día soy muy escéptico respecto a la buena disposición o "memoria" de la gente para devolver cualquier cosa que pida en préstamo; hasta los más confiables me parecen desconfiables. Así que si la causa del dinero pedido en préstamo es la colocación de nuevos azulejos o cosa por el estilo, la respuesta tiene que ser un rotundo no. Contrariamente, el caso antes expuesto del hijo enfermo no puede movernos a duda, ni aun cuando de lo que sí haya dudas es de que el dinero nos sea devuelto. El caso es que derechos fundamentales como la salud o la vivienda no deberían dar lugar a vacilaciones a la hora de prestar o dar dinero. Pero la remodelación de esa vivienda, o la adquisición de un auto, son ya lujos, y quienes los deseen, que se esfuercen solitos por alcanzarlos, sin recurrir a favores, aun cuando dispongamos de dinero de sobra. Si queremos ser generosos y desprendidos, bien; pero tengamos seso para discernir de qué manera serlo. Deja que el dinero se caliente en tu mano antes de elegir a quién dárselo, aconsejaban las Didaké, un libro de instrucciones para cristianos que data, según se cree, del siglo I de nuestra era; por consiguiente, esto no es ocurrencia mía, sino un sensato consejo que se remonta a tiempos muy antiguos. Hoy en día, causas con las que contribuir financieramente no faltan; sin ir más lejos, y desafortunadamente, las calles de los barrios pobres de América Latina están llenos de chicos medio muertos de hambre; ¿y se nos pide en préstamo dinero para comprar un auto?... De todo corazón: Andá a cagar.

Por supuesto, llevar esta teoría a la práctica no es moco de pavo, y posiblemente sea todavía más complicado de lo que imaginamos. Y quienes, tras convencernos de que los ayudemos ni más ni menos que en la forma en que ellos lo demandan, se marchen fracasados y con todo el despecho del mundo, con un resentimiento sorprendente, sin duda buscarán cómo hacérnoslo aún más difícil incluso en la retirada: ¿Y vos te la das de cristiano?... ¿Vos, que no sos capaz de largar unos miserables mangos, tacaño de mierda?... Ya lo dijimos antes: chantaje espiritual. Es dura la vida. Para todos, por suerte... Y más para estas personas que padecen la sordera del que no quiere oír. Dudosa generosidad de su parte, intentan que nuestras existencias sean tan complicadas como las suyas... Pero a no aflojar, a no conmoverse por aquello que no lo merece. Nosotros nos esforzamos por hacer lo que debemos; si nos esforzamos lo bastante, no podemos saberlo, pero ya lo decidirá por nosotros el mejor Juez que podamos esperar, uno incorruptible e imparcial. Hasta entonces, siempre podremos intentarlo de nuevo luego de cada fracaso, siempre transitando por nuestros intrincados laberintos espirituales, llenos de caminos que no conducen a ninguna parte y por los que a menudo nos extraviamos, pero por los que, por suerte, siempre nos será permitido volver sobre nuestros pasos en busca de la verdadera salida.

ARROGANCIA: SÍNTOMA INEQUÍVOCO DE LA "VERDADERA" FE

EDUARDO ESTEBAN | 23, sep

 

Hace unos años, una encuesta realizada en Estados Unidos demostró que allí un porcentaje muy elevado de la población -creo recordar que más del cincuenta por ciento, pero desgraciadamente no pude encontrar el dato exacto- creía que quienes no profesaban la misma religión que ellos, se iban al Infierno.

 

Si bien en Estados Unidos la mayor parte de los cristianos pertenecen a iglesias de origen protestante, no debe creerse, por desgracia, que los católicos permanecemos por completo ajenos a semejante mentalidad retrógrada. Así, en un obtuso sitio de Internet llamado El cruzado.org, se afirma que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación.

 

Analicemos un poco estos asertos. Conforme al credo católico (y creo que casi todas las demás iglesias coinciden en este punto específico) hay un solo Dios y tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto es el misterio de la Santísima Trinidad que, precisamente por su condición de tal, no admite razonamiento, no obstante ser lo primero que debo aceptar, sin discutirlo, dudar de ello o intentar comprenderlo, en pro de mi salvación.

 

Ahora bien, si quien enuncia como cierto tal misterio es alguien respetable, alguien que enorgullece y honra la fe cristiana -caso por ejemplo de la difunta madre Teresa de Calcuta, a quien el Señor tenga en su santa gloria- hay buenas posibilidades de que un novato en la fe admita como cierto el misterio de la Santísima Trinidad. Sin embargo, escasearán si el pregonero de dicho dogma es alguien más cercano en espíritu a algunos papas infames como Inocencio III o Alejandro VI, por ejemplo. De lo cual resulta que, si tengo la mala suerte de que me toque alguno de estos últimos y desconfíe de sus enseñanzas, hombres crueles y calculadores como Inocencio III y Alejandro VI (si contemplamos la situación desde un punto de vista católico) están en el Cielo, pero ese novato, por su abominable pecado, por su delito, arderá en el Infierno. Delito que, en definitiva, consistiría básicamente en tener mala suerte: el novato de marras tuvo a su alcance la Suprema Verdad, pero como tuvo la desgracia de que quien se la ofreció olía más a azufre que a santidad, no creyó en ella. Delito que será asimilado a la maldad y condenado a una eternidad de suplicios

.

Así nos encontramos, una vez más, con ese sádico dios castigador que tanto gusta a cierto sector de la cristiandad, un dios que, como acabamos de ver, no recompensa o castiga acciones, sino sólo la suerte. Para los católicos que piensan de esta manera, no importa de qué monstruosidades sea uno culpable: con que sólo por temor al Infierno me convierta al cristianismo y rece luego tres Padr4nuestros, cuatro Avemarías y dos Glorias -más o menos- basta para que me vaya al Cielo. Ahora, si mi fe se opone a la de la Iglesia Católica, no importará cuánto haga por mis semejantes, cuánto me sacrifique por ellos, las buenas obras que realice: igual me iré de cabeza al Infierno. Y los más extremistas entre las demás congregaciones cristianas (evangelistas, bautistas, adventistas, etc.) adaptan a su propia doctrina y hacen suyo este postulado.

La base de tan desagradable creencia -que contradice de raíz la noción de un Dios justo y bueno, rebajando al Señor a la condición de mero tiranuelo sensible a la adulación y el servilismo interesado de sus fieles, e incapaz de perdonar la mala suerte a la hora de elegir lo que no puede escogerse por razonamiento- se encuentra en un principio tan elemental como arrogante y despreciable: siempre Yo tengo razón. Si soy católico, ésa será la verdadera fe, y quienes no la profesen serán malos e irán de cabeza al Infierno. Si en cambio soy evangelista, serán los no evangelistas quienes merezcan la condenación eterna. Pero allí no acaba la cosa. Si siendo católico o evangelista reflexionara que, después de todo, no es ésa la religión verdadera, sino cualquier otra, por ejemplo el pentecostalismo, sin perjuicio de mi yerro anterior, serán los no pentecostales quienes se irán al Infierno, ya que, después de todo, ¿quién mejor que Yo para decidir dónde se encuentra la Verdad Absoluta o cuál es la Verdadera Fe? Lo lamento, pero así son las cosas...

 

De esa manera, por ejemplo, uno de los primeros exponentes famosos de la filosofía "siempre Yo tengo razón""la mía es la Verdadera Fe", Tertuliano, era al principio católico, y desde su posición de tal, condenaba como desviaciones religiosas -y punibles en consecuencia con suplicios eternos en el Infierno- todo aquello que se oponía a la ortodoxia del momento. Pero más tarde se convirtió al montanismo, acto que dejaba implícito que su primera opción religiosa, el catolicismo, le parecía errónea. Ahora bien, podría suponerse, con gran optimismo, que tras aquel supuesto error, sería más prudente al condenar las creencias ajenas; pero ¡qué va!... Siguió echando denuestos lo que consideraba graves equivocaciones en materia religiosa. Queda claro que, no obstante su fama -y en alguna otra oportunidad podremos corroborarlo-, Tertuliano era un soberano idiota. No en vano afirmaba Einstein que "quien sólo tiene ideas claras es con toda seguridad un tonto"

.

Y a todo esto, ¿cuál es la verdadera fe, suponiendo que alguna lo sea? En broma respondería que la mía, si no fuera que siempre habrá quien me tome en serio. Y sin embargo, la respuesta no está muy alejada de esa chanza. Es decir, quienes profesamos alguna religión evidentemente sentimos ésa como verdadera, porque si no, creeríamos más bien en cualquier otra religión. Pero se trata de algo muy subjetivo, y siempre debemos tener presente eso. Pretender que los demás compartan nuestra fe es ya dictatorial y absurdo. Es evidente, sin embargo, que si nuestra religión predica suplicios eternos para quienes no crean en ella, nos sentiremos culpables si no intentamos convertir a la misma a nuestros semejantes; pero debemos ponernos de acuerdo, de una vez por todas, acerca de si Dios es nuestro Padre y Señor, el ser justo y bueno en el que anhelamos creer, o el caprichoso tiranuelo de pacotilla que sólo quiere rodearse de obsequiosos y castiga sin piedad la mala suerte. Ambas cosas a la vez no pueden ser. Un Dios justo y bondadoso castigará sin duda a los malvados, pero no hay nada que con propiedad pueda calificarse de malvado en elegir una religión que resulta no ser la verdadera, si no tenemos forma veraz de distinguir entre ésta y la falsa. Por lo demás, la verdadera religión podría ser toda aquella que inste a sus fieles a hacer el bien, lo justo, lo correcto.

 

En este sentido, debo admitir que he tomado distancia de un sitio de Internet perteneciente a cierta comunidad católica del que solía ser habitué, ya que siento que no seguiré creciendo espiritualmente en él, y que allí soy más bien sapo de otro pozo. El sitio en cuestión incluye un foro; y examinando el contenido del mismo, salta a la vista que una de las mayores preocupaciones de quienes lo frecuentan es, créase o no, la celebración del Halloween, que consideran satánica. La verdad es que dicha celebración se remonta a o tiene sus orígenes en una festividad pagana celta, el Samhain. Ahora bien, paganismo de ninguna manera es asimilable a satanismo, y si lo es, estamos listos, ya que la fecha en que celebramos el nacimiento de Cristo y el mismo árbol de Navidad tienen origen pagano. Y es fundamental recalcar esa diferencia entre paganismo satanismo, porque al menos un grupo religioso neopagano, los Wiccanos, celebran elSamhain a semejanza de los antiguos celtas. De ahí a verlos como malvados brujos y brujas adoradores de Satán, hay un paso muy, muy pequeño. Yo considero que el escándalo que se hace en torno al Halloween -más allá de que me sienta ajeno a dicha celebración, que en Latinoamérica no pasa de ser un vulgar intento de los comercientes por seguir currando igual que lo hacen en otras fechas festivas, incluyendo las cristianas, como Navidad o Pascuas- es una tonta, absurda reminiscencia de los períodos más oscurantistas del Cristianismo. Durante esos períodos, la Iglesia ejerció un papel denigrante y mucho más alejado de las enseñanzas de Jesús que los satanistas más perversos imaginables; y los cristianos deberíamos recordarlo para no reincidir en viejos errores que en realidad fueron horrores. No obstante, en el sitio web ya mencionado no se habla de esas cosas. Allí la, gran, terrible preocupación es el Halloween. Queda claro que, por más que nos una la fe en Cristo, pertenecemos a distintas religiones ellos y yo. No puedo comprender ni aceptar la suya.

 

Recientemente, gracias a la Internet, me he enterado de la existencia de otra religión neopagana conocida como Asatru y que consiste básicamente en la adoración de antiguos dioses nórdicos como Odín y Thor. Es preciso separar trigo y cizaña y admitir que libros como Religión y antropología: una historia crítica, de Brian Morris, vinculan a los Asatrúars, imagino que con cierto fundamento, con ciertos movimientos racistas que están alzando cabeza en todo el mundo. Pero no es menos cierto que la mayoría de los sitios Asatrúars que pueden encontrarse en Internet repudian el racismo, y en cambio pregonan lo que llaman las Nueve Nobles Virtudes, que son valores intemporables y perfectamente consistentes dentro de la fe cristiana: Coraje, Verdad, Honor, Fidelidad, Laboriosidad, Hospitalidad, Disciplina, Confianza en uno mismoPerseverancia. En lo personal, encuentro más provechoso este tipo de espiritualidad que los delirios anti-Halloween del sitio cristiano al que me refería previamente. Por lo demás, manzanas podridas e historial un tanto dudoso los hay en todas las religiones, y los Asatrúars no tienen por qué ser la excepción. Todo lo cual no quita que siga siendo un firme creyente en Cristo, pero hay veces, como acabamos de ver, que los valores que predicó Jesús parecen más vigentes en la vereda opuesta que en la propia, y eso es lo que quería recalcar.

 

Por último, vale la pena recordar amablemente aquí que los cuatro Evangelios (cuyos autores, además, no fueron en realidad Mateo, marcos, Lucas ni Juan, según se cree actualmente) a menudo se contradicen entre sí, y que la mayoría de las veces se pasan por alto esas contradicciones o se las trata de explicar de un modo por lo general nada convincente; por lo que si se afirma que sobre los Evangelios y sólo sobre ellos reposa la verdadera fe,convendría preguntarse sobre cuál o cuáles de los cuatro, ya que una misma cosa no puede ser y no ser a la vez. Y que sean precisamente esos cuatro y no otros los incluidos en el Nuevo Testamento se debe casi en exclusiva a maniobras políticas del emperador Romano Constantino, impropiamente llamado el Grande, quien vio en la pujante religión cristiana un posible y eficaz instrumento para consolidar su poder. Bajo su égida se reunió el Concilio de Nicea, que decretó arbitrariamente, entre otras cosas, cuáles libros pasarían a integrar el canon oficial y cuáles serían condenados a la clandestinidad. Esta vulgar movida política nos privó durante siglos, por ejemplo, del Evangelio de Tomás, de notable valor espiritual y ahora redescubierto y revalorado gracias a esfuerzos de arqueólogos a historiadores del cristianismo como Elaine Pagels.

 

Los Evangelios son en realidad un maravilloso camino para acercarse a Dios, pero no representan más que visioneshumanas y por lo tanto imperfectas de un mismo hecho: hace poco menos de dos mil años, un hombre llamado Jesús, que para algunos de nosotros es Dios hecho carne, predicó sobre asuntos espirituales y nos legó un mandamiento, amar el prójimo como a nosotros mismos, lo que ante todo implica respetarlo. En la medida en que cumplamos con ese mandamiento estaremos, creo, más cerca de abrazar la verdadera fe, sin importar qué religión profesemos. Y si, como cristianos, nos preocupa el cumplimiento de un mandamiento que precede en orden a ése, amar a Dios por sobre todas las cosas, recordemos en primer término que fue el mismo Jesús quien dijo que no puede amar a Dios, a quien no ve, quien no ama a su hermano, al que ve. Por lo demás, si ese mismo Dios elige manifestarse ante algunas personas bajo formas ajenas al cristianismo, incluso como una pléyade de dioses, no somos quiénes para objetar al respecto, por mucho que la idea seduzca a los eternos arrogantes que se autonombran paladines de la verdadera fe.

EL DEBER

EDUARDO ESTEBAN | 11, jul

Desde hace ya muchos años, nuestra gran preocupación son los derechos humanos. Ciertamente es una noble preocupación. Yo mismo, años ha, insistía mucho en ese aspecto. Es lógico. Uno siempre desea que el mundo esté mejor, y vemos que de los derechos humanos hay muchos abusos en todo el mundo. A veces de un modo al que, por cotidiano, ya nos hemos acostumbrado, caso de los niños que vemos vagando por las calles pidiendo algo que comer. Nos hemos olvidado que ésa no es una situación a la que podamos llamar normal,; que ese niño tendría que estar jugando o yendo a la escuela o, en fin, haciendo cualquier cosa, menos eso que está haciendo. Luego, hay otras formas de abuso de los derechos humanos mucho más resonantes, como la trata de blancas, la explotación infantil... En fin, hay para todos los gustos. Todo eso, nadie lo niega.
Pero me parece que de un tiempo a esta parte, se ha exagerado mucho acerca del tema. Nos hemos olvidado de que el reverso de la moneda son los deberes.  Cortázar, un escritor que sin embargo ni de lejos es santo de mi devoción, dijo una vez que hay dos clases de libertad: falsa, en la que todo el mundo hace lo que quiere, y verdadera, en la que todo el mundo hace lo que se debe. Por  poco que coincida con Cortázar, en este caso no puedo menos que concordar. En efecto, da la impresión de que ahora todos y cada uno se creen grandes señores a quienes no es posible decirles nada, sin que se sintan atropellados. En cierto arroyo de Córdoba, un chico de no más de nueve o diez años, muy interesado en la ecología, se acercó a un hombre que estaba dejando basura en el lugar y le pidió que se la llevara consigo. El hombre (por llamarlo de alguna manera) miró despectivamente al chico, le gruñó no sé qué cosa de mala manera y en definitiva, hizo lo que se le antojó. En otro ámbito, en un supermercado, es posible ver cómo los clientes se ofenden cada vez que son sometidos a un control por parte del personal de seguridad, como si fueran grandes Lores que deberían quedar exentos de toda sospecha (admitiendo que los Lores efectivamente sean dignos de una exención así, lo que ya es otro tema). Siempre, cada uno intenta defender su postura, abusivamente, sin reflexionar.
Mentalidades de este tipo han llevado a la Humanidad a ser lo que es hoy, un caos en el que no hay forma de controlar el delito y en el que el poderoso se yergue oprimiendo a quien tiene debajo. Una variante relativamente reciente, al menos en el grado al que me refiero, es culpar de todo al gobierno. Pero no es culpa del gobierno que un alumno enloquecido apuñale a una maestra, o que un grupo de colegialas golpeen a una de sus compañeras hasta deformarla, o que un hombre humille en público y premeditadamente a su esposa. La Humanidad es algo que hacemos entre todos. Podemos reclamar nuestros derechos, pero sólo si nos corresponden realmente. Tenemos que tener el suficiente coraje para examinar si es así y, en caso negativo, dar un paso al costado para que lo reclame la persona a la que sí le corresponda ese derecho. Lo que nos lleva a otra triste realidad: la mayor parte de la gente es cobarde. No está en condiciones de soportar la menor dureza, no se halla dispuesta a abandonar ni la más ínfima comodidad. Si dos hombres se trenzan a puñetazos no es por exceso de virilidad sino, más frecuentemente, por no ser otra cosa que un par de maricas muy poco dispuestos a evaluar su posición y admitir en qué puntos están equivocados.
En otra época se valoraba mucho el honor, tal vez de distinta manera que ahora y, opino, de una forma equivocada. Aun así, el honor implicaba cumplir con lo que se debía hacer. Por lo general, en otros tiempos esto se traducía en que ningune injuria debía quedar impune. Así se daba inicio a interminables historias de venganza y muerte. Miles de  años de civilización no han mejorado mucho esta mentalidad. Seguimos teniendo historias de venganza y muerte, por mucho que las repudiemos. En cuanto a hacer lo que se debe hacer, ni en sueños. Se miente, se engaña, se traiciona, todo a niveles cada vez más perversos, La palabra dada ya no tiene valor; la imagen personal es cada vez más un horrendo retrato de Dorian Gray deformado por incontables vicios y ruindades. Hoy, un amigo hace bien en desconfiar de un amigo, y si no lo hace, es un necio.
La endeble, ridícula excusa que todos esgrimos para no hacer lo que debemos, es que nadie lo hace. Pero con que sólo una persona decida hacer lo que se debe,  los demás no tendremos excusa. Seguramente nos importará muy poco. En realidad, la excusa en cuestión es tan burda como infantil. El deber cumplido demuestra la grandeza de un hombre; quienes no cumplen con su deber son seres pequeños, insignificantes, patéticos y propensos a la traición. Cumplir con el deber ennoblece, y la nobleza no es para todos, sino para unos pocos. Aun así, hablaría muy bien de todos y de cada uno de nosotros que nos molestáramos en intentarlo. Bien se dice que una sola persona hace la diferencia. Eso tal vez no le importe a nadie más, pero debería importarnos a cada uno de nosotros. Deberíamos  desear ser algo más que ovejas yendo a la par que el resto del rebaño; deberíamos aspirar al orgullo de ser hombres en el más elevado y digno de sus significados.
Les diré algo: no tenemos excusa. Hay gente que sí cumple con su deber. Tal vez sea la que menos alaraca hace al respecto. La gente íntegra es la más silenciosa. Cuántos son, no lo sé. Pero hay. Está en nosotros decidir si seguiremos siendo parte del montón, o si trataremos de  alcanzar la cúspide sólo reservada para los más dignos moralmente. Pero si no lo intentamos, al menos tengamos el valor de admitir que no quisimos hacerlo. No culpemos a  los demás porque, por suerte,  el alma humana es el único lugar  del que seguiremos siendo amos y señores a menos que nosotros mismos deseemos someternos para estar más cómodos.

ARROGANCIA: SÍNTOMA INEQUÍVOCO DE "VERDADERA" FE

EDUARDO ESTEBAN | 25, jun

Hace unos años, una encuesta realizada en Estados Unidos demostró que allí un porcentaje muy elevado de la población -creo recordar que más del cincuenta por ciento, pero desgraciadamente no  pude encontrar el dato exacto- creía que quienes no profesaban la misma religión que ellos, se iban al Infierno.

 

Si bien en Estados Unidos la mayor parte de los cristianos pertenecen a iglesias de origen protestante, no debe creerse, por desgracia, que los católicos permanecemos por completo ajenos a semejante mentalidad retrógrada. Así, en  un obtuso sitio de Internet llamado  El cruzado.org, se afirma que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación.


Analicemos un poco estos asertos. Conforme al credo católico (y creo que casi todas las demás iglesias coinciden en este punto específico) hay un solo Dios y tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto es el misterio de la Santísima Trinidad que, precisamente por su condición de tal, no admite razonamiento, no obstante ser lo primero que debo aceptar, sin discutirlo, dudar de ello o intentar comprenderlo, en pro de mi salvación.

 

Ahora bien, si quien enuncia como cierto tal misterio es alguien respetable, alguien que enorgullece y honra la fe cristiana -caso por ejemplo de la difunta madre Teresa de Calcuta, a quien el Señor tenga en su santa gloria- hay buenas posibilidades de que un novato en la fe admita como cierto el misterio de la Santísima Trinidad. Sin embargo, escasearán si el pregonero de dicho dogma es alguien más cercano en espíritu a algunos papas infames como Inocencio III o Alejandro VI, por ejemplo. De lo cual resulta que, si tengo la mala suerte de que me toque alguno de estos últimos y desconfíe de sus enseñanzas, hombres crueles y calculadores como Inocencio III y Alejandro VI (si contemplamos la situación desde un punto de vista católico) están en el Cielo, pero ese novato, por su abominable pecado, por su delito, arderá en el Infierno. Delito que, en definitiva, consistiría básicamente en tener mala suerte: el novato de marras tuvo a su alcance la Suprema Verdad, pero como tuvo la desgracia de que quien  se la ofreció  olía más a azufre que a santidad, no creyó en ella. Delito que será asimilado a la maldad y condenado a una eternidad de suplicios.

 

Así nos encontramos, una vez más, con ese sádico dios castigador que tanto gusta a cierto sector de la cristiandad, un dios que, como acabamos de ver, no recompensa o castiga acciones, sino sólo la suerte. Para los católicos que piensan de esta manera, no importa de qué monstruosidades sea uno culpable: con que sólo por temor al Infierno me convierta al cristianismo y rece luego tres Padr4nuestros, cuatro Avemarías y dos Glorias -más o menos- basta para que me vaya al Cielo. Ahora, si mi fe se opone a la de la Iglesia Católica, no importará cuánto haga por mis semejantes, cuánto me sacrifique por ellos, las buenas obras que realice: igual me iré de cabeza al Infierno. Y los más extremistas entre las demás congregaciones cristianas (evangelistas, bautistas, adventistas, etc.) adaptan a su propia doctrina y hacen suyo este postulado.

 

 TAGS:

La base de tan desagradable creencia -que contradice de raíz la noción de un Dios justo y bueno, rebajando al Señor a la condición de mero tiranuelo sensible a la adulación y el servilismo interesado de sus fieles, e incapaz de perdonar la mala suerte a la hora de elegir lo que no puede escogerse por razonamiento- se encuentra en un principio tan elemental como arrogante y despreciable: siempre Yo tengo razón. Si soy católico, ésa será  la verdadera fe, y quienes no la profesen serán malos e irán de cabeza al Infierno. Si en cambio soy evangelista, serán los no evangelistas quienes merezcan la condenación eterna. Pero allí no acaba la cosa. Si siendo católico o evangelista reflexionara que, después de todo, no es ésa la religión verdadera, sino cualquier otra, por ejemplo el pentecostalismo, sin perjuicio de mi yerro anterior, serán los no pentecostales quienes se irán al Infierno, ya que, después de todo, ¿quién mejor que Yo para decidir dónde se encuentra la Verdad Absoluta o cuál es la Verdadera Fe? Lo lamento, pero así son las cosas...

 

De esa manera, por ejemplo, uno de los primeros exponentes famosos de la filosofía "siempre Yo tengo razón""la mía es la Verdadera Fe", Tertuliano, era al principio católico, y desde su posición de tal, condenaba como desviaciones religiosas -y punibles en consecuencia con suplicios eternos en el Infierno- todo aquello que se oponía a la ortodoxia del momento. Pero más tarde se convirtió al montanismo, acto que dejaba implícito que su primera opción religiosa, el catolicismo, le parecía errónea. Ahora bien, podría suponerse, con gran optimismo, que tras aquel supuesto error, sería más prudente al condenar las creencias ajenas; pero ¡qué va!... Siguió echando denuestos lo que consideraba graves equivocaciones en materia religiosa. Queda claro que, no obstante su fama -y en alguna otra oportunidad podremos corroborarlo-, Tertuliano era un soberano idiota. No en vano afirmaba Einstein que "quien sólo tiene ideas claras es con toda seguridad un tonto".

 

 TAGS:

Y a todo esto, ¿cuál es la verdadera fe, suponiendo que alguna lo sea? En broma respondería que la mía, si no fuera que siempre habrá quien me tome en serio. Y sin embargo, la respuesta no está muy alejada de esa chanza. Es decir, quienes profesamos alguna religión evidentemente sentimos ésa como verdadera, porque si no, creeríamos más bien en cualquier otra religión. Pero se trata de algo muy subjetivo, y siempre debemos tener presente eso. Pretender que los demás compartan nuestra fe es ya dictatorial y absurdo. Es evidente, sin embargo, que si nuestra religión predica suplicios eternos para quienes no crean en ella, nos sentiremos culpables si no intentamos convertir a la misma a nuestros semejantes; pero debemos ponernos de acuerdo, de una vez por todas, acerca de si Dios es nuestro Padre y Señor, el ser justo y bueno en el que anhelamos creer, o el caprichoso tiranuelo de pacotilla que  sólo quiere rodearse de obsequiosos y castiga sin piedad la mala suerte. Ambas cosas a la vez no pueden ser. Un Dios justo y bondadoso castigará sin duda a los malvados, pero no hay nada que con propiedad pueda calificarse de malvado en elegir una religión que resulta no ser la verdadera, si no tenemos forma veraz de distinguir entre ésta y la falsa. Por lo demás,  la verdadera religión podría ser toda aquella que inste a sus fieles a hacer el bien, lo justo, lo correcto.

 

 TAGS:

En este sentido, debo admitir que he tomado distancia de un sitio de Internet perteneciente a cierta comunidad católica del que solía ser habitué, ya que siento que no seguiré creciendo espiritualmente en él, y que allí soy más bien sapo de otro pozo. El sitio en cuestión incluye un foro; y examinando el contenido del mismo, salta a la vista que una de las mayores preocupaciones de quienes lo frecuentan es, créase o no, la celebración del Halloween, que consideran satánica. La verdad es que dicha celebración se remonta a o tiene sus orígenes en una festividad pagana celta, el Samhain. Ahora bien, paganismo de ninguna manera es asimilable asatanismo, y si lo es, estamos listos, ya que la fecha en que celebramos el nacimiento de Cristo y el mismo árbol de Navidad tienen origen pagano. Y es fundamental recalcar esa diferencia entre paganismo satanismo, porque al menos un grupo religioso neopagano, los Wiccanos, celebran elSamhain a semejanza de los antiguos celtas. De ahí a verlos como malvados brujos y brujas adoradores de Satán, hay un paso muy, muy pequeño. Yo considero que el escándalo que se hace en torno al Halloween -más allá de que me sienta ajeno a dicha celebración, que en Latinoamérica no pasa de ser un vulgar intento de los comercientes por seguir currando igual que lo hacen en otras fechas festivas, incluyendo las cristianas, como Navidad o Pascuas- es una tonta, absurda reminiscencia de los períodos más oscurantistas del Cristianismo. Durante esos períodos, la Iglesia ejerció un papel denigrante y mucho más alejado de las enseñanzas de Jesús que los satanistas más perversos imaginables; y los cristianos deberíamos recordarlo para no reincidir en viejos errores que en realidad fueron horrores. No obstante, en el sitio web ya mencionado no se habla de esas cosas. Allí la, gran, terrible preocupación es el Halloween. Queda claro que, por más que nos una la fe en Cristo, pertenecemos a distintas religiones ellos y yo. No puedo comprender ni aceptar la suya.

 

 TAGS:

Recientemente, gracias a la Internet, me he enterado de la existencia de otra religión neopagana conocida como  Asatru y que consiste básicamente en la adoración de antiguos dioses nórdicos como Odín y Thor. Es preciso separar trigo y cizaña y admitir que libros como Religión y antropología: una historia crítica, de Brian Morris, vinculan a los Asatrúars,  imagino que con cierto fundamento, con ciertos movimientos racistas que están alzando cabeza en todo el mundo. Pero no es menos cierto que la mayoría de los sitios Asatrúars que pueden encontrarse en Internet repudian el racismo, y en cambio pregonan lo que llaman las Nueve Nobles Virtudes, que son valores intemporables y  perfectamente consistentes dentro de la fe cristiana: Coraje, Verdad, Honor, Fidelidad, Laboriosidad, Hospitalidad, Disciplina, Confianza en uno mismo Perseverancia. En lo personal, encuentro más provechoso este tipo de espiritualidad que los delirios anti-Halloween del sitio cristiano al que me refería previamente. Por lo demás, manzanas podridas e historial un tanto dudoso los hay en todas las religiones, y losAsatrúars no tienen por qué ser la excepción. Todo lo cual no quita que siga siendo un firme creyente en Cristo, pero hay veces, como acabamos de ver, que los valores que predicó Jesús parecen más vigentes en la vereda opuesta que en la propia, y eso es lo que quería recalcar.

 

 TAGS:

Por  último, vale la pena recordar amablemente aquí que los cuatro Evangelios (cuyos autores, además, no fueron en realidad Mateo, marcos, Lucas ni Juan, según se cree actualmente) a menudo se contradicen entre sí, y que la mayoría de las veces se pasan por alto esas contradicciones o se las trata de explicar de un modo por lo general nada convincente; por lo que si se afirma que sobre los Evangelios y sólo sobre ellos reposa la verdadera fe,convendría preguntarse sobre cuál o cuáles de los cuatro, ya que una misma cosa no puede ser y no ser a la vez. Y que sean precisamente esos cuatro y no otros los incluidos en el Nuevo Testamento se debe casi en exclusiva a maniobras políticas del emperador Romano Constantino, impropiamente llamado el Grande, quien vio en la pujante religión cristiana un posible y eficaz instrumento para consolidar su poder. Bajo su égida se reunió el Concilio de Nicea, que decretó arbitrariamente, entre otras cosas, cuáles libros pasarían a integrar el canon oficial y cuáles serían condenados a la clandestinidad. Esta vulgar movida política nos privó durante siglos, por ejemplo, del Evangelio de Tomás, de notable valor espiritual y ahora redescubierto y revalorado gracias a esfuerzos de arqueólogos a historiadores del cristianismo como Elaine Pagels.

 

Los Evangelios son en realidad un maravilloso camino para acercarse a Dios, pero no representan más que visioneshumanas y por lo tanto imperfectas de un mismo hecho: hace poco menos de dos mil años, un hombre llamado Jesús, que para algunos de nosotros es Dios hecho carne, predicó sobre asuntos espirituales y nos legó un mandamiento, amar el prójimo como a nosotros mismos, lo que ante todo implica respetarlo. En la medida en que cumplamos con ese mandamiento estaremos, creo, más cerca de abrazar laverdadera fe, sin importar qué religión profesemos. Y si, como cristianos, nos preocupa el cumplimiento de un mandamiento que precede en orden a ése, amar a Dios por sobre todas las cosas, recordemos en primer término que fue el mismo Jesús quien dijo que no puede amar a Dios, a quien no ve, quien no ama a su hermano, al que ve. Por lo demás, si ese mismo Dios elige manifestarse ante algunas personas bajo formas ajenas al cristianismo, incluso como una pléyade de dioses, no somos quiénes para objetar al respecto, por mucho que la idea seduzca a los eternos arrogantes que se autonombran paladines de la verdadera fe.

 

¡UFA, CHE!...

EDUARDO ESTEBAN | 2, abr

Si vive usted en Argentina, haga usted la siguente prueba:

Ingrese a muy temprana edad en un cuerpo de bomberos, rescatistas o cosa por el estilo, y salve de una muerte segura a 1.572 personas. Acto seguido hágase atleta profesional, y supere todos los récords en disciplinas varias. Lograda esa meta, ingrese en la milicia y conquiste veintisiete países. Sin pausa, pida la baja y dedíquese a la política, llegando a la presidencia de la Nación, siendo reelecto al menos dos veces, y durante todos esos mandatos obtenga éxitos apabullantes, reflotando la economía, garantizando la seguridad de los habitantes del suelo argentino y llevando al país al primer mundo, e incluso haciendo que los E.E.U.U. parezcan una triste caquita por comparación. En sus ratos libres dedique dos años a la música y en ese lapso componga seis sinfonías que hagan que el repertorio de Beethoven parezca digno de un triste principiante. No se demore, porque además debe escribir una docena de libros que arrasen con los Nobel de literatura. Retirado ya de política, música y literatura, hágase actor y obtenga al menos cinco premios Oscar por otras tantas interpretaciones. Por último, aburrido de la farándula, hágase físico y revele las claves de la creación del Universo que por el momento todavía provocan dolores de cabeza al gran Stephen Hawking.

Habiendo hecho todo eso, desplómese sobre el primer asiento que encuentre, jadeante y necesitando recobrar fuerzas. En ese momento se oyen aplausos y vítores, y hasta la voz de alguien que reclama urgentemente un médico que atienda a una persona que se desmayó de la emoción. En el momento en que Ud. alza la cabeza para agradecer al público, ¿qué descubre? Pues que a usted ni bola que le están dando, todas esas reacciones han sido provocadas porque alguién ha hecho mención, no importa en qué contexto, al difunto Ernesto Che Guevara.

Y es que en este bendito país, parece que al único que se considera digno de atención, el único que ha hecho algo meritorio, es el Che. Si se hace una película sobre la vida de un argentino célebre, será sin duda sobre el Che. Si se escribe un libro, el tema del mismo será el Che... ¡¡¡ME TIENEN LAS PELOTAS LLENAS CON EL CHE!!! Y la verdad, ¿cuál es el gran mérito del querido Che, salvo haber alcanzado la fama por cualquier cosa que no sea una supuesta homosexualidad? Porque encima, eso: la única posibilidad de que alguien se fije en usted es que, tras morir luego de esa variopinta trayectoria que describíamos al principio, a alguien se le ocurra que usted tenía inclinaciones homosexuales. Recién entonces alguien se dignará hacer comentarios sobre usted, que nada tendrán que ver, ciertamente, con las 1.572 personas rescatadas, ni con sus múltiples récords deportivos, ni con los veintisiete países conquistados, ni con las seis impresionantes sinfonías compuestas, ni con sus multilaureados libros escritos e interpretaciones fílmicas. No: todo lo que querrán comentar será su homosexualidad, y a lo sumo cómo la misma se refleja en su obra

Milagrosamente, al Che nadie le exige la presentación del carnet de homosexualidad comprobada o sospechada para contarlo en la pléyade de celebridades, aunque hay que decir que, en realidad, ma qué pléyade ni qué pléyade, bien solo está el pobre en la supuesta constelación de famosos. Reina sin competencia en las alturas. Se sabe quién es él: el único argentino que al parecer ha existido y existirá por siempre jamás. Alguien habló de un tal San Martín... Pero eso más bien parece cosa del Vaticano que de Argentina, ¿no? También hablan de un cierto Belgrano, pero ni idea de quién habrá sido; suponemos que el fundador del barrio que lleva su nombre. En cuanto a Marco Denevi, Julio Cortázar, Alberto Ginastera, Florentino Ameghino, René Favaloro y Tita Merello... menos todavía. Bah, bueno, la última de las mentadas tiene un complejo cinematográfico que lleva su nombre, así que posiblemente sea la dueña. Y también hay un museo que se llama Florentino Ameghino... Y que seguramente, está dedicado al Che, ¿a qué otra persona o cosa podría estar dedicado?...

Y hablando de museos, dentro de unos meses espero pasar unas vacaciones en la localidad cordobesa de Alta Gracia, que tiene unos paisajes espectaculares. También hay un museo que, creo se llama Casa del Virrey. Y ¡ay!, también otro, el Museo Casa del Che, o algo así. Llevo varios años yendo allá, puesto que ahí vive mi nunca bien ponderada madre; ¿Y cuál es la eterna pregunta que todo el mundo me hace al volver?; ¿Visitaste la Casa del Che?... ¡¡¡Pero la puta que los parió a todos!!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NO HE IDO, NO VOY, NO IRÉ!!! ¡¡¡NO!!! ¡¡¡NEIN!!! ¡¡¡NIET!!! ¡¡¡BASTA CON EL CHE!!

Acerca de la Policía

EDUARDO ESTEBAN | 3, nov

Una de las contras de la actividad policial es que aquello que la despersonaliza y que en gran medida contribuye a hacerla eficaz, el uniforme, termina siendo, también en buena medida, algo que la perjudica. Por un lado, efectivamente, un policía uniformado inspira, cuando menos, respeto, porque al verlo sabremos de inmediato que, si nos ordena detenernos y no obedecemos, mejor ni soñar con salir impunes; que aunque se llame Juan Pérez, el que nos da la orden en ese momento no es Juan Pérez, sino un policía. Pero por otro lado, cuando un policía sale en los titulares acusado de dejarse sobornar, de brutalidad policíaca, gatillo fácil o cosa por el estilo, a pesar de que quien hizo todo eso fue Juan Pérez, para nosotros se tratará de un policía. Entre arquitectos, vendedores ambulantes, kiosqueros, plomeros, sepultureros y cualesquiera otros seres humanos que puedan existir sobre el planeta, sin duda también los habrá que sean corruptos y hasta asesinos, pero ellos no están uniformados, no representan a una institución; por lo tanto, si un plomero asesina a su suegra, aunque en el diario leamos que efectivamente se trata de un plomero, nosotros no recordaremos a qué se dedicaba el fulano de turno. Además, un policía o un sacerdote se supone que deben ser moralmente mejores que la mayoría de los mortales; así que cuando no sólo son mejores, sino mucho peores, nos indignamos con ellos. Por supuesto, está bien rugir de ira contra ese policía que solicita sobornos de los comercios para brindarles protección, o contra un sacerdote pedófilo. Lo malo está en las generalizaciones.

Por otro lado, hay que reconocer que, al menos en lo que hace a la simple corrupción, a veces ésta se encuentra muy extendida entre la institución policial. Al respecto no podemos menos que recordar un caso muy emblemático, el de Frank Serpico, un policía secreto que en 1971 denunció la corrupción que como una lepra carcomía por ese entonces a la policía de Nueva York. Lamentablemente, se topó con la así llamada camaradería que supuestamente une a los policías, y que por supuesto es válida como tal y consecuencia lógica entre policías que honren su profesión y que se protejan mutuamente sus vidas expuestas a constantes riesgos, pero abominable y repudiable cuando se trata de delincuentes disfrazados de agentes de la Ley. La mayor parte de sus colegas reaccionaron con furia y odio a las denuncias de Serpico. Algunos, tímidamente, admitieron que estaban de su lado, pero no hicieron pública esa adhesión, lo que no sirve de nada. Por último, uno de sus superiores estaba tan orgulloso que hasta salió a patrullar con él cuando nadie más lo hubiera querido por compañero.

Sería facilista condenar a esos agentes que en privado rindieron homenajes a Serpìco, pero que no se atrevieron a más. La realidad es que es bastante comprensible su falta de agallas en una sociedad insensata que por las faltas de unas cuantas personas condenan a la institución entera. En Argentina, no fueron pocos los agentes y oficiales que pidieron la baja por vergüenza ajena, por verse humillados por la conducta de mal llamados policías involucrados en ilícitos de todo tipo y porque la sociedad los metía a ellos en la misma bolsa. En conclusión, los buenos policías dejan las filas, y los fascinerosos de uniforme quedan libres de seguir haciendo cuanta tropelía y desmán se les ocurra.

Me parece que por otra parte está muy extendida en la sociedad la política de callarse la boca, de mirar hacia otro lado, de no denunciar. Cuando uno abre la boca, resulta que es un buchón, un soplón. Sin duda que no hay por qué llevar la delación hasta extremos ridículos y exagerados, pero tratándose de delitos, no delatar lo hace cómplice a uno; lo salpica del mismo barro en que se baña aquel a quien no se quiere denunciar. Esta mentalidad -al menos si uno presume de querer una sociedad mejor y de poner su grano de arena para que ello se logre- debe ser erradicada, sobre todo porque cuando un policía guarda silencio sobre las dudosas actividades de sus camaradas deshonestos, bien que ponemos el grito en el cielo.

Paralelamente, deberíamos ponernos de acuerdo sobre lo que de verdad queremos. Si la policía es todo lo nefasta que se dice, eliminémosla, cosa que por supuesto no ocurrirá porque en el fondo hasta quienes más se llenan la boca tronando todo tipo de gansadas al respecto en el fondo saben que están hablando al pedo. Lo que ocurre es que quieren destacar, parecer ciudadanos comprometidos con la realidad. Destacar, sí que lo logran, pero por su idiotez; por gritar insultos y quejas sin ton ni son, en vez de tratar de encontrar una solución para ése y cualesquiera otros problemas que afecten a la sociedad. Cuando bajen un poco la voz y moderen un poco sus insultos y protestas (me temo que tendremos que aguardar todavía un buen rato hasta que ello ocurra, si es que ocurre) tal vez coincidan con nosotros en que policías los hay buenos y malos, y que tenemos que respaldar a los buenos para que ellos mismos se animen a denunciar enérgicamente a los malos y la institución se vaya depurando.

Otra cuestión relacionada con el tema es la conducta de los civiles frente a los agentes del orden, que a menudo directamente da asco. No hay duda de que por muy armado que esté un policía, a menos que lo obliguen causas de fuerza mayor, debe dejar descansando el arma en la correspondiente funda. Es decir, no debe usarla porque se le ocurre, como tampoco debe hacer uso de la fuerza a menos que no le quede otra opción. Sin embargo, algunos civiles gustan de armar escándalo y, preferentemente, de desafiar la autoridad policial. Se sienten valientes de esa manera. Hechos: quedan simplemente como imbéciles y revoltosos. Recuerdo perfectamente un caso siendo yo adolescente y esperando para entrar a un recital de un grupo de heavy-metal, en que un típico descerebrado tomó un ladrillo y lo arrojó contra un patrullero que pasaba por ahí, para luego volver a esconderse en el anonimato de la cola para entrar al recital. ¿Lo vamos a justificar porque sea adolescente? Yo diría que no corresponde, porque ese adoilescente sabía de sobra que lo que estaba haciendo estaba mal. Sí podemos comprender: a esa edad, en efecto, a veces se hacen estupideces mayúsculas. Pero como muchos otros adolescentes no las hacen -al menos no tan graves-, si somos demasiado indulgentes en razón de la edad, el mensaje que estaremos enviando a la juventud será: Pueden hacer lo que quieran, que los perdonamos igual.

Claro que, y esto es lo peor, no son los adolescentes los únicos que se comportan así: perdiendo todo atisbo de dignidad, muchas veces los adultos se comportan de una manera tan vergonzosa que calificar su comportamiento como de niños de cuatro años sería insultar a estos últimos. Verlos, en noticieros o programas del tipo de Policías en acción es tener ganas de echarse a llorar; es tener ganas de suplicarles a los policías que los pongan contra un paredón y los liquiden a todos. Nadie exige que los civiles se pongan en firmes y pidan permiso hasta para respirar, ¡pero un poco más de orden, caramba!

Los policías, los buenos policías, están allí para cuidarnos, y quieren hacerlo. Ayudémoslos entonces, en vez de complicarles la vida más de lo que ya puedan tenerla. De lo contrario, si cuando los necesitamos no vienen o llegan tarde, ni derecho a quejarnos tendremos. Tal vez tampoco estaremos vivos para quejarnos... Pero ése es otro tema.

ABORTO: EL DERECHO A VIVIR O LA OBLIGACIÓN DE EXISTIR

EDUARDO ESTEBAN | 18, ago

El fanatismo no es, por desgracia, algo que queda restringido a un sólo ámbito o a una sola cuestión; y así, temas de interés general y que deberían ser encarados con una mentalidad abierta son convocantes de hordas insoportables de fanáticos que no hacen más que exponer, irreductibles, combativos y estúpidos (no cabe otra palabra) una posición a favor o en contra de lo que se discute, sin atender a las razones de los demás y motivados exclusivamente por inclinaciones personales a menudo muy obsesiva. Así sucede por ejemplo en el caso del aborto, donde en general el factor determinante del bando a enrolarse suele ser la pertenencia al cristianismo y/o a la Iglesia Católica o la fobia a la religión y en particular al cristianismo o al catolicismo. Sin conceder la menor posibilidad a los grises, esta gente ve todo en blanco o en negro, sin pretender llegar al meollo de la cuestión, porque no les interesa hacerlo, sino sólo exponer e imponer su cerrado punto de vista. Ese tipo de gente no tiene por qué seguir leyendo, y agradecería de hecho que no lo hiciera, porque si algo no quiero leer yo son los mensajes que pudiesen dejarme cualesquiera fanáticos que aterrizaran en este artículo. La gente de mente abierta por lo general vacila mucho antes de responder por sí o por no al aborto; si esa gente que duda tiene sin embargo una postura y desea fundamentarla seriamente, será un placer compartir sus opiniones.

Un argumento que podría esgrimirse en contra del aborto y que sin embargo raras veces se esgrime es la considerable cantidad de mujeres que se hicieron uno y lo lamentaron años después. Estas madres estaban persuadidas de que habían asesinado al hijo que llevaban en el vientre. Sería, por supuesto, importante saber qué las llevó a esa conclusión: si el mero instinto maternal, si la posterior adhesión a determinado culto, si la opinión lapidaria de un tercero. Posiblemente no haya un motivo único, pero en caso de que estadísticamente el instinto maternal encabezara la lista de causas de tal sensación de culpa, creo que a las embarazadas que desearan abortar habría que instarlas a reconsiderar esa decisión. Pero independientemente, y ya que existe esa sensación de culpa, creo que deberíamos preguntarnos: ¿de veras el aborto es asesinato?

Esta no es una pregunta poco importante ya que, al parecer, la idea de que el aborto es asesinato empieza con el cristianismo, y no precisamente por palabras pronunciadas por Cristo; y el judaísmo, si bien condena el aborto, no lo considera asesinato. La idea simplista de que el asesinato es la supresión de la vida no basta para definir al aborto como asesinato, porque la eutanasia pasiva, consistente en la desactivación de máquinas que mantienen artificialmente vivo a una persona enferma y cuya curación es imposible o demasiado dudosa y sin las cuales moriría, está incluso aceptada, hasta donde sé, por la propia Iglesia. Vemos que aquí hay supresión de la vida, pero no se considera el hecho como asesinato, sin duda atendiendo al hecho de que vida vegetativa no es verdaderamente vida. Se imponen las causas humanitarias, y está muy bien porque, después de todo, por mucho menos se sacrifica aquejados de problemas físicos para ahorrarles sufrimiento. Y a estas palabras, ahorrar sufrimiento, quería llegar.

Es notable que en vez del argumento más contundente a favor de su postura, el ya citado sentimiento de culpa por parte de mujeres que abortaron, los antiabortistas echen mano de otro muy remanido y simplista, el famoso derecho a la vida. Esta gente determina que cualquiera que esté a favor del aborto es un monstruo despiadado que atenta contra pobres bebés incapaces de defenderse. Quienes así piensen son unos necios de remate. Muchos que defendemos o hemos defendido alguna vez el aborto nos preocupamos por esos mismos bebés, pero nuestros pensamientos van más allá del mismo nacimiento. Por si esas personas no se han enterado, en la niñez se es psíquicamente más vulnerable que nunca. Ahora bien, vivimos en una sociedad bastante cruel, que parlotea mucho una cosa y con acciones dice otra; que, por ejemplo, repite incansablemente que lo que importa es lo de adentroy sin embargo, desde los medios masivos de comunicación, expone ideales inalcanzables de belleza que se tornan a menudo obsesivos y que incluso generan o fomentan enfermedades sociales como la anorexia o la vigorexia. Yo pregunto: en este contexto, si permito el nacimiento de un niño del que se sabe que nacerá deforme, ¿estoy defendiendo el derecho a la vida o estoy condenando a existir a ese niño que, por feo, no tendrá cabida en la sociedad? Eso, por mucho que lo quieran sus padres más allá de sus malformaciones. Seguir machacando con eso del derecho a la vida en casos como éste, me parece digno de descerebrados. No digo que necesariamente haya que inclinarse en casos como éste a favor del aborto; pero, mierda, ¡por lo menos pensarlo bien antes de opinar!

Lo mismo podría decirse en casos de enfermedad mental o si los padres sencillamente no quieren encargarse del niño. Los antiabortistas, expertos del lugar común y del simplismo, proponen la genial solución de entregarlo en adopción. No se sabe si reír o llorar. ¿Se ha enterado esta gente de que muy pocos bebés entregados en adopción son, efectivamente, adoptados? Tratándose de vidas ajenas, ¡son rápidos para decidir! Defendamos el derecho a la vida, cómo no; pero de una vida digna. Una vida sin una familia que dé la necesaria contención en un período de vulnerabilidad como lo es la infancia, ¿puede llamarse vida digna? ¿Se la puede llamar así a una vida signada por mucho sufrimiento avizorado con anticipación, como en el caso de los minusválidos mentales o deformes? ¿Quién tiene la respuesta? Supongo que los antiabortistas extremos. Que como todos los extremos, tienen respuestas para todo: si pensamos en el aborto es porque somos asesinos, genocidas y qué sé yo qué otra cosa más. En el otro extremo, por supuesto, los abortistas extremos no son mejores. Ellos simplemente detestan que les digan qué deben hacer, y si es la Iglesia, mucho más todavía. Pero sin reglas coherentes no existe vida en sociedad en términos siquiera medianamente lógicos. Si la autoridad quiere impedirme escuchar a Los Beatles, estará actuando en forma dictatorial, pero si me prohibe robar a mi vecino y matarlo junto a toda su familia, está protegiendo a la sociedad misma. Está por demostrarse en qué punto se sitúa la prohibición del aborto, y hasta que no lo sepamos, sería interesante dejar de lado fanatismos.

Por último, dado que soy cristiano, no puedo menos que dar un humilde consejo a otros que profesen la misma fe y se opongan acérrimamente al aborto: antes de opinar con tanta facilidad sobre vidas ajenas, vean qué hacen con las suyas. Se supone que Dios debe ser un tonificante para vigorizar nuestro espíritu, y no una vulgar muleta en la que apoyarnos. Abundan los cristianos que lloran tanto sus miserias que, si yo no tuviera mi propia vida y pudiera opinar por mí mismo, pensaría que la vida es la maldición más horrorosa de la creación; lloriquean porque se les murió el perro, se les secaron las plantas del jardín y qué sé yo qué otras trivialidades más. A veces los motivos del sufrimiento son legítimos; no obstante, aprendamos primero a sobrellevar nuestro propio dolor dignamente, con valentía y en silencio, y a disfrutar de los ratos felices que tengamos en medio de ese dolor. Cuando hayamos hecho eso; cuando con actos hayamos hecho de nuestra propia vida algo digno; cuando seamos capaces de sonreir aun cargando con una pesada cruz, estaremos más capacitados para decidir si un bebé aún no nacido podrá hacer otro tanto. Si nosotros no podemos, menos podrá un niño. Hasta entonces, mejor abstenerse de ser demasiado categóricos en la oposición al aborto.