En los primeros días de esa semana ocurrió una mañana que alguien tocó timbre en el quiosco de los Alvarez. La mamá de Lucy, única que estaba en ese momento, fue a atender. En principio la cosa empezó muy rutinaria, porque era sólo un vecino lejano y desconocido trayendo un sobre a nombre de los Alvarez y que el cartero había dejado por error en su buzón. Eso, en sí, no era extraño, porque la calle donde vivían los Alvarez había cambiado la numeración varias veces, y algunas viviendas, tratando de facilitar las cosas exhibiendo los carteles de la numeración presente más las dos anteriores, en realidad la complicaban, especialmente porque otras casas tenían solo una de las numeraciones viejas, o ambas. El correo jamás funcionó bien en Argentina y desde que fue privatizado menos aún, pero como se ve, los carteros a veces encuentran las cosas difíciles incluso cuando tengan intenciones de hacer las cosas bien. De hecho, por lo general están más perdidos que Colón ante las costas de América. Así es como uno de vez en cuando recibe un sobre que tanto en el remitente como en el destinatario está escrito en caracteres chinos y tiene entonces la sospecha de que no es para él.
En este caso, sin embargo, el cartero lo había dejado en cualquier calle imaginable, menos en la de los Alvarez. Evidentemente, el servicio postal había decidido asumir nuevos desafíos en sus ya muy altos niveles de ineficacia. Por suerte, aún quedan buenos samaritanos en el mundo, que vienen a subsanar este tipo de yerros. Lástima que el buen samaritano en cuestión traía sólo una cuenta a pagar. Ya que estaba tan solícito, podría de paso haberla saldado...
-Disculpe, señora, ¿ustedes van a la iglesia?-preguntó el ignoto y comedido vecino.
La señora de Alvarez sonrió, complacida. Que la tuvieran identificada como mujer devota, era para ella una grata sorpresa.
-Sí, ¿por qué?-preguntó.
-No, es que como no estaba seguro de que ésta fuera la dirección correcta, le pregunté al muchacho de acá al lado, que justo estaba entrando en la casa de él, quién vivía acá... y el me contestó: Flanders ... Buen día, señora...
El vecino comedido se retiró en el auto en el que había venido mientras del semblante de la señora de Alvarez se esfumaba la sonrisa, reemplazada por una parodia de tal, acompañada de nutridas maldiciones masculladas. "El muchacho de acá al lado" era obviamente uno de los músicos de Supremacía Satánica que venía a la sala de ensayo a buscar quién sabía qué. Camorra, pensó la mujer. ¿Tan temprano?... Sonaba un poco raro. Esos cinco eran aves nocturnas, y cuando se levantaban temprano era porque no les quedaba otro remedio, para ir a trabajar. O no, pensó la señora de Alvarez. ¿Qué sabía si trabajaban? Pensándolo bien, ¿qué sabía incluso si no eran madrugadores aunque ella los viera sólo tras la caída del sol? Pero también podía ser que un ladrón hubiera entrado en la sala de ensayo a robar. Los cinco vándalos tenían a veces la costumbre de dejar sus instrumentos allí hasta el siguiente ensayo. Bueno, que les vaya bien. Dios da a cada uno lo que se merece, reflexionó.
Pero de pronto se le ocurrió que aunque así fuera, estaba experimentando cierto regodeo vil que no tranquilizaba precisamente su conciencia de buena cristiana. ¿No había que amar a los enemigos? Pero, ¿también a éstos, que eran incluso un peligro latente, más allá de los eternos y recurrentes graffitis de mal gusto en las paredes?
Yo no sé si soy muy buena o muy estúpida, pensó, abriendo la ventanilla del quisco y estirando el cuello, tal como Doña Cata, para mirar con mal logrado disimulo hacia la puerta de la sala de ensayo. Pero en ese momento vio llegar a Dieguito, un nene de unos diez años que no vivía en la villa miseria, pero que era muy desdichado debido a problemas familiares y al constante rechazo de que era objeto por parte de otros chicos de su edad. Siempre estaba sucio y pidiendo algo de comer, y al quiosco de los Alvarez iba muy seguido, porque de allí nunca se iba sin algo.
-Tomá-le dijo la señora de Alvarez, dándole un sándwich de milanesa en una bolsa y un chocolatín. El chico miró ambos obsequios con ojos anhelantes. No se sabía si estaba tan hambriento de comida como de afecto. La señora de Alvarez esbozó una sonrisa triste mientras él tomaba sándwich y chocolatín, agradecía y se retiraba.
Entonces sucedieron varias cosas al mismo tiempo. Para empezar, la puerta de la sala de ensayo se abrió y de allí salió alguien a quien la señora de Alvarez no vio enseguida. Simultáneamente, en la esquina de enfrente apareció por breves segundos una silueta enfilando hacia el quiosco, pero que por lo visto vio algo que no era de su gusto y de inmediato volvió sobre sus pasos, con todo el aspecto de estar escondiéndose de algo o de alguien. En esta última silueta reconoció la señora de Alvarez a Débora, y se sorprendió.
Pero en seguida se acordó de lo que quizás fuera más importante en ese momento. Volvió a asomarse por la ventanilla del quiosco, en dirección a la puerta de la sala de ensayo, la misma que había tomado Dieguito.
La mirada oscura y fúlmine del guitarra líder de Supremacía Satánica, quien venía cargando con su instrumento, se posó enigmática y poco amable sobre la señora de Alvarez. Para que aprendas a meterte en tus propios asuntos, pensó ella. Y entonces sobrevino lo increíble.
Ante la mirada estupefacta de la señora de Alvarez, el monstruo melenudo, el discípulo de Satán, se detuvo junto a Dieguito uno o dos minutos. Le acarició la cabeza, le palmeó la espalda, le habló con ternura. Por sobre todo, le sonrió; y la suya era una sonrisa misteriosa, perturbadora e indescriptible, una sonrisa con una carga de tremenda tristeza... La sonrisa de alguien afortunado que siente vergüenza de su propia felicidad y pide perdón por ella a alguien que sólo conoce desdichas.
Algo en esa sonrisa hirió fatalmente a la señora de Alvarez. No supo qué fue, ni por qué, pero tuvo de inmediato que ocultarse en el quiosco. Estaba llorando a mares. Soy una idiota, pensó. ¿Qué me está pasando? Sonó de vuelta el timbre del quiosco en el más inoportuno de los momentos, cuando ella trataba de secarse las lágrimas, de quitarse los mocos que le colgaban y no encontraba pañuelos ni toallitas de papel con los que adecentar el aspecto de su cara. Conviene no indagar demasiado acerca de la solución que encontró finalmente a tal problema.
-Buenos días-saludó Débora cuando la señora de Alvarez fue a atender el quiosco-. Nunca pregunté, ¿vende cigarrillos?
-No, querida...-sonrió la señora de Alvarez.
Me lo tendría que haber imaginado, pensó Débora. Pero me da cosa que Lucy me ayude con la computación cuando yo ni siquiera soy clienta de sus viejos. Así que pidió unos caramelos sueltos.
-Disculpame la pregunta-dijo la señora de Alvarez, mientras ponía los caramelos en la bolsita-. ¿Tuviste algún problema con el muchacho de al lado?
-¿Eh?...-preguntó Débora, aturdida.
-El muchacho del pelo largo hasta la cintura-especificó la señora de Alvarez-. El de la guitarra. Lo conocés, ¿no?
-¿Qué muchacho de la guitarra?-preguntó Débora.
¿Esta chica me está cargando?, pensó la señora de Alvarez. ¡Si dio media vuelta apenas lo vio!... Pero consideró que hasta allí debían llegar sus indagaciones si no deseaba ser vista como una aventajada discípula de Doña Cata.
-Disculpá-dijo con una sonrisa-. Como él y sus compañeros nos parecen, en fin, gente un poco rara...
-Pero, ¿qué chico de la guitarra?-insistió Débora, con gesto de total extrañeza.
-Pero muchachita-replicó la señora de Alvarez, luchando por reprimir su propia exasperación-. ¿Cuál va a ser?... ¡El que salió recién, cuando vos venías para acá!...
-Ah, ¿salió un chico con una guitarra?... Ni lo vi-contestó Débora.
Aquello era demasiado, pensó la señora de Alvarez.. Que Débora no contestara, si no quería, pero que no mintiera.
-Me pareció que te estabas escondiendo de él-comentó, para hacerle notar que ella no era tonta ni se la engañaba así nomás.
Débora se puso más pálida que si se le hubiera aparecido el mismo diablo.
-Me escondí, sí-admitió-, pero no me fijé en ningún chico con una guitarra. Del que me escondía es del nenito que andaba por acá.
-¿De Dieguito?-preguntó la señora de Alvarez, asombrada.
-Ah, ¿se llama así?... Ni sabía. Siempre que salgo del colegio lo encuentro aspirando pegamento. Prefiero no verlo y que no me vea.
Por unos instantes, las dos mujeres se estudiaron con la mirada. Tiene que ser mentira, o chiste, pensó la señora de Alvarez, atónita durante lo que pareció una eternidad.
-Pero Débora, querida-dijo con voz casi suplicante, cuando se recobró como pudo-, ¿esconderte de ese pobre chico que no puede hacerte ningún daño? No entiendo. ¿Cuál es el problema con él?
Débora permaneció pensativa y muda durante unos minutos, como tratando de hallar la solución a un enigma muy difícil, hasta que de repente, para desconcierto de la quiosquera, estalló en lágrimas.
-No lo sé-murmuró.
¿Estará bien de la cabeza esta chica?, se preguntó la señora de Alvarez, preocupada. Pero no pudo menos que conmoverse, porque Débora parecía de verdad deshecha de pena; así que abrió la puerta del quiosco, la hizo pasar y la invitó a sentarse. Seguidamente se escabulló por unos minutos y volvió trayendo un té que entregó a su clienta y visitante.
-Débora-le dijo con suavidad, cuando la notó más tranquila-: ¿puede saberse qué te pasó?
-Es que no lo sé-contestó la joven-. No me entiendo ni yo misma.
-Nos damos cuenta de que sos muy reservada, pero necesitás alguien a quien confiarle tus problemas, ¿sabés, querida?... Una amiga, un sacerdote, un sicólogo, no sé.
-Amiga no tengo, creyente no soy y no me alcanza la plata para pagar un sicólogo-fue la respuesta.
Lucy quiere ser tu amiga, para que te oiga un sacerdote no hace falta ser creyente y tendrías plata para pagar un sicólogo si fumaras menos, pensó la señora de Alvarez, pero fue otra cosa lo que dijo:
-En el club ahora hay una sicóloga que atiende gratis.
-¿Buena?
-No sé, pero ¿qué perdés con probar?
Allí quedó la cosa ese día, pero casi una semana más tarde, poco antes de la cena, Lucy le mostró un libro a su padre: HISTORIAS DE CRONOPIOS Y DE FAMAS, de Julio Cortázar.
-Cuando tengas tiempo, ¿me podrías ayudar con esto, Papá?... En realidad es para Débora. En el colegio le pidieron analizar un cuento que figura en este libro, Camello declarado indeseable.
-Te ayudo, hija-suspiró el señor Alvarez-, pero no sé por qué no tratan de arreglárselas solas con estas cosas, que es lo más... honesto.
-¡Y es lo que generalmente hago!-protestó Lucy, indignada-. Pero este tipo escribe rarísimo. No lo entiendo ni sabría qué decir de él.
No era inusual que Lucy recurriera en esto a su padre y no a su madre, ya que era él el intelectual de la familia.
-Nunca leía nada de este tipo-dijo el señor Alvarez, tomando el libro y abriéndolo al azar-. A ver...
Y leyó lo siguiente:
Los famas cantan alrededor
los famas cantan y se mueven
-CATALA TREGUA TREGUA ESPERA
Los famas bailan en el cuarto
con farolitos y cortinas
bailan y cantan de manera tal
-CATALA TREGUA TREGUA ESPERA
El señor Alvarez hizo el libro a un lado.
-Y después se asombran de que aumenten las tasas de suicidios entre los adolescentes-comentó, con la cara de quien habiendo creído que se trataba de vino se ha bebido un sorbo de detergente-. No sé si no está más loco que mi yerno el pintor. Imagínense este bello mix: literatura de Cortázar, pintura de Picasso, música de Supremacía Satánica. No hay mejor ni más rápido boleto de ida hacia el manicomio más próximo.
-Ahora me estoy acordando-comentó su esposa, mientras ponía la mesa- de que el otro día estuvieron rarísimos los dos... Débora y uno de los chicos de Supremacía...
-¿Qué, se pusieron de novios?...
-No seas tonto. Dio la casualidad... Bah, bueno, casualidad... Coincidieron acá, cada uno por su lado. Débora estuvo rara. Se puso a llorar porque vio a Dieguito, y no fue capaz de decir por qué...
-A mí me parece que esa chica está medio colifata.
-¡No seas malo!... ¡Es buena chica!...
-Pero, ¿quién dice lo contrario, mujer?... Digo que le falta un tornillo, nada más. Vos siempre confundís las cosas. Igual que con Picasso. Está más loco que una cabra, a ése ya no le falta solamente un tornillo, sino que en su sesera no hay nada en su debido lugar. Y vos siempre decís: Es buen muchacho... Y el otro, ¿qué? ¿Qué pasó con el de Supremacía Satánica?
-No sabés cómo estuvo con Dieguito-murmuró la señora de Alvarez; y el recuerdo la conmovió y la puso a llorar.
El señor Alvarez meneó la cabeza.
-Con mi yerno, ya era suficiente; luego, una amiga de mi hija; ahora, mi mujer. ¿Quedará alguien de verdad cuerdo en el mundo?
-¡Es que vos no lo viste!-exclamó la señora de Alvarez, en medio de su llanto.
-No sólo los vi a los cinco, también los escuché, para mi desgracia; y aunque me considero bastante resistente, te veo a vos y me preocupa los trastornos que estén en camino en el diagnóstico que me haga mi siquiatra.
-¡Es que estuvo tan dulce!...-gimió la señora de Alvarez, aún llorosa.
-Acto número uno: mi mujer escapando de un tiranosaurio rex en una olvidada jungla prehistórica. Acto número dos: Tarzán llega al rescate y se traba en feroz lucha con el tiranosaurio, al que vence. ¿Cómo puede ser el tercer acto?: mi mujer dándole a Tarzán la paliza de su vida, y vendando y abrazando al tiranosaurio, porque-el señor Alvarez se aclaró la garganta y aflautó la voz:- ¡¡¡es taaaaan dulceeeee, pobrecito!!!...
-Bueno, Pa...-murmuró Lucy, sonriendo pensativamente-. Débora dijo que ella pensaba que los de los graffittis no eran los chicos de Supremacía...
El señor Alvarez abrió los brazos como pidiendo misericordia al Cielo.
-¡Otra!...-exclamó en tono sufrido-. Con mi esposa y mi hija aliadas, mejor empiezo ya a construir una cucha para que el tiranosaurio tenga dónde dormir en esta casa.
-¡Ay, Papi, no seas malo!...-exclamó Lucy, indignada.
El señor Alvarez la miró pensativo, refunfuñando por lo bajo y tamborileando con los dedos sobre la mesa.

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