Ya avanzada la noche, Ganidiel sintió una opresión interior. Parecía que el mundo se hubiera vuelto, nada más, tinieblas. Era lógico que hubiera mucha oscuridad afuera, puesto que era una noche sin luna; pero más la había en el interior de la posada, con sus múltiples rincones atestados de criaturas tan invisibles como antinaturales, vigilando al joven posadero para que ni en sueños osara trasgredir los límites impuestos por el Lord. Ganidiel las sentía allí, acechando más siniestras que el mítico Cancerbero, imponiendo cadenas a su alma. Sir Galahad tenía razón: era un prisionero, un títere. Pero el cautiverio era la única forma de sobrevivir bajo el dominio del Lord, y él estaba dispuesto a soportarlo. Por mero instinto amaba la vida, aunque la misma le resultara sosa y a menudo cruel.

      -No es demasiado tarde. Todavía puedes venir conmigo-dijo una voz a sus espaldas.

      Ganidiel se volvió. Allí estaba Sir Galahad, debidamente armado, equipado y listo para partir.

      -Todavía puedes quedarte aquí, en ese envoltorio mortal que te dio el Lord, en vez de subyugado y condenado a ser de nuevo sólo una sombra-replicó-. Pero si no es tu deseo, te indicaré cómo llegar al castillo.

      -Indícame entonces, por favor-fue la lacónica, sombría respuesta.

      Y Ganidiel dio las instrucciones solicitadas, y luego ninguno de los dos volvió a pronunciar palabra; pero permanecieron mirándose mutuamente hasta que Ganidiel, incómodo, desvió la vista. En los ojos de Sir Galahad leía que ni aun doblegado, humillado y reducido sería su sombra sino, en todo caso, la sombra de lo que era ahora, más allá de que se lo condenase a seguirlo a todas partes como se esperaría de una sombra. Tal vez para él fuera fácil, no tenía nada que perder: se trataba de una vuelta a un estado anterior. Pero Ganidiel había nacido humano, no sombra. Desafiar al Lord no le acarrearía como castigo una regresión, sino la muerte; perspectiva que le resultaba aterradora.

      Luego de esa interminable mirada, Sir Galahad salió, seguido por el viejo, que estaba imitando a diversos animales, como con frecuencia lo hacía desde su llegada. Cuando ambos hubieron salido, la posada se sumió en atroz, fúnebre silencio; y Ganidiel, nervioso, se preguntó si, después de todo, Alveric le habría dicho la verdad en lo referente al destino final de Sir Galahad. Tal vez simplemente el plan fuera matarlo, y de convertirlo nuevamente en sombra, nada. El posadero trató de alejar de sí este pensamiento, pero le fue imposible, porque el viejo había saturado su mente de imágenes de estrepitosas batallas y Caballeros muertos. Para colmo, no tardó en descubrir que, contrariamente a lo que había supuesto en un principio, Sir Galahad había partido solo. Pudo haber optado por llevar de escudero al viejo pero, tal vez porque la razón de éste se había extraviado de nuevo, había preferido dejarlo atrás. La idea de que aquel Caballero de mirada franca y limpia terminara sus días a manos del Lord empezó a oprimirlo como el nudo de una horca en torno al cuello. Si había al menos algo de bondad en el mundo, un retazo de luz rebelde a las sombras que lo rodeaban, era Sir Galahad. Tal vez fuera la única, pero seguía siendo una luz, pese a que, paradójicamente, había tenido su origen en la osacuridad.

      "Y era una parte de mí mismo", pensó Ganidiel, mortificado. Lo único que de seguro era bello y noble en el mundo, él lo condenaba a una muerte amarga y solitaria. ¿Pero podía hacer otra cosa? Era un cautivo en su propia posada, y sus intangibles, invisibles y horripilantes guardianes, intuyendo sus pensamientos, enseñaban colmillos y garras, gruñendo amenazadoramente.

      Así, estrangulado de horror y de pena, paralizado de miedo, Ganidiel no pudo hacer otra cosa que recrear en su mente lo que tal vez esperara a Sir Galahad en el castillo del Lord.

      Y lo que imaginó (por decirlo de algún modo) fue en verdad muy similar a lo que sucedió:

      Sir Galahad cabalgó sin prisa hacia el castillo del Lord, sabiendo que marchaba hacia una celada y, tal vez, hacia su propio fin. Pero igual siguió adelante: la esperanza de hallar el Grial era ahora todo cuanto le quedaba, y lo único que daba razón a su vida. Perderla no le importaba si Ganidiel tenía razón y no existía o si, de todos modos, no estaba destinado a hallarlo.

     Todavía estaba lejos cuando desde el interior del castillo se bajó el puente levadizo y se subió el rastrillo. El jinete y su caballo traspasaron la entrada. Adentro, todo estaba en una quietud de muerte; pero entre las sombras se veían siluetas inidentificables, de inmovilidad estatuaria. Al entrar él, hubo un sinfín de cuchicheos siniestros y risitas semiahogadas y burlonas; y tras su paso, volvió a subir el puente levadizo, y bajó el rastrillo, mientras en la oscuridad, manos envueltas en hierro empuñaban espadas que salían céleres de sus vainas; en lo que Sir Galahad se anticipó en un segundo a sus enemigos.

      En lo alto de los muros, algunas figuras observaban la escena, malignas y anhelantes. Por tenebrosa que estuviera la noche, se veía que al menos una de ellas tenía un porte magnífico, pero ello no disminuía su aire buitresco. El instinto de Sir Galahad le hizo reconocer en esa figura a Alveric, igual que reconocía, en todos los presentes, al Mal triunfante.

      Entonces Sir Galahad fue rodeado lentamente por la hueste enemiga. El caballo estaba próximo a desbocarse, y su jinete no tuvo más remedio que desmontar, porque muy pronto no podría controlarlo. Acto seguido, el joven Caballero, valientemente, intentó abrirse paso hacia el muro más cercano para que éste le cubriera las espaldas. Lo intentó; pero sus enemigos le salieron al encuentro, y eran demasiados. Peleó bien, pero finalmente, tras denodada y dispar lucha, Sir Galahad fue malherido, desarmado y humillado, y aun entonces la rabia, la amargura y la desesperación lo hicieron resistirse sin éxito un rato más, hasta que un brutal golpe en la cabeza lo privó incluso de ese estéril esfuerzo. Se alzó entonces entre los vencedores un clamor jubiloso y enardecido, que patentizó que aquella no era una victoria más, sino que se acababa de doblegar, al fin, a un adversario tenaz y peligroso y, por ello, doblemente odiado. En medio de su aturdimiento, Sir Galahad advirtió una horrenda e imponente presencia nueva y, gracias a un débil esfuerzo, llegó a entrever  una silueta colosal, magnífica y aterradora ante la que todos a su alrededor se prosternaban. El Lord había llegado para paladear su triunfo.

      Pareció lógico entonces que Sir Galahad fuese muerto sin más dilación; pero incluso las criaturas que se dicen independientes obedecen impulsivamente ciertas leyes por motivos que ellas mismas desconocen, incluso las más malvadas. Y se dice que, aunque Sir Galahad estaba ya más muerto que vivo, el momento propicio  para asestarle el golpe de gracia debía ser a medianoche, pero para eso faltaba todavía más de media  hora; de modo que para pasar el tiempo lo arrastraron a las mazmorras para atormentarlo con un hierro candente a modo de adelanto de su destino final. Allí engrillaron sus muñecas, lo colgaron de unas cadenas, y se dio comienzo a la tortura frente a un espantoso público apiñado en torno a él y con Alveric en primera fila.

      Y todo esto, con mayor o menor detalle, Ganidiel lo vio o lo adivinó; de hecho, casi oyó los  pocos alaridos que pudo proferir el desventurado Caballero, su sombra, la parte de él mismo que había decidido escapar hacia la libertad. El posadero trató de resistir a lo que le pareció una suprema condena a su cobardía, pero se hallaba ya muy vacilante, y esa vacilación no pasó inadvertida a las monstruosidades invisibles que lo acechaban. Volvieron a gruñir con mayor ferocidad que antes.

      Pero ya era tarde. Ganidiel estaba arrepentido de haber dejado solo a Sir Galahad y horrorizado de la posible suerte del Caballero; y cuando oyó afuera el graznido de un cuervo, le vino de un pantallazo la imagen de una de esas aves devorando el cadáver de Sir Galahad, y ya no resistió más.

      Se puso de pie de un salto, y ganó la puerta dispuesto a enfrentarse a la lúgubre noche. Las malignas inmundicias brincaron tras él pero, por un instante, tanto ellas como el propio Ganidiel, en cuanto éste abrió la puerta, quedaron inmovilizados de estupefacción; porque había alguien allí, obstruyendo la salida.

      Era el viejo. Ya no parecía chiflado sino, de hecho, mucho más lúcido que un avispado adolescente. Hizo a Ganidiel un guiño cómplice, imitó el graznido de un cuervo y sonrió, apartándose para permitir el paso al joven posadero. Y de inmediato, el cuerpo lleno de achaques del anciano se cubrió de un torrente de luz, ante el que retrocedieron las fuerzas del Mal, entre el temor y el odio, reconociendo por fin, aunque demasiado tarde, al espía enemigo infiltrado todo el tiempo entre ellos. Pues del chorro de luz no volvió a emerger la figura del viejo, sino lo que éste siempre había sido, un espléndido, altivo ángel, portando una espada llameante.

       -¡Corre! ¡Por allí!-exclamó el ángel, señalando en cierta dirección; y sin  hacerse rogar, hacia allí corrió Ganidiel, mientras la diabólica horda a cargo de su custodia medía las fuerzas del ángel y de su arma, que les cerraban el paso hacia el fugitivo.

     Había en la dirección indicada por el ángel algo que antes no estaba allí, una luz que se veía al final de cierto trecho del bosque. Ganidiel no supo por qué, pero era importante alcanzarla. Siguió corriendo sin animarse a mirar atrás, y cuando la tuvo cerca vio que era una especie de puerta aparecida sin marco en medio de la nada. Todavía no había llegado a ella cuando escuchó un temible estrépito tras él. Al parecer, las fuerzas demoníacas encargadas de vigilarlo habían abatido o burlado al ángel, y reanudaban la persecución. Ganidiel no quiso mirar hacia atrás; presentía que, esta vez, aquellos seres debían ser bien visibles, y mejor ni imaginar su aspecto. El Mal ya no iba a gastarse en sutilezas seductoras con él, esta vez iba a mostrar su costado más aterrador. Por otra parte, la tentación de volver la cabeza no se presentó. Estaba seguro de que la puerta luminosa conducía a una especie de atajo hacia el castillo del Lord, y lo único que quería era llegar hasta allí y deshacer el mal del que su silenciosa inercia lo había hecho cómplice. De repente se echó a llorar. En parte, por el remordimiento; un poco, por miedo; mayormente, por el júbilo de sentirse, por primera vez en su vida, realmente libre.

      A escasa distancia, centímetros, tal vez milímetros de la puerta luminosa, unas fauces llenas de dientes filosos lo capturaron por el tobillo derecho. Ganidiel pateó furiosamente con la pierna que tenía libre y trató de salvar ese trecho mínimo que le faltaba cubrir, hasta que se vio atrapado también por las muñecas por lo que parecían unas manos poderosas, duras como el acero. Soltó un gemido. De momento, nada más pudo ver, porque sus propias lágrimas se lo impedían; pero otros lo vieron a él, y sintieron un pánico de muerte.

      -No es Sir Galahad, ¡es Ganidiel! ¿Pero cómo...?

      Aquel grito espantado provenía de una garganta que Ganidiel reconoció de inmediato, la de Alveric, y se vio interrumpido por un súbito  temblor de tierra. El posadero, por lo poco que pudo ver a través del llanto, había tomado, merced a un portento, el lugar de Sir Galahad en la mazmorra y en el suplicio y se hallaba, como antes él, con las muñecas engrilladas y su cuerpo pendiendo de una cadena. Qué había sido del Caballero, por el momento era imposible saberlo, pero cabía esperar que estuviera a salvo. Otra cosa importaba más ahora, algo que apenas podía captar, pero que le producía un inmenso alivio.

      Porque aquello que Ganidiel jamás hubiese creído posible estaba sucediendo ahora, algo que le sonaba a gloria y triunfo. Lo adivinó al escuchar alaridos de pánico, rugidos en son de impotente desafío, inútiles corridas hacia una vana fuga. Era como si llegara el fin del mundo. Ganidiel entendió poco, pero sí comprendió lo que había que comprender:  luego de una eternidad de despiadado yugo, el dominio del Mal llegaba a su fin, el vasallaje del Lord se desplomaba irremisiblemente.

      Esta única certeza reconfortó al posadero, aunque algo lo inmovilizaba y aunque sentía todo su cuerpo como una llaga gigantesca. Dejó de llorar y, en ese momento, advirtió otra cosa.

      Por primera vez, luego de tres años, su cuerpo proyectaba una sombra, muy tenue, sí, pero una sombra. Eso significaba, pensó, que había llegado tarde. Sir Galahad estaba muerto.

      "Tenía que ser así", pensó, afligido, sin poder resignarse del todo. Hubiera querido que Sir Galahad se salvara, aunque él hallara la muerte. Y de hecho, también él estaba muriendo, así lo sentía. ¿Por qué tenía Sir Galahad que haberse perdido también en la Nada?

      Había ya cesado el alboroto, el nido del Mal se había esfumado misteriosamente con todos sus ocupantes. Ganidiel yacía ahora en el suelo, muy débil. En eso, vio que allí, en donde antes había estado la mazmorra, aparecía un niño como de siete u ocho años, y de aspecto muy singular. No era hermoso en el sentido convencional del término, pues no era rubio, de ojos azules, ni ninguna de esas frivolidades que a veces inflan desmesuradamente la vanidad de tantas madres y tantos padres si de su hijo se trata; pero tenía gran expresividad, y sus pupilas rebosaban alborozo, irreflexión, algo que parecía orgullo y, como debe ser en todo niño de esa edad, una deliciosa combinación de inocencia y picardía. Al verlo, Ganidiel se sintió feliz por alguna razón y, aunque le costaba hablar, dijo:

      -Tienes que irte. Ahora eres libre. Ya no te harán daño-porque lo había tomado por un prisionero del Lord, aunque no había en el niño la traza de quien ha sufrido cautiverio.

      Y en ese momento se asustó, porque había visto  su  reflejo en los ojos del niño, y no era su propia imagen lo que veía allí, sino la de Sir Galahad. Pero cada movimiento que él hacía, se repetía en aquel reflejo. Todo indicaba que, sin saberlo, su espíritu había tomado posesión del cuerpo de Sir Galahad. La idea le produjo rechazo y horror de sí mismo, como si hubiese cometido un abominable sacrilegio, una profanación.

      -Tranquilo. Todo está bien. Me llamo Joel-le aseguró el niño. Hizo un guiño cómplice, sonrió e imitó el graznido de un cuerpo; y entonces supo Ganidiel con quién estaba, alguien que antes había tomado la forma de un  viejo medio loco, sucio y lleno de parásitos.

      -No dejes que muera Sir Galahad, por favor-suplicó Ganidiel al ángel.

      -Ssssshhhhh... Todo estará bien, mejor de lo que imaginas-lo tranquilizó Joel, sentándose a su lado sin dejar de sonreír; y Ganidiel sintió que sería como le aseguraba aquel extraño, inusual ángel-. Descansa. Ahora sabrás qué ocurrió realmente. Sabrás, esta vez sí, la verdad-hizo una pausa y continuó:-.Te preguntas por qué elijo estas apariencias para manifestarme ante ti. En realidad, mi apariencia depende de cómo me veas tú. El Bien, sabes, rara vez parece algo tentador o agraciado; es el Mal quien se reserva las formas más seductoras y poderosas. Claro que ya has visto esta noche de qué le sirve...

      Ganidiel experimentó una profunda paz a medida que oía hablar al ángel. Este sonreía como si hubiera cometido la mayor de las travesuras. Tal vez la había cometido realmente, tomándoles el pelo a todas las fuerzas infernales.

      -El hombre, sabes, es una rara mezcolanza de elementos muy disímiles-prosiguió Joel-. En el más malvado hay elementos buenos, y en el más bondadoso, elementos malos. Lo que llamamos Salvación es un proceso alquímico para mezclar esos elementos disímiles y transformarlos en algo noble y valioso. Como todo proceso alquímico, éste lleva mucho tiempo. A veces, algo pone en riesgo el éxito de ese proceso. En el caso de Sir Galahad, ello ocurrió hace casi tres  años, cuando se enteró de la identidad de su hasta entonces desconocida madre: la Reina. Lógicamente, eso implicaba que su padre, Sir Lancelot, había efectuado cierto trámite en el lecho real. Lo sabían todos en el Reino, excepto el propio Rey y, hasta aquel momento, Sir Galahad. Este no lo entendió, no pudo comprender esa deslealtad de los dos seres en quien el Rey Arturo más confía, los que más ama. Su Majestad nunca supo que aquel año que se supone la Reina pasó orando piadosamente aislada en un convento, en realidad no tuvo otra finalidad que encubrir su embarazo y parto... Y la gente, sabiendo todo esto, hizo la vista gorda, y eso Sir Galahad tampoco lo entendió.

      'A partir de entonces se sintió extraño en Camelot, y decidió irse. Pero la soledad lo abrumaba. ¿Sabes por qué se sentía tan solo?: porque ni siquiera estaba consigo mismo; porque una parte de él quería ser puesta a prueba y ser hallada merecedora del Grial, como siempre, mientras que otra parte de él, cansada y harta, quería simpemente llevar la vida cómoda, sencilla y sin sacrificios de un hombre común.

      -Entonces yo...-balbució Ganidiel.

      -Siempre fuiste Sir Galahad, una parte de él, la que quería las cosas sencillas y fáciles-lo interrumpió Joel-. Por eso desde el principio lo sentiste como un hermano. Se te llamó Ganidiel cuando Sir Galahad, para ser puesto a prueba una vez más, fue desdoblado en dos personas distintas, una de las cuales fuiste tú.  Tu cuerpo fue creado a partir de la sombra de Sir Galahad pero, antes de eso, ninguno era la sombra de nadie, ambos erais un único y mismo ser, Sir Galahad. Ya independientes uno del otro, cada uno de vosotros recordaba las cosas a su manera, pero tus recuerdos no iban más allá del momento en que adquiriste entidad propia, remembranza además muy confusa, porque antes de eso nunca existió Ganidiel el posadero. Asombra que nunca te hayas planteado cuán extraño era que no pudieras ir con tus recuerdos más que tres años atrás en el tiempo, pero es que estabas bajo un hechizo. Viviste la falacia que le fue permitida al Diablo idear en torno a ti, pero era sólo eso, un espejismo al que tú mismo dabas forma con tus miedos, tus dudas, tus vergüenzas y tus a veces no muy afortunadas inclinaciones. Un espejismo muy realista, pero un espejismo al fin, aunque con el suficiente poder para mantenerte prisionero y para capturar y dar muerte a Sir Galahad. Nunca existió el Lord, nunca Alveric, nunca el castillo.

      'Desde el principio amaste a Sir Galahad, hubieras querido ser él. Es lógico. Todo el mundo ama lo que es noble, bello y bueno, pero pocos aceptan el sacrificio que implica llegar a ser alguien así...

      Dio aquí la impresión de que Joel iba a decir algo más pero que, a último momento, cambió de parecer y se calló.

      -Yo no tuve fuerza de voluntad-se lamentó Ganidiel-. ¿Sabes?, yo hubiera querido consolar a Sir Galahad cuando lo escuché lamentarse por sentirse extraño en Camelot y en el mundo en general...

      Joel sonrió con más ganas, tomó una de las manos de Ganidiel y se la apretó con fuerza.

      -Temo que no podrá ser-contestó-. Ya no volveréis a veros a la cara ambos en forma humana. Estaba estipulado que uno de los dos debía morir y convertirse en la sombra del otro. ¿Tú estás dispuesto?-y cuando Ganidiel hubo asentido, preguntó Joel:-. Dime: ¿qué le hubieras dicho a Sir Galahad para consolarlo, de haber podido?

      Ganidiel quiso responder, pero no pudo. Joel entendió, se inclinó sobre él y le besó la frente.

      -No tengas miedo. Será como irse a dormir. Ahora todo será más fácil para ti. A partir de ahora, toda responsabilidad será de Sir Galahad, no tuya-dijo, acariciándole la cabeza; y pese a ser medianoche, un rayo de luz surgió misteriosamente del cielo y bañó a Ganidiel, bendiciéndolo; y el posadero, cerrando los ojos, murió en la forma más dulce imaginable, y  toda la esencia de su ser se desintegró, como se desintegra un cuerpo putrefacto para aportar sus nutrientes al suelo a modo de herencia para reiniciar el ciclo de la vida. Todo él murió así, incluso la frase de consuelo que no había llegado a decirle a Sir Galahad. Pero  como en memoria suya, de su antigua existencia independiente quedó visible una sombra, la sombra de Sir Galahad

      Y cuando por la mañana despertó el Caballero y la vio, apenas lo pudo creer, porque él había barruntado un muy distinto desenlace. Miró esa sombra, agitó la mano en ademán de saludo, y la siniestra de su sombra le devolvió el gesto. Recordó entonces su llegada a la posada, y cómo Ganidiel le había devuelto entonces ese saludo de la misma manera; y sintió una extraña emoción, y se echó a llorar, cayendo de rodillas para agradecer al Señor por aquella bendición. Y entonces escuchó una extraña vocecilla infantil a su lado:

      -¿Ocurre algo malo, señor?

      Y Sir galahad secó sus lágrimas, y vio un niño que le resultó familiar de algún modo, aunque no supo por qué; pues los recuerdos de Ganidiel eran de éste, y no había en la mente del Caballero sino un vago vestigio, apenas una imagen de Joel.

      -No. Todo está bien-respondió.

      -¿Vais a Camelot? ¿Puedo acompañaros?

      -No. Debes volver a tu hogar, con tus padres-dijo Sir Galahad.

      -Mi padre está en el Cielo-fue la respuesta; y Sir Galahad interpretó por esto que el padre del niño había muerto, y temió preguntar por la madre.

      -¿Estás solo?-inquirió, con más tacto.

      El niño pareció confundido y divertido a la vez. Sonrió.

      -No. Estoy con vos-contestó.

      -Ya sé, pero ¿no tienes a nadie más?

      -Sí, a Dios.

      -De todos modos, no voy a Camelot-concluyó Sir Galahad, apesadumbrado, recordando sus últimos, malos recuerdos de aquel lugar; pero entonces escuchó algo que una voz parecía estar diciéndole al corazón.

      Era la voz de Ganidiel, estaba seguro. No entendió por qué la oía, pero Joel, sí. Aquella frase de consuelo no pronunciada, como un nutriente más que viniera a fertilizar una tierra y hacerla buena, permanecía allí, y Sir Galahad la oía perfectamente:

      -No todos podemos ser como vos, señor, aunque querramos serlo. Estoy seguro de que los vuestros son buena gente; pero sea cual sea su condición social, en algunas personas hay sólo un humilde, cobarde y flojo posadero. Tenedles misericordia, por favor, aunque no los entendáis.

      Y Sir Galahad quedó como desprovisto de una pesada, agobiante carga e, instintivamente, miró a su sombra y le sonrió, anhelando que algo de su afecto pudiera llegarle a Ganidiel, y preguntándose qué se sentiría ser una sombra.

      -Mo iba a ir a Camelot; pero he cambiado de opinión. Iré, y puedes venir conmigo. Necesito un escudero. Si te interesa...

      -Gracias, señor-contestó el niño, por cortesía. La verdad era que hubiera seguido igual a Sir Galahad, a sabiendas de éste o no, simplemente porque era su deber.

      El Caballero le dio la espalda. En el rostro de Joel apareció entonces una sonrisa pícara. Obedeciendo a un  impulso, saludó con la mano a la sombra de Sir Galahad; y acaso, por una merced especial, se le otorgó a dicha sombre permiso, por única vez, para hacer un gesto por su cuenta y, reconociendo a quien saludaba, retribuir el gesto.

      Ganidiel fue la sombra de Sir Galahad mientras éste estuvo en el mundo mortal. Pero bien se dice que los más buenos suelen morir jóvenes; lo que por lo general se ve, erróneamente, como una injusticia. Y fue así que pocos años más tarde Sir Galahad halló el Grial y, orando ante él, le sobrevino la muerte, y los ángeles lo rodearon y lo llevaron al cielo; y con él se llevaron a su sombra.

      Ante las puertas del Paraíso había un niño de aire travieso que puso cara de admiración al ver la armadura de Sir Galahad.

      -Caramba, caramba...-murmuró, en tono de broma-. Linda armadura, pero... ¿No os parece, Sir Galahad, que sería mucho presumir usarla aquí adentro? De hecho, me atrevo a sugerir que aquí no hacéis en realidad ninguna falta, pues tal vez fuisteis grande entre los mortales, pero aquí nadie lo es salvo Dios.

      Sir Galahad al principio no entendió qué quería decir el niño, a quien por otra parte tardó en reconocer. Súbitamente, sin embargo, le fue dado un conocimiento especial,  y comprendió que  se hallaba ante un ser  a quien, sin saber que era siempre el mismo, había visto varias veces bajo múltiples y muy diversos disfraces, entre ellos el de un un viejo medio loco, harapiento y lleno de parásitos. El último de esos disfraces había sido el de un niño, un diminuto y encantador barrabás a quien había tomado por escudero. Sir Galahad supo, en suma, que se hallaba ante su ángel de la guarda.

      -Joel, sólo enterarme de que toda mi vida tuve a un mocoso a cargo de mi custodia no suena muy  grande ni glorioso-replicó Sir Galahad, sonriendo con afecto y  buen humor-. ¿Qué tal si dices de una vez lo que quieres, granuja?

      -Bueno, creo que alguien lleva demasiado tiempo siendo vuestra sombra... Sería bueno que cambiarais lugares por un rato.

      Alguien que no hubiera sido Sir Galahad lo habría pensado, pero él había sido y era valiente, estaba cansado y por lo tanto  no veía mal que fuera otro quien lo llevara de aquí para allá; y además tenía curiosidad, después de todo, por saber qué se sentía siendo una sombra. Sin contar que confiaba ciegamente en Dios y sabía que no se olvidaría de él. Pues en efecto, la última parte del proceso alquímico del que alguna vez hablara Joel estaba próxima a realizarse, y ya no habría Sir Galahad ni Ganidiel, sino un nuevo ser resultante de la fusión de ambos. Pero mientras Sir Galahad había recibido ya cierta gratitud al permitírsele hallar el Grial, Ganidiel sólo había sido sumido en una especie de letargo del que había llegado el momento de despertarlo.

      Hizo entonces Sir Galahad una señal de aprobación inclinando la cabeza, e instantáneamente tomó el lugar de su propia sombra, en tanto Ganidiel recobraba su efímera existencia en carne humana en el mismo momento en que las puertas del Paraíso empezaban a abrirse de par en par. Y Ganidiel, asustado, maldijo su resurrección, su regreso a lo que pensaba sería una prolongación de sus anteriores tribulaciones; pero aquello nada fue en comparación con el susto que se llevó al enterarse de que se hallaba en el Umbral del Cielo. Del interior llegaba un toque de trompetas que parecía anunciar la llegada de un gran héroe.

      Ganidiel intentó huir en sentido opuesto. Joel, que esperaba algo así, lo capturó por la mano, siempre sonriendo, y lo arrastró hacia la puerta.

      -Vamos, vamos, no te hagas rogar.

      -¡No puedo entrar!-exclamó ganidiel, desesperado-. ¡Esperan a Sir Galahad, no a mí!...-y vaciló. Acababa de ver su sombra. Era obviamente la de un Caballero  con armadura y todo pero, mirándose a sí mismo, seguía siendo el mismo de siempre.

      -Ganidiel-replicó Joel con suavidad-, Sir Galahad vivió porque una y mil veces diste tu vida para que él viviera. Ahí adentro algo saben de eso de dar la vida por otros. Saben que no es fácil. Y las pruebas más terribles las afrontaste tú, doblemente terribles porque eras un humilde posadero. Pero ni siquiera eso importa. Lo que cuenta es que allí adentro hay un Padre que espera por uno de sus hijos para abrazarlo y decirle cuánto lo ama.

      Iba Ganidiel a obstinarse en no entrar, hasta que Algo llegó hasta él, algo de lo que jamás se hubiera creído digno antes, pues se tenía por muy poca cosa. Era una fuerza sobrenatural y protectora, algo que daba calidez y consuelo; era amor, en suma, todo el Amor que puede sentrir un Padre por un hijo muy sufrido que vuelve al hogar luego de mucho tiempo de estar ausente y que habiendo partido siendo insignificante regresa ennoblecido y purificado por mil pesares, igual que el hierro en la fragua. Y entonces Ganidiel, con timidez, se dejó conducir dócilmente, entre la emoción y el asombro, hasta un par de brazos que se cerraron con fuerza en torno a él y parecieron abrasarlo de afecto, una experiencia que escapa a toda descripción en lenguaje humano. Y un último toque de trompetas se elevó por los aires mientras las puertas del Cielo se cerraban en un intento de mantener en secreto lo que seguiría. Así debe ser. Ya nos tocará a todos y cada uno de nosotros experimentarlo, y será bueno no saber hasta entonces qué nos espera allí, para paladear mejor la sorpresa que Dios nos depare y de la que, tal vezm algún Joel se haga cómplice. Tras aquellas puertas quedó oculta durante mucho tiempo, también, toda la historia de Ganidiel el posadero y su sombra, y durante mucho tiempo sólo se supo de Sir Galahad, tal vez más atractivo como figura de leyendas y cuentos a los ojos de la gente.

       Pero hoy, no por méritos especiales, sino por una gracia del Señor, me tocó  mí el honor de traer de vuelta esta historia al mundo mortal. Saque cada uno de ella el beneficio que le corresponda