La convivencia con otros seres humanos, se sabe, no es fácil para nadie, pero en algunos casos se pone peor y uno de ellos es el del cristiano que pretende cumplir con aquello de amarás al prójimo como a ti mismo. Esto nos obliga a ser pacientes, tolerantes, comprensivos y una muy extensa lista de otros etcéteras que no se me ocurren en este momento y de la que, sinceramente, prefiero ni acordarme a fin de no echarme a llorar. El problema es que quien no sea cristiano -y a menos que Diosito nos haya bendecido con la feliz casualidad de que el prójimo de turno profese otra religión que contenga una obligación similar- no está obligado a ser paciente, ni tolerante, ni comprensivo; y salvo aquellos casos en los que la ley lo obliga a portarse bien, hay grandes posibilidades de que elija portarse mal con uno, que también en ocasiones siente ganas de seguir tan bello ejemplo, pero que desafortunadamente tiene la conducta vigilada por feroz perro guardián, la conciencia, azuzada sin piedad por el Todopoderoso y quizás también, no sé, por nuestro ángel de la guarda... ¡Vaya dúo!

Esto ya nos dice algo de las dificultades que podemos encontrar mientras nos ejercitamos en el extenuante y casi pesadillesco arte de la convivencia cotidiana con el prójimo, ese individuo de múltiples caras a quien a menudo, más que de amarlo, nos vienen ganas de retorcerle el pescuezo, con el agravante de que el susodicho a menudo pone muchísimo empeño en que no nos privemos de tan sangriento placer... Ahora bien, creo que podemos y debemos poner límites a ese Mandamiento Nuevo que Nuestro Señor Jesucristo, para nuestra desgracia, tuvo a bien legarnos; y no para exonerarnos temporalmente de cumplir con él y así quedar en libertad de achurar a ese prójimo que tan desacertadamente se nos presenta en nuestras vidas, sino simplemente porque esos límites, hasta donde entiendo, están y no siempre los vemos, y menos si uno es un cristiano recién salidito del horno, con muchas ganas pero desorientado como esquimal en el desierto del sahara, o bien si uno por naturaleza tiene poco seso y se deja esquilmar por cualquiera. Además, está el chantaje espiritual en múltiples formas, usado a menudo por ciertos vivillos para tratar de doblegarnos a hacer su voluntad, que no es precisamente la misma que la de nuestro Padre celestial, por más que en ocasiones intenten hacernos creer eso tocándonos nuestro orgullo de cristianos.

Ya volveremos sobre el particular, pero antes de abordar ejemplos concretos intentemos primero delimitar, grosso modo, los alcances del amor fraterno que Cristo y nuestra condición de seguidores suyos nos exigen, y para definir cualquier cosa, nada mejor que empezar diciendo qué no es. Así que digamos que obviamente dicho deber no implica arrojarnos sobre personas desconocidas diciendo cuánto lo amamos, como si estuviéramos algo pasados de marihuana. Puesto que Jesús nos exhortó a amar al prójimo como a nosotros mismos, podemos también añadir que no debemos hacer a los demás nada que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros; es decir, correr con un hacha a un prójimo especialmente antipático, nones. Además, estamos obligados a amar igual lo mismo al amigo que al enemigo, y entre ambos extremos se hallan obviamente los simples conocidos, personas de paso en nuestra vida y extraños totales. Por consiguiente, creo que nos convendría ser cautos en nuestra tolerancia para con gestos abusivos de amigos o pretendidos amigos; pues hete aquí que luego tendríamos que proceder exactamente con todos los demás, y son demasiada gente para soportar gestos abusivos de ellos. No olvidemos aquello de que tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe: a fuerza de aguantar demasiado, uno, que es humano y como tal tiene sus límites, uno puede terminar estallando y no queriendo saber nada de Cristo ni del prójimo, actitud por demás impropia y desaconsejable porque en definitiva, si uno se ha acercado sinceramente a Dios y llegó a amarlo con todo su corazón, toda promesa de alejarse de El para siempre será en vano. Así que ahorrémonos tiempo, no nos alejemos nada, pero veamos cómo podemos cumplir con sus mandamientos sin terminar de enloquecer en el intento.

Un punto importante a tener en cuenta, me parece, es que si vamos a amar al prójimo y hacer cosas por él esperando ser correspondidos de la misma manera, estamos listos: en nueve de cada diez casos quizás nos digan cuánto nos quieren por ser así de buenos, pero demostrarlo luego es otro tema muy distinto. A la hora de recurrir a ellos, varios se harán los otarios. Así que cualquier favor que les hagamos, hagámoslo porque queremos o en su defecto sólo porque a la fuerza ahorcan; porque en los Evangelios se nos dice que debemos hacerlo y a nosotros no nos es permitido hacernos los otarios. Claro que intentemos adoptar una postura más edificante, ¿no? Después de todo, a veces podrá resultar una cuestión desagradable hacer algo positivo por personas que nos resultan indigestas, pero si no queremos empeorarla, pongamos o intentemos poner algo de entusiasmo en el asunto. Tengamos en cuenta que en medio de nuestra humana pequeñez, nos hacemos un poquito más grandes por dentro cada vez que dejamos de lado nuestras flaquezas para darle una mano a alguien. Y siempre está nuestro Señor que, El sí, no se olvidará de recompensarnos, aunque no creo que sea buena idea tener gestos nobles pensando en la recompensa. Primero, porque precisamente tal pensamiento despoja de nobleza a la acción; segundo, porque por eso mismo el Señor procederá a corregirnos, de modo drástico si es necesario, hasta que pensemos en algo un poco más elevado espiritualmente que cualesquiera recompensas que podamos obtener; y tercero, porque cuando la recompensa finalmente llegue, podría no ser la que esperábamos. Quizás, de hecho, esa decepción termine siendo precisamente el correctivo que nos aguarde por nuestra interesada actitud. En realidad, sentir su Presencia junto a nosotros hasta en los momentos más dolorosos y terribles es la única recompensa que estamos autorizados a exigir sin recibir "palos" asestados desde arriba.

Ayuda mucho a tener una actitud sinceramente cristiana en vez de la forzadamente cristiana atender a nuestro hermano -espiritualmente hablando, por supuesto- en el momento en que recurre a nosotros. Por muy exasperante que nos resulte el género humano en conjunto, lo cierto es que cada individuo, contemplado individualmente, puede exhibir rasgos queribles si nos dedicamos a buscarlos; aun más, puede que nos sintamos identificados con ellos y de ese modo nos resulte más fácil amar a ese hermano como a nosotros mismos. Entonces sí lograremos que cualquier cosa que hagamos por él nos nazca del corazón en vez de limitarse a ser algo impuesto por un mandamiento. Claro que , en otras ocasiones, muy otra será la reacción que nos inspire la petición de turno: ira, irritación, exasperación. Y es que la gente, sobre todo aquella que en realidad nunca en su vida tuvo un carajo de qué preocuparse, a veces nos aborda con pedidos que hacen que reacciones así sean lógicas, por ejemplo porque los mismos resultan infantiles. Una vez más la obligada declaración: no nos es lícito cortarle el gañote o fajar a quien nos sorprenda con solicitudes por el estilo, y menos si, revisando nuestra conciencia, descubrimos que en nuestra pasada conducta hubo momentos o detalles que la asemejaban a la del insólito solicitante. Reconozcamos con humildad, entonces, que no tenemos autoridad moral para fustigar a nadie, pero esto no implica necesariamente que debamos ser condescendientes y acceder a lo que se nos pide. Si se trata de algo descabellado, descolocado o impropio, en su lugar, fraternalmente, siempre podremos explicar con suavidad las razones de nuestra negativa y tratar de brindar apoyo moral para que esta persona crezca espiritualmente. Claro que en muchos de estos casos, el hermano de marras puede que no tenga el menor interés en crecer espiritualmente, y que su respuesta nada tenga de suave ni de fraternal. Mamá yo quiero es la consigna de unos cuantos niños caprichosos en formato adulto, los cuales, si no se ven complacidos, arman tamaño berrinche tal cual lo hacen sus versiones más diminutas. Cuesta sudor y sangre no ceder a sus caprichos con tal de que se callen y nos dejen en paz, pero es lo que debemos hacer.

En lo personal, siendo yo mismo un consumado cobarde, me ha tocado lidiar frecuentemente con individuos todavía mucho más miedosos que yo. La naturaleza de sus miedos me resultaba ya un tanto irritante, pero todavía podía manejar eso, con buena voluntad; lo que terminaba de sacarme de quicio es que algunos de estos buenos muchachos, vigiladores como yo, eran, aunque obvios gallinas para confrontar sus miedos, muy machos para dar órdenes. Y lo que pretendían ordenar era que pidiera por handy ayuda contra peligros imaginarios, quedando uno mismo como el miedoso de turno y resguardándolos a ellos de hacer el papelón. Lejos de obtener de mí ayuda en tal sentido, sólo lograron verme convertido en una bestia bramante digna de una película de terror, máxime cuando el peligro que según ellos los amenazaba eran...fantasmas, que creían reconocer en un ruidito inexplicado aquí y algún otro más allá. Cuando me calmé, seguí negándome a pedir por ellos la ayuda que pretendían (y no me explico qué tipo de socorro esperaban obtener contra fantasmas, pero, como son tantos los que sufren el mismo temor, no me atrevo a catalogarlos como locos), pero intenté al menos tranquilizarlos con largos discursos, reflexión y razonamientos. Tremendo desperdicio de saliva, pero al menos el intento se hizo. El tema en este caso es que no sólo eran absurdos sus miedos, sino que la actitud prepotente les jugó en contra a la hora de obtener lo que querían. El intento de calmarlos, lo hice; pero de ahí a apañarlos, hay gran distancia.

No es tan infrecuente que, después de todo, la relación con nuestros enemigos nos dé menos dolores que el trato con nuestros amigos, especialmente si dicha amistad es más bien superficial. Lo lógico es tratar de guardar distancias con nuestros enemigos, especialmente si los hechos que nos enemistaron con ellos son de data reciente. Hasta que cierren un poco las heridas, al menos, lo prudente es evitarse. El solo hecho de hacerlo en vez de ir por venganza, creo que ya es un poco síntoma de amor al prójimo; y también de amor y respeto por uno mismo, ya que la venganza, aparte de degradarnos como seres humanos, no hace que las heridas duelan menos. Tal vez, cuando hayan cicatrizado, podamos reflexionar sobre la causa de nuestra enemistad. Es posible que descubramos que nuestra culpa en ese asunto es mayor de la que creíamos, en cuyo caso, aunque cueste horrores, sería sabio y noble de parte nuestra ir a pedir nuestras correspondientes disculpas y prometer enmendarnos (y lo más importante, intentar cumplir después). En otros casos, sin embargo, seremos inocentes o al menos habrá culpas compartidas. En todos los casos, siempre es dable intentar un diálogo reconciliatorio, pero tengamos presente que el resultado final a veces está más allá de nuestras posibilidades. Porque un acercamiento así es cosa de ambas partes, y la otra parte puede que no tenga la menor gana de acercarse a nosotros. También es posible que insista en no admitir su parte de culpa, y si la tiene, el hecho es que debe hacerse cargo de ella. Agotados todos nuestros esfuerzos por lograrlo; escuchados sus argumentos y decidido que son absurdos o rebuscados; no sabiendo ya, en fin, qué más hacer, lo prudente es batirse en retirada, y no echar agua y abono a nuestra malquerencia, pero sí resignarse a que no es posible reanudar vínculos amistosos o cuasi amistosos. No obstante, en algún momento puede que esa misma persona necesite seriamente ayuda; nos la pida o no, como cristianos nuestro deber es estar allí, al menos si sabemos positivamente que podemos hacer algo. Esto no significa necesariamente que con ello concedamos que la otra persona era quien tenía razón en el conflicto que nos separó. Sí significa que las tragedias más terribles deben hacernos olvidar todas nuestras previas etiquetas o rótulos, pues en ese momento todos somos simplemente seres humanos e hijos de Dios. Más tarde podemos retirarnos prudentemente, si queremos, ya que hay veces que, por mucho que se intente, no hay forma de componer una relación, o al menos no está en nuestras manos; cuanto podemos hacer es poner el tema en manos del Señor. Pero en ese momento de honda aflicción, estemos donde nos necesitan... Exactamente como nos gustaría que hicieran con nosotros.

La relación con pretendidos amigos es cuestión aún más jodida, especialmente si tenemos en cuenta que quizás a muchos de ellos los consideremos de verdad amigos, sin ese previo pretendidos. En cuyo caso, quizás descubramos que los queridos amigos resulten no serlo tanto como imaginábamos. Hoy en día es un hecho que abundantes personas desean ser queridas, pero ni se les pasa por la cabeza que deben hacer méritos para que se las quiera. De más está decir que tenemos que asegurarnos de que no sea ése nuestro caso, y corregirnos de inmediato si lo fuera. Pero, ya lo decíamos más arriba, los méritos que hagamos no nos aseguran el afecto del prójimo, aun cuando muchas personas, por haber sido buenos con ellas, crean sinceramente guardarnos afecto y gratitud. En realidad, el supuesto afecto puede ser complacencia por la suposición, acertada o no, de que siempre seremos buenos con ellas, y que morimos por estar a su servicio. También abundan, infelizmente, los casos en los que, creyendo que nuestra paciencia y bondad son absolutas e ilimitadas, padeceremos abusos inadmisibles. Fulano nos va a perdonar, es su razonamiento. Y perdonar, debemos; con dificultad, puede que hasta lo logremos. Pero perdonar es una cosa; olvidar, otra muy distinta; y consentir en que se repita el abuso, otra todavía mucho más diferente. Si somos pacientes con actitudes decididamente injustificables, estaremos promoviendo, sin proponernos, que quienes las tengan las hagan extensivas hacia otras personas; que hagan con ellas lo mismo que nos hicieron a nosotros. Pues bien, esto no es correcto. Sin resentimientos, con toda la educación del mundo, pero también con no menos firmeza, en algún momento hay que plantarse delante de estas personas y decirles: Hasta aquí llegaste.

Una cuestión anexa y más jodida tiene que ver con cuestiones financieras. Todos los cristianos sabemos que debemos ser desprendidos de los bienes materiales; por supuesto, serlo de verdad es otro tema. Pero que debamos serlo no quiere decir que haya que darle dinero a cuanto pedigüeño se cruce en nuestro camino, ni aun cuando sea, supuestamente, en préstamo. Por supuesto, a la hora de la repartija monetaria, tenemos más amigos que nunca; de hecho, superamos el millón de amigos que quería Roberto Carlos. A la hora de reclamarlo en devolución, en cambio, estaremos más desoladoramente solos que el monstruo de Frankenstein; y como el monstruo de Frankenstein, nos arriesgamos a que el dolor y la ingratitud nos vuelvan malos. Así que evitemos eso. Podemos evitar pedir dinero en préstamo a nuestros amigos, excepto como mucho alguna pequeña cantidad de tanto en tanto; y prestemos en la misma medida, a menos que la causa sea urgente y desesperada. Evidentemente, un hijo muy enfermo y necesitado de medicamentos costosos lo sería, por ejemplo. Pero ya pedir ayuda, digamos, para hacer una refacción en la casa... Hmmm... Puede que yo sea muy desconfiado, pero hoy en día soy muy escéptico respecto a la buena disposición o "memoria" de la gente para devolver cualquier cosa que pida en préstamo; hasta los más confiables me parecen desconfiables. Así que si la causa del dinero pedido en préstamo es la colocación de nuevos azulejos o cosa por el estilo, la respuesta tiene que ser un rotundo no. Contrariamente, el caso antes expuesto del hijo enfermo no puede movernos a duda, ni aun cuando de lo que sí haya dudas es de que el dinero nos sea devuelto. El caso es que derechos fundamentales como la salud o la vivienda no deberían dar lugar a vacilaciones a la hora de prestar o dar dinero. Pero la remodelación de esa vivienda, o la adquisición de un auto, son ya lujos, y quienes los deseen, que se esfuercen solitos por alcanzarlos, sin recurrir a favores, aun cuando dispongamos de dinero de sobra. Si queremos ser generosos y desprendidos, bien; pero tengamos seso para discernir de qué manera serlo. Deja que el dinero se caliente en tu mano antes de elegir a quién dárselo, aconsejaban las Didaké, un libro de instrucciones para cristianos que data, según se cree, del siglo I de nuestra era; por consiguiente, esto no es ocurrencia mía, sino un sensato consejo que se remonta a tiempos muy antiguos. Hoy en día, causas con las que contribuir financieramente no faltan; sin ir más lejos, y desafortunadamente, las calles de los barrios pobres de América Latina están llenos de chicos medio muertos de hambre; ¿y se nos pide en préstamo dinero para comprar un auto?... De todo corazón: Andá a cagar.

Por supuesto, llevar esta teoría a la práctica no es moco de pavo, y posiblemente sea todavía más complicado de lo que imaginamos. Y quienes, tras convencernos de que los ayudemos ni más ni menos que en la forma en que ellos lo demandan, se marchen fracasados y con todo el despecho del mundo, con un resentimiento sorprendente, sin duda buscarán cómo hacérnoslo aún más difícil incluso en la retirada: ¿Y vos te la das de cristiano?... ¿Vos, que no sos capaz de largar unos miserables mangos, tacaño de mierda?... Ya lo dijimos antes: chantaje espiritual. Es dura la vida. Para todos, por suerte... Y más para estas personas que padecen la sordera del que no quiere oír. Dudosa generosidad de su parte, intentan que nuestras existencias sean tan complicadas como las suyas... Pero a no aflojar, a no conmoverse por aquello que no lo merece. Nosotros nos esforzamos por hacer lo que debemos; si nos esforzamos lo bastante, no podemos saberlo, pero ya lo decidirá por nosotros el mejor Juez que podamos esperar, uno incorruptible e imparcial. Hasta entonces, siempre podremos intentarlo de nuevo luego de cada fracaso, siempre transitando por nuestros intrincados laberintos espirituales, llenos de caminos que no conducen a ninguna parte y por los que a menudo nos extraviamos, pero por los que, por suerte, siempre nos será permitido volver sobre nuestros pasos en busca de la verdadera salida.