Durante más o menos una semana, pocos supieron algo más que el nombre de la chica que ahora vivía con Doña Elvira, pero se especulaba mucho acerca de qué la ligaba a la vieja y en este sentido circulaban en el barrio muchas versiones, todas ellas con pretensiones de ser "la posta", la verdadera. Alguien podrá pensar que en la difusión de al menos uno de estos rumores algo habrá participado Doña Cata. Nada que ver. Por una vez, cuantos murmullos circulaban por ahí en torno a la novedad de turno eran totalmente ajenos a Doña Cata, y había una buena razón para ello, la cual se originó en la verdulería donde ella solía comprar habitualmente. Estando a punto de entrar, temió haber olvidado el necesario dinero para pagar sus compras, y sacó el monedero para cerciorarse; pero antes de sacarse la duda, le llegaron las voces de los clientes, alrededor de cuatro o cinco al menos, todas ellas muy audibles puesto que el verano fustigaba duramente ya desde muy temprano y por ende la verdulería mantenía la puerta abierta de par en par:
-Doña Cata debe saber.
-Eso yo no lo creo.
-¿Que no? ¿Viviendo enfrente? ¿Y con lo chismosa que es esa mujer, que sabe vida y milagro hasta de los chinos?
Al oír que se la tildaba de chismosa, Doña Cata reprimió una exclamación indignada, y paró aún más la oreja:
-¡La verdad!... ¡Qué chusma que es!... El otro día me dio rabia porque se metió con la señora Gutiérrez, que es más buena que un pan, y dijo de ella que...
Doña Cata reconoció la voz. Es verdad, señora, pensó. Yo le conté eso que usted está diciendo, pero en ese momento no se la veía tan indignada como dice ahora. Al contrario, me dio la impresión de que tenía mucho interés en escuchar cualquier cosa que yo tuviera para decirle. Estaba enojada. No, enojada no: enojadísima, y me quedo corto. Algo de razón tenía, porque todas esas personas que ahora la criticaban creyéndola ausente no hacían más que ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio; en lo que se equivocaba era en el concepto que ella tenía de sí misma. Por ningún motivo pensaba admitir que era chismosa. Prefería llamarlo, eufemísticamente, interés de buena vecina. Y es que algunos defectos resultan más fáciles de admitir que otros; la ira, por ejemplo, en especial para el varón, que hasta lo ve como una virtud. El hombre no tiene muchos tapujos para admitir su irascibilidad, porque al hacerlo se siente el macho que salta en defensa de su honor; cuando en realidad a menudo quienes lo ven de afuera tienden a pensar en él como en un sicópata que trata de arreglar a trompadas lo que buenamente podría hablarse como personas civilizadas. Ahora, otros defectos, como la gula, ya no son tan fáciles de admitir. ¿Comer mucho yo? Ni hablar. En primer lugar, no peso tanto como parece: apenas nueve toneladas. Y en segundo lugar tenga usted en cuenta, señor mío, que mi organismo retiene demasiado líquido...
Reconocerse aficionado al chisme no es sencillo, porque del chismoso uno, viéndolo de afuera, tiene una pésima impresión. Es alguien ocioso y quizás hasta malintencionado que se dedica a ennegrecer verbalmente la imagen del prójimo, muchas veces causando daño. Ahora bien, por muy malos que seamos, la mayoría de los seres humanos (no deja de ser esperanzador) deseamos ser buenos. Pero preferimos (no deja de ser desesperanzador) deformar un poco la imagen que en nuestra mente podríamos tener de nosotros mismos para vernos mejores de lo que somos, en vez de combatir nuestros vicios y defectos, lo que sería más arduo pero también más noble y más auténtico. Es como el caso de alguien que, tras hacerse fotografiar, descubriera que no sólo no es todo lo fotogénico que imaginaba, sino que además parece un Boris Karloff de segundamano, y por lo tanto le pidiese al fotógrafo que retoque un poco la horrorosa imagen que él mismo plasmó, a fin de hacerla más digerible a los ojos.
Eso le pasaba a Doña Cata, y por lo tanto se negó terminantemente a admitir, aunque más no fuese para sus adentros, que el chisme era su mayor placer y su único pasatiempo. Chismosa era, por ejemplo, la Clotilde (sin duda, un personaje conocido en sus años mozos); pero ¿ella? ¡Jamás de los jamases! Y al verse calificada con tal apelativo, muy indignada, dio media vuelta y se fue a comprar a otra verdulería mientras rumiaba su venganza contra esa gente falsa que tan despiadada e injustamente la apuñalaba por la espalda.
Sucedió que cuando por fin compró lo que necesitaba de la verdulería que eligió como segunda opción tras descartar, por infamia y ultraje, aquella de la que solía ser habitué, Doña Cata se cruzó con una de las clientas que la habían criticado tanto, nada menos que aquella que había hecho el comentario acerca de la señora Gutiérrez.
-¡Ooooooooh!-exclamó la clienta de marras, un tanto aspaventosamente-. Querida... Cuánto hace que no la veo...
Doña Cata compuso una sonrisa de escualo que observa un posible bocadillo.
-Sí, ¿no?-respondió, falsa como moneda de dos caras idénticas.
Y soportó estoicamente la cháchara insustancial de la otra, que era un simple prólogo antes de ir al grano:
-¡Aaaaay!... Me enteré de esa chica nueva que se mudó enfrente de su casa...
Doña Cata sonó en extremo meliflua al responder, pero su semblante era de nuevo el de un tiburón exhibiendo sus fauces:
-¿Sí?-(fingido asombro de Doña Cata)-. ¡No tengo idea!... No me meto en la vida privada de la gente. Y ahora, si me permite, voy a seguir con lo mío, que ando medio apurada...
Y la otra se sintió, a más de frustrada (porque había esperado obtener información inestimable y de primera mano de boca de quien ella consideraba La Chismosa del Barrio), confundida, preguntándose si Doña Cata estaría enferma o qué. Y la susodicha siguió con lo suyo, como había declarado, paladeando su dulce aunque inocente venganza mientras sentía que le crecían cuernos y rabo como al Maligno.
Fue así que, por haber sido tan duramente criticada, de allí en más Doña Cata no soltó ni media palabra acerca de Débora cuando se encontraba con sus vecinos, aunque por un tiempo se moría de ganas de hablar del tema tanto como ellos por escuchar de boca de ella chismes tan sabrosos como los de antaño. ¿Quién hizo circular, entonces, las múltiples historias que echaron a correr acerca de la llegada de Débora a la casa de Doña Elvira? No sé, alguien que no tenía nada que hacer. Algunos dijeron de ella que era una parienta de la vieja, pero esto en algún momento, más tarde, la propia Débora lo desmintió hablando con Lucía. Pero, ¿por qué la chica parecía tan familiar, tan vagamente conocida a tantos que con disimulo o sin él, pasaban frente a la casa de Doña Elvira para conocer a su nueva huésped? Sobre esto se dijeron infinidad de tonterías, pero una versión, por cosas que luego Débora le contó a Lucy, parece bastante fidedigna. Según esta versión, antes de irse a vivir con Doña Elvira, Débora habría estado domiciliada no muy lejos del barrio y habría pasado muchas veces por allí de manera ocasional; de forma que muchos pudieron ver su rostro, bastante singular por otra parte, y luego, al verlo de nuevo tiempo después, no recordar de dónde lo conocían. Hubo algunos, incluso, que señalaron el posible lugar de procedencia de la muchacha: una cercana villa miseria, versión argentina de una favela brasileña para quienes no lo sepan. Una vez más, algunos detalles en conversaciones sostenidas entre Débora y Lucy hacen sospechar que esto podría ser cierto.
Aparecieron también "testigos oculares" que narraron el primer encuentro entre Doña Elvira y Débora y explicaban cómo esta última había ido a parar a casa de la vieja. También aquí muchos demostraron ser más mentirosos que Pinocho, y aunque es imposible saber si alguien decía la verdad, una de las tantas historias que circularon al respecto, de la cual hubo varias versiones, ofrece indicios de veracidad. Básicamente, sería la siguiente:
La noche del sábado anterior, Débora habría salido a bailar, Bebiendo alcohol con la alarmante copiosidad tan corriente hoy en día, terminó en un estado deplorable. Al salir del boliche (el local bailable al que habría concurrido según esta teoría) no tenía un centavo encima. Vagando por ahí borracha y sin rumbo, pasó frente a la casa de Doña Elvira, quien siempre había sido madrugadora y estaba en ese momento, tal vez, alimentando a sus gatos. Débora le pidió entonces dinero para comprar algo para comer, porque estaba hambrienta; a lo que contestó la vieja invitándola a desayunar con ella.
Es muy posible que todo esto, o al menos parte de ello, sea cierto. Según supimos más tarde, Débora se había escapado de su casa y desde entonces no tenía domicilio fijo: dormía ora aquí, ora allí. Del dinero con el que había pagado la entrada al boliche y las consumiciones, por las dudas, mejor ni preguntemos de dónde lo obtuvo en caso de ser cierta esta versión. Débora, sea como sea, demostró más tarde que gustaba del alcohol tanto como del cigarrillo e incluso se hallaba bajo la mortal seducción de las drogas, si bien estaba luchando contra esto último. Doña Elvira era madrugadora, según se ha dicho, mientras que en la casa de enfrente, por el contrario, tendían a levantarse tarde. La primera vez que Doña Cata vio a Débora en lo de su vecina de enfrente fue en domingo; lo que concuerda con lo que se dijo acerca de que Débora tal vez volvía de una parranda sabatina al encontrarse por primera vez con Doña Elvira. Esta última, por otra parte, jamás daba dinero a nadie que se lo pidiera, porque era muy desconfiada y dudaba que el dinero fuera usado para los fines declarados. En el caso de los niños creía posible, además, que el dinero que pedían para comer fuera invertido por el padre de ellos en bebida alcohólica. Sin embargo, y hasta donde recuerdo, siempre daba algo de comer a quien se lo pedía. Es concebible, por todo esto, que si Débora, en estado de lamentable embriaguez, pasó frente a la casa de Doña Elvira y le pidió plata para comprar algo que poder comer, la vieja haya temido que el dinero en realidad fuera para reabastecerse de bebida alcohólica y se lo negara, invitándola en cambio a desayunar.
Tal vez algún día la propia Débora nos cuente qué hubo de cierto en todo esto pero, sea como sea, un hecho indiscutible es que Doña Elvira sintió inmensa piedad por la joven. Le gritaba, rezongaba contra ella y hasta sospecho que en algún momento debe haberla zarandeado de lo lindo, pero la quería. Débora evidentemente debe haberlo notado también, porque algunos detalles de su conducta, más allá de la emotiva despedida posterior de ambas, así lo indican. Para empezar, sabemos por Lucy que Débora se había fugado de su hogar, pero el trato rudo que recibía de parte de Doña Elvira no conseguía desapegarla de ésta, y si luego se alejó de ella fue simplemente porque, como todos en la vida, finalmente tuvo que seguir su propio camino. Secundariamente, aunque a veces, de palabra, se hacían daño de veras una a la otra, en los pocos momentos en que reinaba la paz en aquella casa ,se notaba cierta inexplicable unión entre ambas. Débora, ya lo veremos, había tenido penosos inicios en la vida, se hallaba muy lastimada. Doña Elvira tenía el sufrimiento grabado en todas y cada una de las arrugas de su rostro, y posiblemente creyera que su vida no era más que una amarga sucesión de fracasos. Si era dura con Débora, si le gritaba y hasta llegaba a golpearla, lo hacía en un intento un poco duro de que ella no terminara igual. La vieja, aunque inculta, era sabia a su manera; y que tenía un gran corazón se le notaba en la forma en que estiraba penosamente sus ingresos para costear la alimentación de todo su zoológico personal y hallar siempre la forma de hacer sitio a un nuevo animalito que hallaba tirado en la calle o en su mismo terreno. Por qué fue Débora y no otra persona quien la conmovió tanto, tal vez no lo sepamos nunca, quizás ni ella misma llegó a saberlo, pero estoy seguro de que la vio como a otro gatito desvalido y la quiso con toda su alma.
Por otra parte, se dio el hecho de que, viviendo Débora en casa de Doña Elvira, arrojaron en el terreno de ésta un cachorrito de gato. Débora al principio no entendió que alguien pudiese hacer una cosa semejante. Le parecía completamente cruel. Hasta sacrificarlo le hubiera parecido más humanitario que abandonarlo así, ¡y era tan lindo el gatito! ¿Cómo se podía ser tan insensible?... Doña Elvira se mostró satisfecha de que su protegida tuviera las mismas ideas que ella al menos en ese aspecto, y pronto se hallaron las dos inclinadas sobre el gatito en cuestión para acariciarlo. Si pudiera volver atrás en el tiempo, una de las cosas que haría sería sacarles una foto a ambas en esta faena, porque fue una escena de inmensa ternura.
También se dio el caso de que alguno de los eternos quejosos, con la rabia de siempre, se plantó frente a la casa de Doña Elvira gritando las habituales groserías contra los gatos de ella. Antes de que la vieja pudiera salir con su combatividad habitual, se le adelantaba Débora, con los ojos echando chispas. Llegó a hacerse odiar mucho más que la propia Doña Elvira, pues ésta, aunque belicosa y altiva, trataba de guardar el respeto como toda una dama aunque los insultos de los otros sobrepasaran todo límite del decoro. Débora no. Ella tenía un lenguaje sucio y barriobajero, que alguna vez trató de emplear con Doña Elvira, ganándose con ello el único soplamoco comprobado (sospechamos que hubo más) que le propinó la implacable mano de la vieja. A cada grosería del airado vecino de turno, replicaba ella con grosería y media. Pero su autoestima estaba baja, y algunos lo notaron y aprovecharon para meter el dedo en la llaga, humillarla hasta el llanto y así hacerla callar. La primera vez que eso ocurrió, Doña Elvira se la llevó adentro, haciéndola apoyarse en ella. Era cosa extraña, por cierto, ver a Débora, bastante alta y de complexión fornida para una mujer, apoyarse en la más bien menuda Doña Elvira, pero supongo que el dolor no entiende de tamaños.
-No haga nunca más eso, m'hija, no salga, que a mí no me gusta que la basureen. Yo ya estoy acostumbrada. Yo me arreglo sola-dijo esa vez Doña Elvira.
Pero por muy sabio que fuera el consejo, era imposible de seguir, porque Débora de verdad quiso a Doña Elvira, y me atrevo a afirmar que ésta fue, para ella, lo más cercano a una verdadera madre que jamás tuvo; y era lógico, por lo tanto, que saltara en su defensa cuando la veía atacada.
Todo lo cual, sin embargo, no quitaba que existieran entre ellas todas las asperezas imaginables. Doña Elvira detestaba que Débora le sustrajera plata para comprar cigarrillos. Cualquier otra cosa era discutible, pero no eso. Exigió de Débora, por un lado, que consiguiera un trabajo con el que se costeara ella misma sus vicios, amén de aportar algo de dinero a su nuevo hogar; segundo, que asistiera al colegio en horario nocturno para hacer la secundaria. Este último punto desató varias tormentas entre ambas, porque aunque Débora estaba de acuerdo en trabajar, no tenía el menos interés en terminar sus estudios.
Doña Elvira por poco no la mata cuando se lo dijo.
-¡Usted va al colegio y termina su educación, o si no, me va a ver!-rugió-. ¿O no se da cuenta de que sin estudios no hay progreso?... ¡Usted va al colegio porque lo digo yo, y se acabó!
Así que en marzo, a su debido momento, Débora se inscribió para recibir instrucción secundaria en horario nocturno. Antes incluso de que ello ocurriera, los domingos compraba el diario para leer los anuncios clasificados en infructuosa búsqueda de un empleo. Pero poco y nada conseguía, porque se sentía inútil para todo y, por ello, rara vez se presentaba en respuesta a algún aviso. De todos modos, ya que compraba el diario, aprovechaba de paso para leer el horóscopo, en espera de que éste le anunciara que pronto conocería el gran amor de su vida. Porque, por encima de cualquier otra cosa, su sueño era ése: encontrar un hombre que la quisiera.
Y ya iniciadas las clases en la escuela nocturna, Doña Cata, un día, escuchó el ruido de una moto en la calle, y se asomó para ver en la ventanita de la cocina, corriendo el correspondiente cortinado plástico lleno de grasitud.
-Uia-dijo-. Mirá, Cacho, ¡es el Fabio!... ¡La trajo a la Débora en la moto!...
Cómo me gusta ese chico, pensó, mientras le llegaba el habitual "Sí, querida" de su esposo. Lindo muchacho, educado y amable. Me recuerda un poco al Cacho cuando tenía su edad. Mirá que dulce que es con la Débora... Igual que el Cacho cuando éramos jovenes...
Y así pensando, desvió por un momento la vista hacia el comedor, donde su marido miraba fútbol o quién sabía que otro deporte por televisión. Sí, así era él...Así era...Era...Era... Aquella conjugación en amargo tiempo pasado siguió resonando en su cabeza aun mucho después de que desvió la vista nuevamente, como hacemos siempre que vemos algo que nos es desagradable.
En el horizonte del hogar de Cacho y Doña Cata, acababa de asomarse un primero y siniestro nubarrón preanunciando una violenta tempestad matrimonial.

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