Al día siguiente, domingo, los padres de Lucy pasaron la mañana atendiendo su puesto en la feria, como era de rigor. A eso de las tres de la tarde retornaron exhaustos y hambrientos y Lucy les calentó unos fideos con tuco para que pudieran, tardíamente, almorzar. Mientras tanto, ellos bajaron las cosas del auto; y el señor Alvarez se sorprendió mucho al hallar, en la parte de arriba de una de las cajas mal cerradas de mercadería, unas revistas de cuya existencia él no estaba al tanto.
-Ah, son mías, son mías-dijo su esposa, algo avergonzada.
-Querida, ¿vos estás bien de la cabeza?...¿Qué es esto?... FURIAS, VAMPIRE, EPOPEYA, GRINDER y... ¿NORDIC VISION?-el señor Alvarez enseñó las revistas a su mujer.
-Bueno, mi vida, es que, sabés, yo me quedé pensando... Si estos chicos que ensayan acá al lado ensayan acá al lado, es porque ensayan acá al lado...
-¿En serio, querida? Nunca lo hubiera sospechado. ¿Compraste las revistas para congraciarte con ellos? ¿Dónde?
-En la feria, cuando fui al puesto de Totó a preguntarle si tenía cambio. Viste, él vende estas cosas así, medio raras... Pero no las compré para regalárselas a ellos. Quiero leerlas para entender mejor cómo son.
-¡Eso puedo decírtelo yo, sin leer ninguna revista!-exclamó el señor Alvarez-. Aparte de ser unos chiflados que hacen ceremonias satánicas y la música más horrenda del Universo, son unos vándalos que nos llenan el frente de la casa con pintadas de mal gusto y unos depravados que miran a nuestra hija más de lo debido y le gritan groserías.
-Querido, todo eso ya lo sé, suponiendo, en fin, que sean realmente ellos los de los graffittis. Me interesa saber qué más son. El otro día, ese chico que acarició a Dieguito me conmovió tanto...
-No hace falta que sigas, querida, pensá en otra cosa. Cada vez que te acordás del tema te ponés a llorar que parecés un regador de jardín. Pero te hago notar que suena delirante que hasta hace pocos días los viéramos como productos de una cruza entre Aleister Crowley y el Loco de la Motosierra, y ahora parezcan cinco de los Ositos Cariñosos-observó el señor Alvarez, mirando las tapas de las revistas-. Por lo pronto, son ositos. Es más: ositos panda. Mirá esto y decime si no tengo razón-y mostró a su esposa la tapa de NORDIC VISION número 6, que mostraba un primer plano de tres individuos (en el fondo se veía un cuarto) con la cara maquillada de blanco y aureolas negras alrededor de los ojos-. Pero no los veo muy cariñosos que digamos. Ahora, querida, una pregunta: ¿cuál es el sentido de comprar una revista para tratar de entender a nuestros amigos melenudos, si la revista está en inglés, idioma del que ni vos ni yo entendemos mucho más que el célebre THIS IS A PENCIL?
-Ufa, querido, estás pesado, ¿sabías?... Tenemos diccionarios de inglés, y además, por si no te enteraste, las otras revistas están en castellano.
-Mejor ni te pregunto cuánto pagaste por estas revistas que ni para papel higiénico podemos usarlas una vez leído lo más potable. ¿A ver ésta? FURIAS número tres. Trae un artículo sobre Tolkien. A ver... Lleno de errores monumentales. "Entes" son en realidad "Ents"... ¡Uy, escuchá esto! Está hablando de un libro de Tolkien, el Silmarillion: El argumento se incia con la creación del mundo y la aparición del malo de turno, Melkor, luego llamado Morgoth, "enemigo"...-el señor Alvarez dejó de leer y miró a su esposa-. ¡Morgoth!... ¡Así se hace llamar uno de los energúmenos melenudos éstos!
-Ese Silmarillion, ¿no lo tenés en tu queridísima biblioteca? Porque me suena de algún lado.
-Sí, sí. Lo tengo, traté de leerlo varias veces, pero nunca pasé de la página seis. Me resultó demasiado pesado. ¿Y qué mas trae esta revista?... DIMMU BORGIR, el siniestro triunfo del black metal... Más ositos panda con cara de malos... MAYHEM... Aquí dice que su cantante, Dead, se suicidó en 1991. Es una banda noruega... ¡Con razón!
-¿Con razón, qué?
-Los países nórdicos están entre los que tienen las tasas de suicidio más altas del mundo. En Noruega había también un pintor, creo que se llamaba Edward Munch, que fue el que pintó ese mamarracho que él llamó El grito, que algún loco valuó en sesenta u ochenta millones de dólares grosso modo, no recuerdo bien, y que otro que estaba más chiflado todavía robó hace unos años. No sé, eso de valuar un cuadro horrible en una suma millonaria puede haber sido una estrategia muy astuta que yo tendría que probar para sacarme de encima la porquería que nos regaló Picasso, ése del ello y el superyoyó.
-¡Querido!... ¿Es preciso volver siempre al mismo tema?
-¡Pero en serio, mi vida, en serio!... Porque yo, si tuviera ochenta millones de dólares, no sólo no compraría con ellos una pintura horrible, sino que los usaría para pagar a quien me librara de esa pintura. Como no los tengo, hay que pensar en otras cosas. Yo debería hacer buena publicidad a los cuadros de mi yerno. Así un chorro que entrara a robarnos se llevaría el cuadro de Picasso, pero dejaría en paz cualquier otra cosa que pudiéramos tener.
-¿Puede saberse cómo fuimos a parar del black metal al cuadro que nos regaló nuestro yerno?
-Es que, querida, aunque no lo puedas creer, ¡todo está relacionado! Munch pinta El grito, que pasa a exhibirse en un prestigioso museo de Oslo. Los noruegos entran al museo, ven la pintura y no salen siendo los mismos. Sus facultades cerebrales están irremisiblemente alteradas. Muchos, enloquecidos, se suicidan; otros, no menos locos que aquéllos, se dedican al black metal y terminan de arruinar, no sólo sus propias neuronas, sino las del resto de los noruegos y, de paso, sus vecinos de Suecia y Finlandia.
-Querido, qué humor tétrico...
-¡No me interrumpas!... Pasan los años. El muchacho que más tarde será nuestro yerno ve una reproducción de El grito, y, para hacer juego, prorrumpe en alaridos enloquecidos. Tras pasar años internado en un manicomio, finalmente le dan el alta, pero el germen de la locura sigue en él, y se dedica él mismo a la pintura y a esparcir la demencia. Nos regala un cuadro, el cual, por supuesto, nos vuelve un poco locos, pero, gracias al Todopoderoso, no tanto como podría haber sido. Un buen día, dejamos la ventana abierta. En la sala de ensayo de al lado, cinco muchachos que se dedican a un muy inocente pop, miran hacia el interior de nuestra casa, y ven el mamarracho que cuelga de la pared, el cual produce en ellos la más monstruosa de las mutaciones imaginables. Crecen sus colmillos y sus melenas, sus fauces se vuelven bestiales. La tragedia, horrorosa e irreversible, se ha consumado: nace Supremacía Satánica, la banda de black metal...
-¿Por qué no escribís una novela, querido? Te veo talento.
Pareció que allí iba a quedar el tema, pero desafortunadamente, Lucy vio las revistas, y el asunto salió a la luz de nuevo.
-Algunos de estos grupos parecen bastante inocentes-comentó Lucy, pensativa-. Fíjense, la tapa de este disco muestra bosques. La banda es Empyrium. ¿Qué significa evoking beauty? ¿Y bitter-sweet melancholy?... Y los chicos de acá al lado, ¿escucharán también esta música?
-¡Eh, eh!-exclamó el señor Alvarez, gruñón-. ¡Ese interés no me gusta nada!...
Lucy se acercó a su madre, que estaba en la cocina.
-¿Por qué después de comer no le preparás un café irlandés a Papá?-preguntó en susurros.
-Porque todavía no está lo bastante pesado, aunque no lo quieras creer-contestó la señora de Alvarez-, y porque ese recurso hay que emplearlo sólo muy de tanto en tanto. Si no, el café irlandés deja de ser algo especial para transformarse en algo rutinario, y pierde su efecto. Tu padre se inmuniza, y ya no hay café irlandés que logre sedarlo. Con los maridos hay que proceder así. Artes maritales para manejarlos por las buenas, así no hay que recurrir a las artes marciales para manejarlos por las malas.
-Ahora, yo digo-siguió el señor Alvarez, sentado en el comedor y encendiendo el televisor-: ¿para qué queremos conocer mejor a los cinco bestias éstos?
-Querido, nadie te obliga; pero me parece que nuestro deber de buenos cristianos es tratar de encontrarles rasgos positivos. Dijo Jesús que hay que amar a los enemigos, ¿no? ¿Y cómo vamos a amarlos, si no es tratando de encontrar algo bueno en ellos? Si tratamos de amarlos por decreto, no nos va a salir un afecto muy sincero.
Aquella reflexión merecía un sesudo análisis. El señor Alvarez le quitó el volumen de voz al televisor para oír mejor al angelito que se había posado sobre su hombro derecho.
-Por supuesto, ella tiene razón. Qué vergüenza que tu mujer tenga que recordártelo Alvarez. Mucho siervo del señor, mucho soldado de Cristo, pero el siervo ni sirve y el soldado desierta. ¿Qué tal si te ponés las pilas y hacés lo que tenés que hacer?
Por supuesto, tenía que venir un representante del otro bando para hacer oír la otra campana. Este se sentó sobre el hombro izquierdo de Alvarez, quien al principio le puso mala cara.
-Vos fuiste el que el otro día me estaba moviendo la soga cuando estaba tratando de hacer equilibrio para no caerme-le reprochó.
-Qué rencor, caballero, qué rencor... No es así como debe ser un buen cristiano-dijo el del olor a azufre, con cara de tragedia y pésame-. Sin embargo, lo entiendo. Estos hippies-señaló al angelito-, mucho amor y paz, pero de sexo, droga y rock and roll, nada. Y como están siempre en la vena amable, le perdonan a Ud. todo lo que haga. Siendo así, ¿por qué no dar rienda suelta a otros rencores, mi querido amigo? Como somos cristianos, lo haremos de forma rápida e indolora. Los cinco monstruos melenudos están en la calle, venimos Ud. y yo con la aplanadora, y ¡zas! ¡Ja!-el tipo del olor a azufre se retorció las manos, en obvio regodeo-. ¡Ñaca, ñaca, ñaca!...
-¿Ah, sí? ¿Ah, sí?-exclamó el angelito, indignado; y acto seguido pegó un chiflido en cierta dirección-. ¡Jefe! ¡Mire a Alvarez y este amiguito suyo, lo que intentan hacer!
-¡Oh! ¡El Rey de los Hippies en persona!-se lamentó el del olor a azufre, poniendo pies en polvorosa-. ¡A rajar! ¡Yo sólo estaba de paso! ¡Business are business!... ¡Arrivederci, auf wiedersehen y muchos etcéteras más!... ¡Yo no fui!
-Bueno, je,je...yo...-dijo Alvarez, no muy satisfecho de ser pescado in fraganti.
-Alvareeeeeez....
-Eh... Señor...Je, je... Esteeeee... Jesusito, querido, ¡qué sorpresa!... No te esperaba, y por desgracia tengo un gran desorden y no quiero que veas todo así, me daría mucha vergüenza...
-Qué bueno que lo admitís al menos, Alvarez, porque desde lejos veo ahí adentro pensamientos no muy adecuados para un cristiano.
Alvarez decidió que era hora de ponerse firme.
-Señor-dijo-. Yo estoy de acuerdo con vos en que es menester amar a nuestros enemigos, pero vos tenés que entender que estos cinco vándalos no son enemigos cualquiera. Aparte de ser siervos del Anticristo y malvados precursores de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, me ensucian el frente de mi casa y miran a Lucy con intenciones non sanctas. Si los tuvieras allá arriba ensayando su diabólica música, otro gallo nos cantaría. Vos comprenderías mejor mi posición. Esos cinco muchachos son malvados hasta la médula, son...
-Alvarez-suspiró Jesús-; ¿vas a decirme a mí cómo son esos cinco muchachos? ¿A mí, que los conozco desde antes de que nacieran? Y en última instancia, aquí no interesa qué son ellos, sino qué sos vos. Se supone que sos cristiano, ¿sí o no?
-Por supuesto que sí, Señor, pero...
-¡Pero nada!-exclamó Jesús-. Me voy. Cuando vuelva, quiero encontrar todo en orden. Quiero que puedas recibirme sin ningún problema ni vergüenza. ¡Al trabajo!
Y se fue. Para El es muy fácil decirlo, pensó Alvarez. ¿Cómo hago para que estos tipos me caigan simpáticos aunque sea un poquito?. Volvió a subir el volumen del televisor. Hizo un poco de zapping y aterrizó en una escena de una serie yanqui en la que un enanito tocaba una campana y gritaba:
-¡El avión!... ¡El avión!...
La isla de la fantasía, pensó Alvarez. Ricardo Montalbán encarnaba al dueño de una isla paradisíaca donde todas las fantasías se volvían realidad. El capítulo estaba comenzando. El anfitrión de marras y su fiel ayudante Tatoo se acercaban a recibir a los visitantes, a quienes daban en primer término la bienvenida unas jóvenes hawaianas.
-¿Quién es este hombre, jefe?
-El señor Alvarez, Tatoo. Su fantasía es poder vencer la antipatía que siente por un grupo de jóvenes que se dedican al black metal, le pintan las paredes del frente de su casa con graffittis y miran a su hija menor con sentimientos lascivos. Va a ser una ardua tarea, pero el señor Alvarez quiere halagar y honrar a su Creador y a su Salvador.
Ah, caramba. Me quedé dormido y estoy soñando, pensó sabiamente Alvarez.
-¿Y esos cinco muchachos de ahí, jefe?-preguntó Tatoo.
-Son los muchachos de Supremacía Satánica, Tatoo. Su fantasía es pasar con una aplanadora por encima del señor Alvarez.
Alvarez miró hacia sus espaldas, consternado. Allí estaban los cinco ositos panda de torsos desnudos y pantalones de cuero, sonriendo malvadamente. Uno de ellos tenía sobre su hombro izquierdo a cierto personaje que a Alvarez le era conocido.
-¡Ja!-exclamó el personaje en cuestión, alborozado, señalándolo con el índice. Acto seguido se restregó las manos-. ¡Ñaca, ñaca, ñaca!...
-A comer, querido-dijo la voz de la señora de Alvarez, sacando a su marido de aquel sueño loco.
Alvarez despertó perezosamente y olfateó los fideos con aire goloso. Mientras tanto, Lucy cambió el canal del televisor, pasando a un acto de magia. Una mujer iba a ser aserrada.
-Ese truco es muy viejo-dijo Alvarez, con la boca llena-. Tendrían que hacer otra cosa. Me gustaría, por ejemplo, que un mago te metiera a vos en una caja, querida, y sacara de ella dos mujeres iguales a vos. Así yo haría realidad el viejo sueño masculino de tener dos mujeres y sin faltar a ningún mandamiento, pues técnicamente ambas serían mi única esposa, ¿qué te parece?
-Genial, querido. Pero para hacer la cosa más perfecta, al mismo mago podríamos pedirle que ensaye con vos un nuevo truco, el del hombre aserrado. Así yo no faltaría a ningún mandamiento, pues lo haría para compartir mi marido con mi otra yo, y haría realidad el viejo sueño femenino de tener un marido que sea sólo medio tonto.
-¡Epa! ¡Touché!... ¿Y con qué mitad te quedarías vos?
-Con la de abajo. No sólo es la que se encarga de las funciones que son o deberían ser exclusivas de un marido, sino que, además, es la que no habla.
Alvarez sonrió.
-Veamos después esas revistas que compraste, querida-dijo.

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