Muy poco hay para contar de este período en lo referente a Débora o a Doña Cata que no pueda adivinar el lector por sí mismo. La primera estaba entrando en la fase más áspera de su relación con Fabio. Este requería de ella sexo como pago en especie por halagarla con su incomparablemente bella presencia, cosa que no expresaba de esa manera, pero que, en fin, era lo que se veía en la práctica. A Débora no la quería, pero ya hemos dicho que seguramente tampoco ella a él. Débora no se daba cuenta, por supuesto, Creía de verdad estar enamorada. Nada que ver: lo que ocurre es que las personas muy solas, sufridas y necesitadas de cariño se aferran mucho a las personas por quienes se sienten queridas. Supongo que desde el punto de vista femenino, Fabio es una opción de afecto deseable a primera vista, porque es lindo. Las chicas se sienten en general halagadas de que él trate de seducirlas. No sé ahora, pero en aquella época él no les concedía valor alguno,excepto en términos, podríamos decir, cuasi monetarios. Así como el valor material de un objeto se mide por la cantidad de cifras que tiene el precio, el valor material de un Fabio se mide por la cantidad de conquistas que tiene en su haber; y Débora empezaba a darse cuenta, aunque no quisiera admitirlo. En su propia y deformada visión de su misma realidad, Doña Elvira la había recogido por piedad y Lucy la trataba bien porque así trataba ella a todo el mundo por razones religiosas; Fabio, sin embargo, era el que tenía peso específico para dar sentido a su vida.
-No es el único chico que hay en el mundo-observó sabiamente Lucy en una oportunidad en que encontró a Débora rezongando contra su novio.
-Con estas patas y esta facha, ningún otro me daría bola-gruñó Débora, fumando sin parar.
Lucy se dijo para sus adentros que no era para tanto, pero no expresó estos pensamientos en voz alta, porque era obvio que Débora se sentía un dechado de suprema fealdad, y ya era conocido por casi todos en el barrio que quien la contradijera en este punto (como en varios otros) se exponía a morir asesinado por ella, ya que pensaba que, encima, se lo decían por burlarse o por simple lástima.
En cuanto a Doña Cata, se sentía miserablemente sola, y el chisme ya no le servía de consuelo. Cacho, su marido, había recibido del técnico al que le había dejado el televisor una respuesta muy amarga: el aparato estaba ya muy viejo y dañado y no tenía sentido repararlo. Comprar un televisor nuevo era en ese momento un lujo que no podía darse. Tenía las tarjetas de crédito hinchadas de mucho fagocitar compras diversas; luego estaban los créditos que le habían concedido a sola firma y que tenía que terminar de pagar; el pago de servicios de los cuales algunos estaban lejos de ser imprescindibles, como la televisión por cable. Se comprende entonces por qué, pese a ganar un sueldo bastante abultado, el mismo no le alcanzaba. Así suele suceder: el que más gana, más gasta, y a veces termina gastando más de lo que gana. Y a Cacho, su presupuesto le gritaba: ¡¡¡ALIMÉNTAME!!!, igual que Audrey II, la planta carnívora de La Tiendita del Horror, el filme de Roger Corman. Y si las cosas continuaban así, también él tendría que recurrir al homicidio para dar de comer a ese voraz y malvado presupuesto.
De todos modos, Cacho, ya se ha dicho, tenía legiones de estrambóticos y a menudo ignotos amigos, a los cuales iba a visitar todos los días después del trabajo, para no perderse de su bienamado deporte. ¡Qué obsesión, por favor!... Yo no digo que un poco no sea aceptable, pero Cacho, de más está decirlo, iba muy al extremo en este aspecto. Como sea, desde que en su casa no había televisión, él nunca estaba allí; y la soledad, que antes era para Doña Cata un problema sólo espiritual, ahora lo era también físico.
Todo esto seguramente no será novedad para el lector, pero algo que sí lo será fue que Doña Cata, sintiéndose muy mal, decidió que necesitaba terapia profesional; y enterada de que en el club cercano ahora daban gratis ese servicio, hacia allí se dirigió. Se inscribió como correspondía, le dijeron los días y horarios, y un sábado se presentó para iniciar el tratamiento. Entonces vino la sopresa: era terapia de grupo, y había muchas sillas dispuestas en círculo, y en una de ellas estaba sentada Débora, venida allí por consejo de la señora de Alvarez.
Débora se sintió tan confusa como Doña Cata. ¿Qué hacés vos acá?, parecían preguntarse mutuamente, mientras la especialista iniciaba su charla previa:
-Bueno, gente linda: quiero que nos desinhibamos, que hablemos sin tapujos.
Débora miró a la sicóloga, y por la cara de ésta no estuvo segura de si lo de especialista se refería a que la mujer estaba capacitada para tratar a los chiflados, o a su habilidad para enseñarles a ser más colifatos de lo que ya estaban. Se volvió hacia Doña Cata, y un cruce de miradas la convenció de que ambas estaban unidas por esa misma duda.
Aparte de la sico-loca había siete personas, incluídas Débora y Doña Cata; mujeres todas ellas, salvo un hombre. A una señal de la sico-loca, todos y cada uno dijo su nombre, lo que tal vez fuera necesario para la sico-loca, pero no para los demás, que aunque más no fuera de nombre eran conocidos del barrio. "¿Quién empieza?", preguntó entonces la especialista.
-Yo estoy acá porque mi marido no me presta la menor atención ni le importo-dijo una cincuentona conocida como la Chichu, con voz de plañidera oriental.
A Doña Cata la mandíbula inferior se le vino abajo de la sopresa, porque el marido de la Chichu, que se llamaba Mario, era un esposo de lo más atento.
Débora se volvió hacia la sico-loca, preguntándose qué diría ésta. Pero la sico-loca nada dijo. Miraba al vacío con cara de vaca que no tiene pensamientos más que para el pasto que la nutre, y parecía que así tenía intenciones de continuar por toda la eternidad. Entonces continuó la Chichu:
-¡Ni notó el juego de tacitas nuevas que compré!...
¿Esta me está cargando?, pensó Débora. ¿Su gran problema es un juego de tacitas que compró y del que su marido no se dio por enterado?
-Y yo estoy acá porque soy un poco celoso-admitió el único hombre presente, Beto.
Qué bueno que por fin te des cuenta, pensó Débora. El solo hecho de que su mujer se demorara más de lo previsto bastaba para que Beto Gigena hiciera una escena de celos digna de Otelo, de la que no hacía falta ser una Doña Cata de avizores y bien entrenados ojos chismosos para enterarse.
-¡¡¡PERO LA CULPA ES DE LA LOCA DE MI MUJER!!!-rugió de repente Beto-. ¡¡¡AHORA PARECE QUE SI ELLA SE VA A PUTANEAR POR AHI, ENCIMA EL QUE PIENSA MAL SOY YO!!!...
-¿Y tu mujer se llama...?-preguntó la sico-loca, tal vez para demostrar que no sólo sabía mugir.
-Manuela. Lola le decimos-respondió Beto con voz cavernosa y poco amigable.
-Ajá-murmuró la sico-loca; y acto seguido volvió a su silencio y a su cara de vaca habitual. Los pacientes se miraron entre sí.
-Yo estoy acá porque soy muy tímida-dijo la llamada Alicia; innecesariamente, porque acto seguido su cara adquirió el tinte de un tomate, delatando que precisamente era ése su problema.
-Y yo vine porque me preocupa mi futuro desde que los chicos se casaron y se fueron-terció Lala.
Todo el mundo miró a todo el mundo, esperando que alguien hiciera algo. La sico-vaca estaba chupando la parte posterior de la lapicera, mirando aún al vacío, como preguntándose por qué no crecía el pasto en aquel improvisado consultorio.
-Lo que necesitás, a lo mejor, es leer un poco. Te puedo prestar algunos libros-sugirió la tímida Alicia.
Lala quedó unos instantes boquiabierta. Su cara en ese momento hacía pensar en una computadora procesando lenta y trabajosamente una información recién ingresada. Y la que puso luego decía: INTERNET NO PUEDE MOSTRAR LA PÁGINA WEB.
-O salir un poco-sugirió Débora.
-¿Salir un poco?-repitió Lala.
-¡Sí, sí, salir un poco!...-exclamó Débora, impaciente. Su tolerancia era muy, muy reducida.
-No, pero es que no sé bailar-contestó Lala, con más cara de vaca que la sico-loca.
-Bueno, aprendé-dijo lógicamente Débora.
-No, pero es que no tengo plata-dijo Lala.
-Dan clases gratis aquí mismo, en el club.
-No, pero es que a esa hora no puedo.
-Bueno, ¡fijate!... ¡Tratá de acomodar mejor tus horarios!
-No, pero es que ya lo intenté y es imposible.
-Hay otros lugares donde enseñan a bailar gratis.
-No, pero es que me quedan lejos.
-Bueno, sarna con gusto no pica, dicen, ¿no?
-No, pero es que lleva mucho tiempo viajar hasta allá, y con todo lo que hay que hacer en la casa, realmente no puedo.
-Lala, por favor... Sos sola. No tenés un marido que te fastidie con la limpieza. Dejá que todo esté un poquito desordenado y disfrutá de la vida.
-No, pero es que yo soy así.
-Bueno, decidí entonces si preferís tener la casa reluciente, o salir y pasarla bien.
-No, pero es que me siento muy frustrada.
Débora renunció. Con el innegable talento de Lala para hallar un problema a cada solución, estaba vencida de antemano.
-Yo estoy acá porque quiero entender por qué y para qué-dijo Cora, rompiendo por primera vez el silencio en el que había caído luego de presentarse.
-Esteeee... Perdón...- dijo Doña Cata, vacilante-. ¿Por qué y para qué qué?
-¡Sí, querida!-respondió Cora, en tono decidido y terminante.
¿Yo estoy loca, o lo que dice esta mujer no se entiende?, pensó Doña Cata. Al parecer se trataba de lo primero, porque nadie más parecía encontrar extrañas aquellas frases que a ella le parecían tan incoherentes. Débora parecía estar juntando presión, pero esto no era novedad: desde el principio de la sesión había estado así, aunque ahora iba in crescendo. La sico-loca continuaba chupando la lapicera con su sempiterna cara de vaca. Y los demás estaban cada uno inmerso en su pequeño drama personal para importarles la coherencia o incoherencia de las frases de Cora.
-Y yo estoy acá porque no me entiendo ni a mí misma-intervino Débora.
Siguió a ello un prolongado silencio. Doña Cata fue la primera en romperlo:
-Sabés, Lala, me parece que tiene razón Débora. Te vendría bien salir. Si no querés ir a bailar, hacé otra cosa. A lo mejor pasear un poco por una plaza, los días que haya solcito...-sugirió.
-No, pero es que a mí el sol me hace mal.
-¿Sí? Entonces....
-Yo no entiendo por qué no dejan a Lala en paz, que lo que tiene que entender es que ella está bien como está, en vez de incitarla a que salga por ahí a putanear como la loca de mi mujer.
-¡Pero callate, animal, callate!-explotó Débora, furibunda-. Un troglodita como vos no puede opinar sobre nada, y menos de lo que tiene que hacer una mujer.
-¡Pero callate vos, mocosa mal educada!... ¡Todos en el barrio sabemos que tu vida es bastante relajadita, pero no todas las mujeres son como vos!...
-A mí me gustaría salir y divertirme normalmente... Si no fuera tan tímida... Lala tiene suerte de ser desenvuelta o por lo menos normal... Creo que le convendría ir a algún lado...
-No, pero es que no tengo monedas para el colectivo.
-¿Relajadita, yo?... ¡Me volvés a decir algo como eso, y vas a ver cómo te relajo a golpes, larva!...
-¿A quien le decís larva, pedazo de tortillera?
-¡Débora tiene razón, Beto! ¡Vos sos como mi marido, que ni nota la linda tacita en la que a propósito y para que la note le llevo el café!...
-Ya que estábamos viendo el problema de Lala, ¿por qué mejor no nos concentramos en eso?
-No, pero es que mi problema no tiene solución.
-¡Vos y tus tacitas me tienen los huevos llenos!... ¡No sé ni para qué vengo a perder el tiempo en esta reunión de fracasados!...
-¡Ay, mirá al exitoso!...
-Bueno, gente-intervino la sico-loca, no se sabe muy bien si por temor a que sus pacientes se mataran, o porque tras mucha reflexión había decidido que el hecho de chupar la lapicera no era buen método para que el pasto creciera en un consultorio-. Ahora quiero que se saquen los zapatos y caminen por la habitación.
-¿Eh?-preguntó Doña Cata.
-¿Con la mugre que hay acá?-preguntó Beto. (Efectivamente, el club no destaca por su higiene)
-No, pero es que no traje medias.
-Es muy importante-declaró la sico-loca, sacándose los anteojos- ponerse en contacto con las bases y el arriba. Van a inspirar aire y exhalarlo mientras tanto.
-Discúlpeme, señorita-objetó Beto-, pero ¿en qué me va a ayudar esto? Yo no soy como estas señoras que vienen acá. Ellas a lo mejor pueden perder tiempo, porque en el fondo no tienen problemas verdaderos, pero yo sí...
-Sí, haber nacido-gruñó Débora, todavía en pie de guerra.
-...Y no veo cómo puede esto ayudarme a resolver mi problema.
La especialista volvió a calzarse los anteojos y por un momento pareció a punto de arremangarse y disponerse a dar a Beto la paliza de su vida, pero en su lugar encendió un cigarrillo.
-¿No me convida uno?-preguntó Débora, pensando que algo bueno tenía que sacar de aquella estúpida e inconducente terapia.
-Beto-declaró la sico-loca, mientras Débora se servía un cigarrillo, y apuntando con el suyo a Beto para recalcar sus palabras-: esa reticencia tuya a no ponerte en contacto con las bases y el arriba es en el fondo una negativa a conectarte con tu propio yo. En lo profundo de tu subconsciente, vos sabés que es así, pero no querés aceptarlo, porque no querés traicionar tus propias convicciones. En el continuo dilema acción-causa-efecto, resulta esencial no quedarse atrás, involucrarse con el aspecto más íntimo y básico del ser, para propulsarse más allá de nuestras propias limitaciones, si es que me entendés.
-¿Eh? Ah, claro. Comprendo perfectamente.
-Yo no-dijo la tímida Alicia-. Disculpe la molestia, ¿podría repetir?
¿Es necesario?, se preguntó Débora, consternadísima de tener que sufrir de nuevo aquella perorata intelectualoide y presuntamente científica, pero sólo comprensible luego de diez años de ininterrumpida meditación trascendentral. Y se fue a pasear con el pensamiento a otra parte mientras la sico-loca repetía la explicación.
-...así que-concluyó finalmente la sico-loca-, nos sacamos los zapatos, y empezamos a evolucionar en torno a la habitación, poniéndonos en contacto con las bases y el arriba... Rapidito, por favor, que no nos queda mucho tiempo. Diez minutitos así, luego compartimos la experiencia, y nos vemos en la próxima sesión...
No hubo más remedio que hacer lo que ella decía, el menos en su primera parte. Descalzarse era lo más sencillo. Evolucionar en torno a la habitación sonaba a la transformación del hombre en mono, en cuyo caso, pensaba Débora, no se comprendía el deseo de la especialista, puesto que las damas presentes ya estaban bastante evolucionadas (aunque de poco les sirviera) y para esperar a que Beto llegase a tal nivel evolutivo se requería al menos de un millón de años, y eso sólo para que se instalara en su adormilado cerebro la noción de que tal vez dejar de ser cavernícola no fuera mala idea.
No obstante, alguien recordó algo de dar vueltas en torno a la habitación, y a ello procedieron los pacientes. Lo difícil era aquello de ponerse en contacto con las bases y el arriba, pero la sico-loca los instó a subir los brazos y luego inclinarse hasta tocar el suelo con las manos, y pareció que a ello se refería con la enigmática frase. Así se estuvieron paseando durante diez minutos, hasta que la especialista los mandó a todos a sentarse de nuevo.
-¿Qué sintieron?-preguntó, muy sonriente.
Doña Cata estuvo pensando en una explicación con la cual salir del paso, porque la Chichu ya abordaba muy resuelta un bizarro discurso acerca de cuán maravillosa e incomparable experiencia había sido para ella dar vueltas descalza y poniéndose en contacto con las bases y el arriba. Sin ser tan locuaces, los demás decían cosas por el estilo.
-Yo me sentí como una idiota-dijo sin embargo Débora, cuando fue su turno-. Para lo único que sirvió todo esto fue para demostrar, si hacía falta, que la esposa de Beto no es la atorranta que él dice.
-¿Y en base a qué opinás así, si puede saberse?-preguntó Beto, con voz helada.
-Fácil-respondió Débora, sin pelos en la lengua-: tus medias están limpias y sin agujeros. Con lo cochinos que son los hombres, si tu esposa te desatendiera, el tufo nos habría desmayado cuando te quitaste los zapatos.
-Da la impresión-dijo la sico-loca- de que los problemas de los demás te sirven como evasión o escapismo para no pensar en los tuyos.
-Lo que digas, querida-gruñó Débora-. Igual me sentí como una idiota.
-Yo también me sentí como una idiota, yo también me sentí como una idiota-repitió Doña Cata, aliviada de no tener que inventar un a frase para salir del paso.
La sico-loca se encogió de hombros.
-Si no quieren ver en el interior de ustedes mismas...
Y allí terminó el tratamiento terapéutico de Débora. Allí terminó también el de Doña Cata, pero ésta, desde entonces, no pudo evitar ver a la chica de enfrente como una especie de hermana menor en desgracia, aunque no supiera bien cuál fuera esa desgracia.

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