Comencemos nuestra historia hablando en primer lugar de Doña Elvira, la vieja avinagrada del barrio. Doña Elvira había estado entre las primeras personas en llegar a aquel lugar, entonces poco más que un descampado. Con el tiempo vino el progreso y el lugar se urbanizó, llegaron personas y se fueron otras, pero ella quedó allí, como una sobreviviente de otras épocas, siempre en el mismo terreno relativamente amplio con una casa de ladrillos sin revocar, pequeña, tosca y fea, más un galponcito de techo de chapas que se estaba viniendo abajo. En la época a la que nos referiremos, calculo que en el barrio ya no quedaba vivo nadie que la hubiese conocido de joven, lo que no quiere decir que no circularan múltiples y muy contradictorias versiones acerca de sus años mozos y los motivos de su carácter agrio, pero las mismas no atañen a lo que debemos contar, y baste la mención de que tales versiones existían. Aclaremos además que no era de esas personas que tratan de mitigar su dolor causando otro al prójimo. Pero no era simpática, algo que la sociedad rara vez perdona. Se tiene la extraña creencia de que una persona debe estar sonriendo todo el tiempo, o al menos ser proclive a la sonrisa. A nadie parece ocurrírsele que hay gente que tiene pocos motivos para estar alegre. Por supuesto, eso no es excusa para amargar la vida de los demás, pero Doña Elvira no tenía ese pasatiempo. Ella se apartaba y hacía su vida solitaria sin tener más relaciones que las estrictamente necesarias, algo que tampoco suele ser bien visto, ya porque se tome como una expresión de desdén y soberbia, ya porque la vanidad impida a las personas tolerar a los individuos que deciden ignorarlas.
Doña Elvira sabía que la mayor parte de la comunidad le era hostil y, cuando alguien pasaba frente a su casa, la miraba medio de soslayo y con comprensible recelo. Por esa época, los únicos afectos de su viejo y cansado corazón eran los animales, especialmente los gatos. Los perros ya no le gustaban tanto, pero de vez en cuando también juntaba alguno de la calle, sobre todo si estaba rengo o sarnoso y se reducían por ende las posibilidades de que alguien más lo recogiera. Como sea, la cosa fue que siempre tuvo un montón de animales que excedían sus posibilidades de mantenerlos en buenas condiciones. Vivía de su jubilación, de algunos trabajitos manuales que hacía aquí y allí y de lo que cultivaba en su huerta. Entre todo, alcanzaba para que comieran la vieja y su zoológico, pero rara vez para medicinas, si ella o alguna de sus mascotas enfermaba. Así que a veces, moría uno de sus gatos y la vieja lo enterraba en el fondo. Otras veces morían varios animales a la vez, y entonces ella sabía que algún mal nacido (no cabe otra definición) estaba tirándoles comida envenenada.
Había, en efecto, gente en el barrio que odiaba a los gatos de Doña Elvira y, por extensión, a la propia anciana. El problema con el gato es que es muy difícil retenerlo en el hogar. El es aventurero y explorador; y en el caso del macho, tiene la costumbre de marcar el territorio con orina y también de armar jaleo colectivo en ciertas noches, saltando de techo en techo. Ciertos vecinos a veces atacaban verbalmente a la vieja debido a ello. Otros, o tal vez los mismos que adoptaban otras estrategias, pasaban a la acción tirando por ahí carne envenenada. No me pidan que los entienda o disculpe; no después de haber visto a Doña Elvira sepultar una tanda de gatos muertos de esta manera y luego alzar a alguno de los que todavía quedaban vivos y abrazarlo como con desesperación y llorar en silencio, como temiendo que también le quitaran a ése, como la vi una vez. Es una imagen que jamás se borrará de mi cabeza. Más cruel era que muchas otras personas, sabiendo que Doña Elvira siempre aceptaba la llegada de cualquier nueva mascota, habían adquirido la odiosa costumbre de deshacerse de ellas metiéndolas en el terreno de ella a través del alambrado. Por lo general eran gatitos ya destetados que maullaban lastimeramente al verse abandonados de esa manera. Estoy seguro de que varias veces, luego de que le hicieran una matanza entre sus gatos, Doña Elvira, harta de sufrir por ellos, decidió no acoger a ninguna otra mascota, y desistió siempre a causa de estos cachorritos que de forma tan sucia y cobarde le obligaban a adoptar.
Enfrente de Doña Elvira, vivía un matrimonio, un hombre y una mujer que por entonces rozarían la cincuentena y eran, por tanto, veinte o treinta años más jóvenes que ella. Cacho le decían al hombre, mientras que la mujer era Doña Cata, y esta última es la que más nos interesa a nosotros. Doña Cata era como una especie de computadora muy especial. Contenía abundantísima información, pero sólo sobre ciertos temas en particular. Decir frente a ella MARIDO CORNUDO era una especie de ENTER que hacía que ella arrojara mil quinientos treinta y seis resultados referidos a sus vecinos (porque lamentablemente, comprensibles limitaciones humanas le impedían extender sus pesquisas fuera del barrio. Ella esperaba que los usuarios supieran comprender...); decir HOMOSEXUAL era un nuevo ENTER que arrojaba un número similar de resultados. De cada uno de los mismos, por supuesto, podía ella dar luego muchos más detalles. Tenía, en fin, considerable talento para el chisme, y una frondosísima imaginación que le permitía rellenar las lagunas que sus pesquisas informativas no alcanzaban a cubrir. Si no mala, al menos era una mujer vulgar. Su marido apenas si merece mayores comentarios. Era el típico hombre que se instala frente al televisor a ver fútbol u otro deporte, acaparando el aparato y contestando con un "Sí, querida" a todo lo que su mujer le dice. La conversación de Doña Cata, si no giraba sobre alguno de los muchos chismes de su interminable repertorio, por lo general se dirigía a los dichos de su esposo. Tanto lo citaba, que Cacho parecía uno de los Siete Sabios de Grecia, alguien cuyo entendimiento y sapiencia estuviera muy por encima del resto de nosotros, pobres míseros mortales. La verdad, no me explico en qué momento Cacho decía ésas o cualesquiera otras cosas, si hasta donde yo vi, en cuanto llegaba del trabajo iba directo hacia su bienamado televisor y ya no se despegaba de él. Pero en fin, dejemos el misterio de la sabiduría de Cacho, que temo es más difícil de dilucidar que el más oscuro y arcano enigma que puedan proponer las así llamadas ciencias ocultas, y sigamos adelante.
Debido a la ubicación geográfica de su vivienda, Doña Cata tenía inmejorable oportunidad de espiar la intimidad de su vecina de enfrente, pero me pregunto si, en su opinión, valdría la pena. Como casi todos los vecinos, opinaba que Doña Elvira era una vieja vinagre, y creía que exageraba con la cantidad de mascotas que solía tener a un tiempo, pero no le guardaba especial animosidad por los a menudo odiados gatos. Ahora bien, la nula vida social de Doña Elvira resultaba exasperante para una consagrada y devota chismosa como lo era Doña Cata. La noticia de la llegada de un gato a tal o cual hogar no puede compararse con el sensacional escándalo que tiene lugar cuando un marido descubre que su fiel esposa, después de todo, no lo era tanto; la muerte de un gato dista muchísimo de ser un chisme tan sabroso e interesante como que a Doña Perengana el hijo le salió medio "rarito". Hay que ponerse en el lugar de la sufrida Doña Cata, cuyos talentos de correveidile no podían ejercitarse o lucir adecuadamente teniendo enfrente a una vieja que criaba gatos, ¿no? A ella le habría convenido mejor un libertino de la peor especie que fuera de orgía en orgía. Entonces sí Doña Cata hubiera podido demostrar hasta dónde llegaban sus talentos. ¡Pues no!... Noticia del día de ayer: Doña Elvira junta gatito. Noticia del día de hoy: gatito está más grande. Noticia del día de mañana: gatito murió envenenado. ¡Cuán frustrante y monótona se volvía la vida si no había una preciosa querella matrimonial pletórica de insultos y cachetazos, los cuales, además, eran fácilmente multiplicables merced a la combinación de una lengua indiscreta y una mente fantasiosa!... ¡Qué tedio insoportable, qué gris se hacía todo si no era posible darle un poco de color haciendo uso del amarillismo local!... En suma, algo tenía Doña Cata en contra, y muy en contra, sí señor, de su vecina de enfrente: que la susodicha se obstinaba en no colaborar en hacerle la vida entretenida. Para Doña Cata, descorrer la cortina de su cocina y ver a la vieja acariciando sus gatos era un panorama de lo más amargo.
Pero calculo que, a pesar de todo, debe haber tomado la cuestión como un desafío. En algún momento, habrá pensado, la maldita vieja junta-gatos demostrará ocultar un horrible secreto. Tal vez tuvo algún esposo al que asesinó y enterró en el fondo de la casa, tal vez de noche la visite algún viejito para pasatiempos non sanctos... Así que ella, por las dudas, seguía mirando. Pero durante mucho tiempo la noticia más emocionante, aparte de los habituales cruces de palabras entre la vieja y algún airado vecino que venía gritando todo tipo de barbaridades en contra de los gatos, fue el inesperado ingreso de Lucía en la triste vivienda de Doña Elvira. En realidad, Lucía, como posible protagonista de jugosos chismes, resultaba tan desabrida como la vieja, pero su caso era todavía más exasperante, pues la mentada era una adolescente, edad en la que las hormonas andan correteando de aquí para allá de lo más inquietas, como es sabido. Pero esta adolescente era de las que no existen. No fumaba; no bebía; de drogas, por supuesto, ni hablar; debía tener novio, pero imposible saber cuál era porque, aunque simpática con varios muchachos, con ninguno la había visto Doña Cata toqueteándose y besuqueándose de esa forma casi pornográfica en que lo hacen hoy tantas parejas en público, que se tiene la impresión de que allí y ahora tendremos en vivo y en directo una demostración práctica de lo que es el acto sexual. Es más, la muy insulsa de Lucía hasta tocaba la guitarra en la iglesia. ¿Qué material emocionante, rebosante de excesos e infamias, puede aportar alguien así?
Pero la primera de las muchas veces que Doña Cata vio a Lucía entrando en casa de Doña Elvira, la mandíbula literalmente se le cayó al piso de la sorpresa, porque en casa de la vieja vinagre no entraba nadie. Es más, posiblemente ni el propio sepulturero se atrevería a entrar cuando Doña Elvira pasase a mejor vida. Decidió que, tal vez, tantos años de observar a la vieja no serían en vano; que quizás, en su noticiario de chismes, Doña Elvira, si no en primera plana, al manos podría figurar de todos modos en un sitio importante y dedicarle, digamos, dos columnas.
Lucía es un amor de personita, un pimpollito que algún día se revelará una bellísima flor. Tenía dieciséis años en ese entonces y sinceramente, no sé si tenía mucha gracia física, pero algo que provenía de su interior le embellecía el rostro cuando sonreía. Una sonrisa así le pondría yo a la Virgen María si fuera pintor y tuviera que plasmar en el lienzo la escena de la Anunciación. Así era y sigue siendo con casi todos, porque tiene esa fe y sano vigor de la juventud que a los cristianos de su edad les hacen creer que en cualquier persona hay, pese a todo, algo rescatable. Así que cuando la chismosa de Doña Cata, tras pasar lo que debió parecerle una eternidad a la intemperie (era un día bastante frío) con la excusa de que necesitaba tomar aire fresco, todo ello para que Lucía no se le escapara; cuando Doña Cata, digo, se acercó a "la" Lucy (para Doña Cata, un nombre propio debía ir precedido indefectiblemente por un artículo gramatical), ésta la recibió con la mayor de las amabilidades y respondió a sus preguntas aun a sabiendas de que ante ella había un buitre que quería carroña. Sí, dijo Lucy: sus papás (que tenían un kiosco y además tenían un puesto en cierta feria dominical) sabían que Doña Elvira dominaba un arte que pronto parecerá digno de un museo, el tejido a crochet, y por medio de su hija le proponían que tejiera escarpines y esas cositas, y luego ellos las venderían en el kiosco y la feria.
Imagínense nomás la frustración de Doña Cata al enterarse de que hasta el deceso del último gato de la vieja de enfrente era más interesante que la novedad que ahora le aportaba Lucía. ¡Bah!... Pero pensándolo bien, ¿qué podía esperarse? Una vieja ermitaña y una chica insulsa que tocaba la guitarra en la iglesia, ¡qué dúo!... Nada muy apasionante podía provenir de semejante combinación... Pero hablando de iglesia, ella, Doña Cata, era mujer de mucha fe: fe en que algún día vería enfrente, por fin, una noticia digna de ser comentada; de modo que, ¡a no desanimarse!...¡A seguir espiando!...
Doña Elvira no aceptó inicialmente la oferta de los padres de Lucía. Estos, mostrando buena disposición y sólo para ayudar a la vieja, no pretendían ni un centavo por los trabajos a crochet de Doña Elvira. Eran bonitos, comentaron a través de su hija; atraerían clientes... Personalmente creo que en estos tiempos de globalización, Internet y merchandising, para algunos trabajos a crochet no hay mucha salida hoy en día; y en todo caso, no la había en el kiosquito de los padres de Lucía, no sé en la feria. Actualmente, nada que no tenga la figura de Spiderman o de Los Simpsons o el logo de Metallica (por dar sólo unos ejemplos) parece ser comercial. En otras palabras, creo que los trabajos a crochet de Doña Elvira, salvo los escarpines, no fueron buen negocio, y que los papás de Lucía compraron ellos mismos parte de esos trabajos, sólo por darle una mano a la vieja. Ella esto tal vez no lo haya notado, pero sí se dio cuenta de que en la propuesta había sobre todo intenciones de ayudar-
-No, m'hija-le habrá dicho a Lucía-. Dígales a sus papás que yo tengo mi orgullo y no necesito de la caridad de nadie-porque así es como ella solía hablar, suavemente, pero medio hosca y tratando de usted. Pero mejor que no te tuteara; porque cuando lo hacía, significaba que le caías muy mal y que corrías el riesgo de ser convertido en picadillo de carne si no te ibas por donde habías venido.
Pero los padres de Lucía no desistieron fácilmente. Eran y siguen siendo muy buenas personas, compasivas, humanas. Habían visto a Doña Elvira en varias ocasiones con un aspecto que parecía estar muriéndose, aguantando en silencio, por no poder pagar remedios para alguna enfermedad de turno; y estaban decididos a ayudar. Lucy fue enviada de aquí para allá como negociadora, hasta que al final Doña Elvira aceptó la propuesta, aunque ellos debieron ceder y aceptar quedarse con una parte de las ventas.
Todas esas idas y venidas de Lucía llamaron la atención de mucha gente que tampoco destacaba precisamente por su discreción. Podrían haber averiguado ellos mismos lo que estaba sucediendo, pero ¿para qué tomarse la molestia, contando con una testigo que observaba los hechos en primera fila? Los vampiros (los mamíferos voladores, no Drácula, Lestat y compañía) tienen un método de alimentación muy particular: abren la vena de un animal, y algunos succionan la sangre que fluye, pero siempre hay ejemplares que quedan sin comer. A ésos después los alimentan los otros, regurgitando parte de la sangre ingerida. Y Doña Cata siempre tenía en la boca algo bastante más desagradable que sangre regurgitada, pero de lo que otras personas estaban tan ansiosas como vampiros en ayunas... Claro que en este caso, la ingesta, me atrevo a decirlo, habrá sido tan decepcionante para ellos como lo había sido previamente para Doña Cata. ¡Trabajo a crochet!...
Pasó el tiempo y un domingo de verano, Doña Cata se asomó, como siempre, por la ventanita de la cocina, descorriendo para ello un cortinado plástico medio pegajoso de grasitud, a ver si, para variar, había enfrente algo que fuera un poco más interesante que el eterno Caso del Gato Envenenado o la pelea previa con un vecino furioso. No vio más que la figura de la vieja trabajando en lo que con optimismo podríamos intentar llamar jardín. Doña Elvira tenía buena mano para trabajar la huerta del fondo, tal vez porque parte de su sustento dependía de ella. Para jardinería, sin embargo, y aunque nunca dejaba de hacer nuevos intentos, resultaba un verdadero fracaso. Flor que trasplantaba, flor que clamaba a gritos que alguien viniera a rescatarla, antes de marchitarse a los pocos pocos días de hallarse en nuevo suelo. Algunas, más heroicas, sobrevivían un poco más; pero daban ganas de darles la Extremaunción, decirles que aceptaran la voluntad de Dios y entonar para ellas la Marcha Fúnebre, ya que crecían tan esmirriadas y feas que daban la impresión de que en cualquier momento pasarían a mejor vida. Lo bueno era que no necesitaban plaguicida, porque ¿qué insecto que tuviera algo de dignidad se hubiera posado sobre semejantes corolas mustias? Caso de atreverse a hacerlo, de inmediato hubiera muerto fulminado de vergüenza sin necesidad de plaguicida alguno.
Bueno, Doña Elvira estaba abocada a uno de esos tenaces intentos, plantando unas violetas (creo) junto a la alambrada del frente de su casa. En eso, de repente apareció una segunda figura trayendo una regadera.
-¡Hmmm!-gruñó Doña Cata-. ¡La Lucy!...
En seguida miró mejor y quedó momentáneamente demudada de la sorpresa. Porque, si bien pertenecía a una adolescente, esta segunda figura nada en absoluto tenía que ver con "la Lucy". De hecho, confundir a una con otra hubiera sido como confundir un elefante con un venado. Lucía era menudita, graciosa. Esta otra muchacha, sin ser gorda, tenía un aire mucho más macizo, huesos anchos.
-Uia-musitó Doña Cata; y gritó al marido, que veía automovilismo en el living:-. Che, Cacho... Enfrente, con la Elvira, hay una chica, ¡y no es la Lucy!
-Sí, querida-contestó el marido (¿o es que algún optimista imaginaba otra respuesta posible?).
-¡Ay, por Dios!... Mirala, Cacho, es un mastodonte... Yo no sé cómo hice para confundirla con la Lucy.
-Sí, querida.
-Debe ser una nieta o algo así, ¿no? Si no, no me explico de dónde salió.
-Sí, querida.
Doña Cata ya no quería hacerse muchas ilusiones, porque siempre le quitan a uno el dulce cuando está a punto de darle el lengüetazo; pero esta vez, si no algo trascendente, al menos parecía haberse producido una novedad algo más interesante ahí enfrente, así que convenía investigar. A tal fin, y provista de una de sus habituales y oportunas excusas (tomar aire fresco, tomar un poco de sol, tomar granizo incluso si no hubiera más remedio), la consumada chismosa salió a la puerta de calle. La mirada atenta y vigilante de Doña Elvira, con su recelo habitual, se posó en ella de inmediato. En esa mirada algo parecía haber variado. De algún modo, Doña Elvira parecía decirle a su vecina de enfrente que mejor se quedara donde estaba si no quería ligar un castañazo.
A su lado, la joven que la acompañaba tenía otra mirada tampoco precisamente amistosa, aunque de un modo diferente, que Doña Cata no hubiera podido definir en forma cabal. En conjunto, se tenía la impresión de estar frente a dos puercoespines con todas las púas preparadas para ensartar a cualquier intruso que se les aproximara. "Sí, son parientas", pensó.
Semejantes jetas no instaban a quedarse allí demasiado tiempo, pero además Doña Cata decidió volver adentro sobre todo porque oyó a la vieja vinagre decirle a la chica quién sabía qué cosa acerca de "una chismosa". Doña Cata estaba indignada. Si la vieja le decía a esa chica (indiscutiblemente nueva en el barrio, aunque esa cara Doña Cata tenía la impresión de haberla visto antes, en algún lado) tantas cosas desagradables de los vecinos, qué horrible falsa impresión se llevaría de todos ellos la pobre...
Cualquier intento de averiguar más ese día fue inútil, excepto que la chica nueva fumaba como un escuerzo y que con Doña Elvira, más que hablarse, se ladraban. Pero para deleite de Doña Cata, a partir de ese día, enfrente las cosas parecieron animarse, y mucho, porque la joven no se fue. Doña Elvira y la recién llegada no sólo se ladraban, sino que lo hacían con muchas ganas y todo el tiempo. Muchos años de permanente vigilancia rendían por fin sus frutos... ¡Menudo escándalo había ahora constantemente del otro lado de la calle!
Doña Elvira, colérica, resultaba de verdad temible. La chica terminaba por lo general cediendo ante ella, aunque de pésima gana y gruñendo palabrotas por lo bajo. Uno de los motivos más frecuentes de querellas entre ambas era la cantidad de cigarrillos que fumaba la chica, y el hecho de que al parecer había robado dinero a Doña Elvira para comprarlos.
Como para añadir un ingrediente mitigador de la explosiva combinación entre la joven y la vieja, durante una de las tardes siguientes se presentó ante la vivienda de Doña Elvira la buena de Lucy para buscar unos escarpines o vaya a saber qué cosa. Tal vez venía simplemente a tomar mate. A Doña Elvira no solía hacerle gracia que viniera, sobre todo porque se ponía a hablarle (supongo) de Dios y la iglesia, y la vieja opinaba que esas cosas no eran para ella; pero como por otra parte algún afecto le había tomado a Lucy, no siempre ponía excusas para no recibirla, aparte de que era ya milagroso que considerara necesario poner excusas: por lo general despachaba sin miramientos a los indeseables, es decir, a todos los que no maullaran ni ladraran ni tuvieran cuatro patas.
-¿No tenés un cigarrillo?-pidió la chica desconocida, al ver a Lucy plantarse ante la puerta de calle, y sin darle tiempo a decir nada.
Lucía tuvo que explicarle que lo lamentaba mucho, pero no fumaba; y en ese momento salió de la casa Doña Elvira y la hizo pasar. Lucy miró entre cohibida y confusa a la corpulenta joven al pasar junto a ella. De veras ese cuerpo daba la impresión de ser algo macizo a pesar de pertenecer a...
¿A alguien joven? No, no tanto, pensó Lucy, viendo las facciones. Aquella chica tenía seguramente alrededor de veintiocho años. No quiso parecer maleducada, así que no se detuvo a hacer, como es lógico, un estudio exhaustivo de la cuestión; pero grosso modo, andaría por esa edad, pensó.
Algo así como diez o quince minutos, Doña Cata, que había salido a tomar sol (o aire fresco, o lo que correspondiera. No importa qué) vio a Lucy pasar de nuevo frente a la figura de la chica nueva. Esta no había entrado a la casa con Doña Elvira y Lucy, permaneciendo cerca de la alambrada frontal, ofreciendo, caso de haberlo tenido, su reino por un cigarrillo.
-Chau, Débora-oyó Doña Cata decir a Lucy, como con timidez y susto, al despedirse de la figura maciza.

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