Débora había sido muy afortunada al no verse relacionada por la policía con los restos de cocaína que indudablemente debieron encontrar cerca del sitio donde fue baleado Mataperros y donde también Dieguito murió asesinado por una bala perdida, y aquella mañana se detuvo a reflexionar sobre su extraña suerte, sobre el absurdo destino de Dieguito y muchas otras cosas más. En cuanto se levantó de la cama, buscó a Doña Elvira para hablar con ella de todo esto.
-Es la primera vez que la oigo decir cosas sensatas, m'hija. Yo la voy a ayudar-concluyó la vieja.
Y en los días posteriores a aquel diálogo inusualmente calmo tratándose de ambas mujeres, Débora pasó las de Caín. Su organismo le pedía a gritos whisky, vodka, vino, lo que fuera siempre y cuando tuviese alcohol. Ella no cedió a pesar de la repugnancia que le producía beber sólo agua. Con el desayuno y la merienda tomaba leche. La prefería al agua, pero igual no era exactamente lo que ella hubiera elegido en otras circunstancias. Pero ahora tenía un propósito por delante, y eso le daba una constancia que no se puede menos que admirar.
Con el cigarrillo era más complicado. Débora había llegado a fumar tres atados diarios, y la nicotina tiranizaba su cuerpo y su mente. No fue capaz de dejar de fumar de la noche a la mañana, pero paulatinamente fue reduciendo el consumo de cigarrillos. La idea de pasársela sin fumar por un largo período sencillamente la aterraba y por eso hizo algo, creo, bastante razonable: primero se abstuvo de fumar por diez minutos antes de encender un cigarrillo. Para encender el segundo, esperó quince minutos; veinte para el tercero. Si para el cuarto no logró esperar veintinco minutos, al menos soportó durante veinte, y para encender el quinto se propuso no esperar menos de veinte y, si podía, más aún. En síntesis, trataba de espaciar cada vez más los cigarrillos. Un par de veces no se contuvo, no aguantó siquiera cinco minutos entre un cigarrillo y otro, pero no permitió que eso la desanimara. Era una batalla perdida, pero no la guerra.
Conforme pasaban los días, su resistencia al tabaco pareció fortalecerse considerablemente. Empezó a castigarse, llamémoslo así, cada vez que se descubría mirando impaciente el reloj para ver si ya podía fumar el siguiente cigarrillo, añadiendo minutos de espera extra. Esto no quiere decir que por momentos aquel tratamiento que se había autoimpuesto no le resultara una auténtica tortura. Su mano derecha por momentos parecía haber adquirido consciencia propia y dirigirse, sin quererlo Débora, hacia el atado de cigarrillos. La joven se contenía entonces, y sentía a su diestra convertirse en garra cuando luchaba contra ella; una garra que forzada a detener su mecánico impulso de dirigirse hacia el vicio parecía dispuesta, en venganza, a volverse contra la propia Débora para arañarla.
Por suerte -o gracias al Todopoderoso-, durante todos aquellos días, Fabio andaba desaparecido. Débora no sólo no lo extrañaba sino que, incluso, ni se acordaba de él, tal vez porque sus principales enemigos y dolores de cabeza en este momento eran el alcohol y el cigarrillo a los que combatía con tanto denuedo. Por momentos tenía ganas de gritar del esfuerzo que hacía para no recaer.
Doña Elvira trataba de mantenerla distraída para que no pensase mucho en el asunto. La mantenía ocupada haciendo quehaceres, pero esto hacía que la vieja se sintiese como forzada también ella a dejar un mal hábito, puesto que antes era ella quien se ocupaba de esas faenas, y al ser reemplazada por Débora comenzó a aburrirse en serio. Doña Elvira no tenía siquiera televisión (y conociéndola, creo que se hubiera aburrido más con televisor que sin él), y su único pasatiempo era escuchar algunos programas folklóricos y de tango en una vieja radio en la que por momentos se escuchaba más interferencia que música.
Lucy fue varias veces de visita por aquella época, siempre con la excusa de los trabajos a crochet que hacía Doña Elvira. Siempre las veía a ambas con cara de perro, silenciosas para no ladrarse ni ladrar a nadie más; porque no estaban enojadas, pero la situación que estaban viviendo no podía menos que ponerlas de mal humor.
Ahora bien, Lucy no era adivina, no sabía qué estaba ocurriendo y ni Doña Elvira ni Débora se lo explicaron. No supo qué pensar de aquella situación. Débora siempre había sido más bien huraña, taciturna, muy poco comunicativa; y ahora, al verla más callada y adusta que nunca, se preguntaba de qué manera la habría influido la muerte de Dieguito, y si ella y Doña Elvira habrían tenido alguna discusión particularmente feroz.
En una de esas visitas, Lucy fue abordada por Doña Cata.
-Querida... ¿Cómo está la Débora? ¿Y Doña Elvira?
-La verdad, no sé qué decirle-contestó Lucy, aturdida-. Están tan calladas que me preocupan. Antes por lo menos rezongaban todo el tiempo una contra la otra, y se sabía qué les ocurría.
-Yo empiezo a preguntarme si están bien de la cabeza. El otro día la vi a Doña Elvira salir de la casa, embarrarse bien los zapatos y volver a entrar así, llena de barro.
Efectivamente, la vieja lo había hecho para darle a Débora trabajo para hacer en un momento en que no quedaba ninguna labor pendiente. Pero vista de afuera y sin conocer la razón de tal conducta, bien rara se veía.
-¿Será-se preguntó Doña Cata- que se pelearon, se repartieron las tareas de la casa, que de limpiar el piso se encarga la Débora y que Doña Elvira ensució el piso limpio nada más que para fastidiarla.
-Puede ser que estén peleadas-admitió Lucy-. No las oigo hablarse.
-El Fabio hace rato que no se aparece por acá. ¿Será por él que están peleadas?
-Debe ser que Doña Cata le prohibió a Débora ver a Fabio y que es por eso...-comenzó Lucy, pero no terminó la frase. Con el carácter que tenía Débora, ningún caso hubiera hecho de una prohibición de ese tipo.
-Sinceramente, querida, lo que a mí me preocupa es que la Débora haga una macana, ¿viste?, que quiera matarse. Doña Elvira es dura, pero no sé esa chica.
-Débora es brava, usted ya la conoce, pero con Fabio se pone...
-Tonta...-.concluyó Doña Cata-. Bueno, querida, no me queda más remedio que seguir con mis viejas actividades chusmeriles por un tiempo. Te mantengo informada, ¿eh?
-Sí, gracias. ¿Cómo van las cosas con su marido?
-Y, sobrevivimos, querida. Vivimos el día a día en todo sentido, ¿sabés? Esto de andar corriendo la coneja me recuerda la época en que éramos recién casados y no teníamos un mango y nos privábamos de muchas cosas para lograr salir adelante. Creo que Cacho también se acuerda. Era una linda época aquella. Teníamos muy pocas cosas materiales y muchas ilusiones. Es muy duro dar por terminado algo cuando se recuerda con cuántas ganas se lo empezó; pero en fin, ¡habrá que ver!... Por ahora es imposible que nos separemos, tenemos muchas deudas y tenemos que remarla juntos para salir del paso. Veremos qué ocurre cuando ya no estemos obligados a seguir bajo el mismo techo. No es fácil la convivencia matrimonial... Chau, querida. Te llamo si surge alguna novedad con la Débora y Doña Elvira...
Y eso era todo lo que podían hacer, montar guardia y esperar.
Durante los primeros días en que Débora inició su Calvario de desintoxicación, sucedió un día que sonó el timbre en la casa de los Alvarez, no el del quiosco sino el de su domicilio. En ese momento el señor Alvarez estaba solo en la casa, de modo que fue él quien atendió. Para su sorpresa, se encontró con el rostro melenudo y sombrío de Tony.
-Ya me enteré-dijo el señor Alvarez-. Pasá.
-¿Quién le dijo?-preguntó Tony, traspasando la puerta.
-Cristian. Sentáte un ratito.
Tony se desplomó sobre el primer sillón que encontró a su alcance.
-¿Y qué le dijo?-preguntó, mientras el dueño de casa tomaba asiento a su vez.
-Estaba entre triste y enojado. No le hizo mucha gracia que te convirtieras al cristianismo, y cree que es culpa mía.
-Ni siquiera me convertí al cristianismo-corrigió Tony, sonriendo con amargura-. Lo único que dije fue que parecía buena idea ir por lo menos una vez a esas reuniones a las que va usted para ver qué onda. Fue suficiente para que se me tiraran encima.
-¿Todos?
-Más que nada, Cristian y Fede. A Leandro y Ale tampoco les gustó mucho, pero creo que, si fuera por ellos, harían su vida y me dejarían vivir la mía. En cambio, me echaron a patadas de la banda.
-Ya veo-murmuró el señor Alvarez-. ¿Se llevaban bien hasta ahora?
-Cristian siempre fue un poco mandón, pero sí, la pasábamos bien. Sabíamos que nunca íbamos a ganar un centavo con lo que hacíamos, hasta tuvimos que poner plata de nuestros bolsillos para varios recitales; pero nos encanta lo que hacemos. Eso nos unía mucho. Me duele que esto pase.
-¿Sabés, pibe, que el ser humano es todo un experto en eso de complicarse a sí mismo la vida? Cristian también está dolido. Ve lo que hiciste como una traición, y a mí como tu instigador. No se da cuenta de que aquí no hay nada de eso, y que se mortifica él mismo por algo que sólo existe en su mente.
-Yo ni siquiera les dije que vinieran ellos si no querían, señor.
-Ya lo sé, me doy cuenta de cómo sos.
-No sé qué hacer. Si usted no fuera cristiano, ¿qué me aconsejaría?
El señor Alvarez estuvo a punto de responder a Tony que quizás los padres de éste pudieran aconsejarlo mucho mejor que él; pero de repente lo asaltó una duda, una certeza casi: la de que quizás el muchacho no tuviera padres a quienes consultar; que quizás ellos faltaban física o espiritualmente. Se sintió extrañamente conmovido. En su interior existía una reserva de afecto vacante para el hijo varón que Dios no había querido darles a él y a su esposa. Casi se había olvidado de la existencia de esa reserva. Por eso me dolió tanto que Cristian adoptara esa postura tonta, pensó. De repente descubría que en todos y cada uno de aquellos cinco melenudos que tan detestables le habían parecido en un principio, había llegado a ver ese hijo varón no nacido. De oídas te conocía, pero hoy te han visto mis ojos, se dijo para sus adentros, igual que Job. Pero nunca terminaba de conocer al Señor, de modo que esa frase se la repetía muy a menudo.
-No se trata de cristianismo o no-dijo-, sino de personalidad. No es posible que alguien decida por nosotros lo que podemos hacer, si no estamos haciendo daño a nadie...
-Eso pensé yo-comentó Tony.
-...pero no te aflijas mucho por lo que pasó-continuó el señor Alvarez-. Cristian es muy jovencito y, quizás, muy impulsivo. Gente de más edad y que debería ser más sabia hace estupideces mucho peores...
-Ajá. Como quien yo sé-intervino Ocho, audible sólo para su protegido.
-...Y si de veras estaban muy unidos, lo más probable es que Cristian y los otros en algún momento extrañen los buenos tiempos, y se te acerquen aunque más no sea por nostalgia. Seguramente no va a ser como antes... Pero nada es nunca como antes, todo cambia siempre. A veces, más rápido de lo que nos damos cuenta. Cansa un poco, y puede hacer que uno se sienta viejo; pero a la vez es eso lo que hace emocionante a la vida, ¿sabés?: que ahora uno está llorando, y al rato se está riendo, que en un momento uno está muerto de miedo y al siguiente se sorprende de sus propias reservas de coraje. Ya lo vas a descubrir vos. Así que no te digo que no sientas pena, pero no te ahogues en ella; y ya que haber abierto la boca te hizo pelearte con tus compañeros de banda, te invito el viernes que viene a que vengas a nuestro grupo de oración. Sería tonto que no vieras como es, siendo que eso fue la causa de la gresca. ya tendrás tiempo de mandarte a mudar por donde viniste si descubrís que no te interesa...
-Seguro. Sí, voy a ir-dijo Tony, sonriendo débilmente, agradecido, y poniéndose de pie para irse.
El señor Alvarez se incorporó también, y estaba a punto de extender su diestra para estrechar la de Tony cuando éste, de improviso, se le acercó, y lo abrazó como a un amigo o aun familiar. ¡Qué momento para el pobre señor Alvarez, más bien avaro de ese tipo de efusividades, y que hasta se pone incómodo cuando durante la misa llega el momento de dar el fraternal beso de la paz a los hermanos!... Se quedó tieso, con cara de susto, entre los brazos del grandullón pelilargo, hasta que se tuvo que reír de sí mismo, se relajó y devolvió el abrazo.
-Hasta el viernes, señor.
-Cuidate mucho, pibe...
Sucedió esto, como ya se ha dicho, cuando Débora inició su voluntario e improvisado proceso de desintoxicación. El viernes siguiente, según lo convenido, Tony fue al grupo de oración. En honor a la verdad, sigue yendo de tanto en tanto hasta el día de hoy, pero no es muy habitué. Sospecho que en parte ello se debe a que a dicho grupo asisten también cinco o seis chicas que pasan la semana internas en un colegio de monjas, donde las hermanas las tienen bastante cortitas en lo referente al sexo. Así que, cuando salen el viernes para pasar el fin de semana con sus padres, salen con todas sus hormonas en ebullición, prontas a arrollar a cuanto varón de su edad se les ponga en su camino. Tony en realidad es bastante mayorcito que ellas pero, como de ningún modo es feo muchacho, ese detalle no las preocupa demasiado; él es quien se impacienta cuando las tiene cerca. No deja de ser paradójico porque, antes, tal vez lo único que lo hubiera acercado al grupo de oración habrían sido las chicas. Supongo que tampoco ahora vería mal que alguna se le tirase encima; lo que le revienta es que lo hagan en el grupo de oración.
Tampoco parecen gustarle mucho las canciones más alegres entre las que se cantan allí. Lo suyo son los momentos de meditación en silencio interrumpido sólo por alguna cita bíblica que algún hermano recita en voz alta al sentirla propicia para la ocasión. No lo dijo expresamente, pero sigue conservando su temperamento sombrío de blackmetalero y llama la atención la frecuencia con que llega tarde cuando viene, como por casualidad cuando se acercan los momentos antes mencionados.
La Supremacía Satánica demostró no serlo tanto, y la banda se disolvió unos seis meses después de la partida de Tony. La causa exacta no la sabemos, pero consta que el grupo intentó durante todo ese tiempo encontrar un tecladista que pudiera ocupar el puesto que había vacante. Si simplemente desistieron de hallarlo o si hubo algo más, es lo que ignoramos. Desde ese entonces no sabemos qué fue de los demás ex-integrantes del grupo, salvo que en su mayoría se unieron o intentaban unirse a otras bandas de estilo similar a Supremacía, pero puede que pronto tengamos alguna noticia al respecto, ya que Tony hace poco se encontró en la calle con Leandro. Este se alegró mucho de ver de nuevo a su antiguo compañero de banda y, como de alguna manera lo profetizó el señor Alvarez, sacó a relucir el tema de un posible reencuentro, sólo a título de reunión de amigos, con el resto de los muchachos. No sabemos si estarán todos de acuerdo, pero siempre es lindo ver cómo en algunas personas el tiempo lima asperezas, desaveniencias y rencores.
Reservado en lo que respecta a sus actividades, Tony no habla de sus proyectos en ese sentido. Se dijo que estaba por editar un trabajo solista a través del sello Furias/Orión, el mismo que cuenta entre sus representados a Heulend Horn, Ecliptic Sunset y Fangoid Stream, entre otros. Es más, alguien vino con mucho entusiasmo a hacerme oír lo que él creía era el primer disco del proyecto solista de Tony. Pero el disco en cuestión (EIGHT VISIONS OF THE PILGRIM TIME) era de Mitternacht, proyecto que nada tiene que ver con Tony, y ni siquiera el primer disco, sino el tercero o cuarto.
Esto por lo que respecta a aquellos cinco muchachos que en su momento supieron ser el dolor de cabeza del señor Alvarez. Porque, lo habrá notado el lector, nos acercamos al final de nuestra historia; final porque en algún punto hay que terminarla, pero que podríamos continuar infinitamente. Y así como, de a poco, se fueron añadiendo más protagonistas a esta historia, de a poco nos ikremos despidiendo de ellos.
Cacho y Doña Cata siguen juntos. Si se aman como marido y mujer, no sé decirlo, pero al menos son decididamente amigos. Es bueno, porque creo que la amistad es lo primero que debe haber en un matrimonio, y lo que más importa a la edad de ellos, cuando la pasión ya ha pasado a un segundo plano. Se ríen juntos, tienen sus momentos en que se gruñen también, pero nunca llega la sangre al río. Es cierto que tampoco son especialmente cariñosos uno con el otro, al menos en público... Pero, no esperarán que me refugie detrás de una cortina para espiarlos y que les cuente lo que pueda averiguar, ¿no? Démosnos por conformes con que siguen juntos y en manos de Dios. Es lo que importa. Cacho ha conseguido trabajo en una remisería, aunque no con auto propio: el suyo ya había sufrido un choque importante bastante antes de comenzar la historia que nos ha ocupado a lo largo de todos estos capítulos, y debido a las cuantiosas deudas de los Sanguinetti, el arreglo siempre se posponía. Y por lo visto, siempre se pospondrá...
Han salido casi totalmente de sus apremios económicos. Siguen sin televisión. Dudo que, incluso cuando tengan la posibilidad de adquirirla, consideren prioritario hacerlo. Esto no asombrará en el caso de Doña Cata, pero sí en el de Cacho, quien parece haber encontrado un sabor especial a oír el fútbol y el automovilismo por radio.
Los Alvarez siguen más o menos como siempre. Lucy de novia de nuevo, para horror de su padre, quien insiste en que cada novio que trae es peor que el anterior. En este caso encima es un cadete de la Armada. Para qué. Toda vestimenta distintiva, uniforme en este caso, que use un novio de Lucy, a los ojos del señor Alvarez uniforma de infamia a cuantos lo usen. Se vienen a llevar a la nena. Calma, señor Alvarez, Calma, ¿qué quiere que le diga? La verdad es que ese fulano no me gusta tampoco a mí, me parece pedante y estúpido, pero no se supone que nos deba gustar a nosotros, sino a su hija. Además, mire que si no se porta bien, en castigo capaz que le regalan otro cuadro de Picasso.
El quiosco no ha andado muy bien últimamente (cosa nada sorprendente, como sabrá Ud. si vive en Argentina), así que el señor Alvarez consiguió trabajo en la misma remisería que Cacho. Algunos de los clientes a quienes tiene el honor (?) de llevar hacen que Norman Bates, el de Psicosis, parezca cuerdo por comparación, por lo que cada tanto regresa al hogar refunfuñando y protestando. Su sufrida esposa siempre procura tener a mano todos y cada uno de los ingredientes que lleva un buen café irlandés.
Y en cuanto a Ocho y Don Querido Caballero, de más está decir que siguen contendiendo ferózmente sin armisticio ni tregua. La guardia muere, pero no se rinde es el lema de cada uno de ellos. Por otra parte, esto no necesitaba aclararlo: todos tenemos a un par de sujetos como éstos sobre nuestros hombros, y sabemos por experiencia propia, por lo tanto, que no hay paz posible entre ambos individuos.
Aclarado todo esto, estamos en condiciones de seguir adelante con la historia que aún nos queda pendiente.
La fuerza de voluntad de Débora fue verdaderamente asombrosa. Un mes después de la muerte de Dieguito, fumaba sólo alrededor de diez cigarrillos por día. Fue entonces cuando, un viernes, Débora, siempre con el apoyo de Doña Elvira, efectuó primero una llamada telefónica al número 4723-0873. Y luego fue a cierta entrevista en cierto domicilio. Concretamente, Posadas 1848, en la localidad de Béccar, Partido de San Isidro.
Cuando volvió de esa entrevista, que relató en breves palabras a Doña Elvira, Débora fue a arreglar su cuarto, porque en breve tiempo se iría, y tendría que seleccionar qué se llevaba; aunque la selección no le llevó mucho tiempo, porque tampoco tenía tantas cosas. En eso, se topó con aquel viejo libro, Las casas zodiacales y el horóscopo, en algún momento su literatura de cabecera.
Se quedó mirándolo un rato, sonriendo con ironía, pensando cómo había creído a pies juntillas en su momento en esas cosas, y cómo la astrología prácticamente la habían puesto en los brazos de Fabio, relación desafortunada si alguna vez la hubo; y meneando la cabeza, sin miramiento alguno, tiró el libro al tacho de basura.
Pareció que allí terminaba el asunto, pero esa noche, mientras terminaba de cocinarse la cena, ocurrió algo inesperado.
Doña Elvira trataba de oír un programa de folklore en la radio, pero lo más que hacía era rezongar por la interferencia y porque la señora de Domínguez, enfrente, escuchaba su sempiterno repertorio de románticos latinos a todo volumen, haciendo menester, para tapar semejante concertina, que el volumen de cualquier otra música ascendiese hasta casi producir sordera. Débora, por su parte, leía un diario gratuito que le habían dado en el colectivo.
En eso, se echó a reír.
-Escuchá mi horóscopo para hoy-dijo, con buen humor-: AMOR: El clima es propicio para una reconciliación. No desaproveche el momento. La ternura domina la escena en la relación.
Doña Elvira sonrió también, pero medio torcido.
-Mire, m'hija, que con esas cosas no se juega-dijo-, no sea cosa que el zanguango agrandado que es su ex-novio no tenga mejor idea que venir justo hoy...
Cinco minutos más tarde, ¿quién llamaba a la puerta de Doña Elvira? Pues sí, exactamente, Narciso (y no Ibáñez Menta, me temo) en persona, Su Divina Hermosura Masculina, Fabio Cuán-Lindo-Soy.
-¿Débora está?-preguntó.
Doña Elvira asintió con la cabeza.
-M'hija, acá está el zanguango agrandado que le dije antes-anunció a Débora, sonriendo-. Pasá-dijo a Fabio; y ella se fue afuera.
En su momento le había prohibido la entrada en la casa, pero era de esperar que Débora hubiese aprendido de sus malas experiencias pasadas, y lo propulsase en órbita de un puntapié. Y si no, habría que resignarse, porque entonces sí que Débora no tenía remedio. Pero Doña Elvira esta vez ponía mucha fe en ella. No garantizaba que en caso de verse defraudada no aconteciera un asesinato, un suicidio o un asesinato seguido de un suicidio, un doble asesinato, un doble asesinato seguido de un suicidio o, en fin, algo por el estilo. Por las dudas, convenía estudiar atentamente cuál era la mejor de todas estas opciones.
Fabio no se achicó al oírse llamar zanguango agrandado. Por envidia o resentimiento, a los que somos hermosos nos llaman así, ¿no, Fabio? Lo que importa es que te dejaron entrar. La vieja gruñona se tuvo que dar por vencida.
La verdad sea dicha, que Fabio viniera o se fuera, que se quedara o se retirara, era algo sin cuidado. Después de todo, era sólo un pánfilo, y realmente que un pánfilo venga, vaya, se quede o no se quede, no es muy relevante. El problema era que con él venía un séquito invisible de lo más desagradable: la humillación, el alcohol, el cigarrillo, la droga. Todos le decían a Débora : No vas a escaparte de nosotros. Aunque por el momento bastante tenía Débora tratando de reponerse de la sorpresa de que el zanguango agrandado, luego de tanto tiempo sin dar señales de vida, viniese como invocado por el horóscopo del diario, para reparar en que aquellos viejos enemigos decían presente una vez más.
Entre Débora y ellos, se acercaba la confrontación decisiva.

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