Hace unos años, una encuesta realizada en Estados Unidos demostró que allí un porcentaje muy elevado de la población -creo recordar que más del cincuenta por ciento, pero desgraciadamente no pude encontrar el dato exacto- creía que quienes no profesaban la misma religión que ellos, se iban al Infierno.

 

Si bien en Estados Unidos la mayor parte de los cristianos pertenecen a iglesias de origen protestante, no debe creerse, por desgracia, que los católicos permanecemos por completo ajenos a semejante mentalidad retrógrada. Así, en un obtuso sitio de Internet llamado El cruzado.org, se afirma que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación.

 

Analicemos un poco estos asertos. Conforme al credo católico (y creo que casi todas las demás iglesias coinciden en este punto específico) hay un solo Dios y tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto es el misterio de la Santísima Trinidad que, precisamente por su condición de tal, no admite razonamiento, no obstante ser lo primero que debo aceptar, sin discutirlo, dudar de ello o intentar comprenderlo, en pro de mi salvación.

 

Ahora bien, si quien enuncia como cierto tal misterio es alguien respetable, alguien que enorgullece y honra la fe cristiana -caso por ejemplo de la difunta madre Teresa de Calcuta, a quien el Señor tenga en su santa gloria- hay buenas posibilidades de que un novato en la fe admita como cierto el misterio de la Santísima Trinidad. Sin embargo, escasearán si el pregonero de dicho dogma es alguien más cercano en espíritu a algunos papas infames como Inocencio III o Alejandro VI, por ejemplo. De lo cual resulta que, si tengo la mala suerte de que me toque alguno de estos últimos y desconfíe de sus enseñanzas, hombres crueles y calculadores como Inocencio III y Alejandro VI (si contemplamos la situación desde un punto de vista católico) están en el Cielo, pero ese novato, por su abominable pecado, por su delito, arderá en el Infierno. Delito que, en definitiva, consistiría básicamente en tener mala suerte: el novato de marras tuvo a su alcance la Suprema Verdad, pero como tuvo la desgracia de que quien se la ofreció olía más a azufre que a santidad, no creyó en ella. Delito que será asimilado a la maldad y condenado a una eternidad de suplicios

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Así nos encontramos, una vez más, con ese sádico dios castigador que tanto gusta a cierto sector de la cristiandad, un dios que, como acabamos de ver, no recompensa o castiga acciones, sino sólo la suerte. Para los católicos que piensan de esta manera, no importa de qué monstruosidades sea uno culpable: con que sólo por temor al Infierno me convierta al cristianismo y rece luego tres Padr4nuestros, cuatro Avemarías y dos Glorias -más o menos- basta para que me vaya al Cielo. Ahora, si mi fe se opone a la de la Iglesia Católica, no importará cuánto haga por mis semejantes, cuánto me sacrifique por ellos, las buenas obras que realice: igual me iré de cabeza al Infierno. Y los más extremistas entre las demás congregaciones cristianas (evangelistas, bautistas, adventistas, etc.) adaptan a su propia doctrina y hacen suyo este postulado.

La base de tan desagradable creencia -que contradice de raíz la noción de un Dios justo y bueno, rebajando al Señor a la condición de mero tiranuelo sensible a la adulación y el servilismo interesado de sus fieles, e incapaz de perdonar la mala suerte a la hora de elegir lo que no puede escogerse por razonamiento- se encuentra en un principio tan elemental como arrogante y despreciable: siempre Yo tengo razón. Si soy católico, ésa será la verdadera fe, y quienes no la profesen serán malos e irán de cabeza al Infierno. Si en cambio soy evangelista, serán los no evangelistas quienes merezcan la condenación eterna. Pero allí no acaba la cosa. Si siendo católico o evangelista reflexionara que, después de todo, no es ésa la religión verdadera, sino cualquier otra, por ejemplo el pentecostalismo, sin perjuicio de mi yerro anterior, serán los no pentecostales quienes se irán al Infierno, ya que, después de todo, ¿quién mejor que Yo para decidir dónde se encuentra la Verdad Absoluta o cuál es la Verdadera Fe? Lo lamento, pero así son las cosas...

 

De esa manera, por ejemplo, uno de los primeros exponentes famosos de la filosofía "siempre Yo tengo razón""la mía es la Verdadera Fe", Tertuliano, era al principio católico, y desde su posición de tal, condenaba como desviaciones religiosas -y punibles en consecuencia con suplicios eternos en el Infierno- todo aquello que se oponía a la ortodoxia del momento. Pero más tarde se convirtió al montanismo, acto que dejaba implícito que su primera opción religiosa, el catolicismo, le parecía errónea. Ahora bien, podría suponerse, con gran optimismo, que tras aquel supuesto error, sería más prudente al condenar las creencias ajenas; pero ¡qué va!... Siguió echando denuestos lo que consideraba graves equivocaciones en materia religiosa. Queda claro que, no obstante su fama -y en alguna otra oportunidad podremos corroborarlo-, Tertuliano era un soberano idiota. No en vano afirmaba Einstein que "quien sólo tiene ideas claras es con toda seguridad un tonto"

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Y a todo esto, ¿cuál es la verdadera fe, suponiendo que alguna lo sea? En broma respondería que la mía, si no fuera que siempre habrá quien me tome en serio. Y sin embargo, la respuesta no está muy alejada de esa chanza. Es decir, quienes profesamos alguna religión evidentemente sentimos ésa como verdadera, porque si no, creeríamos más bien en cualquier otra religión. Pero se trata de algo muy subjetivo, y siempre debemos tener presente eso. Pretender que los demás compartan nuestra fe es ya dictatorial y absurdo. Es evidente, sin embargo, que si nuestra religión predica suplicios eternos para quienes no crean en ella, nos sentiremos culpables si no intentamos convertir a la misma a nuestros semejantes; pero debemos ponernos de acuerdo, de una vez por todas, acerca de si Dios es nuestro Padre y Señor, el ser justo y bueno en el que anhelamos creer, o el caprichoso tiranuelo de pacotilla que sólo quiere rodearse de obsequiosos y castiga sin piedad la mala suerte. Ambas cosas a la vez no pueden ser. Un Dios justo y bondadoso castigará sin duda a los malvados, pero no hay nada que con propiedad pueda calificarse de malvado en elegir una religión que resulta no ser la verdadera, si no tenemos forma veraz de distinguir entre ésta y la falsa. Por lo demás, la verdadera religión podría ser toda aquella que inste a sus fieles a hacer el bien, lo justo, lo correcto.

 

En este sentido, debo admitir que he tomado distancia de un sitio de Internet perteneciente a cierta comunidad católica del que solía ser habitué, ya que siento que no seguiré creciendo espiritualmente en él, y que allí soy más bien sapo de otro pozo. El sitio en cuestión incluye un foro; y examinando el contenido del mismo, salta a la vista que una de las mayores preocupaciones de quienes lo frecuentan es, créase o no, la celebración del Halloween, que consideran satánica. La verdad es que dicha celebración se remonta a o tiene sus orígenes en una festividad pagana celta, el Samhain. Ahora bien, paganismo de ninguna manera es asimilable a satanismo, y si lo es, estamos listos, ya que la fecha en que celebramos el nacimiento de Cristo y el mismo árbol de Navidad tienen origen pagano. Y es fundamental recalcar esa diferencia entre paganismo satanismo, porque al menos un grupo religioso neopagano, los Wiccanos, celebran elSamhain a semejanza de los antiguos celtas. De ahí a verlos como malvados brujos y brujas adoradores de Satán, hay un paso muy, muy pequeño. Yo considero que el escándalo que se hace en torno al Halloween -más allá de que me sienta ajeno a dicha celebración, que en Latinoamérica no pasa de ser un vulgar intento de los comercientes por seguir currando igual que lo hacen en otras fechas festivas, incluyendo las cristianas, como Navidad o Pascuas- es una tonta, absurda reminiscencia de los períodos más oscurantistas del Cristianismo. Durante esos períodos, la Iglesia ejerció un papel denigrante y mucho más alejado de las enseñanzas de Jesús que los satanistas más perversos imaginables; y los cristianos deberíamos recordarlo para no reincidir en viejos errores que en realidad fueron horrores. No obstante, en el sitio web ya mencionado no se habla de esas cosas. Allí la, gran, terrible preocupación es el Halloween. Queda claro que, por más que nos una la fe en Cristo, pertenecemos a distintas religiones ellos y yo. No puedo comprender ni aceptar la suya.

 

Recientemente, gracias a la Internet, me he enterado de la existencia de otra religión neopagana conocida como Asatru y que consiste básicamente en la adoración de antiguos dioses nórdicos como Odín y Thor. Es preciso separar trigo y cizaña y admitir que libros como Religión y antropología: una historia crítica, de Brian Morris, vinculan a los Asatrúars, imagino que con cierto fundamento, con ciertos movimientos racistas que están alzando cabeza en todo el mundo. Pero no es menos cierto que la mayoría de los sitios Asatrúars que pueden encontrarse en Internet repudian el racismo, y en cambio pregonan lo que llaman las Nueve Nobles Virtudes, que son valores intemporables y perfectamente consistentes dentro de la fe cristiana: Coraje, Verdad, Honor, Fidelidad, Laboriosidad, Hospitalidad, Disciplina, Confianza en uno mismoPerseverancia. En lo personal, encuentro más provechoso este tipo de espiritualidad que los delirios anti-Halloween del sitio cristiano al que me refería previamente. Por lo demás, manzanas podridas e historial un tanto dudoso los hay en todas las religiones, y los Asatrúars no tienen por qué ser la excepción. Todo lo cual no quita que siga siendo un firme creyente en Cristo, pero hay veces, como acabamos de ver, que los valores que predicó Jesús parecen más vigentes en la vereda opuesta que en la propia, y eso es lo que quería recalcar.

 

Por último, vale la pena recordar amablemente aquí que los cuatro Evangelios (cuyos autores, además, no fueron en realidad Mateo, marcos, Lucas ni Juan, según se cree actualmente) a menudo se contradicen entre sí, y que la mayoría de las veces se pasan por alto esas contradicciones o se las trata de explicar de un modo por lo general nada convincente; por lo que si se afirma que sobre los Evangelios y sólo sobre ellos reposa la verdadera fe,convendría preguntarse sobre cuál o cuáles de los cuatro, ya que una misma cosa no puede ser y no ser a la vez. Y que sean precisamente esos cuatro y no otros los incluidos en el Nuevo Testamento se debe casi en exclusiva a maniobras políticas del emperador Romano Constantino, impropiamente llamado el Grande, quien vio en la pujante religión cristiana un posible y eficaz instrumento para consolidar su poder. Bajo su égida se reunió el Concilio de Nicea, que decretó arbitrariamente, entre otras cosas, cuáles libros pasarían a integrar el canon oficial y cuáles serían condenados a la clandestinidad. Esta vulgar movida política nos privó durante siglos, por ejemplo, del Evangelio de Tomás, de notable valor espiritual y ahora redescubierto y revalorado gracias a esfuerzos de arqueólogos a historiadores del cristianismo como Elaine Pagels.

 

Los Evangelios son en realidad un maravilloso camino para acercarse a Dios, pero no representan más que visioneshumanas y por lo tanto imperfectas de un mismo hecho: hace poco menos de dos mil años, un hombre llamado Jesús, que para algunos de nosotros es Dios hecho carne, predicó sobre asuntos espirituales y nos legó un mandamiento, amar el prójimo como a nosotros mismos, lo que ante todo implica respetarlo. En la medida en que cumplamos con ese mandamiento estaremos, creo, más cerca de abrazar la verdadera fe, sin importar qué religión profesemos. Y si, como cristianos, nos preocupa el cumplimiento de un mandamiento que precede en orden a ése, amar a Dios por sobre todas las cosas, recordemos en primer término que fue el mismo Jesús quien dijo que no puede amar a Dios, a quien no ve, quien no ama a su hermano, al que ve. Por lo demás, si ese mismo Dios elige manifestarse ante algunas personas bajo formas ajenas al cristianismo, incluso como una pléyade de dioses, no somos quiénes para objetar al respecto, por mucho que la idea seduzca a los eternos arrogantes que se autonombran paladines de la verdadera fe.