Lucía oraba mucho por Débora, en cuyo corazón no podía entrar y en quien su instinto, joven pero ya aguzado, advertía mucho sufrimiento. Le parecía, sin embargo, que con esto no bastaba; que no hacer algo más era lavarse las manos como Poncio Pilato.

      El día de la famosa trifulca entre Débora y el viejo Cirilo, Lucy instó a la primera a calmarse, cosa que sólo logró después de que el segundo se batiera cobardemente en retirada con sus dichosas piedras. Claro que eso de que lo logró, es una forma de decir. Significa en realidad que logró que Débora no tomara un hacha y fuera corriendo tras Cirilo, pero no logró evitar que la combativa joven encendiera un cigarrillo, que fue seguido por muchos otros. Viéndola así de nerviosa, Lucy empezó a hablar con ella: que eso te hace mal, que si te puedo ayudar en algo decime... Y alguna victoria obtuvo, porque Débora le confió algunos de sus problemas actuales y Lucy se ofreció para ayudarla por lo menos dándole clases de computación. Y Débora accedió.

      Lucy también intentó consolarla diciéndole que la chica que aseguraba que Fabio había pasado la noche con ella tal vez mentía, algo de lo que ni ella estaba convencida. Y sin embargo, resultó ser cierto. Se debe tener en cuenta que muchas chicas del barrio a Fabio se lo comían con los ojos, y creían que ser la novia de él (en exclusiva o compartida con otras) les otorgaba más status. Fue el caso de la supuesta amiga que le había hecho esa falsa confesión a Débora. Esta se enteró cuando otro día volvió a encontrarla en la calle y le dijo, por probarla, que tampoco la noche anterior había visto a Fabio; lo que no era cierto. Así la chica en cuestión volvió a decir que Fabio y ella habían pasado la noche juntos. ¿Ah, sí?, pensó Débora. Con amigos como vos, querida, quién necesita enemigos. Sos una mentirosa y una falsa. Pero estaba demasiado contenta de descubrir (o de creer. El muchacho no era exactamente una inocente paloma, de todos modos) que Fabio le era fiel, para refaccionar el rostro de la chica en cuestión a fuerza de tortazos, como su carácter podría haberla inducido a hacer.

      Doña Cata fue testigo, desde lejos, de esa conversación. ¿ A la Débora no le alcanzan con el Fabio y la Lucy?, fue su primer pensamiento. Pero se dio cuenta de que las sonrisas de ambas jóvenes en realidad parecían la exhibición de colmillos de un par de lobos próximos a combatir a dentelladas. Así que esto no podía tener nada que ver con el insaciable apetito sexual que al parecer tenía Débora.

      Además, la verdad era que en este momento a Doña Cata no le importaba. Curioseaba las vidas de los demás por simple hábito, pero de repente descubría que la suya estaba hecha un caos, y esto le restaba interés a cualquier otra cosa.

      En efecto, Cacho ya no podía ver deportes en casa. El televisor, ciertamente, tenía un desperfecto ignoto. El tubo, según Cacho. Por ende, al día siguiente de la agarrada entre Débora y Cirilo, lunes, se dispuso a repararlo él mismo.

      -Pero, Cacho-dijo sabiamente Doña Cata-. ¿No sería mejor llevárselo a alguien que entienda?...

      De inmediato se preguntó, enojada consigo misma, para qué quería que alguien revitalizara a la odiada Caja Boba. Pero sonrió malignamente, adivinando lo que contestaría Cacho:

      -Qué va, mujer. Yo mismo puedo ocuparme, para qué vamos a gastar plata.

      Si alguien escucha frase semejante en boca de un hombre y le cree, sepa que tengo varios puentes para venderle. El hombre hace cualquier cosa antes que admitir que es un ignorante en ese tipo de cosas. Por supuesto, si su mujer intenta algo parecido,  él sonríe burlonamente. El es un sabio; su mujer, una estúpida a la que hay que guiar en todo, porque de lo contrario se tropieza y se mata.

      Pero muchos años frente a la pantalla del televisor habían hecho que los sesos de Cacho se oxidaran por falta de uso, y ponerlos a funcionar ahora de nuevo no era moco de pavo. Por el momento, sólo pudo hacerlos arrancar lo suficiente para procesar la primera parte de esta idea, la concerniente a su sabiduría. Lo de la estupidez de su mujer era ya demasiado trabajoso de pensar. Claro que, en base a tan lamentable estado cerebral, imagínense lo que pudo haber pasado cuando con entusiasmo digno de mejor causa empezó a desarmar el aparato que no funcionaba. Eso, por supuesto, lo puedo hacer también yo. Armarlo de nuevo es otro tema.

      Ja, ja, rió malignamente Doña Cata para sus adentros, viendo luego a su esposo abocarse a la ardua tarea de colocar las piezas en su lugar, con la misma cara de consternada confusión y rabia que podría haber ostentado tratando de acomodar correctamente todas y cada una de las seis caras del Cubo de Rubik. Por tacaño te pasa eso. Me encanta. Cuando te canses y lo lleves a arreglar, ya habrá tanto desastre ahí adentro que hasta que lo arreglen va a ser Año Nuevo, y mientras tanto, por lo menos por un tiempo, vamos a ser de nuevo un matrimonio. En otras condiciones, Doña Cata hubiera temido seriamente que Cacho comprara otro televisor, pero ése era un lujo que no podían permitirse en las actuales condiciones económicas, por lo que la posibilidad quedaba descartada.

      Luego de varios infructuosos esfuerzos por reparar el aparato, todos ellos ese mismo lunes (y estuvo despierto hasta las dos de la mañana a tal fin) a Cacho, en su último intento de acomodar de nuevo las piezas, le sobraba todavía una. Cuál, ni la menor idea, porque tengo entendido que no hay dentro de un televisor demasiadas piezas que acomodar, sino puras plaquetas llenas de conexiones. Sin embargo, eso fue lo que sucedió, o lo que afirma la leyenda, al menos. En cualquier caso, allí mismo terminó su incipiente y efímera carrera de service de TV. Allí mismo, también, debió haber extendido al aparato el correspondiente certificado de defunción. Al día siguiente, humillado, llevó el televisor a alguien que sí era un entendido.

      -Muy bien-dijo el técnico que revisaría el aparato-. Tengo bastante trabajo. Déjemelo, y en una semana llámeme y le paso el presupuesto.

      -Le aviso que un vecino idiota se ofreció a arreglarlo y no sé si no lo dejó peor-lo previno Cacho. Así no quedo como un imbécil, pensó.

      Pero fue muy iluso de parte de Doña Cata suponer que su esposo iba a renunciar así nomás a sus deportes televisivos. Toda esa semana de espera hasta que el técnico diagnosticó el pase a mejor vida del aparato, Cacho se la pasó yendo de su casa al trabajo y de allí a lo del Chiqui Peralta o algún otro amigote clonado, retornando a su propio hogar sólo para dormir. Con lo cual, empezó a acumular rabia. Cuando ésta explotara, era muy probable que la explosión del Krakatoa, por comparación, pareciera una inocente flatulencia de bebé.

      Mientras tanto, el sábado siguiente, por la tarde (único día y horario en que fue posible hallar coincidencia) se produjo el esperado debut de Lucy como profesora de computación de Débora. Esta nunca antes había estado en casa de Lucía y, es más, no tenía la menor idea de donde vivían ella y su familia. Por lo tanto, Lucy debió darle ciertas indicaciones. Débora las tomó, en parte, en chiste; pero fue cuando estuvo frente a la dirección indicada, tocó timbre y fue atendida personalmente por su profesora de ocasión que tuvo que rendirse ante la evidencia y admitir que las instrucciones eran serias y exactas. Pero no se la puede culpar, viendo la fachada de la vivienda y sabiendo quién la habitaba. En efecto, el frente alguna vez había sido una construcción revestida de primoroso revoque blanco y pintado, que incluía un kiosco de golosinas, juguetes, algunos artículos de mercería y demás. Ahora bien, ese frente ahora estaba lleno de dibujos y graffittis. Los dibujos: cruces invertidas en todos los tamaños imaginables. Los graffittis: SUPREMACIA SATANICA, GLORY TO THE DEVIL, LUCIFER IS THE LORD, 666, FUCK FOR THE ETERNITY, CHUPAME ESTE CIRIO y otras bellas inscripciones, unas cuantas de doble sentido, otras directamente groseras y todas ellas irrespetuosas.

      Débora no dijo una palabra de tan extraño panorama, pero inmediatamente se hizo su propia versión de los hechos. Pasó al interior de la casa de Lucy. En el living encontró al padre de ésta, el señor Alvarez, en aparente exposición de cara de pocos amigos; otra cosa no parecía hacer. Como Débora no era muy simpática, al menos no tuvo problemas en ese sentido; no pedía a la gente sonrisas en las que ella misma no abundaba. Igual, Lucy se vio obligada a aclarar que la cosa no era con ella, que su padre tenía un problema... Se acomodaron ambas frente a la computadora, que estaba encendida y en un sitio en el que Lucy aparentemente había estado mirando, explorando o escribiendo. Débora resumió a Lucy sus conocimientos de computación para que su nueva profesora supiera por donde tenía que empezar. No le tomó mucho tiempo, dudo que Débora supiera demasiado, aparte de que existía una tecla ENTER, y que no le pidieran, por favor, que la identificara. En eso se asomó el padre:

      -Nahuel al teléfono-gruñó-. Para vos.

      Así que Lucy se excusó y fue a atender su llamada telefónica. Sucedió entonces algo que entonces pareció intrascendente, pero que luego se reveló crucial. Al quedar sola, Débora habiendo notado que Lucy, mientras hablaba con ella, apretaba maquinalmente el botón izquierdo del ratón de la computadora sin que sucediera nada, se preguntó para qué serviría esa cosa. Seguramente se lo habían dicho, pero entre que ella había prestado nula atención en clase y que luego la profesora empezó a ausentarse asiduamente, Débora no tenía la menor idea. Pero también ella, por imitación, empezó a juguetear con el mouse mientras fisgoneaba un poco el sitio que mostraba la pantalla: un sitio cristiano. Sorpresa cero. Con tal de que no trate de convertirme a mí, que haga lo que se le cante, pensó. En eso, su mano movió el ratón hacia cierto enlace y apretó el botón izquierdo. Por supuesto, se inciaron una serie de transformaciones en la pantalla. ¿Qué hice?, se preguntó, aterrada. En su mente en el que la cibernética era un monstruo que amenazaba fagocitarla, no podía haber desatado un desastre inferior a la liberación de los cuatro jientes del Apocalipsis, y eso con algo de suerte. Hasta que por fin la pantalla se estabilizó en el sitio al que llevaba el enlace en cuestión, y Débora, con bastante miedo, se animó a mirar, persuadida de que encontraría un  letrero rezando: QUEDA ARRESTADA POR NEGLIGENCIA. SALGA DE LA CASA CON LAS MANOS EN ALTO. Por supuesto, no era el caso, y aunque no entendió lo que había pasado, empezó a leer, y se dio cuenta de que lo que mostraba la pantalla no era lo mismo que segundos antes.

      Así la encontró Lucy, muy absorta en la lectura. Se puso contenta, pensando que por fin Débora se estaba interesando en la religión.

      -Te lo puedo imprimir, si querés-dijo desde la puerta.

      -¡Ah!-exclamó Débora, como despertando de un sueño-. Lucy, me vas a matar, te borré todo lo que tenías en la computadora...

      Lucía de inmediato supo que con los limitados conocimientos de Débora era improbable que ésta le hubiera borrado nada. Sonrió al ver que, simplemente, de un sitio cristiano había saltado a un sitio cristiano. Por casualidad, añadió Débora, muy aliviada de enterarse de que no había provocado el Fin del Mundo por apretar una tecla equivocada. Lucy aceptó la explicación. Casualidad es el seudónimo que emplea Dios cuando no quiere firmar, escribió alguien. Pero Débora estaba allí por una clase de computación, y a ello se abocaron. Así que debe excusarse a Lucy por no recordar aquella cita.

      Estuvieron dos o tres horas juntas. Como Lucy todavía tenía algún ánimo porque las cosas entre Fabio y ella no iban tan mal como marcharían después, quería recuperar el tiempo perdido. Entre medio salió afuera a fumar un cigarrillo cuando ya no soportó más la abstinencia, pero, tratándose de ella, era poco para semejante lapso. Cuando la clase estaba concluyendo, escucharon afuera unas cuantas voces intercambiando agresiones e insultos.

      -¿Y eso?-preguntó Débora.

      Lucy se encogió como el conejo que trata de pasar inadvertido ante el zorro que olfatea los alrededores.

      -Papá se está peleando de nuevo con los de Supremacía Satánica-explicó.

      -¿Y eso qué es?-preguntó Débora.

      -Una banda de black-metal que ensaya acá al lado. Satanistas-precisó Lucy-. Nos hacen la vida imposible porque se enteraron de que somos cristianos... Al principio nada más me gritaban cosas... Obscenidades, ¿viste? Yo trataba de ignorarlos. Pero un día, Papá llegó justo cuando me estaban diciendo cosas, y se puso como loco... Al día siguiente aparecieron todas las paredes pintadas como las viste hoy... El las pintó, al tiempo aparecieron de nuevo así... Cuatro veces aparecieron esos graffittis, la última el domingo pasado. Cuatro veces en un año.

      -¿Y por qué no llaman a la policía?-preguntó lógicamente Débora.

      Lucy se encogió de hombros y sonrió con cierta amargura.

      -Vos sabés cómo funciona la justicia en este país-dijo-. Los delincuentes entran por una puerta y salen por otra, y mirá si con la ola de asaltos que hay se van a preocupar por unos pibes que andan por ahí con un aerosol. Pero uno se siente impotente. Se los llevan presos, dicen que ellos no fueron, les creen, los sueltan. Lo peor es que Papá les hace frente. Y Mamá y yo tenemos miedo, porque esa gente es peligrosa. En Noruega parece que en los noventa  hubo una mafia del Black-Metal o algo así, unos músicos que juraron fidelidad al Diablo... Hubo asesinatos, y qué sé yo.

      -Pero, ¿y si dijeron la verdad?-preguntó Débora-. ¿Y si no fueron ellos?

      -Y si ellos no, ¿quién?-preguntó Lucy.

      -Mirá, yo no quiero ofenderte, pero por lo menos la mitad del barrio dice que vos y tu familia son unos chupacirios. Pudo ser cualquiera. ¿Por qué justamente los vagos éstos?...

      Lucy quedó más desconcertada de lo que hubiera estado Colón en caso de enterarse de que no había llegado a las Indias, sino a un continente que no figuraba en los mapas.