Antes de seguir avanzando en nuestra historia, conviene aclarar un punto que puede haber despertado confusiones: la edad de Débora. Se recordará que Lucy, al verla por primera vez, le había calculado unos veintiocho años. Doña Cata le atribuía muchos años menos. Pues bien, ganó Doña Cata. ¡Qué buen ojo de chismosa de muchos años, Doña!... Lo curioso es que casi todos coincidíamos con Lucy en esa suposición. Débora no parecía tener dieciocho o diecinueve años como le calculó Doña Cata. La verdad es que llegó a la casa de Doña Elvira con dieciocho y se fue con diecinueve. En qué momento cumplió años, no tengo la menor idea, porque no lo celebró.
Había algo horrible en la idea de que una chica así tuviera esa edad. Si la cara de Débora hubiese sido una remera (sudadera, si lo prefieren) en la parte de adelante hubiera tenido estampada la leyenda LA VIDA ME ODIA, y en la parte de la espalda hubiera podido leerse: Y YO LE RETRIBUYO EL SENTIMIENTO. Era el rostro de un ser envejecido por las malas experiencias y los vicios, y que ya no tiene de qué asombrarse ni de qué alegrarse; la expresión de una persona que ya puede aguardar muy poco del futuro y que, tal vez, desearía ni siquiera tener futuro, pero igual sigue adelante por inercia. Esto es muy triste en cualquier persona, pero lo es más todavía en alguien tan joven. A cada edad le cuadra determinada forma de ser, y en los jóvenes lo normal es tener una vitalidad arrolladora, una dosis de sana locura. Débora no tenía nada de esto. Teniendo esto en cuenta, suena lógico que no celebrara su cumpleaños, y más se comprenderá más adelante, cuando refiera una conversación horrible que sostuvieron ella y Lucy y que afectó mucho a ésta.
Lucy, por cierto, se quedó tan espantada como yo al enterarse de que Débora tenía nada más que dos años más que ella. Qué infierno personal había en su interior, no lo sabía y no quería preguntar por no parecer chismosa; pero pensaba que no le haría mal ir a la Iglesia. Sin embargo, durante mucho tiempo vaciló en invitarla. Débora contemplaba su entorno con cara de perro malo y dispuesto a morder; con lo cual sin duda algunos no entenderán que consiguiera novio. Pero aparte de que ya se sabe que gustos hay para todo, ¡vaya novio el que se consiguió!... Para felicitarla precisamente no era, por más que Doña Cata viera a Fabio y se baboseara. Así que, sin más dilación, pasaremos a dar una descripción del susodicho.
Fabio tendría en ese entonces, supongo, diecinueve o veinte años y era la réplica exacta del mismísimo Narciso, el de la mitología griega, el que se enamoró de sí mismo. Esto podría hacernos suponer, erróneamente, que era una especie de versión barrial de Leonardo Di Caprio, Brad Pitt y similares. No era para tanto. La forma de la cara era, sí, armoniosa, angulosa, aristocrática, pero ¡por Dios!, nunca vi una expresión tan idiota en un semblante por lo demás tan agradable a la vista. El resto de los rasgos, ni fu ni fa; y tenía un físico notable, eso sí, gracias a muchas horas en el gimnasio. Sí, creo que hubiera sido todo aceptable, menos esa expresión de total imbecilidad. Expresión que le venía de su propio enorme ego que le supuraba por todos y cada uno de los poros de su cuerpo. El verdadero y único amor verdadero de su vida era él mismo. Bueno, no tanto, pero ocupaba los diez primeros puestos de su Top 20 personal de afectos. Los siguientes cinco puestos los ocupaba su moto, una magnífica Kawazaki que hasta a mí me parecía impresionante y que sólo tenía un defecto: el estúpido que iba arriba. Si el estúpido al menos hubiera usado casco, al menos nos ahorraba el suplicio de verle la cara. Pero por lo visto, él consideraba un pecado mortal privar a la Humanidad (y sobre todo a las féminas que integraban su fan club) de la luminosa bendición que era, según él, su espléndido semblante. Esto fue así hasta que hace poco un policía lo multó por ir sin casco. Si el policía lo multó porque hay una regla que dice que el casco debe usarse o si aprovechó que existía la regla para obligarlo a ocultar bajo el mismo su cara de ganso, es un misterio aún sin resolver.
Después de la moto, en el ránking de afectos de Fabio vendría, imagino, su familia. Si aún quedaba algún lugar vacante en dicho ránking, supongo que, para variar, lo llenaría con su propio nombre. Lo cual nos obliga a hacer dos aclaraciones especiales en cuanto a las ausencias que hay allí. El primero tiene que ver con su mejor amigo, Leonardo. Este es un rubio pelilargo y carilindo que tiene su propia moto y que es tan engrupido como Fabio. Creo que entre sí no se tienen verdadero afecto, o al menos no se lo tenían entonces. No los veo mucho últimamente y concedamos la posibilidad de que hayan cambiado, e incluso deseemos que así sea. Pero en aquel tiempo no se querían. ¿Por qué estaban juntos entonces? Pues pónganse en su lugar. Cuando uno es un dios del panteón grecorromano, se siente uno muy solo si no se cuenta con la compañía de uno de sus pares, de otro dios grecorromano. Y como los dos eran lindos, se identificaron mutuamente como integrantes de dicho panteón. Las malas lenguas (aquí tampoco hay que descartar, tratándose de muchachos, que no fueran envidiosas lenguas) decían que eran medio "raritos", que había una relación homosexual entre los dos. Yo lo dudo: cada uno de ambos estaba demasiado ocupado amándose a sí mismo para sentir atracción física por el otro. Aunque no descarto que para sus adentros Fabio no creyera que Leonardo estuviera entre quienes gustaran de él y eso contribuyera a seguir alimentando su vanidad, y viceversa, pero creo que ninguno de ellos hubiera accedido a una propuesta indecorosa por parte del otro.
Y es que aun cuando la idea no les hubiese repugnado, tenían mucho quehacer para dedicarse a esos menesteres. En efecto, el problema de ser un dios grecorromano es que uno tiene una nutrida grey que clama a gritos por ser bendecida con la radiante visión de su belleza. Fabio y Leonardo ya sabían que esa grey estaba compuesta por despreciables mortales indignos de su sublime majestad; no obstante, a un dios le viene bien ser misericorde con seres tan inferiores, y honrar con los favores de su persona a quienes así lo requieran. Ahora, de elevar a alguien hasta las alturas del Olimpo, ni hablar. Allí sólo ingresan unos pocos, y la condición es ser un dios o una diosa; y por más que Fabio muchas veces le decía a su chica de turno que era una diosa, o no era sincero o pensaba que la divinidad de la niña de marras de todos modos no podía compararse con la propia. Por supuesto, se encamaba con ella y todo. Alguno podrá pensar que era un desalmado que usaba de su atractivo físico para engañar chicas con falsas promesas y tener sexo con ellas. En realidad, la cosa era un poco diferente. Fabio honraba a la despreciable mortal de turno con su gracia y belleza, o algo así pensaría él. De todas las maravillas de la Creación, nada se comparaba con él mismo, y hubiera sido muy egoísta de su parte no compartirse con el resto de la Humanidad. Pero todo tiene su precio, y en el caso de las chicas, ese precio era su cuerpo. Ha de decirse en su defensa, sin embargo, que jamás hacía promesas de amor eterno a nadie, ni las engañaba haciéndoles soñar con una vida en pareja.
En realidad, eran las chicas las que se engañaban a sí mismas. Bien se dice que la culpa no es del chancho sino del que le da de comer, y estas muchachitas daban de comer a un chancho que ya estaba que rodaba. Uno puede ser más feo que Quasimodo y no obstante engreírse si las mujeres no paran de cantar odas en honor a su belleza. En el caso de Fabio, hemos visto que distaba mucho de ser Quasimodo. Como además era desenvuelto, audaz y seductor, en su calidad de dios grecorromano contaba con una nutridísima grey de adoratrices que a menudo interpretaban a su manera los designios de la divinidad y por lo general la pifiaban, y cómo. Ellas mismas se hacían ilusiones y creían en promesas que Fabio nunca hacía, por darlas por implícitas. Ahí el error era de ellas. Y francamente, era un error tanto más grande cuanto que, en todo caso, ni Fabio ni Leonardo eran los únicos chicos lindos y/o con moto del mundo ni siquiera del barrio. Los había y los hay otros que además tienen algunas cualidades morales un poco más elevadas, pero ésos no les interesaban tanto. Jamás entenderé el masoquismo de ciertas mujeres, pero en fin...
Débora -segundo punto al que quería llegar- no era un afecto para Fabio, aunque él no se planteaba si lo era o no (dudo que el cerebro le diera para una reflexión tan profunda, al pobre), sino que era una más de la grey de adoratrices. Se piense lo que se piense sobre el sexo fuera del matrimonio, la relación entre Fabio y Débora era indiscutiblemente dañina para esta última. Pero culpar de ello a Fabio es como culpar al cigarrillo o al alcohol de hacer daño a Débora: ella hubiera podido negarse a la relación, como hubiera podido negarse a cualquier otro de los vicios que tanto la dañaban. Lo curioso es que ella en el fondo tampoco lo quería, aunque habría llegado a amarlo de verdad si él hubiera tenido otro carácter. ¿Por qué, entonces, se encaprichó tanto con él? Muy simple. La noche que conoció a Fabio, alguien había llevado al colegio nocturno al que asistía Débora cierta revista que incluía horóscopo. No cualquier horóscopo, por cierto, sino uno de aspecto de lo más rimbombante, serio y científico; uno de esos que dicen: "EL DIA EQUIS DEL MES EQUIS EL SOL ENTRA EN LA CONSTELACION DE ACUARIO, ENTONCES..." y que incluyen un recuadro detallado con el título EL SIGNO DEL MES donde nos enteramos que los nativos de Piscis somos buenos, nos gusta viajar y somos sensibles, entre otras cosas. Claro que, ¿necesitamos que nos lo diga una revista para enterarnos de cuáles son nuestras cualidades? ¿Hay la posibilidad de que de algún signo digan LOS DE ESTE SIGNO SON TODOS MALOS E INSENSIBLES? ¿A quién no le gusta viajar?
Bueno, pero la cuestión es que Débora era firmemente creyente en la astrología porque no era muy instruída y, para el que no sabe, la astrología tiene aspecto de ciencia. Todavía más importante era su deseo de creer es algo. En Dios no podía creer, porque a su juicio un Dios bueno no podía permitir que pasaran cosas tan feas como las que en la vida le habían pasado a ella. Así que necesitaba un sucedáneo, como necesita de calmantes el enfermo cuya enfermedad no halla cura, pero que igual sufre de dolor.
Creo que no necesito decir más, ¿no? Por esas fatalidades de la vida, justo esa noche el horóscopo le auguró a Débora algo así como que ese día era propicio para encontrar el amor de su vida. Salió del colegio y lo primero que vio fue algo que vería muchas veces luego, un espectáculo muy triste: el de un niñito de diez u once años que se drogaba aspirando pegamento. Así empecé yo, pensó con inexplicable horror, viendo de lejos al chico con su bolsa de pegamento; y aunque le quedaba camino a casa, dio media vuelta y fue en dirección contraria, todo para no tener que pasar frente a ese chico que estaba en la esquina y que la impresionaba como si un retazo de su temible pasado volviera a ella amenazando fagocitarla. E iba a paso tan rápido, que se hubiera dicho que la perseguía el mismo Diablo.
Cosas de la vida, al llegar a la esquina opuesta se desvió por la calle lateral justo en el momento en que iba el bueno de Fabio en su gloriosa Kawazaki a tal velocidad que parecía empeñarse en alcanzar la velocidad de la luz. La vio a Débora caminando rápido y pensó que huía de algún tipo que la estaba molestando. Eso no se le puede reprochar: es un auténtico gentleman. Tal vez por su mismo ego, no sé: debe razonar que alguien tan lindo como él no puede menos que estar primoroso en un bello envoltorio de caballerosidad y buenos modales. Los que no están mal, por supuesto, pero siguen siendo algo superficial que debe ir acompañado por algo más. Como sea, nuestro Caballero Andante de ocasión detuvo su caballo, digo, su moto, junto a Débora.
-¿Te están siguiendo, flaca? ¿Querés que te lleve?-preguntó.
Débora vio a aquel muchacho de tan buen aspecto sobre la moto acorde, se acordó del condenado horóscopo y de inmediato pensó de todo, y tengan por seguro que no fueron los pensamientos más sabios del mundo.
-Sí, por favor-accedió.
Esa fue la noche en que Doña Cata los vio llegar juntos por primera vez a la casa de Doña Elvira. Esa vez, pareció que fue un simple buen gesto por parte de Fabio, pero hete aquí que éste quedó, parece, bastante impresionado con Débora, a pesar de que ésta no era de las más lindas. Tenía, en todo caso, rasgos muy llamativos y un cuerpo de mujer bastante bien desarrollado, aunque macizo y de aspecto intimidante. Claro que si fuera por belleza, Fabio no hubiera invitado a ninguna chica a subirse a su moto ni a ir a ninguna parte con él, ya que ¿qué mujer mortal podía tener una hermosura acorde con aquel que hacía morir de envidia al mismísimo Apolo?... No obstante, él condescendía a otorgar la gracia de su ser a algunas muchachas selectas, y decidió, aparentemente, que Débora debía contarse entre ellas.
Así que, la noche siguiente, fue a esperarla a la salida del colegio, para llevarla de nuevo a su casa.

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