Alveric, el juglar, era uno de los hombres del Lord, el que expresaba su lado más afable y pretendidamente amistoso. Ganidiel lo prefería antes que a cualquier otro de los siniestros lacayos del horrible señor local. A veces, cometía incluso el enorme error de confiar en él. Tal vez porque, desde que su sombra lo había abandonado, se sentía demasiado solo para ser muy exigente en lo que se refiriese a compañía. En Alveric veía Ganidiel algo de lo que a él le hubiera gustado ser, uno de esos apuestos hombres de mundo que parecen dueños de todo aquello que sus ojos alcanzan a ver, y cuya sola aparición suscita murmullos admirados. Y algo de esto, lo que podía verse, era efectivamente el juglar; pero tenía encubierta una faceta mucho menos amable, que la lógica permitía entrever en su misma condición de siervo del amo de aquellas tierras. El Lord sin duda lo había reclutado en las oscuras regiones inferiores, si él mismo no procedía de allí.
De cualquier manera, Alveric se mostraba simpático con Ganidiel, aunque a la vez un tanto burlón. Daba al posadero muchos consejos que aquel no siempre seguía ni siempre rechazaba. En el fondo, ganidiel sabía que mejor haría en no oír a Alveric; pero eso era muy difícil de hacer. En primer lugar, porque el oído del joven posadero estaba hambriento de una voz amiga; y cuando se tiene verdaderamente hambre, se devora cualquier cosa que se tenga al alcance de la mano, incluso algo perjudicial para la salud. Y en segundo lugar, porque aunque Alveric mentía mucho (o eso suponía Ganidiel) a menudo bajo sus mentiras y engaños había una media verdad, o una verdad oculta y deformada. Y Ganidiel no podía resistir la curiosidad, ni el deseo de vencer en astucia a cualquier hombre del Lord.
Parecía, sin embargo, que esta vez la mentira de Alveric era tan obvia como el ataque de un dragón que despierta hambriento de un prolongado letargo.
-Esto es ir demasiado lejos-replicó Ganidiel-. ¿Sir Galahad...mi sombra? No pretenderás, supongo, que crea eso. Sir Galahad ya existía mucho antes de que mi sombra y yo nos separáramos. Es el hijo de Sir Lancelot.
Alveric lanzó una carcajada desagradable.
-Mi querido e ingenuo Maese Ganidiel... ¿No irás a creer, me imagino, tamaña tontería?-preguntó-. Sir Lancelot, ese magnífico y jactancioso bribón, valiente y astuto como un zorro; Sir Lancelot, el campeón de mil torneos y otras tantas batallas; Sir Lancelot, ese hábil seductor que ha decorado la esta del Rey Arturo con una cornamenta que supera en tamaño la del ciervo más soberbio que pueda hallarse en los bosques; Sir Lancelot... ¿padre de Sir Galahad? ¿De este retardado que lo deja todo por ir a buscar una copa que podría no existir y que perteneció a un muerto que tampoco se sabe si existió?
-No hables así-lo amonestó Ganidiel, molesto.
-¿Y por qué no?-se burló Alveric, sentándose en la silla más próxima y echándose hacia atrás en ella, al tiempo que cruzaba sus botassobre la mesa que tenía enfrente-. Es la verdad. Ni tú ni nadie estuvo vivo en los años en que supuestamente tuvo lugar la vida y pasión del gran Jesús. No puedes dar fe de que haya existido. No importa, supongamos que sí existió realmente, ¿por qué no?... Este Jesús tuvo una vida posible en muchos aspectos. Hasta puedo creer que haya hecho milagros, o trucos que parecieron milagros. Sí, sí, como no... Fue, en resumen, un hombre, uno muy bondadoso. Ya lo sabemos. Pasemos al fin de la historia: lo traicionaron, lo abofetearon hasta cansarse, lo fustigaron sin parar mientes en el número de latigazos, recibió escupitajos y burlas a granel, le pusieron una corona de espinas y por último lo crucificaron. Fue un tonto, y no un tonto común: el Rey de los Imbéciles. La suya fue la agonía de la bondad. Es lo que suele suceder: a todos los que llevan la bondad a tales extremos, por lo general les va así. Viene ahora la parte ridícula de la historia: a los tres días, se nos dice, Jesús resucitó... ¡Justo iba a creerlo!-lanzó otra carcajada-. Alguien que se dejó golpear, insultar, escupir, atormentar y matar, ¿tendría el poder de resucitar de entre los muertos? Sin contar que yo, en su lugar, no querría resucitar por nada en el mundo. ¿Para qué? ¿Para que me siguieran pegando, azotando, insultando, escupiendo? ¿Para que me crucificaran una vez más?... Claro que, en primer lugar, teniendo tan inmenso poder, ¡cualquier día iban a hacerme algo similar a mí! Antes hubiese desplomado el Cielo sobre sus cabezas... Pero ese Jesús dejó que le hicieran todo eso. Por algo habrá sido, ¿no? Tal vez, porque ni siquiera podía defenderse... ¿Y cómo puedo creer, entonces, que revivió de entre los muertos? No importa. Tráeme a otro que lo haya hecho, y lo admitiré entonces como posibilidad, al menos. ¿Tú conoces a alguien que haya muerto y vuelto a la vida?
-No-gruñó Ganidiel, enfadado y mortificado; pues, aunque coincidía con Alveric en que al menos la parte de la Resurrección debía ser simplemente un cuento, no por ello dejaba de ser un bello cuento, uno que él amaba. Las burlas de Alveric le producían el mismo efecto chocante que la visión de una piara de jabalías haciendo destrozos en un florido jardín.
-¿Y entonces, Maese Ganidiel?-sonrió Alveric, con la expresión de quien se alivia de haber hecho entender el más elemental de los conceptos a un descomunal idiota-. ¿Sabes?, me sorprende haber tenido que explicarte todo esto a ti. Deberías ya conocer los inmensos alcances del Mal, y cómo se complace en juguetear con el Bien antes de aniquilarlo, igual que el depredador con su presa. Pues, ¿qué otra cosa es la Resurrección, sino un cuento y un engaño, una maniobra del Mal para encauzar a sus víctimas en dirección a su propio fin? Convence a un hombre de que debe ser extremadamente bueno, y será más fácil engatusarlo, esquilmarlo, dejarlo más desnudo que Adán y convertirlo en un pelele, hasta cansarse de él y eliminarlo sin hallar de su parte la menor resistencia. El que es bueno, es estúpido; y en materia de estupidez, pocos han llegado tan lejos como Sir Galahad... No, hijo de Sir Lancelot no es, te lo garantizo.
-Sí lo es-porfió Ganidiel-. Todo el Reino lo sabe, aunque finja no saber quién es su madre.
-¿Y qué sabes tú de "todo el Reino"?-preguntó Alveric, en son de desafío-. Nada, sólo lo que puedes ver y oir en estas tierras que te vieron nacer. En otras partes, tal vez, alguien te oiría decir esa gansada y se echaría a reír. O no: tal vez la misma creencia la tenga el resto del Reino, como tú dices. Pero es un engaño, un encantamiento lanzado por mi señor, que ha confundido las mentes de todos.
-¿El Lord?-inquirió Ganidiel, escéptico-. ¿Y por qué haría él tal cosa?
-Tus ideas acerca de la diversión son tan limitadas que me espantan-replicó Alveric-. ¿No recuerdas cómo, siendo niño, te acercabas a un hormiguero y ponías obstáculos ante el paso de las hormigas para ver qué hacían? ¿No les dejabas comida y te ponías a ver cómo la llevaban al hormiguero?
La verdad, Ganidiel no se acordaba muy bien, pero sí, le parecía haberlo hecho alguna vez. En todo caso, había visto hacía poco a otros niños hacerlo.
-Las reacciones de las personas ante los estímulos son más complejas que las de las hormigas-señaló Alveric-, y eso las vuelve juguetes apropiados para los poderosos. ¿O crees tú que mi señor ignora tu incredulidad ante mis palabras? La conoce y le divierte. Tú también te divertirías en su lugar. Ha hecho un trabajo mucho mejor de lo que él mismo imaginaba, sembrando falsos recuerdos en cientos, miles de seres humanos, haciéndoles creer que Sir Galahad es un hombre, un Caballero de la Mesa Redonda y, pobres inocentes, el hijo de Sir Lancelot. Imagina a una anciana, una vieja nodriza de Camelot que tal vez "recuerde" incluso haber tenido en brazos a Sir Galahad cuando éste era bebé. Los hechos: Sir Galahad jamás fue bebé. Su primera aparición como un ser de carne y hueso fue como adolescente, hace casi tres años, cuando dejó de ser tu sombra para vivir una vida independiente como humano. Y jamás pisó Camelot, aunque él y otros crean recordar que sí lo hizo.
-Sabes, esta conversación no tiene pies ni cabeza. Abreviemos, que tengo un cliente esperando-dijo Ganidiel.
Efectivamente, el miserable y andrajoso anciano plagado de parásitos llegado a la posada junto con Sir Galahad seguía sentado a la mesa adonde lo instalara el Caballero, sin prestar atención al diálogo, con su mirada tan extraviada en los laberintos de su senilidad como al llegar.
-No creo que hayas venido por casualidad, Alveric. ¿Qué quiere de mí tu maldito Lord?-exclamó Ganidiel con dureza.
-Epa, epa... Te estás poniendo insultante, Maese Ganidiel, eso no es sabio...-replicó el juglar, sonriendo ferózmente, a la vez que se ponía de nuevo en pie. Ganidiel se estremeció y asintió-. La pregunta no es qué quiere el Lord, sino qué quieres tú. Mi amo ya se ha aburrido de jugar con esta hormiga que es Sir Galahad, y cuando las hormigas ya no lo entretienen a uno, se tiende a vérselas como una plaga muy molesta que daña huertos y jardines. Pero tú eres un buen siervo suyo y, por consideración hacia ti, está dispuesto a tolerar a Sir Galahad, que fue creado a partir de tu sombra obedeciendo a una petición tuya. Sin embargo, ha de olvidarse de su estúpido Grial, e incluso de la Caballería. Se le concedió una existencia humana porque tú querías tener un amigo; que lo sea, entonces, y que se dedique a ayudarte con la posada. De eso lo tendrás que convencer tú.
-Si no lo convenzo, el Lord lo hará matar, ¿verdad?-preguntó Ganidiel, tragando saliva.
-Hombre, hombre... Qué manera tan cruel, directa y poco cortés de decir las cosas... Te ganarás la confianza de Sir Galahad, quien ha venido aquí, imbécil como siempre, guiado por lo que él llama Dios y en la creencia de que el Grial se encuentra cerca de aquí. Cuando él te pregunte, le dirás que sí, que puede ser, que tal vez, que en el Castillo de tu amo el Lord... Pero le aclararás que es un sitio donde no será recibido hospitalariamente y en el que correrá peligro, cosa cierta, como bien imaginas. Será ése el momento de convencerlo de que le más le valdrá quedarse aquí, contigo. Si no acepta, que siga su camino; que de todos modos aquí, contigo, es donde finalmente terminará.
-¿Qué quieres decir?-preguntó Ganidiel, asustado. Pues aunque nadie podía abandonar el pueblo, porque a cada intento de huida la magia negra del Lord curvaba los caminos y hacía que el frustrado fugitivo concluyese en el punto de partida, no creía que fuese eso lo que se pretendía hacer con Sir Galahad.
-Que si ese Caballero en que se ha transformado tu sombra se arroga la osadía de apersonarse en el Castillo de mi señor, allí terminarán sus días como ser humano y volverá a ser lo que siempre fue y nunca debió dejar de ser: tu sombra-contestó Alveric.
-Yo todavía no creo que sea mi sombra. ¿Cómo puede serlo? Es más alto y más apuesto que yo-señaló Ganidiel.
-No me hagas reír. Cuando era tu sombra no podías verle los rasgos, sino sólo el contorno, ¿verdad? Y ese contorno, ¿tenía tu forma exacta? No, variaba según tu posición y la del sol o la de cualquier otra luz que te alumbrara. A veces parecía la sombra de un enano, otras veces se estiraba como si la hubieran hecho pasar por el potro del tormento.
-Pero luego dejó de ser mi sombra, se hizo humano y lo vi con esa forma por unos pocos segundos antes de que me abandonase. Y no lo recuerdo con esos rasgos, ni tan alto.
-Lo viste sólo durante un momento fugaz, han pasado tres años, y para colmo no tienes la mente abierta. Como lo viste llegar de bruñida armadura, lo crees un Caballero, cuando es en realidad, apenas, la sombra de un posadero. Te sientes poco importante a su lado, cuando el verdaderamente insignificante es él. No es asombroso que un ser así tenga tan poco cerebro que pierda su tiempo yendo en pos de un mito como lo es el Grial, si lo piensas. Convéncelo bien, ¿eh?, que es mejor que por fin haga algo útil, como ayudarte a atender la posada. Si todavía no estás persuadido, te daré otras pruebas: normalmente, un villano como tú, un posadero, hace una generosa genuflexión para saludar a un Caballero, en tanto que tú te limitaste a alzar una mano ante tu Galahad (ya es hora de que dejemos de llamarlo "sir"). ¿Por qué? Porque viste en él algo que te resultó familiar y querido: tu antigua sombra y a la vez el amigo anhelado. Un Caballero, si un villano no lo saluda debidamente, por lo general armaría tamaño escándalo. ¿Lo hizo Galahad? Qué va. Te saludo al mismo tiempo y en la misma forma que tú lo hiciste con él...salvo que lo hizo con la mano opuesta. En efecto, tú alzaste tu mano izquierda, él la derecha, como lo haría tu imagen reflejada ante un espejo o... tu sombra, lo que en realidad es. Sin darse cuenta, actúa como en los días en que estaba sometido a tu servidumbre. Por último, tengo la impresión de que mientras subíais ambos las escaleras, viste a Galahad con una silueta, digamos, un poco distinta... Como la de una sombra que se alarga. Pero si todo esto no te ha convencido, nada lo hará, Ganidiel, y ya no seguiré gastando saliva. Espero haberla gastado y no malgastado.
Así diciendo, Alveric dejó el laúd sobre la mesa y, recogiendo su capa, se la echó sobre los hombros. Luego tomó de nuevo su laúd, y se dispuso a salir.
-¿Qué ocurrirá conmigo si decido callarme y dejar que Sir Galahad siga su camino?-preguntó Ganidiel.
-Mira, posadero, me estás cansando-replicó Alveric con fastidio-. Demasiadas consideraciones se toma mi señor contigo al tener en cuenta lo que tú deseas. Te da la oportunidad de tener a tu vieja sombra como amigo en la forma de Galahad, tal y como tú quisiste en su momento. Si has variado de opinión, es cosa tuya, pero se te ordena dar cierta respuesta a Galahad, cuando te pregunte por el Grial, y se la darás. Y luego, lo dejarás ir solo adonde tiene que ir. Si te atreves a acompañarlo serás tú a quien se dé muerte, y no a Sir Galahad, pero éste desaparecerá contigo, pues la sombra de una persona no subsiste cuando esa persona muere. Ir con él sería mala idea, Ganidiel: en nada lo ayudarías, y obtendrías en cambio gran perjuicio. Sabes, hay elecciones y elecciones, finales y finales. Pregúntaselo a ella...
Y Alveric señaló con su mirada la gran mancha roja dejada por la sangre de la obesa, hinchada garrapata que había pisado un rato antes. Ganidiel sintió un nudo en la garganta.
En ese momento se escuchó una risa divertida y medio reprimida. Ganidiel y Alveric alzaron las cabezas a un tiempo, asombrados. El viejecillo sucio, maloliente e infestado de bichos era quien reía; tanto, que hasta le saltaban lágrimas.
-Ay, hijo-musitó-, espero que seas mejor cumpliendo amenazas que templando laúdes...
Tal vez su mente siguiera divagando, tal vez no se dirigiera a Alveric, tal vez sus recuerdos vagaran por una situación pretérita muy similar a la presente...pero Ganidiel, aterrado, empalideció, pensando que quizás Alveric no lo viera de ese modo. El posadero apenas si había tenido vagos atisbos del verdadero alcance de los malvados, horrendos poderes de los lacayos del Lord.
Alveric, sin embargo, echó una mirada al anciano y sonrió con mofa y desdén, pensando sin duda que sería un inexcusable derroche de tiempo y energía vengarse de alguien tan insignificante, y caminó hacia la puerta, para gran alivio de Ganidiel.
En el momento en que salía, el juglar se permitió una última mirada por encima de su hombro, en dirección al viejecillo. En los ojos de Alveric había una maligna chispa de duda. Qué pensó entonces, imposible saberlo, pero no hizo nada, excepto arremolinar su capa, negra como la misma noche, y salir de la posada como una temible tormenta dispersa por el viento.
Tal partida alivió grandemente a Ganidiel, pero se preguntaba todavía qué haría con Sir Galahad. Cada vez se convencía más de que, por extraña que fuera la idea, el Caballero era una parte de él mismo, su sombra extraviada, como se le había dicho. Y también tal y como se le había dicho, su fidelidad al Lord iba a ser puesta nuevamente a prueba. Si salía triunfante de esa prueba, ganaría un amigo o recuperaría al menos su sombra. Si no, no se atrevía a imaginar las posibles consecuencias de su nueva deslealtad.
Antes, una sola vez, y sólo con el pensamiento, le había sido infiel al Lord: cuando, con tal de que se le diese un compañero, un amigo con el que hablar (tanto lo atormentaba la soledad por ese entonces) había hecho a uno de los emisarios del siniestro señor feudal un montón de promesas que no tenía la menor intención de cumplir. El emisario lo había sabido de algún modo, y a través de él, instantáneamente, también el Lord, quien no había perdonado siquiera esa ínfima rebelión. Su castigo había sido que el amigo anhelado y creado a partir de su sombra vengara deslealtad con deslealtad, abandonándolo. Era un castigo lógico para alguien que había fallado en la fidelidad y obediencia absolutas que le eran requeridas, ser abandonado por el único ser, mudo e incorpóreo, que hubiera debido seguirlo a todas partes en eterna esclavitud.
Ganidiel no podía sino asombrarse de cuán distinta de él era esa sombra suya en su vida independiente. Al parecer, le gustaba la vida aventurera, el sueño, el desafío. Había llegado a Caballero. ¿Había llegado? No, sólo creía haber llegado... Con la autorización del todopoderoso Lord, vivía una ficción próxima a desmoronarse en cualquier momento, igual que esos castillos que Ganidiel construía a veces con naipes, tan precarios que caían al menor suspiro. Todos en el Reino hablaban, de una forma u otra, de Sir Galahad, supuesto hijo de Sir Lancelot; y todos ellos estaban igualmente engañados, desde el más miserable pordiosero hasta, tal vez, el propio Sir Lancelot e incluso el Rey Arturo, pasando por el propio Ganidiel, que recién ahora era libre del encantamiento del Lord. Nunca había existido Sir Galahad hasta hacía tres años, en que tal vez todavía no era "sir" (y tal vez nunca lo había sido), pero sí Galahad: una simple sombra metamorfoseada en ser humano merced a poderes que estaban más allá del entendimiento del más sabio de los mortales.
Eran cosas difíciles de asimilar. No obstante, todo tenía que ser cierto. Y no obstante, ahora que lo sabía, ¿qué haría Ganidiel? Sir Galahad poseía una belleza ultraterrena y una mirada limpia pero firme. Complacía a Ganidiel que alguien así fuera parte de él mismo. Pero se le pedía que intentara disuadirlo de la búsqueda del Grial y de su dedicación a la Caballería. O bien, que lo guiara hacia una celada en la que perdería su efímera y ficticia existencia carnal, para volver a ser sólo una sombra.
Ninguna de estas opciones agradaba a Ganidiel. Presentía que, en caso de que Sir Galahad se quedasepara ayudarlo a atender la posada, su candorosa belleza desmedraría mucho, pues le venía de su mismo espíritu lleno de ideales y sueños. Al verse obligado a reprimirlos, eso se trasluciría en su mirada, que se volvería tan agria como la del propio Ganidiel: Tal vez ello fuese preferible a que lo mataran y redujesen a ser de nuevo una sombra condenada a eterna sumisión.
En esto pensaba, cuando escuchó la cascada voz del viejecillo haraposo, sucio y lleno de parásitos:
-¿Y mi comida, qué?
A lo cual replicó Ganidiel simplemente trayendo un poco de carne, vino y fruta. En el momento en que llevaba estas cosas a la mesa del anciano, éste lo aferró por la muñeca.
-Y el otro joven, el que vino conmigo, ¿ha cenado?
-No, dijo que no quería comer-replicó Ganidiel.
-¿Es muy amigo tuyo?
-Los Caballeros y los villanos no pueden ser amigos, son demasiado distintos desde su misma cuna-replicó Ganidiel, intentando zafarse del viejo.
-¡Ah, ah!-exclamó el viejecillo, apretando más la muñeca de Ganidiel. Y agitó frente a las narices de éste el pulgar que le quedaba libre-. Qué conveniente, qué conveniente... Porque los Caballeros, los buenos Caballeros, mueren jóvenes, hijo, caen en servicio, y es triste tener que llorarlos. Mueren en combate, franco o traicionero; eso no importa, los muertos son muertos y se acabó, y los campos de batalla están llenos de cadáveres sobre los que revolotean los cuervos, devorándolos...
Y el viejo soltó a Ganidiel e imitó acertadamente el graznido y el aletear de un cuervo. El posadero quiso aprovechar para huir, pero no fue lo bastante rrápido. En un instante, la mano del viejo lo hábía capturado de nuevo.
-¿Eres amigo de este joven, de este Caballero?-preguntó el anciano.
-No, ya os dije que no-replicó Ganidiel, aterrado. El viejo iba de nuevo a hablarle, sin duda, de Caballeros muertos en batalla y del festín que con ellos se daban los cuervos. Imaginar a Sir Galahad como uno de esos Caballeros muertos le llenaba el alma de desazón.
-Yo le sirvo-dijo confidencialmente el viejo-. Soy su palafrenero. No, no: su escudero, eso es lo que soy, sí. Alguien debe cuidar de él, ¿eh?
Ganidiel, que había empezado a temer que el viejo fuese otro lacayo del Lord, de repente desestimó su propia sospecha, y rio burlonamente.
-¿Vos, el escudero de Sir Galahad? Creí que no lo conocíais...
-¡Que si lo conozco!... Lo tuve en mis brazos cuando nació-murmuró el anciano. Pero de repente su rostro mudó de expresión, y pareció despertar confuso de un sueño muy prolongado-. ¿Quién eres, hijo? ¿Por qué te estoy aferrando así?
-Eso es lo que a mí me gustaría saber-gimió Ganidiel, consternado, mientras aprovechaba para liberarse.
-Descansa, Basilio-suspiró el anciano, mirando hacia un lugar donde no había absolutamente nada ni nadie-. Yo ordeñaré la vaca en cuanto acabe de desayunar.
"Este viejo está más loco que una cabra", pensó Ganidiel, meneando la cabeza. Miró de soslayo aquellos harapos en los que pululaban las alimañas, y el espectáculo lo repugnó de tal manera, que decidió que de ningún modo alguien tan desaliñado y lleno de inmundicias dormiría, siquiera por una noche, bajo el mismo techo que él.
Sin embargo, era el invitado de Sir Galahad. Sombra o no sombra, éste todavía tenía espada, y bien que debía saber usarla; y tal vez no viera con buenos ojos que se expulsase a quien él protegía. De modo que había que persuadirlo primero de que ello era necesario. Subió, pues, hasta los aposentos adonde había alojado a Sir Galahad y ayudado a quitarse la armadura, y golpeó la puerta hasta que se lo invitó a entrar. Ganidiel se asombró de que el caballero no hubiese puesto llave a su puerta.
-Sir Galahad, excusadme, pero ese hombre que vino con vos me llenará de bichos repugnantes la cama donde lo haga dormir si le permito hospedarse aquí-dijo al Caballero ya acostado.
-Pues qué extraño-comentó Sir Galahad, sin inmutarse-. A juzgar por lo que estoy constatando, más que dejar la cama llena de bichos, yo diría que puede conseguirse muchos otros.
-Como digáis, señor-replicó resignadamente Ganidiel, haciéndose humo, avergonzado. La posada, en efecto, llevaba mucho tiempo vacía de huéspedes humanos, pero plagada de muchos otros visitantes no deseados que correteaban por todas partes. Ello era así porque si se está solo se tiende al abandono y el desaseo. ¿Cómo hubiera podido im,aginar que precisamente ese día llegaría un huésped?
Cuando Ganidiel volvió a la planta baja, el viejo masticaba su cena imitando entre medio, con exactitud asombrosa, los ruidos de diversos animales: gato, perro, rana, ciervo, jabalí...
-Leonel, hijo, tráeme más vino-pidió al posadero. Este pensó en presentarse formalmente, pero comprendió enseguida que sería inútil, puesto que la mente del viejo no funcionaba bien.
Pero cuando llevaba a la mesa el vino solicitado, advirtió que no era necesario, pues el viejo no había terminado el que se le había servido en primer término.
-Joven, joven, siéntate y sé bienvenido-dijo el anciano, capturando de nuevo a Ganidiel por la muñeca.
-No tengo tiempo. He de servir a mis otros huéspedes. ¿No veis que la posada está llena?-pretextó Ganidiel, contando con que el viejo fuera fácil de engañar, en vista de que no estaba del todo en sus cabales.
Pero el enciano echó una mirada a su alrededor, desconcertado.
-¿Que la posada está llena de gente?-preguntó, auténticamente pasmado-. ¿Te encuentras bien de la cabeza, hijo? Sin ánimos de ofender, claro.
Ganidiel se sintió tonto, y se ruborizó.
-Vuestro señor me llama. Sir Galahad-dijo para salir del paso. Pero el viejo lo miró todavía con mayor extrañeza que antes, y el rostro de Ganidiel se puso aún más colorado-. ¿No sois su escudero?
-¿Yo, escudero? ¿Y de ese bobo que va tras una quimera?-preguntó el viejo, como si se lo acusara de algo en verdad ofensivo.
Ahora Ganidiel estaba enojado. Cuando loco, el viejecillo al menos era bueno; pero ahora, recobrada al parecer su cordura, se estaba convirtiendo en una persona de lo más desagradable.
-Ese bobo que va tras una quimera paga vuestra cena y alojamiento; de modo que vais a ser correcto al hablar de él, u os prometo hartaros a patadas de aquí hasta la puerta, adonde os acompañaré para asegurarme de que no volváis.
-¡Eeeeeeeeeh! ¡Qué mal carácter!-protestó el anciano, enfurruñado-. ¡No me digas que crees en esa tontería del Grial!
-No es de vuestra incumbencia lo que yo crea o no.
-¡Al Diablo! ¿Por qué no decir que es un tonto, si lo es?
-¡No es un tonto! ¡Es un buen muchacho!-rugió Ganidiel.
-Debe ser que opinas así porque eres un imbécil peor que él. ¡Tu buen muchacho, como todos los que de verdad son buenos, acabará derrotado y humillado, y morirá solo como un perro!
-¡Porque es un valiente!
-¡Será un valiente muerto! ¡Y un fracasado! ¡Vaya mérito!
-¡No hablaréis así de él en tanto estéis en mi posada!
Así se gritaban Ganidiel y el anciano, igualmente acalorados de furor uno y otro; y tanto alboroto armaban, que Sir Galahad, en el piso superior, escuchaba perfectamente lo que decían. No le ofendieron los furibnundos y despectivos truenos del anciano, que tal vez tuviera algo de razón; pero en cambio lo emocionó la enardecida defensa que le dedicaba Ganidiel. Decidió intervenir. Así como estaba, bajó de nuevo las escaleras. Pero no había llegado al último peldaño, que de repente en la planta baja se hizo el silencio, seguido de una serie de preguntas hechas sin duda por el viejecillo, y que sonaban ciertamente angustiadas:
-¿Quién eres, querida? ¿Qué hago yo aquí? ¿Dónde está mi hijo? ¿Por qué no estoy en casa? ¿A dónde se han ido todos los míos?
Sir Galahad intentó por un instante imaginar qué terrible tragedia había en el pasado el anciano, y sintió tristeza, no sólo por él, sino por todos los miserables y desamparados.
-A salvo. Tranquilizaos-dijo con compasión; e inclinándose sobre el viejo, lo abrazó protectoramente.
Ante aquel espectáculo, Ganidiel se sintió a punto de estallar de orgullo. Aquel joven bello y magnífico, valiente y bueno, tal vez fuera solamente una sombra, aunque no lo supiera. Pero era grande y noble. Y era parte de él; algo que había escapado a su control y seguido su propio camino, el más difícil, el más arduo, el más exigente. Ganidiel nunca había sentido amor por sí mismo. Era torpe, cobarde, holgazán, poco agraciado y a menudo malo sin querer serlo, por simples razones de conveniencias. Sir Galahad no era nada de esto; ¿cómo no quererlo, entonces? Y era parte de él, de Ganidiel. Por primera vez en su vida, el posadero encontraba en su persona algo digno de ser amado: su sombra.
-Venid-siguió diciendo Sir Galahad al anciano-. Dormiréis en mis aposentos, vos en la cama y yo en el suelo, que ya estoy acostumbrado a ello.
-Señor...-murmuró Ganidiel.
-Mañana hablamos-lo interrumpió suavemente Sir Galahad, abrazando de nuevo al viejecillo y ayudándolo a incorporarse.
Ganidiel los vio ascender juntos las escaleras, y le vinieron ganas de ir tras ellos; porque, súbitamente, al hallarse solo, tuvo miedo. Solo, es una forma de decir. Nunca estaba solo, y ahora menos que nunca. Estaba muy mal acompañado, lo que es diferente.
Porque en cada rincón de la posada, en cada ángulo formado por la unión de la techumbre y las paredes, había oscuridad; y en esa oscuridad, mudos e invisibles, pero en constante alerta, estaban los poderes de las Tinieblas a los que el Lord se encontraba aliado. Sin duda lo habían visto ceder a la emoción, defender imprudentemente a Sir Galahad de los insultos del viejo, enorgullecerse de quesu antigua sombra se hubiera revestido de las nobles cualidades que tanto abominaba el Lord.
Y su imprudencia, no lo dudaba, no quedaría impune.

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