Que se me acuse de ser poco patriota, cobarde o lo que sea, pero la verdad es que la política nunca me ha interesado antes, no me interesa actualmente y jamás me interesará en el futuro. Las acusaciones en cuestión no carecerían de fundamento, pero no guardan relación alguna con el tema que nos ocupa, mi abulia política. La verdad es que inicialmente era apolítico por no confiar en la honestidad de nuestros gobernantes, pero desde hace un tiempo, si bien tan lapidaria opinión no ha variado en lo más mínimo, he llegado a la conclusión de que los argentinos tenemos los gobernantes que merecemos.
Porque lo cierto es que aunque cierto programa de History Channel manifieste que los latinoamericanos estamos Unidos por la historia, ninguna relación tiene el quejumbroso y corrupto pueblo argentino con los insurgentes de Chiapas, que al menos si nos atenemos a la información oficial, son campesinos empobrecidos y oprimidos por el gobierno. No es que en Argentina no haya gente que no esté muriéndose de hambre, pero quienes más alzan sus protestas son sectores que no tienen verdaderos problemas para alimentar a sus familias (aunque sostengan lo contrario) ni se quejan exigiendo soluciones hambrientos. Son sólo nenes caprichosos en formato adulto a los que no se les compra el tren a pilas que se les ha antojado y el cual olvidarían poco después de obtenido, en favor de un nuevo capricho. Esa gente es ni más ni menos que la gente común. No hablamos ahora de los llamados piqueteros, de todos modos sujetos molestos, dañinos y prepotentes; no hablamos de los grandes terratenientes protestando por restricciones respecto al cultivo de soja, y que lloriquean como pretendiendo realmente ser equiparados a los mexicanos de Chiapas.
No: nos referimos a gente común que sostiene las mismas estupideces de siempre y que repiten cual disco rayado, tales como que en este país ya no se puede vivir, que adónde vamos a ir a parar y todo el resto de la trillada cantinela. Esta gente no sabe realmente lo que es el hambre. Se queja porque, claro, luego de los gastos del auto nuevo, el televisor y/o las vacaciones en algún sitio remoto del planeta, tiene que ajustarse un poco el cinturón. Mucha de esa gente compra al fiado en locales amigos y no paga las cuentas. La dueña de un kiosco donde yo solía comprar dejó de vender al fiado porque gente que le debía una cuenta de dos o tres meses, pasaba frente a su negocio con pìzzas y gasesosas porque para eso sí tenía dinero.
El pueblo argentino es corrupto y envilecido hasta la médula. Tanto, de hecho, que está dispuesto a pactar con el poder de turno una especie de soborno: Roben, pero hagan algo. Si el ladrón fuera alguien de la calle y le robara algo a él, lo mínimo que pediría un argentino sería silla eléctrica, pero con los gobernantes el pueblo está dispuesto a hacer la vista gorda con tal de que les den lo que quieren. Y quieren aumentos salariales que por supuesto siempre serían bienvenidos si la economía lo permitiese, pero que no son prioritarios habiendo gente más necesitada y problemas salariales que resolver. Yo gano alrededor de dos mil o dos mil doscientos pesos por mes (la cifra es la que queda luego de los descuentos) y me basta y sobra. Los que tanto se quejan ganan mucho más. Usted habla así porque no tiene familia que mantener, suele ser la respuesta. Y es cierto, no la tengo, pero tampoco tengo una camioneta cuatro por cuatro, computadora, DVD, moto ni ninguno de esos lujos de los que sí gozan estos quejumbrosos. Y que los disfruten si los tienen, pero que no aburran quejándose de su según ellos difícil situación personal.
El pueblo argentino, que tanto se envenena por la corrupción de sus gobernantes, protesta por envidia y no por un sentido de justicia ni nada que se la parezca. Si les ofrecieran ser parte del negociado, la mayoría de los argentinos se callaría la boca excepto para aceptar dicha oferta. Como no les ofrecen, destilan rencor por los cuatro costados y deben procurarse ellos mismos sus propios vergonzosos chanchullos. No vacilan en traicionar la confianza de conocidos quedándose con vueltos importantes que no les corresponderían, no dudan en pedir dinero a sus propios amigos y jamás devolvérselos. Y encima, jactándose de su avivada. El argentino se ha convertido en un pueblo que abochorna al género humano. No me importa si los hay peores o no. Igual es un asco. Y este pueblo se arroga el derecho de quejarse por sus gobernantes. Siempre por los que están en el poder, nunca por los que estuvieron antes. Alfonsín tuvo desaciertos enormes y prácticamente todo el pueblo exigió masivamente su renuncia; pues bien, en la mentalidad popular ya es un prócer y un santo. Menem, que con su dichoso uno a uno (que tanto añoran algunos porque les permitió comprarse artículos de lujo de toda índole) en realidad fundió la industria nacional, va también en camino de ser canonizado por las multitudes que en su momento tanto lo abucheaban. Resulta que ahora todos los que estuvieron antes son inocentes. La culpa es toda de este gobierno, hasta que abandone el poder y lo sustituye otro, en cuyo caso el que ahora gobierna será absuelto y se endosarán las culpas a quienes lo sustituyan.
Si hasta ahora nos hemos ceñido al terreno estrictamente económico, en lo referente a la gran preocupación de nuestros tiempos, la seguridad, ocurre otro tanto. Quisiera saber qué puede hacer el gobierno (éste o cualquier otro) para evitar que un vecino le rompa la cabeza a otro porque una mosca voló fuera de ruta; quisiera saber qué puede hacer el gobierno para evitar que un alumno ataque a su profesor por una mala nota que le puso, para impedir que una colegiala agreda a una compañera sólo porque ésta es más linda que ella. Respuesta obvia: nada. En gran medida, la inseguridad pasa por una cuestión personal, por la decisión de asumir qué cosas son decentes y cuáles no lo son; por una educación que uno mismo debe saber imponerse y un autocontrol que debe cultivarse. Pero, insistimos, hablamos de nenes caprichosos en formato adulto, y los nenes caprichosos saben sólo de derechos, jamás de deberes, y se les habla de los mismos, pondrán el grito en el cielo: se me está tratando de quitar la libertad, nadie tiene por qué decirme cómo debo educar a mi hijo, nadie me va a decir lo que tengo que hacer.
Esta es la gente que se refiere a nuestra actual presidente con términos obscenos que no merece y que por vergüenza ajena no repetiré aquí; no los merece al menos de boca de quienes los emplean. No los cuestionaría de padres que no tienen qué dar de comer a sus hijos, no los cuestionaría de gente realmente perjudicada a niveles serios por la gestión de la señora Cristina Fernández de Kirschner. Los oiría en silencio y sin pensar siquiera en adelantar excusas, aun cuando las hubiera. Pero viniendo de quien viene, el insulto denigra sólo a sus autores, que se quejan por deporte. Dicho sea de paso, esos términos groseros para referirse a una dama son impropios de un varón que se precie de tal, pero es que no hablamos de varones, sino sólo de putos mal cogidos, con perdón de cualesquiera homosexuales que pudieran sentirse ofendidos de verse equiparados a tan detestable fauna. Y es que eso es a menudo el macho argentino, un puto mal cogido y nada más, un misógino que por cerebro tiene sólo una pelota de fútbol y al que no se le puede exigir que se comporte como un caballero. Sí puede esperarse que le eche la culpa a la mujer, actitud que desde Adán es parte del folklore machuno y que viene muy bien cuando la mujer además es la presidente.
Todo esto no quiere decir que, a Dios gracias, no quede gente decente y digna del más profundo respeto en Argentina. Sin ir más lejos, el dueño del local de Internet desde donde escribo esto varias veces ha corrido detrás de mí para darme dinero que le pagué de más sin darme cuenta. Esto ha ocurrido varias veces porque soy bastante distraído. Por lo mismo, cuando alguna vez, sin darme cuenta, me quedaba yo con vueltos que él me daba de más, él confió siempre en que no lo hacía por deshonesto. El confió, pero otro que no me conociera bien, en su lugar, podría haber pensado que yo también trataba de mandarme una avivada.
Y es que, haciendo juego con nuestros gobernantes, éso es lo que le ocurre al pueblo argentino: un cuarenta por ciento está corrupto; y el sesenta por ciento restante puede que no lo seamos, pero igual estamos bajo sospecha. No nos podemos quejar. En el peor de los casos, tenemos los gobiernos que merecemos, y que dista de ser un gobierno justo. Para aspirar a un gobierno así, esforcémonos por serlo primero nosotros. Cuando la situación sea que el cuarenta por cierto de la gente es justa y nos atrevemos a confiar mínimamente en buena parte del sesenta por ciento restante, vuelvan a pedirme que me interese por la política.

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