Cada vez son más las personas ante las que me reconozco como cobarde y que acto seguido niegan que lo sea, pese a que muchas de ellas ni siquiera me conocen y se guían por indicios mínimos o por la fuerza del afecto. Tengo además la sensación de que en el caso de varias de ellas tal afirmación constituye poco menos que la confesión del más abominable delito o una vergüenza suprema o al menos que lo es para mí; que es una carga que cuesta soportar.

Los hechos: la cobardía podrá no constituir una gloria, pero tampoco es la más horrorosa de las faltas. En realidad, su mayor desventaja es que no permite a quien la posee asumir riesgos para obtener compensaciones. Sólo se mueve en terreno firme y seguro. De esa manera también se obtienen cosas, pero evidentemente menos que de la otra manera. Y también es un hecho que quienes escribimos libros, debemos elegir casi siempre a valientes (consumados o en ciernes) por protagonistas, porque un libro donde el personaje central, por estar dominado por el miedo, no hace absolutamente nada, sería desde luego aburrido hasta la exageración. Tan cierto como que la Historia la hacen los valientes, no los cobardes.

Por otro lado, cuando uno asume su cobardía y medita sobre ella, sobre las formas de controlarla y en qué casos no es lícito dejarse dominar por el miedo, aumentan las posibilidades de encontrar un poco de coraje aunque más no sea en casos en que es inadmisible ser cobarde. Pero esto ni de lejos quiere decir, necesariamente, que uno se sienta valiente y que la idea lo enorgullezca. Al menos no es mi caso. Cuando tengo que hacer acopio de valor, trago saliva varias veces y suspiro cuando el riesgo pasó, pero prefiero seguir considerándome un cobarde que encontró por sólo un momento y milagrosamente sus casi inexistentes agallas, que un valiente.

Y esto es así porque, en contra de lo que suele imaginarse, creo que los valientes no son, en general, gente muy simpática ni mucho menos. Es cierto que el hecho de que se suban a un pedestal por el sólo hecho de poseer envidiables dosis de coraje y desde allí miren con desprecio a quienes no lo tienen no puede hacerlos muy queribles a los ojos de un cobarde. Son como miembros de una élite, de un club al que sólo pueden ingresar los más selectos. Incluso cuando excepcionalmente encontramos algún resto de valor, ¿por qué querríamos los cobardes sentirnos parte de un grupo que nos trató de manera tan despectiva, como si fuésemos la basura más repugnante de la creación?

Debo admitir también lo mucho que me molesta que a los cobardes se nos imputen muchos vicios de los que deberían hacerse cargo los valientes, ya que tanto dicen serlo; por ejemplo, abusar del débil. La verdad es que estas acciones no son privativas de uno ni de otro bando; pero creo que en la mayor parte de los casos los cobardes nada tenemos que ver en ellas. ¿Por qué? Aunque más no sea por miedo a las consecuencias. Hace poco leí un libro con el que discrepé en casi todo, pero entre las escasas coincidencias figuraba la asociación de la cobardía con el pacifismo. La verdad es que la mayoría de los cobardes sólo queremos vivir y dejar vivir, y si para no pelear debemos estar cada vez más incómodos, ésta suele ser nuestra decisión. En cambio, los valientes a menudo acaban sintiéndose endiosados por su propio coraje, y entonces se creen más allá del bien y el mal. No necesariamente sus acciones serán sólo crueles, pero sí que serán más susceptibles de cometer crueldades a causa de dicho endiosamiento que les hará usar su propia opinión como medida de justicia.

Alejandro Magno es una prueba de lo antedicho. Sin duda todo el mundo preferirá recordarlo cabalgando gallardamente sobre Bucéfalo o bien en sus gestos de magnanimidad, que los tuvo. Pero también fue capaz de acciones espeluznantes, como la horrenda matanza de la población de Tiro, mujeres y niños incluidos, como represalia por la resistencia ofrecida por dicha ciudad al sitio impuesto por Alejandro y sus tropas; sitio que, además, obedecía sólo a su vanidosa ambición de conquistador. Por no hablar de otros actos igualmente reprobables cometidos en los últimos años de su reinado, cuando ya se creía con derecho a todo. De alguno de ellos se arrepintió más tarde, pero todo el arrepentimiento del mundo no devuelve una vida que se ha quitado. Y la matanza arrogante es exclusividad de los valientes aunque se pretenda lo contrario. Sí es cierto que, así como un órgano que no se usa se atrofia, la valentía que no se ejercita puede transformarse en cobardía. Y así es como muchos que sienten que su valentía les concede el derecho a perpetrar las peores barbaridades, terminan acobardados cuando les llega la hora de pagar por sus crímenes. Tal vez esa imagen tan repugnante del malvado en desgracia, incapaz de afrontar el castigo, sea la que terminó de impopularizar a la cobardía, achacándole acciones que no eran suyas.

Podríamos dar otros ejemplos, el de los vikingos ensartando bebés en la punta de sus lanzas, el de los heroicos espartanos despeñando a niños deformes desde lo alto del Taigeto, el de reyes muy cristianos que luego de vencer en el campo de batalla a los paganos los convertían a sangre y fuego. Pero ¿valdrá la pena? No creo que a nadie le guste reflexionar sobre estas cosas. Sospecho que todo el mundo querrá más bien pensar en los valientes como en nobles adalides de la justicia. Bella imagen, por cierto. Lástima que tan pocas veces coincida con la realidad.

Igual vale la pena decir estas cosas. Aunque más no sea para solidarizarse con otros cobardes, para hacerles saber que no son tan despreciables como ellos mismos puedan llegar a creerse. Pero lo dicho no nos exime de seguir buscando en nuestro interior el coraje necesario para pelear al menos cuando no nos quede otro remedio; cuando la casi inevitable consecuencia de nuestra falta de valor sea una sociedad un poquito más desagradable que la que ya tenemos, y que heredarán las futuras generaciones. Quién sabe, quizás alguien, a raíz de este artículo, se atreva a mirarse a sí mismo y reconocerse como cobarde. Ese es el primer paso para juntar valor, y quizás uno de los más difíciles...Y si es tu caso, te deseo suerte.