Desde hace ya muchos años, nuestra gran preocupación son los derechos humanos. Ciertamente es una noble preocupación. Yo mismo, años ha, insistía mucho en ese aspecto. Es lógico. Uno siempre desea que el mundo esté mejor, y vemos que de los derechos humanos hay muchos abusos en todo el mundo. A veces de un modo al que, por cotidiano, ya nos hemos acostumbrado, caso de los niños que vemos vagando por las calles pidiendo algo que comer. Nos hemos olvidado que ésa no es una situación a la que podamos llamar normal,; que ese niño tendría que estar jugando o yendo a la escuela o, en fin, haciendo cualquier cosa, menos eso que está haciendo. Luego, hay otras formas de abuso de los derechos humanos mucho más resonantes, como la trata de blancas, la explotación infantil... En fin, hay para todos los gustos. Todo eso, nadie lo niega.
Pero me parece que de un tiempo a esta parte, se ha exagerado mucho acerca del tema. Nos hemos olvidado de que el reverso de la moneda son los deberes.  Cortázar, un escritor que sin embargo ni de lejos es santo de mi devoción, dijo una vez que hay dos clases de libertad: falsa, en la que todo el mundo hace lo que quiere, y verdadera, en la que todo el mundo hace lo que se debe. Por  poco que coincida con Cortázar, en este caso no puedo menos que concordar. En efecto, da la impresión de que ahora todos y cada uno se creen grandes señores a quienes no es posible decirles nada, sin que se sintan atropellados. En cierto arroyo de Córdoba, un chico de no más de nueve o diez años, muy interesado en la ecología, se acercó a un hombre que estaba dejando basura en el lugar y le pidió que se la llevara consigo. El hombre (por llamarlo de alguna manera) miró despectivamente al chico, le gruñó no sé qué cosa de mala manera y en definitiva, hizo lo que se le antojó. En otro ámbito, en un supermercado, es posible ver cómo los clientes se ofenden cada vez que son sometidos a un control por parte del personal de seguridad, como si fueran grandes Lores que deberían quedar exentos de toda sospecha (admitiendo que los Lores efectivamente sean dignos de una exención así, lo que ya es otro tema). Siempre, cada uno intenta defender su postura, abusivamente, sin reflexionar.
Mentalidades de este tipo han llevado a la Humanidad a ser lo que es hoy, un caos en el que no hay forma de controlar el delito y en el que el poderoso se yergue oprimiendo a quien tiene debajo. Una variante relativamente reciente, al menos en el grado al que me refiero, es culpar de todo al gobierno. Pero no es culpa del gobierno que un alumno enloquecido apuñale a una maestra, o que un grupo de colegialas golpeen a una de sus compañeras hasta deformarla, o que un hombre humille en público y premeditadamente a su esposa. La Humanidad es algo que hacemos entre todos. Podemos reclamar nuestros derechos, pero sólo si nos corresponden realmente. Tenemos que tener el suficiente coraje para examinar si es así y, en caso negativo, dar un paso al costado para que lo reclame la persona a la que sí le corresponda ese derecho. Lo que nos lleva a otra triste realidad: la mayor parte de la gente es cobarde. No está en condiciones de soportar la menor dureza, no se halla dispuesta a abandonar ni la más ínfima comodidad. Si dos hombres se trenzan a puñetazos no es por exceso de virilidad sino, más frecuentemente, por no ser otra cosa que un par de maricas muy poco dispuestos a evaluar su posición y admitir en qué puntos están equivocados.
En otra época se valoraba mucho el honor, tal vez de distinta manera que ahora y, opino, de una forma equivocada. Aun así, el honor implicaba cumplir con lo que se debía hacer. Por lo general, en otros tiempos esto se traducía en que ningune injuria debía quedar impune. Así se daba inicio a interminables historias de venganza y muerte. Miles de  años de civilización no han mejorado mucho esta mentalidad. Seguimos teniendo historias de venganza y muerte, por mucho que las repudiemos. En cuanto a hacer lo que se debe hacer, ni en sueños. Se miente, se engaña, se traiciona, todo a niveles cada vez más perversos, La palabra dada ya no tiene valor; la imagen personal es cada vez más un horrendo retrato de Dorian Gray deformado por incontables vicios y ruindades. Hoy, un amigo hace bien en desconfiar de un amigo, y si no lo hace, es un necio.
La endeble, ridícula excusa que todos esgrimos para no hacer lo que debemos, es que nadie lo hace. Pero con que sólo una persona decida hacer lo que se debe,  los demás no tendremos excusa. Seguramente nos importará muy poco. En realidad, la excusa en cuestión es tan burda como infantil. El deber cumplido demuestra la grandeza de un hombre; quienes no cumplen con su deber son seres pequeños, insignificantes, patéticos y propensos a la traición. Cumplir con el deber ennoblece, y la nobleza no es para todos, sino para unos pocos. Aun así, hablaría muy bien de todos y de cada uno de nosotros que nos molestáramos en intentarlo. Bien se dice que una sola persona hace la diferencia. Eso tal vez no le importe a nadie más, pero debería importarnos a cada uno de nosotros. Deberíamos  desear ser algo más que ovejas yendo a la par que el resto del rebaño; deberíamos aspirar al orgullo de ser hombres en el más elevado y digno de sus significados.
Les diré algo: no tenemos excusa. Hay gente que sí cumple con su deber. Tal vez sea la que menos alaraca hace al respecto. La gente íntegra es la más silenciosa. Cuántos son, no lo sé. Pero hay. Está en nosotros decidir si seguiremos siendo parte del montón, o si trataremos de  alcanzar la cúspide sólo reservada para los más dignos moralmente. Pero si no lo intentamos, al menos tengamos el valor de admitir que no quisimos hacerlo. No culpemos a  los demás porque, por suerte,  el alma humana es el único lugar  del que seguiremos siendo amos y señores a menos que nosotros mismos deseemos someternos para estar más cómodos.