En su libro MIENTRAS ESCRIBO, Stephen King nos habla, como dándoles mucha importancia, de las llamadas notas de devolución. Para quien no tiene la menor idea de lo que es eso, se supone que si un escritor presenta una obra suya en una editorial y ésta decide no publicarla, de todos modos tiene la deferencia de , al devolver el original al autor, acompañarla con un escrito dando su opinión sobre la obra, que puede contener, no sólo la crítica, sino alguna palabra de aliento. Por ejemplo: "Si la abrevia, podría ser una gran novela". Muy bonito, pero en la época en que todavía tenía ganas de publicar, yo enviaba los originales y jamás vi siquiera una sola de esas notas, como para muestra. Me pregunté al leer el libro de Stephen King, y me lo pregunto todavía, si en Argentina se estila también la costumbre de las notas de devolución, o si en mi caso prefirieron no obsequiarme con ninguna por no encontrar nada positivo que decir acerca de la obra de turno.
Esa es sólo una de varias preguntas que desde hace un tiempo me vienen a la cabeza acerca del mundo editorial. Otra podría ser, por ejemplo, los criterios que se manejan en los concursos literarios. Participé en unos cuantos siendo muy joven y entusiasta pero (me doy cuenta ahora) no muy buen escritor, y tengo presente que no merecía ganar. Sin embargo, en al menos una ocasión, tuve oportunidad de echar un vistazo a unos párrafos de la obra ganadora, no diré cuál porque no viene al caso; y por más que fuera mejor que la mía, no le encontraba mucha gracia. ¿Tan baja es la calidad de las obras que se presentan en esos concursos, que se premia lo mediocre pero rescatable? ¿O había en esa novela algo que yo no supe o no llegué a ver, y que la hacía más digna de cualquier galardón?
Ambas preguntas eran cruciales para mí en la época en que aún pretendía publicar. Ahora las expongo sólo de paso; pero hay otra para mí más importante, porque la hago en calidad de lector. Hoy en día se publican muchos libros; sin embargo, de cada cien que veo en las librerías, con suerte sólo hay uno rescatable o que me interesa. Por supuesto, yo no tengo forma de saber cuántos libros inéditos pueden ser mejores que los que llegan a la publicación; pero sí sé que en otros idiomas hay libros excelentes de los que tengo conocimiento sobre todo porque aparecieron condensados en el Selecciones del Reader's Digest o simplemente por ser clásicos muy famosos, ninguno de los cuales están traducidos al castellano
Desde aquí alzo mi voz en son de protesta. No quiero una biografía de Coco Channel. La vida de Coco Channel creo que no le interesa a nadie, salvo a ella misma. En cambio, quiero a Till Eulenspiegel, ese personaje clásico de la literatura alemana, traducido al castellano. Y si bien El Código Da Vinci fue una magnífica novela, no necesito veintinco millones de imitaciones baratas de ese libro, todos centrados en supuestas conspiraciones que involucran la religión. Quiero, en cambio, los libros de Neil Boyd (A father for Christmas, Bless me, father) en castellano. Quiero los cuentos del Tío Remus y el Kanteletar, de Elías Lonnrot (o como se escriba el nombre de este buen señor). Los libros de fantasía me encantan, pero quiero más Tanith Lee y menos de esos autores ignotos que no son inéditos pero merecerían estarlo y cuyas obras han sido una rotunda decepción; caso por ejemplo de El libro de las sombras, que resultó tan malo, que ni el nombre del autor soy capaz de recordar.
Por sobre todo, me encantaría no sentirme subestimado como lector por los editores. No necesito que vuelvan a tentarme con una fórmula que ya ha probado ser exitosa. Hubo ya un Harry Potter y un Tolkien, hay ya un Dan Brown, y no necesitamos clones o directamente burdos imitadores. Me encantaría que abrir un libro siga siendo una sorpresa, una grata sorpresa y una `pasionante aventura, antes que una rutina previsible y monótona. De eso ya hay bastante en la vida para crearnos nuevas expresiones de lo mismo.
En una dirección similar está el tema de las reediciones. En la Feria del Libro que se hace anualmente en Buenos Aires y que a mí me resulta totalmente prescindible, uno puede ver libros de moda, libros caros a los que uno sólo puede acceder siendo varias veces multimillonario, libros que desde el título despiertan desinterés y , por sobre todo, clásicos de la literatura en algo así como veinticinco mil formatos y ediciones diferentes. Pero hubo muchos buenos libros que debidamente promocionados podrían volver a ser (o serlo por primera vez, si no lo fueron antes) éxitos de ventas y han caído en cambio en el más negro de los olvidos. Es el caso de Tefedest, maravilloso relato de Joseph Petit y Louis Carl de una expedición al Sahara de la que ellos mismos formaron parte, con miras a reproducir ciertas pinturas rupestres que se encontraron allí. Leí el libro cuando tendría diez años, y crecí fascinado por el exotismo sahareño, el misterio tras el velo de los tuareg y el sorprendente contraste entre los habitantes de ese submundo del Islam y los cristianos. El libro está en casa de mi madre y no tengo esperanzas de comprar uno para mí, como no sea encontrándolo entre los estantes de ofertas de los revoltijos de libros en las ferias, donde en definitiva es más factible encontrar obras de calidad no tan conocidas que en las librerías grandes.
Ya he expresado mi opinión sobre este tema. Veremos qué resulta de ello, si alguien más opina como yo y (la esperanza es lo último que se pierde) si alguna editorial, benévolamente, se compadece de mis llorosas súplicas...

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