Hemos dicho ya que los padres de Lucy eran buenas personas, muy compasivos ambos, muy humanos. Sobre todo, muy humanos. Eso implica que eran falibles, y en personas como ellos, para su desgracia, las fallas se notan más. En alguien reconocido como mal bicho o persona de fiar, nadie examina los errores, porque los tiene tantos que, si empezamos a analizarlos, no terminamos más. En cambio, las mejores personas, pobres, padecen el Sindrome del Punto Negro: una superficie muy blanca, un miserable punto negro en ella y ¡zas!, todo el mundo habla de ese punto negro y hasta se lo reprochan al que lo posee: ¡¡¡Me decepcionaste!!!...
El señor Alvarez, padre de Lucy, entró con cara de siete días de lluvia, dio un portazo y reflexionó que estaba oliendo muchos más líos en puerta de los que ya tenía. Créanme que tenía con qué oler tales líos, pues el buen hombre está dotado de un respetable naso que no lo acompleja, porque suele tener demasiados otros problemas para pensar en él.
Paseó la vista por su entorno y vio a Débora examinando un cuadro de extraño título que colgaba de la pared. Representaba lo que parecía un edificio dientudo y con cara de malvado dialogando con una especie de automóvil bípedo también con cara de malvado, rodeados de lo que parecía un cardumen de pirañas caricaturizadas, las cuales, para hacer juego, tenían cara de malvadas.
La mirada de Débora fue varias veces del título a la representación pictórica, tratando de entender muchas cosas, hasta que se dio por vencida y esbozó una sonrisa de circunstancias.
-Débora se va, Papá-informó Lucy-. La acompaño.
¿Irse?... Tal vez lo justo sería en realidad decir que huye. Yo en su lugar haría lo mismo, pensó el señor Alvarez.
-La llevo en el auto-dijo.
Débora puso varios peros, hizo infructuosos conatos de negativa, pero todo ello en vano. Y cuando ella y el señor Alvarez se retiraron, Lucy llamó a su madre y le respondió una voz desde la cocina. Hacia allí fue la muchacha, y encontró a su madre revolviendo en la alacena, en varias latas grandes, en todos los rincones.
-¿Cómo terminaron Papá y los de Supremacía?-preguntó Lucy.
-Seguramente igual que siempre, hija-suspiró la señora de Alvarez-. Ya le tengo dicho a tu padre que los deje hacer, ya se van a cansar... Pero ya sabés cómo es él.
-¿Qué estás buscando?-inquirió Lucy, sorprendida de ver a su madre revolviendo con tanto ahínco.
-Me muero. Aquí ocurre una catástrofe que ni el Diluvio Universal-replicó la interrogada; y añadió, como al borde de un ataque de nervios:-. ¡No encuentro la canela!... ¡Estoy segura de haber comprado para tener en caso de emergencia!
Lucy se unió a su madre en la búsqueda, al parecer persuadida también de que aquel era un caso de vida o muerte.
-Ay, Dios mío... Ahí vuelve tu padre... Ay, Dios mío...-gimió por lo bajo la señora de Alvarez, al oír el ruido de la puerta de calle.
Efectivamente, el señor Alvarez estaba de regreso. De inmediato se desplomó en su sillón favorito, aferrándose a los apoyabrazos con aspecto de monarca arrellanado en un trono que quieren obligarlo a dejar.
¿Por qué mi vida es tan complicada?, se preguntó. Y de inmediato recurrió a su propia imaginación, ciertamente fértil, para responderse él mismo a su propia pregunta. Y en lo más profundo de su mente, iba caminando por quién sabe qué lugar, hasta que se encontró con un hombre barbudo, vestido elegantemente, de sonrisa entre cínica y maliciosa, rodeado por mucha gente a la que hacía preguntas:
-¿Una moto?-preguntaba a un muchacho-. Pero cómo no, joven, cómo no... ¿Y usted, caballero? ¿Una Ferrari último modelo? ¡No faltaba más! Para que transiten por el camino ancho, otorgamos a nuestros clientes el vehículo que ellos deseen. Su confianza nos obliga a mejorar es el lema de mi empresa...
Y cuando la gente se fue yendo cada una en el vehículo de su elección, aquel personaje con tanto olor a azufre se volvió hacia el señor Alvarez:
-¿Y usted, caballero?
-Esteeee... ¿Podría indicarme, por favor, dónde queda el camino angosto?
El estrambótico individuo puso cara de pena.
-Ahí-dijo, lacónicamente, señalando con el índice en cierta dirección.
El señor Alvarez casi se muere del susto. El índice en cuestión señalaba hacia un enorme, interminable abismo. Para cruzarlo había una soga tendida de lado a lado. En aquel donde se encontraba Alvarez había también lo que parecía una especie de paragüero del que asomaban varios palos largos. Encima del paragüero, un letrero rezaba: SÍRVASE UNA GARROCHA POR CORTESÍA DEL SEÑOR JESÚS.
Podrían haber aclarado que era a esto a lo que se referían con eso del camino angosto, pensó el señor Alvarez; pero ¡qué remedio!, hizo de tripas corazón, agarró una garrocha e inició el tránsito por la cuerda floja, haciendo equilibrio y sin animarse a mirar hacia abajo.
El personaje con olor a azufre estalló en lágrimas.
-¡Sufro de sólo pensar en las tribulaciones que aún tiene usted por delante!-exclamó.
-No es para tanto-dijo Alvarez, sin saber si trataba de convencer a su interlocutor, o a sí mismo.
-¡Cómo que no!-respondió el otro-. Imagínese que venga un malvado que nada más para hacerlo caer haga esto, y esto, y esto!-y sacudió violentamente la soga pisándola con fuerza, para desesperación del equilibrista de ocasión.
-¡No mueva, no mueva, maldito, no mueva!-protestó Alvarez, con el corazón en la boca, moviendo la garrocha hacia un lado u otro según su apremio.
-¡Yo nunca le haría eso a usted, caballero, porque yo soy bueno! ¡Pero repito: imagínese que le muevan la soga así, así, y así!-dijo el personaje del olor a azufre, sacudiendo la cuerda con más fuerza que antes-. ¡Pudiendo viajar cómodamente, con las facilidades que le ofrecemos, por el camino ancho!...
-Jamás-gruñó Alvarez.
-Como guste, caballero... Es sólo una sugerencia... A todo esto, debido a la crisis energética tendré que apagar la luz, sepa entender... Cuidado con el escalón.
-¡No, no!-pidió Alvarez a gritos-. ¡Ni se le ocurra apagar esa luz, ni se le oc...!-y fue lo último que dijo antes de quedar envuelto en tinieblas y mal humor-. ¡Exijo que alguien prenda esa luz!
-¡A la orden!-gritó una voz en tono complaciente. Un foco muy potente se encendió frente a Alvarez, encandilándolo.
Y en ese momento, el forzado equilibrista escuchó una banda tocando lo que parecía una música típica de feria de entretenimientos. Cuando se recuperó del enceguecimiento pasajero, Alvarez miró hacia su izquierda. A cierta distancia de él, había aparecido una gran plataforma flotante, cámaras de televisión y una tribuna atestada de público, más alguien sosteniendo un micrófono: evidentemente, el conductor del programa. ¡Y los camarógrafos, el público y el conductor eran todos diablos, con cuernos, rabo, pezuñas y todo!
-¡SOOOOOORPRESAAAAAAAA!-exclamó exultante el diablo del micrófono-. ¡BUENAS NOCHES, INFIERNO!... ¡BIENVENIDOS A OTRA EMISIÓN DE "HÁGALO CAER A ÁLVAREZ", EL PROGRAMA DE ENTRETENIMIENTOS DEL QUE TODOS HABLAN!...-nutridos aplausos y aclamaciones del demoníaco público de las tribunas.
-¿A MÍ?-gimió Alvarez-. ¡ME QUIEREN HACER CAER A MÍ!-comprendió, desesperado.
-¡BRAVO, CABALLERO, ESA PERLA DE SABIDURÍA DEMUESTRA QUE SUS AÑOS DE ESTUDIO NO FUERON EN VANO, PERO NO APORTE OTRA, O LE EMPEZARÁ A SALIR HUMO DEL CEREBRO!...-más aplausos y ovaciones por parte del público-. ¡VAMOS YA MISMO A RECIBIR AL PRIMER EQUIPO DE LA NOCHE!...
Para sorpresa y horror de Alvarez, en el insólito estudio de televisión aparecieron, precedidos por otro diablo, cinco melenudos vestidos de cuero a quienes él conocía muy bien.
-¡Estos son mis chicos!... ¡Yo los entrené!...-exclamó orgullosamente el diablo que iba a la cabeza.
-Somos SUPREMACÍA SATÁNICA-precisó ante el micrófono el primero y de más temible aspecto del quinteto de melenudos vestidos de cuero.
De la nada, aparecieron cinco enormes recipientes cilíndricos llenos de pelotas de tenis. Cada uno de los cinco melenudos se colocó junto a uno de los recipientes cilíndricos y, tomando una pelota, se puso a juguetear con ella, lanzándola al aire y atrapándola, en admirable sincronización con sus cuatro compañeros. Obviamente sus ganas de probar puntería eran inmensas. Miraban a Alvarez sonriendo con infame y absoluta malignidad; y cuando él los miró suplicante y les hizo una negativa con la cabeza, ellos respondieron con unánime asentimiento y sonrisas aún más malévolas.
-¡"SUPREMACÍA SATÁNICA", PRIMEROS PARTICIPANTES DE ESTA NOCHE DE LUJO, COMPITIENDO POR UN PREMIO DE LUJO-exclamó entusiasta el diablo conductor-: UNA NOCHE DE LUJURIA CON LA HIJA MENOR DE ÁLVAREZ, LUCY, SIN DUDA ASÍ LLAMADA... JE, JE... SIN DUDA ASÍ LLAMADA EN HONOR A NUESTRO AUSPICIANTE, EL GLORIOSO LUCI-FER, EL ANGEL DE LAS TINIEBLAS!...
-Muchachos, ¡HÁGANME ORGULLOSO!-alentó el diablo entrenador al quinteto de músicos satanistas.
Y el demonio conductor del programa dijo algo así como "En sus marcas...listos...", pero no llegó al tan esperado YA que los cinco melenudos, certeros como Robin Hood y vigorosos como Superman, ya bombardeaban a Alvarez a pelotazos.
-¡Señor!-clamó el infortunado equilibrista-. ¿Dónde estás?
-Pero chambón, ¿dónde querés que esté?... ¡Con vos, como siempre!-respondió el Todopoderoso.
-¡Me quieren hacer caer, Señor! ¡Hacé algo!
-Todo a su tiempo, Alvarez, todo a su tiempo. Vos confiá en mí. Cuando suspendan los pelotazos me van a oír...
El bombardeo pareció interminable. Alvarez, sin querer ofender al Señor, se preguntó si Dios no estaría delirando, pero no pensó mucho en ello: estaba demasiado ocupado esquivando (o tratando de esquivar) pelotazos y manteniendo el equilibrio merced a la garrocha. De cualquier modo, en cierto momento los pelotazos cesaron.
-Vamos a darle un respiro al pobre Alvarez, un descanso; que se ve que lo necesita-dijo burlón el diablo entrenador a sus muchachos melenudos.
Era el momento que Alvarez estaba esperando. Ahora intervendría Dios y pondría en su lugar a todo ese diablerío y a sus protegidos.
-Descanso...-dijo la voz de Dios, con cierto matiz burlón-. Si vos querés descansar, descansá; pero no voy a permitir que difames y humilles a un campeón como Alvarez diciendo que el que necesita un descanso es él, cuando ni siquiera entró en calor todavía. Disculpame que te lo diga, pero sos un fiasco, esperaba más de ustedes. O mejoran esa performance, o les vamos a pedir que se vayan y no malgasten su tiempo ni nos hagan malgastar el nuestro. ¡Venimos acá a jugar a pedido de ustedes, y se ponen a hacer tristes payasadas!...
-¿Cooooomo?-protestó el diablo entrenador, rojo de cólera, mientras Alvarez empalidecía, sintiéndose morir-. ¿Ah, sí? ¿Ah, sí?-se volvió hacia los cinco melenudos, a quienes les habían cruzado unos cuantos pares de brazos extra-. ¡¡¡A LA CARGA!!!-bramó.
Alvarez se sentía frustrado, confuso, mísero y consternado, pero no podía hacer más que seguir esquivando pelotas, mantener el equilibrio como pudiera...¡y protestar!
-¡PE... PE... PERO SEÑOR...! ¿POR QUÉ DIJISTE ESO? ¡MIRÁ CON QUÉ GANAS ME BOMBARDEAN AHORA!-exclamó
-Con las ganas solas, nadie fue demasiado lejos-replicó el Todopoderoso
-¡¡¡YO QUERÍA DESCANSAR!!!....-gimió Alvarez.
-Ah, terminala con esos lloriqueos. No necesitás nada, excepto que yo siga acá, y es exactamente donde pienso estar. Hacemos un equipo fantástico vos y yo, ¿eh?
-PERO... PERO... ¡CON LO FÁCIL QUE SERÍA PARA VOS HACER DESAPARECER TODO ESTO!
-¿E impedir que demuestres tus capacidades?... ¡Jamás! Los que siguen a mi Hijo no son blandengues cualunques, están capacitados para resistir en condiciones extremas, ¡y ahora vos lo vas a demostrar!...
Alvarez estaba a punto de responder algo, pero la voz de su hija menor, única en aquel momento que vivía en la casa paterna, lo sacó de tan extraña fantasía:
-¿Todo bien, Papi?
Alvarez tuvo una reacción de gota de agua cayendo en sartén con aceite caliente.
-¡TODO BIEN!...-bramó-. ¡NUNCA LAS COSAS VAN A ESTAR BIEN MIENTRAS ESOS DELINCUENTES ENSAYEN ACÁ AL LADO Y SIGAN EN EL BARRIO!... ¡ESTUVIERON IGUAL DE INSOLENTES QUE SIEMPRE, Y MÁS QUE NINGUNO ESE TAL AMARGOTH!...
-Morgoth, Papá-corrigió Lucy.
-BUENO, ¡PEOR!... ¡UNA MELENA QUE LE LLEGA A LA CINTURA, SE MAQUILLA PARA LOS RECITALES, Y ENCIMA SE HACE LLAMAR MARGOT!...¡LO QUE LE FALTABA PARA DIPLOMARSE DE MARICA!...
-Papi-gimió Lucy, con voz sufrida y lánguida-: MORGOTH, MORGOTH... MOR-GOTH.
-BUENO, ¡ESO!... ¡DE DONDE SACAN ESOS APODOS ESTÚPIDOS, DIGO YO!... Y a todo esto-gruñó Alvarez, mirando a Lucy con desconfianza-: ¿de dónde sabes tanto de él?
-¡Papi: los oigo hablar entre ellos!-protestó Lucy.
-Bueno, oílos desde más lejos-refunfuñó el señor Alvarez.
-Lucy-intervino la señora de Alvarez-: ¿qué tal si tratás de conseguirme eso de lo que hablamos en la cocina?
Alvarez bufó como un toro a punto de embestir.
-Es tarde para que una chica ande sola-fue su veredicto.
-¡Ay, querido, qué pesado que estás!-exclamó la señora de Alvarez-. La mando a lo de Andrea, a ver si ella puede prestarme una cosa. ¿O ahora precisa custodia para cruzar la calle y pedirle algo a la vecina de enfrente?...-y en cuanto Lucy se retiró a cumplir con la petición, añadió su madre:-. Qué insoportable te ponés siempre que una hija tuya llega a la adolescencia, celándola como Otelo a Desdémona. Y encima, Lucy no quiere nada de ninguno de los cinco chiflados éstos.
-Lo mismo dijiste cuando Cecilia conoció a Picasso-gruñó el señor Alvarez-. Y ahora lo tenemos de yerno y nos hace hermosos obsequios como éste...-y señaló la pintura que Débora había estado observando-. Y encima, qué titulo: La sutil trascendencia hacia los planos superiores del Ello y el Superyoyó.
-Superyo-corrigió la sufrida esposa.
-Lo que sea, lo que sea. Al menos, le hubiera pintado una capa de superhéroe al Superyoyó para saber cuál es cuál.
-Mirá, querido: ya sé que Matías tiene un gusto, en fin, especial para pintar; pero es nuestro yerno y es un buen chico.
-¡Pues con más razón!-tronó el señor Alvarez-. Si es nuestro yerno y es un buen chico, hay que encerrarlo en un manicomio hasta que lo curen. Pintar semejante mamarracho y ponerle, encima, ese título, supera cualquier otra chifladura que pueda hallarse a lo largo de la Historia. Además, cuando Cecilia y él nos visitan, vos te salvás porque en la sobremesa te vas a lavar los platos. Quisiera que alguna vez te quedases a sufrirlo. Empieza a tratar de encontrarle un significado profundo a su obra, y no hay forma de parar sus divagues.
-Mirá el lado bueno-suspiró la señora de Alvarez-: te preocupaba, cuando Ceci dijo que había conocido a un pintor muy simpático, que se enamorara de alguien que fuera un tiro al aire, un muchacho demasiado soñador. Matías no tiene trabajo estable, es cierto, pero tendrás que reconocer que por ahora no parece necesitarlo. Sus cuadros venden bien.
-Y eso es justamente lo que más me preocupa: los compradores están más chiflados que él. Se ve que es contagioso.
¿Por qué no viene Lucy?, pensó agobiada la señora de Alvarez. La canela. Por favor, señor, que encuentre canela, que yo a este hombre no lo soporto más. ¿Para qué enfrenta a esos cinco mocosos maleducados e hipócritas, si sabe que es inútil, y que lo único que va a conseguir es ponerse de mal humor y dejarnos a todos de cama? Estuvo a punto de comentar la demora de su hija para cambiar de tema, hasta que de repente dijo su marido:
-Y ese loco que pinta soles que parecen arañas nos regala cuadros, y para no ofenderlo tenemos que decir: ¡Oh!, qué belleza, y preguntarnos qué hicimos nosotros para merecer eso. ¿Todo por qué? Porque es nuestro yerno. ¡Encima, esa porquería es enorme! ¡Ni para apoyar la fuente de los ravioles sirve!...
En la vereda de enfrente, Lucy, atrapada como mosca en telaraña por la cháchara de una vecina parlanchina, se esforzaba por persuadir a ésta, educadamente, de que fuera al grano en el asunto de la canela.
-Y los cinco degenerados éstos que hacen un ruido que ni un borracho llamaría música y hacen ceremonias satánicas y nos pintan la fachada con graffittis, la miran mucho a Lucy-observó el señor Alvarez-. Luego del precedente que tuvimos con Picasso, lo último que quiero es otro artista loco en la familia. Y menos uno como éstos.
-¡Ay, querido!-protestó la señora de Alvarez-. Si a Lucy le gustara uno de estos muchachos, podríamos hacer muy poco. Está creciendo, por si no te diste cuenta, y es libre. Podemos solamente tratar de disuadirla. Pero encima, no le gustan, quedate tranquilo.
En ese momento, sin aliento a consecuencia de una veloz carrera, entraba Lucy.
-Tomá, Mamá-dijo a su madre, entregándole un trozo de canela entera para rallar-. ¿Sabés, Papá?: Débora piensa que los que nos hacen las pintadas no son los chicos de Supremacía; que pudo ser cualquiera del barrio, porque nos tienen ojeriza por ir a la Iglesia y todo eso. ¿Será cierto? ¡Mirá si a lo mejor, en medio de todo, no resultan tan malos pibes!...
¡Desafortunada intervención filial!... Te lo dije. Ya empiezan a caerle simpáticos, decía la mirada que el señor Alvarez dedicó a su esposa. Pero ésta tenía ahora el soborno para hacer callar a su marido.
-Querido-dijo sonriendo-: ¿sabés qué?... ¡Te voy a preparar un rico café irlandés!...
-¿Un...?-el señor Alvarez quedó anestesiado por aquellas palabras.
-Como a vos te gusta, mi vida... Café, whisky, chocolate rallado, crema de leche... ¡y un poquito de canela! ¿Qué tal?
Y minutos más tarde, el señor Alvarez paladeaba aquella bebida que era su máximo delirio. Y de esta manera, la anhelada paz volvía al hogar.

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