(LOS DATOS DEL CASO QUE SE HA TOMADO COMO EJEMPLO PARA EL SIGUIENTE ARTÍCULO FUERON TOMADOS DE OTRO, QUE BAJO EL TÍTULO ¡ASESINADO POR SUS PADRES! SE PUBLICÓ EN MARZO DE 1981 EN LA EDICIÓN MEXICANA DE SELECCIONES DEL READER'S DIGEST)
En el día de la fecha retoman sus antiguos puestos en el banquillo de los acusados, en representación de otros tantos responsables del mismo crimen, Harry Joe Doud y Lana Wood, acusados -en términos probablemente incorrectos desde un punto de vista jurídico, pero convenientes para esta revisión no oficial del caso- de un crimen espeluznante: torturar hasta la muerte al pequeño Robbie Wayne, de apenas seis años de edad, hijastro de Doud e hijo de Wood. El homicidio en sí mismo no es tan espeluznante como los detalles del caso, que podemos resumir de la siguiente manera:
A la edad de 24 años, Lana Wood, la acusada -proveniente de una familia en la que se abusaba de las criaturas-, se había casado cuatro veces y tenía dos hijos, uno de ellos el infortunado Robbie Wayne, la víctima, por entonces de cinco años, y el hermanastro de éste, Eric Bolton, de siete. En 1977, tras divorciarse por cuarta vez, empezó a convivir con el acusado, Harry Joe Doud, un hombre de 34 años, divorciado y padre de una niña llamada Wendy Joe, de nueve años. Al poco tiempo, Lana quedó embarazada y dejó de trabajar. De ese embarazo nacería otro niño, llamado Harry Joe Doud Jr.; más adelante, Lana quedaría embarazada de nuevo y, en la cárcel, daría a luz a una niña llamada Shirley Delores Wood.
Harry Joe Doud (en adelante, y salvo aclaración en contrario, este nombre designará exclusivamente al acusado y no a su hijo) era alto, de espaldas anchas y musculoso; pesaba 110 kilos. Su padre era alcohólico y con frecuencia lo castigaba brutalmente "para hacerlo hombre". El se atenía al mismo dudoso método pedagógico y pronto empezó a manifestar su rigor lo mismo con Eric que con Robbie, a los que no quería y de quienes pensaba que le quitaban la comida a su propia hija, Wendy Jo. Sin embargo, en el caso de Robbie, quien por ese entonces acababa de cumplir seis años, ese rigor se agravó por el hecho de que el niño se rebelaba ante ciertas imposiciones de su padrastro. Este hecho incrementó la ira que Harry sentía hacia él, y pronto el niño se convirtió en blanco casi exclusivo de esa ira, que se traduciría en castigos físicos cada vez más horrendos. Por negarse a sacar la basura, Harry arrojó ácido en las manos de Robbie, por lo que éste debió ausentarse de su casa un mes. Diez días de ese período los pasó en el hospital en el que debió ser internado, y el resto en un centro para tratamiento de quemados. La versión oficial del padrastro -que Lana creyó hasta una posterior confesión íntima de Harry- fue la de un accidente. Los trabajadores sociales, sin embargo, desconfiaron y lo sometieron a un interrogatorio. Temeroso de que le quitaran a Wendy -a la que adoraba a su modo- y a Harry Jr., Doud quiso esmerarse por impresionar a los trabajadores sociales educando a Robbie, pero se atuvo a sus brutales sistemas potenciados por su falta de cariño hacia la infortunada criatura. No saber contar o no tener buena letra valían a Robbie crueles castigos que, lógicamente, lo ponían más nervioso y desmejoraban mucho su rendimiento; con lo cual, los castigos se hacían cada vez peores. El ácido arrojado en las manos fue casi una tierna caricia por comparación con algunos de esos otros castigos: Doud metía al niño en un secarropas, lo cerraba y lo conectaba. O lo sumergía en una bañera llena hasta que el chico perdía la respiración. O lo golpeaba con una tabla de 70 centímetros de largo y cuatro de grosor (recordemos que el hombre pesaba ciento diez kilos, y el peso de Robbie no era el normal para su edad, puesto que con él se usaba también el hambre como castigo). Cuando Doud encontró un cable eléctrico con el portalámpara roto, sacó el portalámpara y lo usó para castigar a Robbie enchufando el cable y provocándole descargas eléctricas con el extremo descubierto. En otras ocasiones, ataba el extremo de una cuerda a un diente de Robbie y el otro extremo a una puerta, y luego obligaba a Wendy Jo (quien con sólo nueve años se transformaba en cómplice de estos horrendos castigos) a sujetar al niño mientras él o Lana cerraban de golpe la puerta. La madre del chico, como acabamos de ver, a veces participaba de los castigos; otras veces lo defendía tibiamente, pero sin imponerse jamás. Para ambos, Robbie había pasado a ser una molestia y querían enviarlo a un orfanato, con la esperanza de que allí lo corrigieran, pues en todo momento estuvieron convencidos de que él se buscaba los castigos con su conducta (la verdad es que el único error del chico parece haber sido mostrarse valiente ante tanto maltrato). Sin embargo, a veces se daban cuenta de que se estaban excediendo con los castigos. De hecho, si no lo dejaban en un orfanato era precisamente porque primero querían esperar a que cicatrizaran las heridas a fin de no tener que responder por ellas ante la justicia, pero antes de que ello sucediera, perdían de nuevo los estribos y lo lastimaban otra vez. Cuando por fin el niño murió, fue de inanición: su peso normal hubiera debido ser de veintitrés kilos, y pesaba sólo catorce.
Algunos detalles inmediatos a la muerte de Robbie merecen conocerse. Ni Harry ni Lana sabían entonces que el niño había muerto de inanición. Harry acababa de golpear al chico. Cuando éste no se movió, Lana intentó hacerle la respiración boca a boca, pero no sabía hacerla, y quizás la haya hecho mal. A su sugerencia de llevar al niño al hospital más próximo se opuso Doud; en cambio, cuando ya no cupieron dudas de que el niño había muerto, Doud consideró que él y Lana debían entregarse a la policía, pero fue ella la que se opuso. En qué momento exacto murió el chico, y si llevarlo al hospital habría servido de algo, jamás se supo. En cualquier caso, sepultaron el cadáver en una casa en ruinas, y fue allí donde Lana tomó la determinación de abandonar a Doud, aunque no la puso en práctica inmediatamente. Se fueron juntos a Las Vegas, y recién allí se fue por su lado sin aviso previo, sin llevarse al pequeño Harry Joe Jr. Doud entró en pánico al saberse abandonado y sin empleo; rompió a llorar, y la que conservó la calma y decidió los pasos a seguir fue Wendy Jo, quien le sugirió a su padre que vendieran algo para pagar el hotel en el que se hospedaban y fueran a vivir con su abuela paterna. Así lo hicieron. Detalle insólito: tanto la madre como la hermana se enteraron casi enseguida del crimen y, lejos de horrorizarse por el mismo, intentaron persuadir a Harry de que tomara medidas para que se descubriera el asesinato, pero que sólo Lana quedara imputada por el mismo; pues pensaba que Lana, a su vez, intentaría que se lo acusara sólo a Harry. Por último, una llamada misteriosa los puso a ambos en el banquillo de los acusados al que, en cierto modo, vuelven ahora. Como se dijo antes, ya en la cárcel, Lana dio a luz a una niña concebida durante los últimos días de vida de Robbie, Shirley Delores Wood. Quedó al cuidado de su abuela materna y unas tías. En octubre de 1979, esta criatura ingresó en un hospital de Texas, con fractura de piernas y brazo y una cierta cantidad de otras lastimaduras y contusiones, producto, según los médicos que la atendieron, de reiterados golpes contra una pared.
Otro punto a considerar es que, al menos un par de veces, Robbie se halló en situaciones en las que habría podido esquivar el destino que sufrió. En una de ellas, los Doud estuvieron a punto de abandonarlo. Una pareja de ancianos, los Chapman, lo encontraron y le convidaron emparedados y fruta, que el chico comió vorazmente. Los Doud, temiendo que se supiera cómo lo trataron, enviaron a Wendy Jo a buscarlo. Los Chapman albergaron fuertes sospechas en razón de las heridas de Robbie, de su hambre voraz, de que pareciera feliz de haber sido abandonado y de su renuencia a regresar con su familia; pero por otro lado, Wendy Jo parecía tan bien cuidada, que dedujeron que era imposible que una familia que tratara tan bien a una niña -muy amable, por otra parte- fuera tan cruel con otra criatura. Según las estadísticas, es bastante común que sólo un niño sea blanco de maltrato en una familia, pero ellos no las conocían. Temiendo que sus conclusiones fueran equivocadas, desistieron de presentar una denuncia ante la policía, aunque inicialmente hasta habían tomado el número de la matrícula del auto de Harry Joe. Otro testigo, que vio también algo sospechoso, pero no hizo preguntas, se lamentó más tarde: Es preferible equivocarse cien veces que fallarle a un niño como Robbie Wayne... y tener que vivir con el recuerdo de ese error durante el resto de la vida.
Hasta aquí los hechos. No es agradable hacer las veces de abogado defensor de acusados de un crimen tan monstruoso, sobre todo si esos acusados a uno mismo le caen mal; y sin embargo, como se verá, es imprescindible hacerlo, si no por los mismos acusados, al menos para evitar que casos como el de Robbie Wayne se repitan en lo sucesivo. La opinión pública, erigida en fiscal, encontrará rápidamente una dudosa "solución": A estos tipos hay que matarlos a todos, hay que torturarlos hasta que mueran igual que ellos mataron a ese chico. Genial. Lástima que con ese tipo de "justicia" jamás se logrará evitar que siga habiendo chicos maltratados. Según hemos visto, los acusados consideraron varias veces la idea de entregar a Robbie a un orfanato. Por ahora no analizaremos sus móviles: el caso es que se sintieron superados por la situación, y tenían una posible solución en vista. Si no la pusieron en práctica, fue precisamente por temor a la condena social. Si la sociedad fuera algo más benévola con quienes maltratan chicos, quizás ellos habrían cumplido con su sana intención de colocar a Robbie en un orfanato, y así el chico se habría salvado. ¿No es esto motivo para intentar ser más benévolos con gente así? A quien responda negativamente e insista en que a los que maltratan chicos hay que matarlos, yo los acuso a mi vez de sadismo gratuito y de buscar chivos expiatorios sobre los que descargar la propia crueldad; porque si castigar con todo rigor a los culpables les parece más importante que salvar una vida inocente, es evidente que el chico no les importa en lo más mínimo y nada más lo usan de pretexto.
En cualquier caso, examinando la trayectoria de Harry Joe Doud y Lana Wood, los encontraremos dignos de lástima, aunque eso no los haga más simpáticos ni disminuya la magnitud de su crimen. Es evidente que ambos eran un par de fracasados. Podríamos añadir además que eran cobardes, pero sería cierto sólo a medias, y de todos modos, ya es hora de terminar con esa estupidez de que quien maltrata a los débiles sólo puede ser un cobarde. La sociedad de todos los tiempos siempre concedió al coraje un sitial de honor que, en realidad, no merece. Los gloriosos espartanos arrojaban desde el Taigeto a los varones que nacieran con deformidades que les impidieran convertirse en soldados, pero eso tiende a soslayarse porque los espartanos eran valientes, y eso encandila hasta el punto de justificar las atrocidades que cometieran. No vale como excusa que fueran otros tiempos u otra sociedad, porque ya entonces hubo quienes sabían que aquello estaba mal, aunque no en la propia Esparta, donde sencillamente no se analizaba si eso estaba bien o no. Pero lo que está mal, está mal, sea en la sociedad que sea. Y Alejandro Magno cometió infinidad de crímenes y ordenó o autorizó que en Tiro se asesinara a buen número de sus habitantes, entre ellos mujeres y niños, pero a él se le perdona, ¡cómo no, si es el gran, el valiente Alejandro!... Vemos, entonces, que maltratar o asesinar a indefensos no es cosa de cobardes o de valientes, sino de violentos, sin importar su grado de coraje. Así que mejor no convertir a la cobardía en una especie de lepra moral que vuelve sucio a quien la padece, pues esto es precisamente lo que hace que tan pocos quieran admitirse como cobardes. Con lo cual, si uno ve a un hombre golpeando a una mujer en la calle, ni siquiera luchará contra su propia cobardía en un esfuerzo por vencerla e impedir tamaña brutalidad. No lo hará, porque no se asume como cobarde. Pero como lo es, se justificará pensando que si le pega, por algo será.
Por otra parte, los cobardes no son cobardes todo el tiempo, ni los valientes son siempre valientes: Doud, en términos generales un cobarde, en determinado momento fue lo suficientemente valiente para decidir que él y Lana debían asumir su culpa y entregarse a la policía, aunque luego acabara desistiendo. Y no fue por cobardía que Lana no tomó a sus hijos y abandonó a Doud para evitar que siguiese maltratando a Robbie: muerto éste, lo abandonó en poco tiempo, de un día para el otro y sin previo aviso. La verdad es que ella misma maltrataba al chico a veces. Obviamente, no quería a sus hijos. ¿Por qué los tuvo, entonces? Podemos presumir que quedó embarazada por ignorancia, y por monstruosas que puedan haber sido sus acciones posteriores, no era un monstruo, y quizás haya considerado opciones como abortar o dar en adopción a cada uno de sus hijos, o al menos a los primeros. Digan lo que digan los antiabortistas, en este caso hasta el aborto habría sido preferible por comparación con lo que finalmente ocurrió: no sé si el aborto es asesinato o no lo es, pero suponiendo que lo sea, en este caso simplemente se pospuso, después de seis miserables años de existencia (vida no la podemos llamar), uno de los cuales padeció sufrimientos atroces.
La otra posibilidad era darlo en adopción. Era una opción más interesante, sobre todo porque, en el peor de los casos, lo que hubiera podido ser de Robbie en ese caso no iba a ser más horrible de lo que finalmente le tocó en suerte. Ahora bien, en el momento de dar a luz a Robbie, Lana no sabía, por supuesto, lo que terminaría sucediendo. Quizás, por su vida anterior -que nosotros ignoramos- debió darse cuenta de que una persona como ella no estaba hecha para la maternidad. Podríamos decir que tampoco ella quiso asumirse como cobarde o como mala madre, pero un argumento todavía más amplio y contundente es que hace ya mucho tiempo que la sociedad no insta a las personas a ser reflexivas. Ella tampoco lo era, así que probablemente no lo pensó mucho y decidió conservar al niño aun sin tenerle verdadero afecto.
Harry Joe Doud posiblemente le atrajo por su imagen exterior de macho: alto, musculoso, aparentemente recio. Doud mismo estaba convencido de ser todo un macho, porque lo habían formado a golpes para que lo fuera. Al castigar físicamente a Robbie, por increíble que pueda parecer, al principio no vio nada de malo en ello, pues así lo habían formado a él. Aunque no quería a Robbie, su conciencia no le reprochaba nada, porque, a su juicio, lo que hacía era apenas un simple y lógico correctivo. La creciente brutalidad del maltrato infligido al niño, creo, es prueba de que más allá de lo que creyera estar haciendo, lo que en realidad hacía era usarlo de chivo expiatorio sobre el cual descargar su frustración y su sentimiento de fracaso. Exactamente lo mismo que pretenden hacer los que sostienen que a los que torturan a los chicos, hay que torturarlos a ellos hasta que mueran también. ¿De veras encuentran que vale la pena parecerse a gente así? ¿De veras?
Harry Joe Doud y Lana Wood venían de familias en las que el maltrato infantil. A Doud, su madre y su hermana intentaron ayudarlo a encubrir su crimen. Era defender lo indefendible, pero esa actitud es común en toda la sociedad, aunque siempre sea más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. En el caso de la familia de Wood, basta pensar en lo que luego sucedió con la pequeña Shirley, encomendada a su cuidado Familias así son un caldo de cultivo para este tipo de personas y este tipo de tragedias. Todo esto no nos hace disculpar a Doud ni a Wood, ni es el propósito de este artículo disculparlos. Sí lo es tratar de entenderlos. Mejor que cortar cabezas sería darles más solidez, sostenía un personaje de Julio Verne, el filósofo Wang. Hoy estamos más comunicados que nunca. Aprovechemos esa comunicación de forma positiva. La Internet, por ejemplo, parece esencial sólo para los jueguitos; mientras predomine esa mentalidad, no erradicaremos los males sociales, de los que el maltrato infantil es apenas uno. Los embarazos no deseados son la raíz de muchos otros. Y la incomprensión, todavía de muchos más. O entendemos que, antes de y además de victimarios, los que maltratan chicos son también víctimas, y les tendemos una mano (por ejemplo, procurando una legislación benévola para quienes se reconozcan como maltratadores y busquen asistencia) o aplicamos mano dura para que otros Robbies sigan muriendo y para que los que sobrevivan, al crecer, se transformen a su vez en victimarios.
Concluyo con una reflexión sobre otro aspecto del problema. Según hemos visto, hubo testigos que habrían podido intervenir y no lo hicieron, porque no estaban seguros de que Robbie de veras sufriese maltrato. Sería un tanto apresurado acusarlos de flojedad o cosa por el estilo. La víctima de acusaciones equivocadas rara vez disculpa el error de sus acusadores: se enfurece, se indigna, quizás hasta tome o intente tomar acciones legales. Pero si yo tengo un hijo que realmente se accidentó y la policía investiga una denuncia en mi contra por probable maltrato infantil, lejos de preocuparme o indignarme, yo debería estar tranquilo Una sociedad en la que se procede así es una sociedad que protege a mi hijo y que debería ser para mí un motivo de tranquilidad. No obstante, la mayoría de la gente se enoja, se ofende, hace amenazas... Como si todos tuviéramos escrita nuestra conducta en la cara y resultara afrentoso dudar de nuestro honor. ¿Qué puedo decirles?: hagan lo que quieran, pero personalmente los encuentro ridículos, cosa que no sucedería si recibieran las denuncias con la naturalidad que merecen. Y de más está decir: mientras esta gente sea mayoría, todos temeremos hacer denuncias equivocadas y estaremos aportando, unos y otros, nuestro propio granito de arena al problema del maltrato infantil.
