Los primeros roces entre Débora y Fabio no tardaron en tener lugar, pero al principio fueron leves. De hecho, uno de ellos ni siquiera fue en realidad un roce, sino una nota discordante en la sinfonía de felicidad que ella creía estar oyendo. Fue aquella vez que Fabio, estando de visita en casa de Doña Elvira y viendo a Débora acariciar a Majestad, dijo que si se le acercaba un gato lo molería a patadas. La verdad, no creo que lo dijera convencido (aunque ya veremos que en una ocasión efectivamente fue lo que hizo), sino que lo decía como una broma estúpida, para hacer enojar a Débora. Esta lo tomó en chiste y luego trató de convencer a Doña Elvira (quien no dijo nada en el momento, pero que quedó bullendo de rabia en su interior) de que tal había sido la intención del muchacho. A Doña Elvira le importó un bledo cuál era la intención de Fabio. Luego de enterrar a varios gatos muertos por ingesta de carne envenenada, opinaba que ciertas cosas no se decían ni en broma.

      El segundo hecho, poco después del primero, vino cuando Débora le pidió a Fabio ayuda con sus cosas del colegio. Había una materia que a Débora le costaba muchísimo: Computación. Parece ser que de cada cuatro días, la profesora faltaba tres. Entre eso y que Débora miraba las computadoras como si fueran perros malos que fueran a morderla, sus progresos en la materia no iban para atrás ni para adelante. Ante el teclado, se comportaba como si estuviera ante los controles de una planta nuclear, y como si apretando la tecla equivocada fuera a provocar una reacción en cadena hacia el estado de masa crítica. Fabio, un chico muy moderno, sabe perfectamente manejar computadoras, y se ofreció (de corazón, creo yo) a ayudarle, a lo que accedió Débora. Pero Fabio tenía escasa paciencia, y la inseguridad de Débora la hacía parecer estúpida, cosa que no era en realidad. Luego de un primer intento, Fabio gruñó, con visible fastidio, algo así como que era una pérdida de tiempo tratar de enseñarle cualquier cosa a una mujer, y acabó la lección ahí nomás. Débora se sintió una tonta, y quedó muy afligida. Esa noche no la pasaron juntos, porque Fabio dijo que había quedado en encontrarse con su amigo Leo; y como ya estaba mal de ánimo, el hecho de pasar sola esa noche terminó de abatir a la pobre chica. Como intuyendo su abatimiento, Majestad pasó la noche acurrucado junto a ella; y el ronroneo del animal en las tinieblas de la noche calmó un poco a la joven. Pero cuando en los dos días siguientes su novio no dio señales de vida, la invadió el mal humor, acrecentado por el hecho de que una chica que supuestamente era su amiga le aseguró, con una extraña sonrisa, que Fabio había pasado la noche con ella. Otras chicas le habían dicho cosas parecidas antes, pero ella no les había creído. Sin embargo, ahora dudaba.

      No contribuyó a mejorarle el humor el hecho de que la primera de esas dos noches, la del viernes, al salir del colegio se encontró de nuevo con el nenito que aspiraba pegamento. Al pasar junto a él, el chico la miró y, bajo la luz del farol, le pareció a Débora que los ojos de él la miraban devastados de dolor y como pidiéndole ayuda. Pero yo qué le puedo decir o qué ayuda le puedo dar, pensó Débora. No es asunto mío. Pero por más que tratara de convencerse de que así era, le costaba olvidar aquellos ojos implorantes y tan sufridos pese a pertenecer a alguien más joven que ella misma, alguien que prácticamente recién empezaba a vivir. A la edad de aquel chico, la propia Débora ya era igual de desdichada, y recordaba que aspirando pegamento se había sentido libre y feliz, como corriendo en la moto de Fabio, pero mejor todavía. ¿Qué derecho tengo yo de quitarle este pibe lo que para él tal vez sea su único consuelo en medio de una vida muy amarga? Para Débora, aquello era todo un dilema ético. Se enojó consigo misma. Ni mis propios problemas puedo solucionar, ¿y quiero arreglar el mundo? Soy una tarada única.

      Entre una cosa y otra, Débora, el siguiente domingo, no tuvo el mejor de los despertares. No obstante, debió haber disfrutado ese estado de ánimo, pues la cosa iba a empeorar de manera notable. Para empezar, como se despertó más temprano que Doña Elvira, se le ocurrió dar de comer a los gatos. Todo fue bien, hasta que llegó el turno de Majestad, quien sólo comía hígado, el cual era su privilegio exclusivo; los demás comían una mezcla de polenta y carne picada. Pacientemente, Débora cortó la ración matinal de hígado del consentido de la casa. Al verse frente al menú del día. Majestad lo olfateó de mala gana y acto seguido se sentó con cara de desdén, como a la espera de que algún estúpido  humano se dignara retirar esa bazofia y servir de una buena vez el caviar y el faisán. Débora quería mucho a Majestad, pero en ocasiones como aquella, tenía ganas de destriparlo. El gato tenía el paladar exquisito de la realeza.

      Pero aquel incidente fue para la joven cosa de risa comparado con lo que vino después. Tal vez por estar nerviosa y necesitada de algo que la ayudara a relajarse, se le ocurrió desyerbar la vereda, donde unos yuyos espigados, magníficos y feos como ellos solos crecían con un  entusiasmo y un vigor que bien hubieran podido imitar las enfermizas y mustias flores de los canteros de Doña Elvira. Al ir a abocarse a esta tarea, notó que alguien había tirado basura en la vereda, cosa que sucedía frecuentemente, como si el hecho de que Doña Elvira viviese en una casa fea la obligara a soportar ese tipo de actos. Débora quedó rumiando maldiciones, pero hasta ahí se controló y, tratando de ser paciente, fue a buscar una bolsa de basura. Entonces la obsequiaron con una dudosa música de fondo. En efecto, a la diestra de Cacho y Doña Cata viven los Domínguez, y la señora de Domínguez es fanática de Luis Miguel, Ricky Martin, Chayanne, Alex Zubago (creo que se llama así), Julio y Enrique Iglesias y otros por el estilo, y aparentemente considera su deber agasajar con el repertorio de tales intérpretes a todo el mundo; por lo que cuando escucha un disco, sube el volumen de manera que se oiga hasta en la China. Pero Débora odiaba a todos y cada uno de esos cantantes (en lo que, dicho sea de paso, ya somos dos); así que aquel concierto dominical continuó agriándole el humor. De haber contado con un equipo de audio lo bastante potente y conocido más de música, de buena gana hubiera contraatacado con Cannibal Corpse, Napalm Death y lo más ruidoso de Carcass. De hecho, hubiera incluso respondido haciendo sonar por altavoz el ruido de una motosierra; si bien, con el humor que se hallaba, y acorde con lo que se ve en ciertas películas de terror, habría encontrado otros y mucho más drásticos usos para una motosierra. Era más barata, como solución, que misiles Exocet teledirigidos contra la señora de Domínguez.

      De cualquier modo, cual sufrida mártir, Débora intentó soportar el suplicio en silencio. Entonces llegó Lucy a buscar unos escarpines para que sus padres llevaran a la feria; y al saludar a Débora, ésta, para desahogarse, empezó a despotricar contra el que en este momento era el mayor de sus padecimientos, la concertina que venía de la vereda de enfrente.

      -¡Aaaaaaay!... Mirá, Cacho... ¡La Lucy vino a hablar con la Débora!...

      -Sí, querida.

      Como de costumbre, su marido le prestaba a Doña Cata nula atención. La mujer se asomó por el ventanuco que había entre cocina y comedor, y observó a su esposo (quien veía por TV la carrera de fórmula uno) con crf ecientes instintos asesinos. Al volver a mirar hacia la vivienda de enfrente, Débora precedía a Lucy hacia el interior de la casa. Estirando el cuello cual jirafa que ramonea hojas de acacia, Doña Cata las siguió con la vista mientras pudo, y deploró enormemente no poseer la visión de rayos X de Superman que le hubiera permitido ver qué ocurría a puertas cerradas. ¿Y ahora qué haría? Iba a perderse un capítulo de su novela predilecta, el triángulo amoroso Débora-Lucy-Fabio. Encima tenía que abandonar su puesto en la cocina, porque uno de sus hijos vendría a almorzar; y aunque le había pedido al carnicero que le reservara unas tiras de asado, vacío, chorizos y, en fin, todo cuanto es menester para hacer un regio y argentinísimo asado, el muy cretino tenía la mala costumbre de venderle a otro, si no iba temprano a retirarlo. Así que, de muy mala gana, salió a hacer las compras.

      Camino a la carnicería se encontró con Carina, una mujer joven que tenía dos hijos a quienes traía de la mano: un varón de alrededor de tres años y una nena de año y medio. La marcha del trío, que iba en dirección opuesta a la de Doña Cata, era lógicamente lenta debido a ese andar encantadoramente torpe de los niños que recién empiezan a dar los primeros pasos y que correspondía en este caso al de la nena. Su hermanito se quejaba a voz en cuello de lo aburrido que estaba por ir tan despacio.

      Doña Cata seguía en pie de guerra con el vecindario que la tildaba de chismosa. No obstante, viendo a Carina, se le ocurrió que era un error generalizar por tres o cuatro hipócritas que por delante se hacían los amigables y por detrás la despedazaban. En cualquier caso, Doña Cata necesitaba conversar con alguien. Si esperaba hacerlo con Cacho, hasta el Día del Juicio Final podría aguardar. Pero Carina era, después de todo, una buena muchacha.

      Al estar convenientemente cerca una de otra, ambas mujeres iniciaron una conversación que forzosa-mente tuvo que iniciarse con intrascendencias, pero que Doña Cata pensaba orientar de a poco hacia el primero y más vital tema de aquellos días, el apasionante folletín de la vida real del que era protagonista "la Débora". En medio de tales intrascendencias, se volvió hacia el varoncito de Carina:

      -¡Válgame Dios!... Este chico está enorme, ¡no lo puedo creer!

      El niño en cuestión, con la cháchara insustancial de ambas mujeres, estaba más aburrido que nunca, y decidió que era hora de que alguien aportase un comentario interesante. Por lo tanto, extendió su índice derecho hacia Doña Cata, con la seguridad del cowboy que sabe que es imposible que yerre el tiro porque él es el héroe de la película, y declaró muy ufano:

      -Dize mi mamá que zoz una vieja chizmoza.

      -¡OH!...  ¡MARTINCITO!...-gimió Carina, deseando que se la tragara la Tierra.

      -¡ZI ES ZIEDTO!...-se defendió el mocoso.

      Siguió a ello un extenso y poco convincente discurso de Carina. ¿Pero de dónde sacaba su hijo esas ocurrencias? Ella no podía entenderlo... ¡Eso pasaba por oír cosas que no le concernían! Evidentemente se había confundido, la que era una chismosa, y Carina no tenía empacho en decírselo en la cara, era la señora de López, la Yoli... Tras insistir mucho sobre todo esto, Martincito quedó convencido de haberse equivocado, pero Doña Cata se alejó mascullando palabrotas y más indignada que nunca con sus vecinos. Atribulada, seguía Carina disculpándose, cuando, no sé por qué, su hija estalló en llanto y tuvo que abocarse a consolarla como pudo. Mientras tanto, Martincito miró la figura con la que se acababa de cruzar Doña Cata, una mujer que avanzaba también en dirección opuesta a esta última. Cuando estuvo lo bastante cerca del crío, éste la señaló, radiante.

      -¡MIDÁ, MA!...EZTA ZÍ ES LA VIEJA CHIZMOZA, ¿NO?-gritó, entusiasta.

      -¡OH! ¡MARTINCITO!...-Carina horrorizada ante la continua franqueza de su retoño.

      -¡PEDO ZI VOZ DIJIZTE QUE LA YOLI!...

      Mientras tanto, Débora había dejado a Lucy en compañía de Doña Elvira y había vuelto a su labor en la vereda. La señora de Domínguez había puesto  un disco de Ricky Martin, uno de los más indigestos según el criterio de Débora; pero ahora otra cosa llamaba la atención de ésta.

      Antes de acompañar a Lucy hasta el interior de la casa, Débora había puesto en la calle unas cuantas piedras que alguien que no tenía nada que hacer había llevado hasta la vereda de Doña Elvira. Si bien los yuyos muy crecidos los habían mantenido ocultos impidiendo saber a ciencia cierta el día de su llegada, Débora estaba segura de que esas piedras no estaban allí cuando el césped de la vereda estaba corto. Lo que significaba por lo tanto que, igual que la basura, esas grandes piedras eran un dudoso "obsequio" de algún vecino.

      Esas piedras que Débora había colocado en la calle, cual búmerang, estaban de nuevo en la vereda, como comprobó ella, furiosa. Alguien las había subido de nuevo a la acera. Se preguntó quién podría haberlo hecho. Notó entonces que alguien la observaba con fijeza y aparente abulia y ahora la saludaba con la mano. Ella no devolvió el saludo. Era Cirilo, un hombre mayor que vivía a la izquierda de Cacho y Doña Cata, y que al hablar era frecuente que se comiera las eses finales. Esto hubiera sido lo de menos; lo grave era que además era un viejo verde que había hecho a Débora varias insinuaciones deshonestas, antes de que ella lo pusiera en su lugar de muy mala manera. Cirilo trataba ahora de hacer de cuenta como que nada de eso había ocurrido, pero ella ya lo tenía entre ceja y ceja; si bien, para no agravar la ya difícil relación entre Doña Elvira y sus vecinos, trataba simplemente de ignorarlo. Débora se preguntó si habría sido él quien había puesto de nuevo las piedras en la vereda. No obstante, con gran paciencia, volvió a colocar las piedras en la calle y terminó de recoger y embolsar la basura, e inició el proceso de desmalezamiento, todo lo cual la distrajo de su anterior rabieta por las piedras. En eso, de depente, oyó unos pasos a sus espaldas, y se volvió a ver qué ocurría.

      Allí estaba Cirilo, sin decir esta boca es mía, poniendo de nuevo las piedras sobre la vereda.

      Débora estaba atorada de rabia, y aunque quiso decir algo, no fue capaz de pronunciar palabra. Vio al viejo dar media vuelta, cruzar la calle y retornar a su puesto de observación. De inmediato, puso las piedras de nuevo en la calle y aguardó, silenciosa y acechante cual monstruo de película de terror que se dispone a devorar al actor de reparto predestinado por un implacable guión a pasar a mejor vida. Su humor y simpatía aquel domingo eran ciertamente los de un monstruo.

      Si Cirilo hubiese leído la Biblia, la historia de la decapitación de Holofernes a manos de Judith lo habría hecho menos insistente sobre aquel asunto. Como no era el caso, siempre con cara de total abulia, volvió a cruzar la calle en dirección a la vereda de Doña Elvira y a las piedras de la discordia. Débora ya estaba saturada. En cuanto lo vio venir de nuevo, se enderezó azada en mano para esperarlo. Después de sus problemas con Fabio, los desdenes gastronómicos de Majestad, la concertina de baja estofa de la señora de Domínguez y la basura en la vereda, ya no tenía paciencia, sólo instintos asesinos. De hecho, era de temer una azada en manos de una chica maciza y de mal genio como Débora, que si había soportado bastante ese día fue por una excepción y no por regla, y tal vez sólo porque a su juicio la vida había estado relativamente amable con ella últimamente. Pero ese domingo, su buena disposición se batió de nuevo en retirada.

      -¡¿Qué querés?!-vociferó hoscamente cuando Cirilo se acercaba a las piedras dispuestas en la calle.

      -¿Qué hacen en la calle la' piedra'?-inquirió Cirilo, con voz rasposa, entre apática y quejumbrosa, un desagradable rechinar de bisagras mal aceitadas.

       -Alguien tuvo la "amabilidad" de dejárselas de regalo a Doña Elvira-replicó sarcásticamente Débora-. Las dejé ahí para que sepa que no las queremos, ya que no sé quien fue y no se las puedo devolver personalmente.

       -Pero no pueden quedar en la calle la' piedra'...-se quejó Cirilo con su voz de bisagra mal aceitada.

       -Bueno, en esta vereda tampoco-gruñó Débora, cada vez más cerca de estallar como bomba atómica.

       -Pero imagináte, e' un peligro. Viene un auto, y la' piedra' salen disparada' para todo' lado'...

       -Cirilo-masculló Débora-: no entendés. No me interesa. No me importa. Si te molestan tanto, ¿por qué no te las llevás a TU vereda?

       -Y, porque no son mi' piedra'...

       -Bueno, ¡y mías tampoco!

       -Pero e' que son un peligro... No pueden quedar en la calle la' piedra'...

       Y así diciendo, Cirilo hizo ademán de inclinarse sobre las piedras.

       -Dejá eso ahí donde está-ordenó Débora, con voz tan helada que la Antártida, por comparación, hubiese parecido un paraíso tropical.

       Doña Cata regresaba de la carnicería con su bolsa de hacer las compras cargada de la carne para el asado y las verduras para el asado, cuando llegó a sus oídos el horrendo, espeluznante rugido de Débora. También lo oyeron Doña Elvira y Lucy, y salieron corriendo afuera, con la seguridad de que en la puerta de calle encontrarían una bestia de la Era Mesozoica rediviva, hambrienta y dispuesta a devorarse al primer incauto que se le pusiera a su alcance. Por mucho no se equivocaban. La Doctora Jeckyll se había transformado en la Señora Hyde.

      -¡...Y YA QUE TE MOLESTAN TANTO, METETE TUS PIEDRAS EN...!

      Cirilo, petrificado de espanto, no atinaba más que balbucear unos cuantos peros muy poco audibles mientras Débora seguía derrochando miel y ternura sobre el viejo, que al fin, tembloroso, tomó las benditas piedras y se las llevó a su propia vereda adonde, claro, no quedaron mucho tiempo. Pero no osó llevarlas de nuevo a la vereda de Doña Elvira. En ese momento, medio barrio, y no sólo la jadeante Doña Cata (venida corriendo con su pesada y cargada bolsa de compras en una proeza atlética sin par,  con tal  de no perderse las novedades) estaba puertas afuera, contemplando la escena. Por lo tanto, Cirilo tuvo que hacer más tarde lo que allí mismo decidió hacer: encajarle las piedras a otro vecino.

       Al menos la señora de Domínguez bajó la música para poder escuchar bien (esfuerzo innecesario. Los furibundos rugidos de Débora deben haberse oído hasta las antípodas); lástima que volvió a subir el volumen en cuanto terminó el combate vecinal, para disgusto de Débora, que de buena gana hubiera reanudado la guerra con tal de no escuchar el interminable recital de románticos latinos que lloraban tras la amante que los había engañado o abandonado por otro. Fue en busca de sus cigarrillos y empezó a fumarlos uno tras otro, siempre afuera, ya que Doña Elvira no le permitía fumar en el interior de la casa.

      -Cacho, ¿oíste la que se armó afuera entre la Débora y el viejo verde de al lado?...

      -Sí, querida.

      Qué vas a oír, pensó Doña Cata, muy molesta ante su rival electrónica de la que Cacho insistía en no despegarse. Se preguntó qué le había pasado a su marido que, milagrosamente, despegaba sus posaderas del sofá.

       -¿Qué le pasa a este televisor?-gruñó. La imagen había pasado a verse granulada al principio, pero ahora directamente había que ser adivino para saber si el canal estaba transmitiendo Blancanieves y los siete enanitos o Halloween.

       Doña Cata sonrió malignamente. Tal vez sus deseos maléficos se estaban haciendo realidad.

       -Debe ser el tubo-sentenció Cacho, quien no sabía ni su verdadero nombre y pretendía ser capaz de diagnosticar los desperfectos de todos y cada uno de los electrodomésticos de aquella casa-. Bueno, me voy a terminar de ver la carrera en lo del Chiqui Peralta.

        Doña Cata se decepcionó. Había olvidado que Cacho había hecho realidad el sueño de Roberto Carlos de tener un millón de amigos, amigotes a juicio de ella, todos los cuales tenían extrañas denominaciones como el Chiqui Peralta, el Gugu Torres, el Yayo Leiva, el Tutu Albarracín, el Miki Sosa, etc, las cuales, como encima eran muy similares en aspecto unos de otros (Atuendo desaliñado, continuos eructos y flatulencias, costumbre de hablar a los gritos y trazas de tener parentesco muy estrecho con el Yeti y Piegrande) los volvían tan indistinguibles entre sí como si hubieran sido clonados a partir de un único y primigenio ejemplar. Entonces, que la televisión se arruinara dando paso a una escena más familiar, era un sueño imposible.

      -Pero es que tenés que hacer el asado-objetó Doña Cata.

      -Que cuando llegue Claudio, encienda el carbón; después vengo yo y me ocupo. Chau, querida.

      En definitiva, cuando llegó Claudio, el hijo de Cacho y Doña Cata, con su familia, debió, no sólo encender el asado, sino preparar el asado completo. Luego se almorzó y por último las visitas se fueron, todo ello sin que volviera Cacho de lo del Chiqui Peralta, en cuya casa se quedó a almorzar y a seguir viendo deporte luego de la carrera de fórmula uno.