Ganidiel durmió agitadamente esa noche, con recurrentes pesadillas de las que despertaba angustiado y sin recordar exactamente qué había turbado su sueño. Despertó muy temprano por la mañana, más que de costumbre, debido a un alboroto, unos relinchos en la recepción de la posada. Al parecer, increíblemente, un caballo se había introducido en la planta baja, quién sabía cómo.
Todavía en ropa de dormir, fue a toda prisa a ver lo que ocurría... Y la sorpresa e indignación se apoderaron de él.
No había allí caballo alguno: el viejo se había levantado, y los relinchos eran imitaciones de su extenso repertorio. Al ver a Ganidiel, compuso su eterna sonrisa bobalicona.
-El Caballero ya se ha levantado... Y he pensado que no le vendría mal un caballito... Sí.
"Maldito viejo idiota", refunfuñó Ganidiel, para sus adentros. Ahora recordaba que una de sus pesadillas había consistido en escenas de batalla en las que Sir Galahad era rodeado por las siniestras huestes del Lord, y muerto de una forma u otra. Tal vez los relinchos remedados por el viejo habían propiciado el clímax para tan nefasto sueño. Decir que tenía ganas de estrangular al anciano era minimizar los hechos.
¿Y de verdad estaría Sir Galahad despierto? Convenía cerciorarse. De aquel viejo no era posible fiarse en modo alguno. Si de verdad el Caballero estaba despierto, Ganidiel, so pretexto de servirlo apropiadamente, podría tener una charla con él, la que le exigía el Lord.
Fue, pues, a adecentarse, y luego subió hasta los aposentos de Sir Galahad. Halló la puerta entreabierta, y al Caballero despierto, como se le había dicho.
-Disculpad, señor, mi intromisión-se excusó Ganidiel-, pero entré sin llamar porque creí posible que durmierais aún. ¿Queréis que os prepare vuestro desayuno?
-Buenos días. No, aún no; pero aprovecho que estás aquí para agradecerte por defenderme tanto de palabra anoche, aunque no necesitaba que lo hicieras. Lo que diga contra mí ese pobre anciano no puede afectarme, y él merece compasión.
-Como digáis, señor-convino Ganidiel; y añadió, tras reunir coraje:-. Por cierto, ha venido un hombre del castillo cercano. Nuestro señor os invita a visitarlo hoy...-se preguntó a qué hora debía ir Sir Galahad, pero supo la respuesta como si se la estuvieran dictando en susurros-...una hora antes de la medianoche. Solicita puntualidad. Creo que tiene algo que ver con el Grial.
-Ah, sí. Esperaba algo así. ¿Podré llevar un acompañante? No tengo escudero. ¿Querrías serlo tú?-preguntó Sir Galahad, mirando ansiosamente a Ganidiel.
-Francamente, no-replicó Ganidiel-. No vayáis, señor- rogó, ya sin ocultar su temor-. Es una trampa, lo sé. Es gente malvada la que mora allí, si gente puede llamársela, y no os quieren para nada bueno. Van a mataros. Vos solo no podríais contra tantos.
-Pero el Grial podría estar allí. Sí, me doy cuenta de que ésta no es tierra amigable para personas como yo. Pero con mayor razón debo ir. Un objeto sagrado no puede quedar en manos malignas.
-Señor-suspiró Ganidiel-: ¿os acordáis de mí? ¿Os consta que no fue aquí donde nos vimos por primera vez? ¿Que hasta hace tres años estuvimos siempre unidos?-y se sintió ridículo al hacer estas preguntas; porque si Sir Galahad no se acordaba, iba a creerlo loco.
-Sir Galahad, pensativo, lo miró con fijeza.
-No hay forma de que no recuerde, ¿verdad? Me falta algo- replicó; y añadió, para sorpresa de Ganidiel:-. Anoche, cuando me conducías hasta aquí, en la escalera, volví a verte más o menos como eras antes: mi sombra, mi fiel sombra.
Aquello era lo último que Ganidiel hubiese esperado. Permaneció por un momento mudo de asombro; luego dijo:
-Pero estáis en un error, señor. Nunca fui vuestra sombra; de hecho, vos erais la mía.
-¡YO!...-exclamó Sir Galahad-. ¿Bromeas, o perdiste la razón? ¿No recuerdas, acaso, cómo me rogabas una y otra vez por tu libertad? Pensé que si te la daba, perdería un siervo pero ganaría un amigo, cosa que necesitaba, pues me sentía solo; de modo que clamé al Cielo para que te eximiese de seguirme a todas partes, y disfrutaras tú también de una existencia en carne y hueso, y de una voz con la que darte a entender a otros aparte de mí. Y ese milagro se cumplió. Sin embargo, creo que mi súplica fue un error; que más te hubiera valido continuar a mi servicio. Porque me abandonaste, dejándome más solo que antes; y mira ahora dónde has acabado...
-¡NO!-exclamó Ganidiel, desechando de antemano esta nueva y para él más extraña versión de los acontecimientos. Así responden siempre quienes más convencidos están de tener razón, y son, paradójicamente, los más susceptibles de ser engañados-. Yo no era vuestra sombra, vos erais la mía, hasta hace casi tres años. Y ni bien nacisteis a vuestra nueva vida y me visteis, algo en mí os asustó, no sé qué fue, y huisteis de mi presencia.
-Pero es imposible-arguyó Sir Galahad, confuso-. Recuerdo perfectamente mi niñez en todos sus detalles; y hace más de tres años que quedó atrás.
-Falsos recuerdos, señor, que el Lord, quien os creó, ha puesto en vuestra mente para burlarse de vos.
-¿Y ése es el hombre que requiere mi presencia en su castillo esta noche?-preguntó Sir Galahad-. Pero él no tiene poder para crear realmente nada, ésa es una prerrogativa de Dios nuestro Señor...
-¡Eso creeis vos!-replicó Ganidiel-. Dios no existe, es un invento más del Lord, cuyo poder no conoce límites.
-¡Pero qué blasfemias son ésas que dices!-exclamó Sir Galahad, irritado.
-¡Es completamente cierto! Ved si no, señor, que supuestamente sois hijo de Sir Lancelot y la señora Ginebra, nuestra Reina; y sin embargo, ¿os parecéis por ventura a alguno de los dos? No, pues fuisteis hecho carne hace apenas tres años, merced a los poderes del Lord-alegó Ganidiel, recordando las palabras de Alveric sobre ese tema.
Empalideció Sir Galahad ante estas frases y, por primera vez, empezó a tomar en serio la posibilidad de que Ganidiel estuviera en lo cierto. Porque hacía escasos tres años que Sir Lancelot, supuestamente su progenitor, le había revelado la identidad de su desconocida madre; y desde entonces, su padre le parecía un extraño. No entendía Sir Galahad, en efecto, cómo un hombre en quien el Rey tanto confiaba podía haber traicionado tan vilmente a su señor, cortejando a la Reina. Ni tampoco entendía cómo ésta era capaz de sonreír a su real marido, aparentar que nada sucedía, fingir que él, Sir Galahad, no era su hijo, sino sólo uno más entre los Caballeros de la Mesa Redonda. Había tanta hipocresía en esa situación que, desde entonces, todos en Camelot le parecían unos desconocidos. No deseaba volver allí, y se alegraba de que la búsqueda del Grial le brindara una excusa para mantenerse alejado durante tanto tiempo. Pero hete aquí que ahora se le decía que no era solamente extraño en Camelot, sino directamente en el Mundo; que mientras todos los demás descendían de Adán, él era apenas engañosa oscuridad hecha carne. De repente, sintió que su realidad entera se deformaba, como si también ésta fuera sólo una sombra.
-Tal vez tengas razón en eso-respondió débilmente-, pero en nada más. Dios vive, y Jesucristo su Hijo, quien vino para redimirnos; y aunque no sea yo criatura del Señor, sino la de un ser maligno, El se compadecerá de mí, y me aceptará por adopción entre los suyos-pero era más un deseo que una auténtica convicción. Nunca antes había sentido tambalear tanto su fe.
-¡Mentira!-gritó Ganidiel; y apiadado de la inmensa pena y turbación de Sir Galahad, añadió, utilizando de pronto el tuteo:-. me duele decirte esto. Qué más querría yo que tuvieras razón, qué más quisiera sino ser como tú. Pero lo cierto es que no hay Dios, que la bondad es inútil y que sólo el Mal es auténtico y prevalecerá eternamente. Los hombres sólo podemos servirle en mayor o menor grado, aunque más no sea para que nos deje en paz.
Sir Galahad tenía gran corazón, pero tal vez escasas luces. Mientras Ganidiel seguía hablando de esta manera, cada vez más se persuadía de que todo cuanto decía era cierto. No obstante, algo en el Caballero era más duro y firme que la armadura que llevaba o su misma fe.
-Pero por más que alguna vez haya sido tu sombra, ya no lo soy-precisó con tristeza-. Dices no saber por qué te abandoné. No recuerdo nada de tu versión de los hechos; pero siendo cierta, ¿cómo no habría de abandonarte? ¡Si muy triste hubiera sido quedarme y vivir como tú!...¿Te has oído a ti mismo, con qué miedo hablas de ese Lord tuyo? No sé si ese hombre es el mismísimo demonio, pero en todo caso, y a lo que parece, muy lejos no ha de andar.
-No hables así, baja la voz-rogó Ganidiel, asustado.
-¡Hablo como me viene en gana y no bajo la voz ni un poquito!-gritó Sir Galahad.
-No seas tonto-insistió Ganidiel, alarmado, mirando en todas direcciones-. No desafíes de esa forma al Lord; no es sabio malquistarse con él.
-Ya estoy malquistado, y cómo, con todas las fuerzas de la Oscuridad, ¡y qué me importa! Y si esto no es sabio, menos lo es ser un servil del Diablo, cuya causa tiene tan mal aspecto.
-¡Si no entras en razones, serás destruído!...¿No eres capaz de entenderlo?
-¿Y qué si así fuera? Me acabas de decir que todo lo hermoso y bueno que hay en el mundo, todo en lo que creí y amé y en lo que vale la pena creer y amar, es falso. ¿Por qué querría yo vivir en un mundo que es todo lo opuesto? Seguiré poniendo mi corazón en lo que, según tú, son falsedades. No tengo opción. Si estás en lo cierto y el Lord va a destruírme, pues... Que así sea... Qué más puedo decir...
-Por lo que más quieras, no te obstines. Sé que te ha gustado el papel de Caballero. Pero es hora de que enfrentes la verdad. Renuncia a todo: a Camelot, a la búsqueda del Grial. Quédate aquí, conmigo, y ayúdame a atender la posada. No cometas la tontería de aceptar la invitación del Lord; por otra parte, él mismo me ha pedido que te disuada...
Hasta los más tontos hacen hallazgos brillantes cuando están hambrientos de esperanza, por ínfima que sea ésta. Los ojos de Sir Galahad súbitamente se llenaron de anhelo.
-¡Si te pidió que me disuadieras, es que no está tan seguro de ganar!-exclamó, triunfante.
Eso a Ganidiel no se le había ocurrido, pero pensó que era una tontería siquiera arriesgarse a probarlo, y además el castillo del Lord estaba repleto de hombres armados, mientras que Sir Galahad estaba miserablemente solo.
-Lo hizo para que tuviera la oportunidad de conservarte a mi lado como amigo-contestó-. Pero si aceptas la invitación, morirás, y volverás a ser lo que fuiste en un principio, nada más que una sombra. Y si no aceptas la invitación ni te quedas conmigo, descubrirás que no tienes más opciones. Pues de este sitio, una vez que se llega, ya no se escapa.
-Si se ha llegado a este sitio, es que hay otros, y que se viene de uno de ellos; de Camelot, en mi caso-razonó Sir Galahad-; y por lo tanto a ése o a cualquier otro sitio puedo volver, de un modo u otro.
-No te empecines-suplicó Ganidiel, horrorizado-. No sé qué hay más allá de este lugar, pero probablemente la Nada. El Lord está lleno de trucos e ilusiones, y sin duda ha creado espejismos y fantasmagorías hermosas para que la gente crea en ellas, tenga esperanza y se decepcione amargamente al ver que ésta ha sido vana. Pues se solaza en el sufrimiento de los otros. Como has dicho, todo en lo que creíste alguna vez, todo lo que tus sentidos aceptaron como verdadero, tal vez fue simplemente una falacia, un embuste. El Grial fue una de las mayores; Dios y Jesús, las más descaradas.
-Tal vez-aceptó Sir Galahad-, o quizás seas tú el engañado. Pero no importa. No sabría vivir de manera distinta acomo he vivido hasta ahora. Quiero dignidad y esperanza, amor y alegría. No quiero vivir en este mundo tenebroso y malévolo que describes como el único posible.
-¿Prefieres, entonces, que te maten y te reduzcan a una existencia de servidumbre bajo la forma de una sombra? ¿En tan poca estima tienes tu libertad? ¿Tanto te domina tu ilusión de Grial, que no eres dueño de ti mismo? ¿De decidir lo que más te conviene? ¿Hasta ese punto estás sometido a ese Dios ficticio en el que has creído todo este tiempo?
Ganidiel-replicó Sir Galahad-. No estroy dominado por la ilusión del Grial, pero deseo hallarlo. Mi sumisión a Dios es voluntaria; mientras que tú, deseando estar en otro lado y sirviendo a otro amo, estás subyugado por tu tiránico Lord. Eres mucho menos libre tú que yo; y de hecho, si tu sombra volviera a ser, hallaría una vez más la forma de liberarme. Y tú puedes, creo, ser libre también... si vienes conmigo.
-¡Estás loco! El Lord me haría pedazos. Es más, ya me ha hecho saber que eso haría conmigo si te acompañaba... No, yo me quedo aquí.
-Ganidiel, ¿has pensado que tal vez exista una manera de vencer al Lord? Ya no importa quién fue antes la sombra de quién: ¿qué pasaría si tú volvieras a ser mi sombra o, si nunca lo fuiste antes, lo fueras ahora por primera vez?
-¡Es una locura lo que estás diciendo!
-¿Por qué? Incluso suponiendo que alguna vez yo haya sido tu sombra, en algún momento dejé de serlo. Durante muchos años me mantuve alejado de tu Lord. No quiere que yo vaya a su castillo pero, si debo ir, quiere que vaya solo. ganidiel, creo que tiene miedo. Por pequeña que sea la esperanza, esperanza hay. ¡Tal vez tema que vayamos juntos, porque podríamos acabar con él!
-O tal vez le demos lástima, porque de esa forma deberá matarnos a los dos-ironizó Ganidiel-. No, no iré. No soy un guerrero. Haz lo que quieras, pero yo me quedo aquí. Iré a preparar el desayuno. De todas maneras, tienes todo el día para pensarlo. Intenta recapacitar.
Sir Galahad miró al posadero a los ojos. De repente, la idea de ir solo al castillo del Lord lo aterró, tal vez porque en las pupilas de Ganidiel ya se veía a sí mismo como cadáver.
-Lo mismo digo-concluyó, sombrío.
Ganidiel salió de la presencia de Sir Galahad bastante afligido por mil razones. Sabía de sobra que el Caballero tenía razón y que no era realmente libre; pero también sabía, o creía, que esa vida que llevaba era en realidad la única posible; que el Mal era una fuerza siniestra y avasallante contra la cual era imposible luchar con éxito. Como mucho, se podía pactar con ella, y eso era todo. Lo sabía porque, desde que tenía uso de memoria, no había más mundo que los dominios del Lord, que nadie podía abandonar. Circulaban historias sobre lo que había más allá, pero probablemente fueran simples supercherías y absurdos. Camelot, por ejemplo, parecía bastante real a juzgar por las palabras de Alveric, pero tal vez no fuera exactamente lo que la gente pensaba. Quizás, incluso, estuviera enclavada en los mismos dominios del Lord, sin que nadie lo supiera.
Por lo visto, Sir Galahad estaba muy aferrado a la idea de que él era realmente un Caballero, alguien llamado a luchar contra el Mal y la injusticia. Y no renunciaba tampoco al Grial ni quería saber nada de prosternarse sumisamente ante el Lord, o de venerar a la Oscuridad como el único Dios verdadero. Pensar en todo ello enorgullecía a Ganidiel y hasta lo alegraba un poco: no era cualquiera sino su sombra hecha materia, una parte de él mismo, quien así se rebelaba contra las potestades de las Tinieblas. Pero a la vez lo aterraban las posibles consecuencias de esa actitud desafiante.
Ahora sabía Ganidiel por qué había sentido, al ver por primera vez a Sir Galahad, como si estuviera frente a un hermano. Lo había amado porque era parte de él mismo; la única parte de él mismo, a decir verdad, digna de ser amada. El resto era sumisión y servilismo, cobarde y obsequioso vasallaje del Lord, pero Sir Galahad tenía mirada limpia y noble, y llevaba la cabeza en alto. Lo horrible era que por eso mismo su vida estaba condenada.
Todo el día estuvo Ganidiel reflexionando sobre estos asuntos, atormentado por el dolor y el miedo, a falta de otra cosa con la que entretener el tiempo ocioso en la taberna sin más huéspedes que Sir Galahad y el viejo venido con él. Este último no le hacía las cosas más fáciles. De tanto en tanto lo aferraba por la muñeca, impidiéndole ir, y se ponía a divagar. A veces, sus historias versaban sobre combates de los que el posadero jamás oído hablar antes. El viejo mencionaba a buenos y nobles Caballeros de antaño que habían terminado sus días humillados y derrotados, pisoteados por corceles de guerra entre la sangre y el polvo del campo de batalla; e imitaba a la pefección el ruido de los cascos al galope y los magníficos relinchos de los caballos, confiriendo al relato gran realismo. Pero el lúgubre final, siempre el de los Caballeros aniquilados y convertidos en comida de cuervos, con el viejo remedando los desagradables graznidos de esas aves, hacían deplorar tal realismo; y Ganidiel, nervioso ante la tétrica y dolorosa temática, de nuevo empezó a sospechar que el viejo posiblemente fuera un lacayo del Lord venido de incógnito.
Sir Galahad también meditaba en la soledad de sus aposentos, y siguió haciéndolo cuando salió a respirar aire puro, sabiendo que posiblemente aquel sería el último día de su vida y no tendría ocasión de volver a hacerlo. Tal vez, de no haber tomado tal decisión, se hubiese dado por vencido y aceptado la oferta de Ganidiel de quedarse a ayudarlo con la posada; porque el interior de la misma estaba custodiado por seres invisibles y malignos que acechaban desde cada ángulo, ocultos en la penumbra, y murmuraban nefastos presagios que Sir Galahad oyó en su mente, acusándolo de ser un idiota y augurándole un horrible fin. Pero cuando salió de allí, sus pulmones se llenaron de aire puro, y el sol entibió su rostro; y miró el azul del cielo, y los misteriosos bosques distantes, desde donde venía el canto de la alondra y el ruiseñor. Y Sir Galahad pensó en las maravillas y bellezas del mundo y en todo cuanto era bueno; y reflexionó que, si tales cosas eran reales, valía la pena luchar por ellas aun cuando el precio fuera la muerte; pero, siendo engaños del Demonio, como afirmaba Ganidiel, ni vivir valía la pena. Así que decidió que seguiría su propio camino.
Cuando otros pensamientos que ya lo habían asaltado antes volvían a su mente, dio la casualidad de que Ganidiel estaba cerca, pues había ido al establo a dar de comer y beber al caballo de Sir Galahad, y halló a éste haciéndolo personalmente.
-Al menos ahora entiendo mejor las cosas-dijo Sir Galahad; y Ganidiel, ahora que lo sabía una mera sombra, y no un Caballero, pudo optar por irse; pero la fuerza del hábito le impidió la descortesía de dar la espalda cuando le hablaba alguien que, por su aspecto, era de sangre noble.
-Siempre desentoné en Camelot-prosiguió Sir Galahad-, pero sólo hace unos años me di cuenta de hasta qué punto. Fui el único imbécil que durante años ignoró la infidelidad de la Reina y la deslealtad de Sir Lancelot, a quien creía mi padre y un buen hombre. Hasta tú sabías del tema, aquí, tan lejos de Camelot. Yo no lo entiendo. tenemos un buen Rey, algo que, según dicen, pocas veces sucede. El no merece que se lo traicione así. En Camelot se vocea mucho acerca de honor e ideales; ya veo lo importantes que son allí en realidad... Tal vez fue bueno que me alejara en busca del Grial. Su Majestad tal vez hubiera reconocido en mí algo de las facciones de la Reina. Siempre decía que yo era parecido a mi padre. Yo no veía tal parecido, aunque por suerte tampoco hallé semejanza con nadie más. Es cierto que luego tampoco la busqué: Me sabía fruto de una traición, y eso me avergonzaba y me avergüenza aun como si el traidor fuese yo mismo. Eso aparte de lo raro que es pensar que llamas Reina a quien en realidad deberías llamar madre...
-Aquí estarás bien-dijo nerviosamente Ganidiel. Algo en el lamento de Sir Galahad lo desazonaba, le partía el corazón. Le parecía que él tenía la palabra justa para consolarlo, pero que le estaba vedado brindársela.
-Ya no estaré bien de ninguna manera. Estoy solo. Lo estaría aun en medio de una muchedumbre. Pues pienso y siento distinto de cuantos me rodean, tú inclusive. Pero ésta es la única forma en que quiero pensar y sentir. Tal vez tengas razón, y todso aquello en lo que creo sean sólo engaños del Diablo, pero en nada más deseo creer. No entiendo más creencia que ésta, ni tampoco otra conducta-y concluyó Sir Galahad:-. Esta noche iré al castillo de tu Lord y hallaré el Grial o la muerte, lo que allí me esté esperando.
-Si es lo que deseáis-murmuró sombríamente Ganidiel, suspendiendo el tuteo para con Sir Galahad, conmovido por el sentimiento de espantosa, mísera soledad que palpitaba en las palabras de aquél.
"Ya está derrotado. El lo sabe e igual de obstina en ir", pensó el posadero, y huyó antes de que se notara que estaba llorando. Sir Galahad tal vez no fuera realmente un Caballero, pero para Ganidiel lo era: un héroe valiente y noble condenado a siempre estar en el bando perdedor. "Pero es un tonto. Podría quedarse conmigo y dejar de estar solo", reflexionó, y la idea lo consoló un poco, pensando que no valía la pena llorar a alguien así... Pero no pudo evitar que su alma continuase sintiéndose oprimida por elcercano desenlace de aquella amarga historia.
Y aunque la espera se hizo interminable, como la agonía de un moribundo, cayó al fin el ocaso, y el cielo se oscureció como ennegrecido de hollín. La noche había llegado, una oscuridad espesa, fúnebre y sin estrellas; y Sir Galahad decidió aprestarse para marchar hacia el castillo del Lord. Solicitó entonces ayuda de Ganidiel para colocarse la armadura, pero él se rehusó.
-Si deseáis suicidaros, hacedlo... pero sin mi ayuda-se justificó.
Sir Galahad, que no podría equiparse debidamente sin que alguien lo ayudara a ello, estaba a punto de partir así como estaba, pero a último momento el viejo, que permanecía en un rincón diseminando sus rastreros inquilinos a diestra y siniestra e imitando a diversos animales como por lo visto era rutina en él, tuvo un momento de lucidez, entendió lo que pasaba y se ofreció a colaborar. Ganidiel se molestó mucho, pues había contado con que Sir Galahad, sin armadura, se acobardara después de todo, y decidiera no ir a la trampa que sin duda le aguardaba en el castillo del Lord.
Y por un momento, Ganidiel se sintió más desorientado que nunca por la conducta del viejo, que ora hablaba despectivamente de Sir Galahad, ora le ofrecía su ayuda.

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