Doña Cata es testigo de que  durante cierto tiempo no pareció funcionar tan mal la relación entre Débora y Fabio. Este último, no obstante, notaba que Doña Elvira no le tenía ni un poquito de simpatía. Vieja vinagre, no se banca a los jóvenes, pensó, más o menos. Doña Cata también notó la animadversión de Doña Elvira y dedujo que ésta debía haberse vuelto muy posesiva con Débora y tal vez sentía celos, y en algún momento se lo comentó al propio Fabio. A éste no le importaba demasiado esa cuestión en aquella época; por lo que se supo después, intuyo que otra cosa debió fastidiarlo más.

      En efecto, entre los gatos de Doña Elvira había uno en particular, que era el único que tenía nombre. Antes, la vieja daba nombres a todas sus mascotas; pero tengamos en cuenta que pasaron muchas por su hogar, y en algún momento se le acabó la inventiva. El gato en cuestión era sobreviviente de varias matanzas efectuadas por vecinos hostiles, quizás porque no comía cualquier cosa y, por lo tanto, la carne envenenada no lo atraía; pero su nombre, Majestad, le había sido puesto recientemente por Lucía, quien consideraba que le venía como anillo al dedo. Era (es, en realidad, ya que sigue vivo) un gato más peludo que el resto, marrón atigrado, con una cola tan frondosa como la de una ardilla, y un temperamento bastante peculiar.

      En casa de Doña Elvira había unos cuantos anaqueles a los que los gatos se trepaban a su antojo y caprichosamente, tirando cuanto hubiera en ellos, por lo que no había allí florero que durara. Majestad, sin embargo, se encaramaba siempre al mismo. Cuando Lucy lo vio allí, le recordó un rey en su trono, por eso le dio aquel nombre; pero la verdad es que la presunción de aquel gato superaba con mucho  hasta las ínfulas de Alejandro Magno.

      La primera vez que Fabio, en su calidad de novio de Débora, fue admitido como visitante en el hogar de Doña Elvira, aquel gato dormía en su anaquel predilecto cuando, de repente, despertó. Parece que consideró su deber evaluar el estado en que se hallaban sus dominios; y por lo tanto, se sentó en pose estatuaria tomando como pedestal ese anaquel predilecto. Contempló todo con mucha condescendencia y mirada vanidosa, como si tuviera muy en cuenta que sus ancestros habían sido venerados en el antiguo Egipto y reclamara él también adoración. Al reconocer a Débora, maulló en señal de reclamo y ella fue a hacerle unos mimos que él recibió bendiciéndola y privilegiándola con su ronroneo y  refregándose contra ella. Seguidamente, advirtió que había un nuevo miembro entre la plebe, y lo contempló, y Fabio le devolvió la mirada. Durante breves instantes estuvieron midiéndose con la vista, desafiantes, vanidoso versus vanidoso, ídolo egipcio versus dios grecorromano, gato versus ganso. Por último, Majestad desvió su atención hacia otros asuntos, juzgando que aquel ser era demasiado sucio y despreciable para tan digno y magnífico felino, y que prestarle atención era un inexcusable derroche de tiempo. ¡Uy, cómo se puso Fabio!... No dijo nada, pero como bastante después habló pestes de aquel gato que ningún otro mal le hizo excepto mirarlo con olímpico desdén, se nota que su orgullo se vio herido, ¡y cómo! Por otra parte, gestos así son habituales en los gatos, y por eso Fabio ningún aprecio sentía por los felinos. El prefería a los perros, que venían y le lamían sumisa, obsequiosamente las manos y lo miraban con adoración sin importar lo que él hiciera. Pero el caso de Majestad era ya el colmo. Cada vez que lo miraba aquel gato, medio como con repugnancia, él se sentía un montón de bosta. Y no sólo eso, sino que su adoratriz de turno, Débora, dejaba cuanto estuviera haciendo (incluso malcriar a Fabio) si Majestad, su consentido, reclamaba mimos. Aquel gato, haciendo honor a su nombre, tenía autoridad mayestática y no cabía contrariarlo. Fabio, por consiguiente, se sentía humillado, dejado de lado. Estaba claro que aquella casa era muy chica para dos ególatras. Conociendo a Majestad, yo, en lugar de Fabio de inmediato hubiera procedido a retirarme, pero él era un engreído de muchos años, y  de ningún modo iba a retirarse sin presentar enconada batalla. Pero, por entonces, prefirió guardarse su despecho y jugarlas de callado.

      Ese primer día que Fabio entró en casa de Doña Elvira, Doña Cata los vio llegar. Por supuesto, luego no se enteró de lo del gato, porque eso sucedió a puertas cerradas, y además ningún felino revestía el suficiente interés para ocuparse de él. Pero días más tarde, volvió a correr la grasienta cortina plástica de la cocina, y vio algo que a su juicio era mucho más interesante...

      -¡Aaaaaaaay!...-exxclamó, entre el horror y la fascinación-. Mirá, Cacho, es la Lucy... Se van a encontrar la Lucy y el Fabio... ¡Aquí se arma la gorda! ¿Me oís, Cacho?

      -Sí, querida-replicó maquinalmente su marido, quien como siempre veía no sé qué evento deportivo por TV, en este caso en el comedor.

      Esto amerita una explicación: como a Lucy no se le conocía ningún fogoso y cuasi pornográfico amorío con ningún muchacho, se rumoreaba de ella que era tortillera; si se lo prefiere, lesbiana. Débora no gustaba de las chicas, pero en ocasiones tenía actitudes de machona. Rápida para sacar conclusiones, Doña Cata se había hecho su propia telenovela: Débora y Lucy eran pareja, pero la primera no tenía muy en claro su orientación sexual, de modo que gustaba también de Fabio, y ahora no sabía por cuál de sus dos parejas decidirse. En este triángulo amoroso, sin duda Lucy y Fabio debían ignorar cada uno el sitio que el otro ocupaba en el corazón (y en la cama) de Débora.

      Acorde con los vientos que soplan actualmente en la sociedad, Doña Cata era liberal y no discriminaba las uniones del mismo sexo. Pero ahora la cosa se complicaba, porque había una tercera en discordia, y en este momento se acercaba el clímax de la tragedia. Allí, en la casa de enfrente, la Tercera Guerra Mundial estaba a punto de estallar.

      -¡Cacho, aquí se arma la de San Quintín!...-insistió Doña Cata.

      -Sí, querida.

      En el hogar de Cacho y Doña Cata, la cocina y el comedor estaban divididos por un curioso panel que tenía una especie de ventanita por la que ahora se asomaba el rostro de la señora de la casa para cerciorarse de que le estuviera respondiendo su marido y no una máquina contestadora. En efecto, aquella réplica le parecía conocida de algún lado. No podía entender la indiferencia de su esposo. Luego de lo que parecían siglos de una aburrida rutina, en la casa de enfrente estaban aconteciendo los sucesos más trascendentes desde la Caída del Muro de Berlín, y el muy tonto del Cacho insistía en perdérselos.

      -Cacho-dijo Doña Cata, por hacer una comprobación-, sos un imbécil de remate.

      -Sí, querida.

      -Pero es que mirá que mañana el sol va a salir por el oeste.

      -Sí, querida.

      Doña Cata se enojó mucho. ¿Así que todo el tiempo  el Cacho contestaba sin siquiera oír lo que ella decía? ¿Y todo por no perderse sus espectáculos su fútbol, su boxeo, su automovilismo y quién sabía qué otros malditos deportes más? ¿Así que se la había dejado de lado? ¿Y ni siquiera por una rubia despampanante, una casquivana cualquiera, sino por un  televisor? ¿Su rival por el amor de Cacho era la Caja Boba? ¿Un aparato estúpido e idiotizante?

       Estuvo a punto de cantarle cuatro frescas a Cacho, pero había movimiento enfrente, según vio Doña Cata.

       En ese momento, efectivamente, salía Lucy, pensando varias cosas, ninguna de ellas muy alegre. Sabía poco de Débora, pero más que dedicarse a noviar, le parecía que lo que más necesitaba era un poco de vida espiritual. En cualquier caso, sabía igualmente poco de Fabio, pero éste le parecía muy mundano y no muy apropiado como novio para una chica sufrida; si bien tenía buenos modales al menos.

       Doña Cata salió de su casa como alma que se lleva el Diablo, corriendo tras Lucy.

       -¡Querida, querida!-exclamó. Lucy se detuvo con mucha curiosidad para ver qué quería Doña Cata-. Mi vida...-agregó esta última, en tono lloroso y hasta con los ojos un tanto húmedos-. Quiero que sepas que tenés todo mi apoyo y que te admiro por ser una chica tan valiente. Estas cosas pasan, ¿sabés?... No hay mal que dure cien años.

       Y en el summum de la emoción abrazó a Lucy, quien por supuesto no tenía la más remota idea de lo que hablaba Doña Cata y más tarde en el grupo de oración solicitó que se rezara por ella, ya que (si bien no lo dijo de esta manera) le parecía que tenía un tornillo flojo. Ahí, en el momento, no supo qué responderle a la buena mujer, así que, tras mucho meditar y por no encontrar nada mejor que decir, terminó tartamudeando:

      -Bueno... Gracias.

      Al poco tiempo de irse Lucy, salieron también Fabio y Débora muy abrazaditos, y se montaron en la Kawazaki.

      -Simpática tu amiga, ¿eh?-dijo él, mientras arrancaba.

      -¿Lucía? Sí, qué se yo... No la conozco mucho-gruñó Débora.

      A esta tal Lucía la tengo conmigo, pensaba Fabio, complacido. Porque para muchos hombres, no hay términos medios: o la chica es simpática con uno (y entonces es no ha podido resistirse a nuestro incomparable magnetismo sexual) o antipática (y entonces es también desagradable y, posiblemente, una tortillera), y Lucy encajaba en la primera categoría. Eso sí, no entendía qué le veía también ella al maldito gato del anaquel.

      Por ese entonces, Débora entró en una etapa que fue para ella una especie de remanso, un oasis en un  desierto árido. Consiguió trabajo como mesera, empezó a aplicarse un poco más en el colegio nocturno y hasta bajó su consumo de cigarrillos pese a que ahora contaría con un ingreso que le permitiría costearse todos sus vicios.

      Pero todo esto no iba a durar.